El relicario de las mentiras (Sombras de Oakhaven 1) Epílogo La estación de las hojas #2
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Epílogo La estación de las hojas #2

Martha dejó la manta.

—No lo conociste.

—No. Pero he leído suficiente suyo.

Continuó.

Enero de 1857.

No se lo digas a Elena, porque dirá que soy una tonta.

Creo que me gusta. No porque sea guapo, aunque lo es y sería absurdo fingir que no.

Me gusta porque cuando le digo que una cosa no tiene sentido no me responde que una criada no necesita entenderla.

Ayer discutimos veinte minutos sobre si una mujer debería poder conservar su salario después de casarse.

Perdió la discusión y fingió que había sido idea suya desde el principio.

Iris cerró los ojos.

—Yo habría dicho que era una tonta.

—Sí.

—Gracias por defenderme.

—No te defendía.

Martha abrió otro paquete de papeles.

Iris siguió leyendo.

Las cartas no contenían una gran historia de amor.

Contenían cosas más pequeñas: una taza de leche, un libro devuelto con una flor dentro, un paseo demasiado corto, una discusión sobre una obra de teatro, un botón que Lawrence había cosido de forma tan incompetente que Rosalind tuvo que arreglarlo después.

En marzo aparecía por primera vez el miedo.

Madre, sé lo que vas a decir. Sé quién es él y quién soy yo. No soy tan ingenua como Elena cree. Precisamente por eso tengo miedo. Si fuera solo un hombre que me gusta, podría dejarlo. Pero empieza a parecerse a la persona con quien querría discutir durante muchos años.

Iris dejó la carta sobre la mesa.

La frase le hizo daño de una manera que los documentos del duelo no habían conseguido.

El diario de Lawrence hablaba de decisiones, dinero, presión, honor. Aquellas cartas hablaban de una relación antes de convertirse en problema.

—¿Por qué no me las enseñaste? —preguntó.

Martha se sentó frente a ella.

—Porque eran de Rosalind.

—Soy su hermana.

—Y eso no te da derecho automático a todo lo que escribió.

Iris bajó la vista.

La corrección era tan parecida a algo que ella misma había dicho a Margaret que resultó imposible discutirla.

—Entonces ¿por qué ahora?

—Porque iba a quemarlas.

Iris levantó la cabeza.

—No.

Martha arqueó una ceja.

—Mira qué rápido aparece el derecho automático.

—Quiero decir… pregúntale a Rosalind.

—Eso pensaba hacer.

Iris soltó el aire.

Su madre sonrió apenas.

—Has cambiado.

—No sé si para mejor.

—Eso suele decidirlo otra gente.

Iris ordenó las cartas por fecha.

—Si Rosalind quiere conservarlas, podría guardarlas con la carta de Lawrence.

—O quemarlas ella misma.

—Sí.

Le costó pronunciarlo.

Martha lo notó.

—Has pasado meses intentando salvar papeles.

—Porque otros los destruían para controlar la historia.

—Y ahora tienes que aprender que conservarlos contra la voluntad de quien los escribió puede ser otra forma de controlarla.

Iris se quedó quieta.

La cocina era pequeña. Afuera, una lluvia fina golpeaba el cristal y el jardín seguía desnudo. En Oakhaven, aquella misma clase de frase habría adquirido el peso de una revelación. Allí, Martha se limitó a levantarse para comprobar la tetera.

—¿Quieres té?

—Sí.

—Entonces deja de mirar las cartas como si fueran reliquias.

Iris reunió el paquete.

Antes de volver a atarlo, leyó una última hoja, fechada a comienzos de abril de 1858.

Elena tendría razón en una cosa: amar a alguien no vuelve menos reales las diferencias entre nosotros.

Lawrence cree que puede resolverlo todo si toma una decisión lo bastante grande.

Yo empiezo a pensar que las vidas no cambian por una decisión grande, sino por cien pequeñas que se hacen después.

Si de verdad nos vamos, eso será lo difícil.

Iris pasó el pulgar por el borde del papel.

Rosalind había comprendido antes que todos ellos lo que Oakhaven apenas empezaba a aprender.

Marcharse era una decisión.

Vivir después era el trabajo.

Martha dejó una taza delante de ella.

—Escribe a tu hermana y pregúntale qué quiere hacer con estas.

—Lo haré.

—Y no le digas cómo debería responder.

Iris tomó la taza.

—Eso va a ser más difícil.

—Por eso te lo digo.

Guardaron las cartas en una caja distinta de la destinada al fuego.

No porque hubieran decidido conservarlas.

Porque habían decidido que la decisión no les pertenecía.

* * *

La respuesta de Rosalind llegó en marzo.

No estaba dirigida a Iris.

Estaba dirigida a Catherine Blackwood.

El sobre pasó primero por Eleanor, después por Croft y finalmente por Oakhaven. Catherine lo recibió una mañana y permaneció una hora encerrada en el salón azul.

Nadie supo qué decía hasta que ella misma decidió contarlo durante la cena.

—Rosalind ha respondido.

Margaret dejó el tenedor.

Theodore levantó la vista.

Edmund se quedó inmóvil.

—¿Qué dice? —preguntó.

Catherine dobló la servilleta.

—Que recibió mi carta.

Esperaron.

—Y que no me perdona.

Margaret contuvo la respiración.

Su madre continuó con una voz tan serena que habría engañado a cualquiera que no la conociera.

—Dice que quizá nunca lo haga. Que mi arrepentimiento no le devuelve a Lawrence ni los meses de miedo. Que no necesita mi permiso para existir ni mi reconocimiento para criar a su hijo.

Edmund bajó los ojos.

—¿Algo más?

Catherine asintió.

—Acepta que ayudemos a William con su educación bajo las condiciones que fijó. Y dice… —la voz se detuvo por primera vez— que espera que Margaret tenga una vida que no dependa de obedecer las decisiones que otros toman por ella.

Margaret miró a su madre.

Catherine sostuvo su mirada.

—Eso es todo.

No era todo.

Margaret lo supo.

Pero no preguntó.

La carta pertenecía a Catherine y Rosalind.

Había aprendido también eso.

Al día siguiente escribió a Iris:

Rosalind ha contestado a madre. No sé qué más decía porque madre no quiso enseñarnos la carta. Esta vez no he intentado buscarla. Creo que eso cuenta como una mejora de carácter, aunque Theodore dice que simplemente he aprendido métodos más sofisticados.

Iris rió al leerlo.

Martha, al otro lado de la mesa, levantó la cabeza.

—¿Margaret?

—Sí.

—Escribes mucho a esa niña.

—Ya no es tan niña como cuando la conocí.

Martha cosió un botón en silencio.

—¿Volverás?

Iris miró la carta.

—No lo sé.

Su madre sonrió sin levantar la vista.

—Cuando eras pequeña decías «no lo sé» solo cuando ya habías decidido algo que no querías explicar.

Iris pensó en Catherine.

—Eso es injusto.

—Probablemente.

* * *

La primavera llegó temprano.

En abril, Theodore envió una carta mucho más corta que las de Margaret.

Señorita Fletcher:

La propuesta de la que hablamos sigue abierta.

Margaret cumple dieciséis años en unas semanas.

Mi padre acepta que regrese como acompañante y secretaria personal de mi hermana, con libertad para continuar su formación y ayudar en la correspondencia y las cuentas.

Mi madre ha dicho: «No pienso impedirlo», que en su idioma puede considerarse entusiasmo.

El salario será superior al de institutriz. Croft ha preparado términos para que su puesto dependa del contrato y no del humor de la casa. Si no desea volver, lo entenderemos.

Margaret no sabe que escribo. Si decide rechazarlo, le agradecería que me lo dijera a mí antes de decírselo a ella para que pueda abandonar el país.

Theodore Blackwood.

Iris leyó la carta dos veces.

Después la llevó al jardín.

Martha estaba podando un rosal que había sobrevivido mal al invierno.

—Me han ofrecido volver.

Su madre no se sorprendió.

—¿A Oakhaven?

—Sí.

—¿Como institutriz?

—No. Como acompañante y secretaria de Margaret.

Martha cortó una rama seca.

—¿Quieres ir?

Iris miró la calle al otro lado de la verja.

Durante tres meses había vivido como Elena Thorne. Había recuperado ritmos que creía perdidos, dormido bajo el mismo techo que su madre, aprendido a existir sin registrar cada puerta que se abría detrás de ella.

También había esperado el correo cada mañana.

—Sí —dijo.

La respuesta le produjo miedo.

Eso le confirmó que era verdadera.

Martha siguió podando.

—Entonces ve.

—¿Así de fácil?

—No. Pero lo difícil ya lo harás tú.

Iris sonrió.

—Rosalind dijo algo parecido una vez.

—Rosalind se parece a mí cuando le conviene.

—Y a mí cuando no.

Martha dejó las tijeras.

—Elena.

Iris la miró.

—Puedes volver a llamarte Iris sin que eso signifique que estás huyendo de nosotras.

Las palabras llegaron al lugar exacto que llevaba meses evitando.

—No sé cuál es mi nombre ya.