El renacer de la primavera
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Prólogo
Hortensia:
Asociada al renacimiento porque florece con más fuerza tras cada poda.
Con el corazón desbocado, casi sin aliento, Prim pidió a la marquesa que diera la vuelta.
Hacía diez minutos que había visualizado la última casa de la ciudad, los caminos empezaban a ser más austeros y el carruaje se balanceaba con brusquedad.
Estaba oscuro, solo la luz de la luna que se colaba por la ventana le permitía ver el rostro de su acompañante negando con parsimonia.
Margareth, la marquesa, tan orgullosa como hermosa, no cedería tan fácilmente. Aunque no era una decisión que le correspondiera, no la dejaría volver. Prim había pasado demasiado tiempo envuelta en la neblina del odio y su juicio, a su parecer, estaba alterado.
Las dos mujeres emprendieron ese viaje solas.
Ambas con propósitos muy distintos, pero que convergían en uno solo.
Prim, una joven que apenas había salido del cascarón, huía en busca de un futuro mejor, mientras que Margareth, con unos cuantos años más, contaba con experiencia suficiente para ayudarla a llegar a su destino.
La joven trató de controlar su respiración, sin embargo, su cabeza era incapaz de pensar en otra cosa que no fuera su tío persiguiéndola, encontrándola y llevándola de vuelta a casa, donde recibiría un cruel y merecido castigo.
No debió irse. No debió dejarse influenciar por sus amigas, ellas no entendían su situación. Había cometido un grave error, y las consecuencias serían terribles.
Margareth, consciente de su desasosiego, intentó tranquilizarla.
—No nos encontrarán. Cuando se percaten de tu ausencia será tarde y no tendrán ningún rastro que seguir.
Sus palabras no la tranquilizaron, nada lo haría.
Esa tarde había salido de casa para tomar el té y aún no tenía muy claro cómo Heida y Danielle la convencieron para fugarse.
Lo tenían todo planeado, baúles llenos de ropa, un carruaje preparado y hasta una acompañante.
Lo organizaron sin contar con ella; se habría negado, por supuesto, por eso lo ocultaron.
No fue el primer intento, Heida llevaba meses insistiendo para que dejara su casa y se mudara con ella. Como duquesa de Harmont, tenía los recursos necesarios; Prim siempre lo rechazó. No quería que tuviera problemas por su causa.
No supo bien qué fue, si conocer el pasado de Danielle, los empujones de Heida, un brote de locura transitoria, o el último resquicio de esperanza que quedaba en su corazón, lo que la impulsó a aceptar fugarse.
Se dirigía a las Highlands, al castillo donde vivía otra de sus amigas recién casada, Eleanor. No había lugar a dudas de que era un gran escondite, pero nada ni nadie la ataba a las Tierras Altas. Se convertiría en un lastre para una familia que se vería obligada a acogerla y mantenerla.
Su futuro era un lienzo en blanco que le resultaba aterrador.
—No puedo hacer esto —sollozó con los ojos anegados en lágrimas.
Su vida acababa de dar un giro de ciento ochenta grados, otra vez.
Hacía trece años que sus dos progenitores murieron.
Una desgracia que la dejó huérfana y en manos de sus tíos, los duques de Whitebell.
Cualquiera pensaría que podría ser un rayo de luz en la oscuridad, teniendo en cuenta que los duques tenían una hija de su misma edad.
Nada más lejos de la realidad, el duque, hermano de su madre, no sentía el menor aprecio por ninguna de las féminas de la casa, su tía solo la vio como una carga, y su prima, como competencia.
Los años pasaron, los comentarios fríos e hirientes de la duquesa se transformaron en amenazas y su prima la convirtió en el objeto de su desdicha, a la que culpaba y con la que se desquitaba cada vez que sus caprichos no se cumplían.
Desconocía si su tío estaba o no al tanto del trato que recibía de ellas.
Tras la presentación en sociedad de ambas, la cosa empeoró. La culpaba de que ningún caballero estuviera interesado, aunque la realidad era muy distinta. Los hombres no eran tan estúpidos como para no ver su verdadero carácter.
No le importaba que su tío la ignorase, ese comportamiento era muy común entre la alta sociedad.
Podía lidiar con los comentarios de su tía, por dolorosos que fueran.
Su verdadera pesadilla era Caroline, su prima, el demonio reencarnado.
Cuando dejó de satisfacerle maltratarla con afiladas palabras impregnadas de odio, empezó a hacerlo físicamente.
Una lágrima resbaló con el recuerdo amargo de uno de sus últimos encuentros, su espalda aún gritaba dolorida, al igual que sus manos, que aún no se habían recuperado.
Los guantes se habían convertido en su segunda piel desde que le vertió una tetera de agua hirviendo en ellas un par de meses atrás.
Aún tenía la piel marcada, mas no era nada en comparación de cómo las tenía al principio.
En el momento experimentó un dolor tan insoportable que quería cortárselas.
Una de las doncellas le dio un ungüento, le calmó un poco, pero el dolor era muy intenso.
La primera noche llegaron las ampollas, y al dolor se sumó el escozor. Fueron días terribles, apenas podía usar las manos, necesitó ayuda hasta para comer.
Una semana después estaba mejor, no había ampollas y la piel se restauraba, pero se entumecían con frecuencia y desarrolló hipersensibilidad, lo que no suponía un problema siempre y cuando no tuviera que aparentar ser la perfecta dama.
Aún sentía entumecimiento en algunas ocasiones, evitaba tocar cosas con temperaturas altas o bajas, los guantes le servían de aislante.
—No hay marcha atrás —dijo Margareth.
—Lo sé —no mentía. Era muy consciente de que no podía volver. ¿Cómo justificaría la ausencia durante tantas horas? Posiblemente ya hubieran mandado a alguien en su búsqueda, y cuando regresase sin ella, todos lo sabrían.
Y una parte de ella, aunque aterrada por un futuro incierto, sentía que había hecho lo correcto.
Estaba muy nerviosa, tanto que no era capaz de pensar con claridad.
—Pues no lo pienses más.
«Es fácil decirlo», pensó. No contestó, se centró en seguir mirando por la ventanilla, aunque no viese nada más que oscuridad.
Margareth, a pesar de no haber tratado demasiado con Prim, sentía simpatía por ella desde que la vio por primera vez.
No sabía los detalles de qué había sufrido exactamente bajo la tutela y protección del duque, pero solo con observarla se podía atisbar que protección había recibido más bien poca, era un alma herida.
Su mirada albergaba una profunda tristeza, y su sonrisa, siempre forzada, no le llegaba a las orejas.
Incluso el pelo rubio dorado que poseía cuando la conoció se había vuelto pajizo y sin brillo.
Margareth no se involucraba en los asuntos de los demás, pero cuando Heida le pidió ayuda con el carruaje, no se lo pensó, esa vez no miró para otro lado.
Heida no podía dejarle el suyo, su blasón era reconocible.
Su casa sería el primer lugar donde la buscarían, y si notaban que faltaba uno de sus coches de caballos, todo se enturbiaría.
Heida tendría problemas y Whitebell sabría por dónde empezar a buscar.
La otra opción, alquilar un carruaje y mandarla sola o con simplemente una criada, estaba descartada, era un trayecto demasiado largo y peligroso.
Margareth propuso acompañarla ella misma. Prim se haría pasar por su doncella, de manera que ni su cochero sabría quién era en realidad. Eso la protegería y encubriría su rastro. Heida no pudo negarse, era demasiado astuto, demasiado brillante, demasiado perfecto.
Prim cargaba con una profunda aflicción de la que no se desprendería con facilidad.
¿Qué nueva vida podría empezar si aún no había sanado las heridas de la anterior?
Con ese pensamiento, Margareth se autoencomendó la misión de sacarla del pozo al que su familia y circunstancias la habían empujado antes de llegar a las Highlands.
Ese castillo estaba lleno de hombres solteros, y no se iría de él hasta verla casada con uno de esos guapos y fornidos highlanders , como que era la marquesa de Winfield.