Capítulo 2 #2
—Déjame hablar a mí. Si alguien te pregunta, evita contestar. Puedes hablar del tiempo, de literatura, pero no sobre ti.
—No soy estúpida, Margareth.
—No, pero puedes relajarte, y un mal comentario delatarte.
—Si no le hubiera dado las gracias a la condesa, podría fingir que soy muda.
—Sí que hubiera sido una buena idea —dijo Margareth, dejando a Prim ojiplática, lo había dicho de broma—. No debemos llegar tarde.
Prim, aún más cohibida que de costumbre, entró al salón donde le esperaban las tres mismas personas que las habían recibido.
«Ni conde, ni condesa», pensó al ver a la condesa viuda sin marido y a sus dos hijos sin esposas a su lado.
—Margareth —la llamó su amiga con familiaridad—, estos son mis hijos.
—Están más altos —dijo Margareth con una sonrisa.
Anabeth se carcajeó.
—La última vez que los viste eran apenas unos niños. Lord Ravenshaw, conde de Appleby desde que Archivald nos dejó —dijo señalando al moreno—, ella es la marquesa de Winfield.
«El moreno es el mayor», pensó observando como este tomaba la mano de Margareth y depositaba un ligero beso.
—Es un placer.
—El placer es mío, permítame que le presente a mi dama de compañía —dijo consiguiendo que todas las miradas convergieran en Prim—, Rose Turner.
Prim clavó su mirada en el suelo e hizo una leve inclinación de cabeza.
El conde se giró hacia ella y repitió la acción, tomó su mano provocando que Prim elevara la mirada.
El conde estaba frente a ella, observándola con atención.
Besó su mano sin apartar la vista de su rostro, parecía analizar cada rasgo, cada línea de expresión, y eso la inquietó.
En sus tres temporadas ningún hombre había hecho eso, todos la bajaban al inclinarse.
—Encantado de conocerla, señorita Turner —dijo una vez se irguió y soltó su mano.
—Encantada, lord Ravenshaw.
Anabeth dio un paso hacia adelante ciertamente molesta de que su amiga se hubiera tomado el atrevimiento de hacer las presentaciones ella misma.
—Rose, esta es mi buena amiga Anabeth, te he hablado de ella —dijo Margareth.
Prim sonrió y volvió a repetir lo encantada que estaba por conocerles. Finalmente y para concluir, presentaron a lord Miles, el pequeño Ravenshaw; este, como parte del protocolo, también besó las manos de ambas damas.
—Hace mucho que no tenemos visitas, creo que podemos prescindir de ciertos formalismos, ¿no te parece? —preguntó Anabeth directamente a la marquesa frente a la puerta que daba acceso al comedor.
La tradición era que el lord y la dama de mayor rango entraran juntos y así sucesivamente.
—Por supuesto —dijo la marquesa iniciando el paso y entrando acompañada de la anfitriona, Prim las seguía de cerca. Los dos hermanos mantuvieron cierta distancia, la justa para que no los escucharan.
—Es preciosa —dijo Miles.
—No quiero verte a menos de un metro de ellas.
—Qué aburrido eres.
—Miles, no estoy bromeando.
Puso los ojos en blanco y aceleró el paso, dejando a su hermano solo, tomando asiento junto a su madre y frente a Prim. El conde fue el último en sentarse, la conversación ya fluía entre su madre y la marquesa.
Mientras Miles no perdía detalle de lo que hablaban, Prim analizaba su rostro con disimulo.
Compartía muchos rasgos con el conde, la forma de cara, mandíbula cuadrada, nariz ligeramente afilada en la punta y los ojos azules, pero mientras que la mirada del mayor se le antojó profunda e intensa, la de Miles parecía amigable y traviesa.
Ambos eran altos, con una musculatura bien formada, pero no trasmitían lo mismo, el conde dominaba todo el aire a su alrededor, rezumaba poder.
Un carraspeo rompió su escrutinio; de forma involuntaria, siguió el sonido para toparse con una penetrante mirada que, sin duda, era muy consciente de lo que había estado haciendo. Bajó los ojos, avergonzada, y centró la vista en su plato. Había estado tan ensimismada que aún estaba vacío.
Tardó unos segundos en serenarse, acto seguido, puso atención a la conversación mientras llenaba su plato.
Hablaban sobre el incidente con el carruaje, casi parecía que hubiera ocurrido hacía una semana y no esa misma mañana.
—¿A dónde os dirigís? —preguntó Anabeth, curiosa.
—Edimburgo.
—Oh, ¿qué os lleva a tierras escocesas?
Margareth se metió un trozo de carne en ese momento, dejando la mesa con el único sonido de los cubiertos chocando. Anabeth volvió el rostro hacia Prim, esperando que pudiera contestar, mas esta no levantaba la mirada del plato.
—Visitar a una amiga —dijo finalmente la marquesa.
—Oh, me siento celosa.
—Pensaba visitarte a la vuelta —mintió descaradamente.
Anabeth asintió fingiendo complacencia.
—Nos encantará volver a contar con su presencia —dijo Miles tratando de llenar el silencio y rebajar el ambiente—. ¿Es vuestra primera vez?
—Visité la ciudad en mi luna de miel —dijo Margareth.
—Y usted, señorita Rose, ¿ha estado antes en Edimburgo? —preguntó Anabeth directamente.
No podía ignorar la pregunta, elevó el rostro antes de hablar.
—No, aunque estoy deseosa por conocerla, dicen que es preciosa.
Margareth sonrió y tomó el control hablando de las calles y arquitectura escocesas, lo que le permitió a Prim volver a pasar desapercibida, al menos hasta el postre, donde la conversación se volvió más directa.
—Os veo deseosas por llegar a vuestro destino, me temo que vuestra estancia en Oldraven no va a ser corta. Mis hombres dicen que tardarán un día solo en traer el carruaje, siempre que el tiempo sea favorable. Y la reparación no será fácil ni rápida.
—Entiendo, quizá podamos alquilar uno —dijo Margareth con la única intención de que insistieran en alargar su estancia.
—Pamplinas, hace años que no nos vemos, os quedaréis aquí mientras lo reparan.
—Está bien. Nos vendrá bien una pausa.
Anabeth celebró su triunfo y prometió que el conde se encargaría personalmente de supervisar la reparación.
—Y cuéntame, ¿cómo te entretienes aquí? —preguntó la marquesa. La casa estaba bastante aislada, había casi una hora de camino hasta el pueblo, y la casa más cercana no estaba mucho más cerca.
—Cuando no está Miles, el invernadero me roba casi todo el tiempo; cuando está, intento disfrutar de él.
—¿No vive aquí de forma permanente?
—No, soy botánico y realizo expediciones en territorios poco explorados. Paso fuera la mayor parte del año —dijo Miles.
—¿Como el Amazonas? —preguntó Prim con verdadero interés. Aunque había escuchado cada palabra, se había mantenido en silencio y con la cabeza gacha la mayor parte del tiempo, tratando de pasar desapercibida.
—Aún no he tenido la oportunidad, espero ir pronto. La última fue en el Nilo.
Prim abrió la boca formando una perfecta y pequeña o.
—Pero… está rodeado de desierto.
—Es un error común, mas donde hay agua hay plantas. El delta contiene una vegetación rica, diversa y poco estudiada —explicó.
—Nunca lo habría imaginado. ¿Y cómo es, lord Miles? He oído que en África el calor es insoportable.
Los ojos de ambos brillaban de puro interés, Prim adoraba la jardinería y el arte floral, desde niña ya le encantaba hacer collares y coronas de flores.
—Es algo agobiante, sobre todo al principio, con el tiempo te acostumbras.
La conversación giró en torno a su última expedición, su familia no solía interesarse demasiado por su trabajo. Terminado el postre, la marquesa declinó con amabilidad estudiada la oferta de la anfitriona de pasar un rato en el salón, había sido un día agotador.
Margareth y Prim recorrieron el pasillo en completo silencio, la única vez que Prim hizo el amago de hablar, la marquesa la cortó y negó con la cabeza mientras abría mucho los ojos indicándole que allí no. Las dos entraron a la misma habitación.
—Lo has hecho bien —dijo Margareth muy bajito.
—¿Pasa algo? No entiendo por qué no podemos hablar con normalidad —dijo usando su mismo tono.
—Las paredes escuchan.
—¿Por qué has aceptado quedarnos si no estás a gusto aquí? —preguntó con curiosidad.
—Estoy a gusto, solo trato de mantener tu secreto. Anabeth puede parecer encantadora, pero es un sabueso, huele las mentiras y a los farsantes a kilómetros.
—Me mantendré al margen, solo contestaré cuando me pregunten directamente.
Margareth asintió complacida, había estado muy cómoda hablando con lord Miles, y la comodidad podía llevarla a cometer un error.
La doncella entró en la habitación sin llamar, ganándose una reprimenda de la marquesa.
—No volveré a entrar sin llamar, señorita Rose —repitió por tercera vez cuando se quedaron a solas.
—Valoro mucho mi intimidad —dijo sentada frente al tocador mientras Vivian le retiraba las horquillas de su recogido.
—Lo entiendo, señorita. ¿Ha ido bien la cena?
—Desde luego, puede felicitar a la cocinera de mi parte, todo estaba exquisito.
Vivian asintió, trató de saber qué impresión se había llevado de la casa y sus señores mientras deshacía su peinado.
Prim se deshizo en elogios hacia la condesa, para acto seguido quejarse de un leve dolor de cabeza.
La eximió de cepillarle el pelo y trenzarlo, le gustaba hacerlo ella misma, lo haría una vez estuviera sola.
No le apetecía seguir hablando, en realidad, lo único que quería era meterse en la cama y dormir tres días seguidos.
Dejó que la ayudara con el vestido, porque de otra forma no podría quitárselo, y le dio permiso para retirarse.
—¿He hecho algo mal, señorita?
—En absoluto. Pero puedo terminar sola y, como ya te he dicho, valoro mucho mi intimidad.
Vivian estaba contrariada, pero no dijo nada, asintió y se marchó.
Prim soltó todo el aire de golpe. Se quitó la ropa interior y sus mejillas se tiñeron de rojo al ver el camisón que la doncella había sacado para ella, al parecer, el de la bolsa de viaje no era el único poco apropiado para su condición.
Mataría a sus amigas cuando volviera a verlas, eran unas descaradas.
Indignada, rebuscó hasta sacarlos todos. Suspiró al contemplarlos, eran provocadores, sensuales, muy traslúcidos y nada apropiados para una dama inocente.