Capítulo 1
Prímula:
Flor silvestre de pétalos delicados y centro dorado.
El grito de la marquesa cortó el aire denso del interior del carruaje, las dos abrieron las manos para apoyarlas en las paredes de la cabina tratando de mantener la estabilidad.
Fue inútil, ambas cayeron hacia un lado y se golpearon con la madera.
—Auch —se quejó Prim, rascándose la cabeza justo donde se había golpeado un segundo antes.
—¡Demonios! —gritó Margareth, enfadada. Desde que habían entrado en York, los caminos estaban siendo un infierno.
Ambas intentaron enderezarse, mas no podían, el carruaje estaba inclinado hacia un lado.
—Lo siento, milady —dijo el cochero asomado por una de las ventanas—, el eje de la rueda derecha se ha partido.
—Sácanos de aquí —ordenó, con autoridad, sin levantar la voz. Se llevó uno de los mechones cobrizos que había escapado de su recogido tras la oreja.
Prim la admiraba; hasta antes de la fuga, solo conocía una parte de ella, una diseñada bajo el protocolo y la apariencia perfecta, pero durante la semana de viaje transcurrida, vio en ella mucho más.
Era inteligente, perspicaz, astuta e incansable, y sus charlas, aunque terminaran en llanto, aliviaban su carga de un modo que no llegaba a comprender.
No fue fácil abrirse a ella, sobre todo la primera vez; se avergonzaba del trato que le habían dado.
Nunca olvidaría la cara de espanto de Margareth la primera vez que la vio sin ropa interior.
Llegaron tarde a una posada, ya que querían alejarse de Londres lo máximo posible; en esos momentos, Prim creyó que lo hacía para impedirle escapar y volver, después fue consciente de que solo era precaución.
Nadie cuestionó la palabra de la marquesa ni sospechó que Prim no fuera una simple doncella, aunque su ropa fuera demasiado elegante para una criada.
En la habitación, Margareth abandonó toda compostura y la instó a que la ayudara a desvestirse.
Prim lo hizo con parsimonia, tratando de hacer tiempo hasta que subiera la cena.
Y le salió bien, la comida llegó justo cuando la marquesa cubrió su cuerpo con un camisón que dejaba poco a la imaginación.
Tras la escueta cena, llegó el turno de Prim, no podía retrasarlo más.
Debían descansar, al día siguiente partirían a primera hora.
Se tensó como las cuerdas de un violín, le avergonzaba sobremanera que viera sus marcas, y no le apetecía responder preguntas incómodas; Margareth era ese tipo de persona, de las que no tenían pelos en la lengua.
Lo que no esperaba era el pequeño grito ahogado de horror en cuanto la cálida luz de la vela iluminó la piel de su espalda. Prim cerró los ojos, como consecuencia, un par de lágrimas escaparon recorriendo sus mejillas.
—¿Cómo? —preguntó compungida.
—Una fusta. No quiero hablar de ello —respondió, con esperanza de que lo dejara estar.
Margareth no dijo nada.
¿Cómo iba ella albergar esperanza de casarse con un caballero?, ¿qué pensaría este al verla? Estaba marcada, rota, dañada.
No albergaba la mínima esperanza de tener un matrimonio feliz como su amiga, el duque la amaba, se desvivía por ella, jamás le haría mal alguno, pero todas no contaban con el beneplácito de Cupido .
La puerta se abrió de golpe y sacó a ambas damas de sus pensamientos. Prim se estremeció, era un día bastante frío para ser primavera.
El cochero las ayudó a salir, el carruaje había volcado. Los daños eran considerables. Era un milagro que ninguna tuviera ni un solo rasguño.
—¿Dónde estamos? —preguntó, observando el paisaje medio cegada por el sol intenso de la mañana.
—Quedaba una hora para salir de York —dijo el cochero.
—¿A cuánto estamos de Appleby? —preguntó la marquesa sacudiendo su falda con aplomo.
—Un par de horas, milady .
Prim se sacudió el polvo de sus hombros y se recolocó un par de horquillas mientras escuchaba a la marquesa indicarle al cochero que fuera con uno de los caballos hasta Oldraven Hall, explicara a sus dueños qué había pasado y les pidiera un carruaje para recogerlas.
—¿Nos quedaremos solas? ¿Quién nos protegerá?
—preguntó Prim con el miedo en la garganta.
Dos damas de la nobleza, solas en un camino, con todas sus pertenencias en tres grandes baúles atados aún al carruaje, eran un blanco fácil.
Si algún bandido asomaba por allí antes de que volviera el cochero, el menor de sus temores sería que les robaran.
—Hace mucho que no necesito la protección de nadie —dijo Margareth con cierta soberbia, pero Prim no se sintió más segura.
—Y de la lluvia, ¿cómo nos resguardaremos? —El cielo estaba gris y cerrado casi en su totalidad. Aquello era un desastre.
—Esperemos que vuelva antes que el aguacero —respondió con la mirada clavada en el cochero para que emprendiera ya el viaje.
Finalmente, este, sin mediar palabra, soltó uno de los caballos y lo preparó para montar.
—Intentaré tardar lo menos posible, milady .
Prim vio la silueta del cochero perderse en el horizonte y fue consciente de la situación.
Todos habían oído hablar de la marquesa viuda, con lengua afilada y mirada desafiante, pero dudaba que eso fuera suficiente para defenderse de un asaltante.
Le había parecido muy segura de sí misma hacía unos minutos, pero en ese momento, solas en mitad de un camino, no se sentía para nada a salvo.
Eso le recordó otra cuestión.
—¿Quién vive en Oldraven Hall?
—Una antigua amiga, Anabeth Ravenshaw.
Prim asintió conforme. Hasta ese momento se habían alojado en posadas, evitando cualquier contacto con nadie que pudiera reconocerlas. Pero la situación era compleja, con el carruaje roto no podrían emprender el camino hasta repararlo, y por el estado en que se encontraba, tardarían unos días.
Si Margareth creía que allí estarían bien, ella también.
—No he oído hablar de los Ravenshaw.
—No les gusta la capital. Hace más de una década que no van.
Prim volvió a asentir, no la reconocerían, pues mientras ellos no habían pisado la capital, ella casi no había salido de ella.
Observó el entorno y vio un árbol a unos metros, propuso sentarse bajo él, era absurdo mantenerse junto al carruaje, tardarían unas horas en rescatarlas.
Prim intentó coger su libro desde fuera del carruaje, pero por mucho que se inclinaba, no lograba alcanzarlo.
—Olvídalo. La charla nos mantendrá entretenidas —dijo Margareth.
Prim intentó disimular su consternación, puesto que precisamente era lo que trataba de evitar, otra conversación que la dejaría llorando y triste.
Juntas anduvieron hasta la altura del árbol, abandonaron el camino para adentrarse unos metros en la alta hierba. Aún no habían dejado Inglaterra y el paisaje ya empezaba a ser agreste.
—¿Has estado en Escocia alguna vez? —preguntó Prim. Por mucho que intentaba saber más de la marquesa, siempre redirigía la conversación hacia ella, por lo que había descubierto muy poco de su acompañante.
—He visitado Edimburgo, mas nunca he estado en las Tierras Altas.
—Dicen que son vastas y salvajes, tierras de bestias y leyendas.
La sombra del árbol ya las protegía. Margareth volvió su cara para mirarla.
—Escocia alberga muchas leyendas, y seguramente habrá alguna que otra bestia, pero no más que en Inglaterra. Has vivido con una durante años, ¿qué miedo tienes?
Prim suspiró, siempre encontraba el modo, daba igual de qué hablaran, ella se convertía en el tema principal.
—Me refería a los kelpies que dicen que habitan en sus lagos.
—Podríamos desviarnos a saludarlos si te place —respondió como si nada.
—Ya he conocido suficientes monstruos.
—Eso mismo pensaba. No creo que en Escocia encuentres a nadie peor, además, me consta que la familia de Eleanor, los Campbell, son queridos y respetados.
—Sí, Eleanor habla muy bien de todos, en especial de su esposo.
Prim se enfadó mucho cuando se enteró de que Eleanor se había casado.
Su familia y algunos amigos se reunieron para pasar unas semanas juntos en Navidad, ella también estaba invitada y por culpa de Caroline no pudo asistir.
No pudo ver como su amiga se enamoraba y casaba.
Esto le produjo una herida que, aunque no dejó marca a simple vista, seguía bajo la piel.
Heida le contó que Kendrick era muy guapo, y que su gemela no dejó de rondar a su alrededor durante toda la semana, también le habló de sus hermanos, Clyde y Leah.
Eleanor escribía de ellos en sus cartas, así como del castillo, los alrededores, el mayor de los Campbell —el tío de su marido— y sus hijos.
Todos la adoraban y la habían recibido con los brazos abiertos.
Pero saber de ellos por terceras personas no la hacía conocerlos y no se sentía con la fuerza necesaria para invadir su hogar.
Aun así, allí estaba, varada en medio de la nada, de camino a un castillo que esperaba fuera su escondite.
—He escuchado que Kendrick tiene un hermano y varios primos solteros —dijo Margareth.
Una ráfaga de aire las golpeó agitando sus vestidos y cabellos.
—Ni lo pienses —dijo Prim, colocándose un mechón suelto tras la oreja.
Ya había pensado en ello, y por descontado, que lo primero que haría al llegar sería prohibir a Eleanor cualquier intento de organizar un acercamiento, encerrona o cualquier cosa por el estilo.
Ella no iba allí en busca de marido, solo necesitaba refugio, no sabía por cuánto tiempo, pues aún no había pensado qué haría en un futuro más lejano.
—Cerrarte al amor no es la solución, Primrose.
Margareth se negaba a llamarla Prim, decía que su nombre era demasiado bonito para acortarlo.
—No puedo —dijo con un nudo en el estómago.
—¿No puedes qué?
La marquesa no era de las que disimulaban o lo dejaban estar, era descarada y directa, no ocultaba sus pensamientos.
—Casarme.
—¿Por qué no? —preguntó con todos sus sentidos puestos en ella.
Prim suspiró agotada, se sentía incomprendida. Miró el cielo, estaba más negro. Pronto empezaría a llover y se empaparían, no tenían más cobijo que aquel árbol, y por más frondoso que fuera, no impediría que el agua se colara entre sus ramas y se deslizara por las hojas.
—Ya sabes por qué, no soy apta.