Epílogo La estación de las hojas #3
—Tienes dos. Hay gente con menos suerte.
Iris rió.
Martha tomó de nuevo las tijeras.
—Escribe a la muchacha.
—Theodore dijo que no sabe que me ha ofrecido volver.
—Entonces escribe a Theodore primero y hazlo sufrir un poco.
—Madre.
—También soy una Thorne.
* * *
El coche de alquiler llegó a Oakhaven a mediados de mayo de 1859.
Esta vez no había lluvia.
Las hojas nuevas cubrían los robles y el jardín empezaba a recuperar color. Iris vio la fachada desde el último tramo del camino y sintió la misma impresión que un año atrás: una casa demasiado grande para el número de personas que podían ser felices dentro.
Pero ya no parecía inexpugnable.
Sabía dónde estaban las grietas.
Sabía también que algunas se habían abierto para dejar pasar luz y otras podían derrumbar un muro si alguien las ensanchaba demasiado.
Ward esperaba junto a la puerta.
Tenía más canas que el año anterior. La mano izquierda temblaba ligeramente al tomar la manija del coche.
—Señorita Fletcher.
Iris bajó.
—Señor Ward.
—Bienvenida de nuevo a Oakhaven.
—Eso suena peligrosamente sincero.
—He intentado mejorar.
Ella sonrió.
Havelock apareció detrás de él.
—Espero que esta vez no venga con la intención de poner la casa patas arriba.
—No puedo prometerlo.
—Naturalmente.
Alfred recogió el equipaje.
Bridget asomó desde la escalera de servicio y sonrió antes de que Havelock la hiciera desaparecer con una mirada.
Theodore bajó por la escalera principal.
—Ha venido.
—Eso parece.
—Croft tiene el contrato.
—Cinco minutos en la casa y ya habla de papeles.
—He madurado.
—No tanto.
Entonces Margaret apareció en el rellano.
Durante los meses de separación había cambiado poco y mucho.
Seguía siendo una muchacha, pero llevaba el cabello recogido de una forma menos infantil.
El vestido azul oscuro no tenía el cuello opresivo que Catherine elegía el año anterior.
Sostenía un libro bajo el brazo y una carpeta de cuentas en la otra mano.
Se quedó inmóvil.
Iris también.
Margaret bajó los escalones sin correr.
A mitad de camino pareció recordar que todos la miraban y redujo la velocidad.
Llegó al vestíbulo.
—Ha tardado.
—Buenos días a vos también.
Margaret intentó mantener la seriedad.
No pudo.
—Sabía que volvería.
—Yo no.
—Entonces una de las dos tenía que tener razón.
Iris miró la carpeta de cuentas.
—¿Qué es eso?
—Los gastos del primer trimestre. Hay tres partidas que Theodore no sabe explicar.
—Eso es calumnia —dijo él desde la escalera.
Margaret lo ignoró.
—Y he empezado italiano.
—¿Por qué?
—Porque usted no estaba para decirme que era excesivo.
Iris soltó una risa.
—Tenemos trabajo.
—Mucho.
Margaret extendió la mano.
No era el gesto de una niña buscando que la guiaran a través de un arroyo.
Era una bienvenida formal entre dos personas que habían decidido, de maneras diferentes, seguir formando parte de la vida de la otra.
Iris la tomó.
Solo entonces vio a Catherine en la puerta del salón azul.
La marquesa llevaba un vestido gris perla.
No sonreía.
—Señorita Fletcher.
—Lady Catherine.
—Margaret tiene correspondencia atrasada.
—Me ocuparé.
—Y no toleraré que conviertan la oficina de la casa en una escuela de conspiración.
Theodore intervino:
—Eso no figura en el contrato.
Catherine lo miró.
—Debería.
Margaret sonrió.
Iris inclinó la cabeza.
—Intentaremos que las conspiraciones estén debidamente archivadas.
Por un segundo, algo cambió en la boca de Catherine.
No llegó a sonrisa.
Pero estuvo cerca.
Se retiró.
Ward cerró la puerta principal.
El sonido resonó por el vestíbulo.
Iris miró el gran reloj de pie.
Seguía funcionando.
No pensó en Lawrence.
No inmediatamente.
Pensó en la carta de Rosalind, en William respirando bajo un cielo escocés, en la declaración de Coldwell bajo llave en Northampton, en el diario y el relicario todavía guardados por Ward, esperando una ocasión que no podía forzarse.
Pensó en Theodore, que había empezado a convertir las deudas en cifras y las cifras en decisiones.
En Edmund, que había aprendido demasiado tarde que aplazar también era elegir.
En Catherine, que aún confundía a veces control con protección pero ya sabía que no eran sinónimos.
En Margaret, que tenía dieciséis años y una carpeta de cuentas bajo el brazo.
La verdad no había destruido Oakhaven.
Tampoco la había salvado.
Había hecho algo menos espectacular y más difícil: obligar a sus habitantes a seguir viviendo sin la comodidad de la mentira completa.
Margaret abrió la carpeta.
—La primera partida inexplicable son treinta y seis libras en reparación de una bomba de agua que, según Havelock, no se ha reparado.
Theodore protestó desde la escalera.
—El administrador dijo…
—Precisamente —lo interrumpió Margaret.
Iris dejó los guantes sobre la mesa.
—Bien. Empecemos por los hechos.
Margaret la miró.
La frase pertenecía al bosque, a Merridale, al comienzo de todo aquello que había aprendido.
—Hechos —repitió.
Fuera, las hojas nuevas se movían bajo el viento de mayo.
Oakhaven seguía en pie.
Pero ya no parecía una casa detenida en el tiempo.