Capítulo 2
Dama de noche:
No todas las flores necesitan luz para florecer, las nocturnas lo hacen entre sombras.
La lluvia era más fuerte cuando llegaron a la puerta de Oldraven Hall, una mansión que ninguna pudo apreciar, ya que subieron la escalinata a toda prisa sin llegar a correr, no merecía la pena arriesgarse y resbalar.
Entraron a la mansión con el peinado deshecho y los vestidos empapados, arrugados y mal ajustados, una imagen bastante desafortunada para conocer a los anfitriones.
—Margareth, estás empapada —dijo Anabeth antes de volverse hacia dos caballeros—. Dejaremos las presentaciones para más tarde.
Prim, que hasta entonces había mantenido la mirada en el bajo del vestido, la levantó.
Una mujer elegante de unos cincuenta años las examinaba de arriba abajo, iba perfectamente vestida, con un vestido azul intenso, elegante y de tela fina.
No había lugar a duda, era la señora de la casa.
No se detuvo demasiado en su silueta redondeada y su rostro intentando disimular el horror que le producía verlas de esa guisa en su vestíbulo.
Su mirada se desvió hacia los dos hombres, eran más jóvenes, bien vestidos y con porte regio.
Prim supuso, sin errar, que eran los hijos de la anfitriona.
Uno de ellos la miraba con expresión divertida, como si ver a dos damas pasadas por agua fuera algo normal, o como si, por una vez, no fuera él quien chorreaba agua en mitad del vestíbulo.
El otro, en cambio, parecía horrorizado, miraba el charco de agua sobre el lustroso mármol con la mandíbula apretada.
Dio un paso atrás y giró el rostro en dirección al mayordomo, sin llegar a decir nada, pues para tortura de la joven, la voz de la marquesa lo obligó a centrar la mirada de nuevo en ellas.
—Anabeth, no sabes cuanto agradezco tu ayuda.
—He ordenado que os preparen dos habitaciones, ya deben estar listas. Yo misma os enseñaré dónde están, así puedes contarme qué ha pasado —dijo mientras se giraba y les hacía un gesto para que la siguieran.
—¿No vas a esperar a que estemos vestidas correctamente? —preguntó Margareth, deseosa de deshacerse de aquella vestimenta.
Prim siguió a las dos mujeres en riguroso silencio y con la mirada gacha, notaba como esos dos hombres la observaban mientras pasaba por su lado para adentrarse en el pasillo.
«¿Por qué no me ha dicho que había dos hombres aquí»?, se preguntó.
No pudo darle voz, quizá ella no era consciente de la presencia de los dos caballeros, aunque pocas cosas se le escapaban a la marquesa y contaba con más información que los espías del rey, era casi imposible que no lo supiera.
—¿Quién es? —preguntó Anabeth, descarada, refiriéndose a Prim.
—Mi dama de compañía.
Prim se concentró en seguir observando el bajo de su vestido, que a todas luces quedaría inservible.
—¿Desde cuándo tienes una dama de compañía?
A Prim le extrañó la familiaridad con la que se hablaban, más aún teniendo en cuenta que llevaban años sin verse.
«Debe de haber una profunda amistad entre ellas», dedujo.
—Dejemos algo para después —dijo Margareth justo antes de que un escalofrío recorriera su cuerpo haciéndola temblar.
—Está bien, pero no os acomodéis demasiado. Servimos la cena en una hora. —Frenó en seco y señaló dos puertas—. Habitaciones contiguas.
Margareth se dirigió hacia una de ellas, Prim, por descarte, a la otra.
—Gracias —dijo Prim antes de girar el pomo y darles intimidad.
No esperaba que hubiera nadie dentro, al ver a una mujer casi le da un infarto. Era una doncella, estaba allí para asistirla en el baño y ayudarla a vestirse.
Tuvo sentimientos contradictorios, por una parte, le apetecía hundirse en la humeante bañera; pero también tumbarse en la cama y no levantarse hasta el día siguiente.
El día había sido largo y agotador. Se resignó, dejó que la doncella la ayudara con el vestido mientras observaba la habitación.
Era bastante grande y estaba totalmente amueblada, cama de dosel, armario, cómoda, tocador; junto a la chimenea había dos sillones orejeros con una mesa y un par de escabeles, no le faltaba detalle.
Las últimas luces se filtraban por un gran ventanal que daba acceso a lo que parecía una terraza.
Al otro lado había una puerta abierta, ya había supuesto que la zona de aseo estaría aparte.
Cuando llegó a la ropa interior, le dijo que podía hacerlo sola. La doncella, quien se había presentado como Vivian, asintió algo contrariada y se dedicó a recoger el amasijo de tela mojada del suelo mientras Prim se dirigía hasta la humeante bañera.
No fue hasta que se quedó sola que se quitó la camisola y se hundió en el agua. El calor la envolvió como un bálsamo, calentando sus músculos y calmando sus huesos.
Dejó caer la cabeza hacia atrás hasta que descansó contra el borde, estaba duro y frío, se incorporó un poco, cogió una toalla que tenía a mano, la enrolló y la colocó en su nuca antes de volver a dejarse caer.
Cerró los ojos y respiró profundamente.
«¿Qué estoy haciendo?».
«Esto es una locura».
«Ya no hay vuelta atrás», dijo una voz en su cabeza.
«No, no la hay, debí pensarlo mejor antes de dejarme llevar».
Prim volvía una y otra vez a esa espiral de incertidumbre, arrepentimiento y miedo, sobre todo miedo, por un futuro que no era capaz de vislumbrar. Estaba cegada, no podía ver las oportunidades de las que seguía disponiendo.
Podía empezar de nuevo en Escocia, allí podría enamorarse, como decía la marquesa, pero era incapaz de contemplar esa opción, se había cerrado al amor casi por completo.
Otra opción era vivir una temporada con Eleanor y, más tarde, volver a Inglaterra con Heida, era su mejor amiga y pronto se quedaría en cinta, podría ayudarla con sus hijos, como una tía que se queda viuda.
O podría hacer realidad el papel que iba a interpretar, una dama de compañía; no tendría amor, pero tampoco estaría sola y no le faltaría techo ni alimento.
En su bucle interno de pensamientos no escuchó a Vivian entrar.
—Señorita, es hora de vestirse. A la condesa no le gusta esperar.
Prim se levantó como un resorte, ¿la condesa?
Cierto era que la casa era señorial, típica de una familia con título, pero ¿por qué no se lo había dicho Margareth?
Debía tener unas palabras con ella, no podía seguir manteniéndola a oscuras, aceptaba que fuera reservada y quisiera mantener su privacidad, pero eso era diferente.
Salió de la bañera con las mejillas rojas.
Estaba horrible cuando llegó, mojada y despeinada frente a la condesa y sus hijos.
Se cubrió con la toalla y se quedó en la zona en penumbra mientras se secaba.
Le pidió a Vivian que le acercara una camisola seca, esta se la entregó con el ceño fruncido, aunque no dijo nada.
«¿Por qué no estaba el conde para recibirlas? Margareth, aunque amiga de la condesa, era una marquesa», pensó mientras salía de la zona de aseo.
«Quizá sea viuda».
Eso convertía a uno de sus hijos en el conde y explicaba por qué estaban ellos y no su padre.
Prim se mordió el carrillo.
«¿Se referiría Vivian a la condesa viuda o a la esposa del conde?».
Dos mujeres desconocidas y solas se presentan en su casa sin invitación, por muy marquesa y amiga que sea, si hay una condesa, no estaría contenta.
Prim suspiró, no le apetecía lo más mínimo una cena formal con un montón de desconocidos, que, sin duda, harían muchas preguntas sobre su incidente, el viaje y, por supuesto, quién era ella.
«Rose, hasta el nombre me han robado», pensó con los ojos acuosos.
—Señorita Rose, le he sacado estos dos vestidos, ¿cuál quiere ponerse esta noche? —preguntó Vivian señalándolos al verla acercarse.
Aún no había abierto los baúles que prepararon sus amigas para ella.
Ni siquiera sabía qué había en ellos, llevaba días usando únicamente lo que incluía la bolsa de viaje, y era más que suficiente.
Se acercó al armario, de él colgaban dos vestidos ligeramente arrugados, pero no había tiempo de adecentarlos más. Los dos eran bonitos, y aunque poco apropiados para una cena formal en casa de unos condes, en el campo serían suficiente. Debían serlo, porque no tenía nada mejor.
Eligió el azul, no era del tono claro al que acostumbraba a vestir, pero allí no era una debutante, era una dama de compañía y podía lucir el color que quisiera. Sonrió complacida con la revelación.
Se miró al espejo con absoluta sorpresa, le quedaba como un guante, de escote cuadrado, con el busto ligeramente ajustado y mangas abullonadas. Para haberlo confeccionado sin sus medidas era todo un logro. Sus amigas eran increíbles. Solo llevaba una semana sin verlas y ya las echaba de menos.
—Se ve preciosa, señorita Rose —dijo Vivian.
«Después de cómo he llegado, hasta en camisón estaría mejor». No reveló sus pensamientos, se limitó a sonreír. Vivian parecía una buena chica, debía tener su edad más o menos, y le había hecho un peinado precioso a contrarreloj.
—Gracias. ¿Puede averiguar si la marquesa sigue en su habitación?
Vivian asintió y se marchó, un minuto después, Margareth le habló desde el pasillo.
—Ya era hora, llevo diez minutos esperando que termines.
—Imposible —dijo atravesando el umbral de la puerta.
Observó su espectacular e impecable aspecto.
Como siempre, la marquesa cuidaba su apariencia al milímetro.
Su vestido, de un rojo intenso, estaba perfecto, no como el suyo, que se notaba que acababa de sacarlo de un baúl; su peinado era elaborado y había perfilado sus facciones con un poco de maquillaje, le había dado tiempo hasta de elegir las joyas perfectas para completar el atuendo—. ¿Cómo has terminado tan rápido?
—Yo no me he dormido en la bañera —dijo como si nada.
—Yo tampoco —replicó Prim, su baño había durado escasos minutos, o eso le parecieron.
La marquesa no respondió, dos pasos más adelante paró en seco, miró para ambos lados y tras ellas, allí no había nadie más, aun así, se inclinó sobre Prim y habló en susurros con los labios pegados a su oreja.