Capítulo 1 #2
—No todos persiguen la perfecta rosa inglesa.
—No se trata de eso.
—Explícate pues —insistió. Trataba de ayudarla, pero cuando pensaba que se había ganado su confianza, volvía a cerrarse por completo.
—No quiero sufrir más.
La marquesa negó con la cabeza, como si supiera algo que a Prim se le escapaba.
—¿Acaso un marido no aporta más que sufrimiento?
—Has visto las marcas, ningún hombre me querrá así. Me culpará por engatusarlo con mi cara bonita y ocultar mis defectos bajo la ropa. Me repudiará, y me aterra que, llegado ese momento, me haya enamorado.
—Los escoceses están hechos de otra pasta —dijo con una sonrisa esperanzada en el rostro.
—No creo que sean tan diferentes —la interrumpió—. No en eso al menos.
—No tienes que casarte para comprobar si puede soportar tu aspecto.
Prim se puso roja como un tomate, ¿cómo podía insinuar algo así? Ella era una dama, había sido educada como tal, no podía obviar todo cuanto sabía.
—Me condenaría a mí misma.
—A Heida no le fue tan mal.
—Ella amaba al duque, y él a ella.
—No te estoy diciendo que te entregues al primero que te mire a la cara, solo digo que, si alguno te acelera el corazón, lo intentes.
No contestó.
No lo haría.
Las gotas empezaron a caer, se pegaron más al tronco intentando resguardarse todo lo posible. No fue suficiente, cuando llegó el carruaje de los Ravenshaw estaban empapadas.
Sin esperar, corrieron al interior, donde se refugiaron mientras dos lacayos cambiaban los baúles de un carruaje a otro. En el interior de la cabina había dos grandes y secas mantas, se cubrieron con ellas justo después de deshacerse de sus vestidos.
Transcurrido la mitad del camino, Margareth rompió el silencio del que habían disfrutado.
—No debería decirte esto, pero lo haré de igual modo. Lo que pasa en la intimidad entre un hombre y una mujer es maravilloso, si se tiene un buen compañero. Ninguna mujer debería ser privada de ello, es puro placer, y sí, la primera vez duele, mas merece la pena.
Prim estaba de cuello para arriba del color de las fresas, no podía creer lo que acababa de escuchar, la animaba a encamarse con un highlander .
—¿Qué imagen daría si me ofreciera a uno de los Campbell? Me tomaría por una cualquiera y dejaría a Eleanor en mal lugar, no puedo hacer eso.
Se llevó sus manos a las mejillas, estaban frías, y aliviaron el ardor que sentía en el rostro.
—Eres una prófuga, ni siquiera puedes usar tu nombre real si quieres seguir manteniéndote oculta, no tienes que seguir las estrictas normas impuestas a las mujeres, disfruta un poco. Eleanor se alegrará por ti.
Aunque usara otro nombre, seguía siendo una invitada y debía comportarse como tal. Meterse en la cama de uno de ellos no era una opción y así se lo hizo saber.
—Está bien, pero si alguno de ellos muestra interés en ti, no lo rechaces, dale la oportunidad de amarte, y a ti de amarlo a él. Quién sabe —dijo con un deje teatral—, el amor surge donde uno menos se imagina.
Prim asintió no muy convencida, pero no quería seguir hablando de ello.
Se había hecho a la idea de que se quedaría para vestir santos, era una opción que aún no había descartado por completo.
Hubo un tiempo en que valoró el matrimonio por interés, su dote era cuantiosa y muchos caballeros con rentas anuales insuficientes recurrían al casamiento como fuente extra.
Ella disfrutaría de su estatus de esposa y se retiraría al campo a vivir sola y tranquila, pero pronto empezó a ver los fallos.
Con un marido arruinado no habría casa en el campo ni posibilidad de adquirirla, no podrían mantener dos residencias, por lo que se verían obligados a convivir, eso sin mencionar la cuestión de la descendencia.
Con esos pensamientos y el sonido reconfortante de la lluvia se quedó dormida.
Margareth la observó el resto del camino, estaba segura de que causaría un gran revuelo en el castillo y despertaría el interés de más de un escocés.
Primrose era preciosa, poseía esa belleza luminosa que destacaba a simple vista, con rasgos delicados y dulces.
Sus grandes ojos verdes habían perdido el brillo de ilusión que tuvieron un día, mas solo era cuestión de tiempo que lo recuperasen.
La nariz era recta y proporcionada, y los pómulos, discretos pero bien definidos, estructuraban el rostro sin endurecerlo.
La boca no era ni grande ni pequeña, y poseía un arco de cupido perfectamente formado.
Unas pocas pecas coronaban sus marfileñas mejillas.
La belleza que cautivaría a los highlanders no estaba solo en su rostro, sino en la bondad y la dulzura que irradiaba, Prim brillaba con luz propia.
Siempre anteponía a los demás por delante de su felicidad, algo que Margareth no consideraba del todo bueno, pues su bienestar y felicidad debían ser una prioridad para ella.
Era la amiga que todos querrían tener, sincera y leal.
No podía permitir que siguiera con esas tontas ideas, era hora de que abandonara el papel de dama y fuera simplemente Primrose, o quizá necesitara un pequeño cambio de identidad. Sonrió victoriosa, como si hubiera encontrado el santo grial.
Pasados unos minutos, la despertó, no estarían lejos de su destino y debían volver a vestirse.
—La lluvia me relaja —confesó observando su vestido aún mojado. Imitó a Margareth estrujándolo para quitar el exceso de agua. Los vestidos quedarían arrugados y el suelo del carruaje encharcado, pero era mejor que ponérselos chorreando.
—Ya me gustaría a mí dormir con esa facilidad.
Prim sonrió con amplitud, Margareth no solía revelar demasiado sobre sí misma, siempre era muy hermética, pero con ella se sentía cada vez más cómoda, su naturalidad le inspiraba confianza; de vez en cuando se le escapaba algo, y aunque fuera insignificante, era una señal de que empezaba a considerarla parte de su círculo.
—Anabeth me espera con un acompañante, pero no sabe quién es, una amiga, un amante.
—Prim abrió mucho los ojos, Margareth agitó su mano frente a ella y continuó—: Serás mi dama de compañía.
Es lo más plausible, pero no podemos usar tu nombre, ¿qué te parece Rose?
—preguntó mientras apretaba los cordones de su vestido.
—Rose está bien —dijo tratando de disimular la mueca de desagrado que le había provocado sentir el húmedo y frío tejido en la piel.
—Podemos usar cualquier otro, aquí nadie te conoce, puedes ser quien quieras ser.
—Aun con otro nombre seguiré siendo yo —dijo tirando al traste los planes de Margareth.