El renacer de la primavera Epílogo
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Epílogo

Prímula:

Florece al finar del invierno, anunciando así la llegada de la primavera.

Prim paseaba por el jardín con los ojos llenos de amor y una sonrisa boba en el rostro. Dorian caminaba errático, tambaleándose a un lado y a otro, apenas hacía un mes de sus primeros pasos, pero el pequeño era indomable.

A Prim casi se le para el corazón con su casi caída, por suerte, solo quedó en un susto, aun así, acortó la distancia.

La brisa de otoño agitó su cabello, el tiempo empezaba a cambiar.

—Dorian, hace frío.

El niño se volvió a mirar a su madre, solo un segundo antes de echar a correr. Prim rio a carcajadas y fingió perseguirlo hasta la fuente. Allí lo atrapó, lo tomó en sus brazos y le dio un sonoro beso en la mejilla.

—No deberíais estar aquí —dijo Anabeth a su espalda—. Ya refresca.

El cielo estaba parcialmente despejado, pero cuando alguna nube tapaba el sol, la temperatura parecía descender un par de grados.

La condesa viuda volvió a Oldraven dos meses antes del alumbramiento de su nieto, se volcó no solo en el cuidado de Dorian, también en el de Prim. Su relación creció día a día, hasta quererse como madre e hija.

Era muchas las noches que Prim salía al balcón a contemplar las estrellas, pero ya no se sentía sola.

—Tienes razón —respondió cambiando su dirección; entonces, al volverse, se encontró con la mirada de Anabeth. Acuosa y enrojecida—. ¿Qué ocurre? —preguntó con preocupación.

—Ha llegado el correo. Miles vuelve a casa.

—Eso es fantástico —celebró con efusividad. Su cuñado llevaba más de seis meses fuera, estaba siendo una expedición bastante larga, aunque después de la del Amazonas, que duró casi un año, era considerablemente más corta.

Anabeth seguía llevando muy mal su ausencia, y mantenía la esperanza de que, cuando se casara, dejara de hacer aquellas excursiones que podían costarle la vida.

Y razón no le faltaba, las travesías en barco podían complicarse, por no hablar del hecho de explorar una zona inexplorada con plantas extrañas, que podían ser venenosas hasta el punto de causar la muerte.

—Esto ha llegado para ti —dijo tendiéndole un par de cartas.

Anabeth tomó al niño en brazos y comenzó a hacerle carantoñas.

Prim no tuvo ninguna duda de que lo de las cartas solo había sido una excusa para que le dejara jugar con Dorian.

Ojeó el remitente y reconoció la letra de inmediato, una era de Margareth, le escribía semanalmente, y por mucho que le insistía en que fuera a visitarlos y conocer a su hijo, ella lo posponía una y otra vez.

La más abultada era de Eleanor, sin duda, con un montón de cotilleos sobre los Campbell; no habían vuelto a escocia desde aquella primera vez, pero se verían en unos meses, Heida había planeado reunirnos a todos en Hederfield, familia y amigos.

—Prim, hace frío para el niño, lo llevo dentro —dijo Anabeth al verla abriendo una de las cartas.

Asintió y se dirigió a uno de los bancos de piedra.

Como predijo, Eleanor, tras contarle mil historietas sobre su retoño, narraba un montón de cosas, hasta los entresijos de la cocinera, de la que estaba segura de que ocultaba algo y sospechaba que fuera una bruja. Prim se carcajeó al leer esas líneas.

—Aquí estás —dijo Lucien, al que, para variar, no escuchó llegar.

—Has vuelto pronto —dijo Prim.

—Sí, me apetecía pasear con mi esposa. —Desvió la mirada al bosque tras ellos.

Desde la llegada de Dorian, los momentos a solas eran muy reducidos, pero una vez a la semana, los condes se adentraban solos en el bosque, no siempre seguían el mismo camino ni hacían lo mismo, aunque todas las veces terminaban igual, el uno en brazos del otro.

—A mí también.

—Pues es una suerte que mi madre esté encantada de cuidar a Dorian un rato. Me la he encontrado al salir. «No tengáis prisa» fueron sus palabras —dijo imitando su voz, ambos sonrieron.

—Lo adora —dijo Prim—. Estaba leyendo la correspondencia. —Le mostró las cartas—. Pide que preparen los caballos mientras termino.

—Claro, pero no tardes —dijo antes de darle un beso fugaz.

Abrió la carta de Margareth y sus ojos se abrían más y más con cada línea que leía. Iba a ir a visitarlos, se quedaría con ellos casi un mes y después iría con ellos hasta Hederfield, donde pasaría las navidades. Prim no podía creérselo, Margareth no había vuelto a salir de Londres.

Con una sonrisa de oreja a oreja, se agachó y cogió un par de áster, le encantaba esa flor, tenía las tres tonalidades, no juntas, cada una en una zona, pero las que más le gustaban eran las violetas.

Se deleitó con su olor antes de colocárselas en el pelo, llevar una flor en el cabello se había convertido en su seña de identidad.

Su jardín era variado, y contaba con plantas de floración en diferentes épocas, de ese modo, siempre había color en él.

Sus ojos se desviaron a la verja de entrada, Lucien la restauró hacía un mes, no parecía la misma que cuando la cruzó por primera vez, ya habían pasado más de dos años y, al igual que ella, había cambiado mucho; sin embargo, seguía siendo la misma, aunque sin miedos ni necesidad de huir o esconderse.

No solo había perdido cosas, también había ganado un marido maravilloso, una familia cariñosa, un hijo hermoso, un hogar lleno de vida, una ocupación, y sí, un título también, aunque de todo era lo que menos le importaba.

Sonrió al cielo, agradeciendo en silencio por aquel afortunado accidente de carruaje. A veces, el destino llegaba disfrazado de desastre.

El relincho de Spring desde los establos rompió el embrujo, Prim se encaminó hacia ella sin demora. Se había convertido en una amiga fiel, tan hermosa como la primavera misma. La saludó rascándole tras las orejas, y la yegua relinchó juguetona.

Aquel sonido, que un día llegó a paralizarla de terror, ya no provocaba nada en ella. Agarró las riendas con firmeza, colocó el pie en el estribo y subió a su lomo.

—¿Lista, mi bella amazona? —preguntó Lucien desde el suelo.

—Siempre —respondió con una sonrisa.

Fin