Epílogo La estación de las hojas
No llovía.
M argaret consideró aquello una falta de sensibilidad por parte del clima.
El cielo estaba limpio y frío, de un azul casi blanco.
La escarcha cubría los bordes del camino y cada pisada crujía sobre la grava.
Alfred había subido el equipaje al coche: un baúl, una maleta pequeña, dos cajas de libros y una carpeta de cuero que Margaret había llenado de ejercicios que Iris no había pedido.
—Para que no crea que voy a dejar de estudiar —explicó.
—Nunca he temido eso.
—Debería.
Estaban junto a la escalinata. Theodore hablaba con el cochero.
Ward comprobaba las correas del equipaje aunque Alfred ya lo había hecho dos veces.
Havelock permanecía bajo el pórtico con los brazos cruzados y una expresión de desaprobación que podía dirigirse al frío, a la partida o al hecho de que una institutriz hubiera conseguido que toda la familia saliera a despedirla.
Edmund no estaba.
Había bajado temprano, hablado con Iris en privado y regresado al estudio.
La conversación había durado menos de diez minutos.
—No sé si debería agradecerle lo que ha hecho —había dicho.
—Probablemente no.
—Mi familia está menos unida que antes de su llegada.
—También menos engañada.
Edmund había aceptado la respuesta.
Después le entregó un sobre.
Dentro había una nota breve dirigida a Rosalind, no para enviar todavía, y una instrucción escrita para Croft: si Rosalind aceptaba la ayuda económica para William, el primer pago saldría de los fondos personales de Edmund, no de la cuenta general de Oakhaven.
—No quiero que Theodore cargue con esto como una deuda de la finca —dijo.
—Es su nieto.
Edmund cerró los ojos.
—Lo sé.
Aún pronunciaba esas dos palabras como si fueran una condena.
Iris había guardado el sobre.
Ahora Catherine apareció en la puerta.
Margaret se tensó.
Su madre llevaba un abrigo negro con cuello de piel y guantes grises. Bajó un solo escalón.
—Señorita Fletcher.
Iris se volvió.
—Milady.
Catherine miró el coche, después el equipaje.
—Supongo que no espera una escena sentimental.
—No especialmente.
—Bien.
Margaret cerró los ojos un instante.
Su madre continuó:
—Cuando escriba a su hermana… si escribe… dígale que la carta que envié no requiere respuesta.
Iris la observó.
—Se lo diré.
—Y si la destruyó sin leerla, también lo comprenderé.
Margaret miró a Catherine.
No había lágrimas. Tampoco la rigidez habitual.
Solo cansancio.
Iris inclinó la cabeza.
—Se lo diré si tengo ocasión.
La marquesa asintió.
—Buen viaje.
—Gracias.
Catherine regresó al interior antes de que nadie pudiera convertir aquello en algo más.
Margaret soltó el aire.
—A veces creo que mi madre practica las despedidas como si fueran declaraciones diplomáticas.
Iris sonrió.
—Probablemente.
Theodore se acercó.
—El coche está listo.
—Ya lo veo.
—Croft escribirá a su dirección si hay respuesta de Rosalind.
—Bien.
—Y la oferta sigue en pie.
Margaret miró a su hermano.
—¿Qué oferta?
Iris le lanzó una mirada de advertencia.
Theodore la ignoró.
—Si vuelve, no lo hará como institutriz. Estoy pensando en una función más amplia.
Margaret se volvió hacia Iris.
—¿Iba a contármelo?
—Cuando hubiera algo que contar.
—Hay una oferta.
—Hay una idea de Theodore.
—Que es peor, normalmente —dijo Margaret.
Theodore se llevó una mano al pecho.
—Qué gratitud.
Por primera vez en meses, los tres rieron a la vez.
El sonido sorprendió a Havelock, que giró la cabeza.
Ward fingió revisar otra correa.
Margaret dejó de reír antes que los otros.
El coche seguía esperando.
—No quiero que se vaya —dijo.
La frase era demasiado honesta para esconderla detrás de una broma.
Iris la miró.
—Lo sé.
—Y no pienso decir que lo entiendo.
—No hace falta.
—Pero tampoco voy a pedirle otra vez que se quede.
Iris sintió un orgullo que se mezcló con tristeza.
—Eso tampoco hace falta.
Margaret sacó algo del bolsillo.
Era una llave pequeña.
Iris frunció el ceño.
—¿Qué es?
—La del cajón de mi escritorio.
—¿Por qué me la da?
—No se la doy. —Margaret abrió la mano para mostrársela y volvió a cerrarla—. Quería que la viera.
—Sigo sin entender.
—Antes guardaba cartas que no enviaba porque tenía miedo de que alguien las leyera. Ahora voy a escribirle y enviarlas. La llave seguirá conmigo, pero no para encerrar todo.
Iris comprendió.
—Me parece una buena idea.
—Y va a contestar.
—Eso suena menos a idea y más a orden.
—He aprendido de mi madre.
—Eso me preocupa.
Margaret sonrió, pero los ojos se le llenaron de lágrimas.
Iris no la abrazó de inmediato.
La relación entre una mujer de veinticinco años y una muchacha de quince había sido construida alrededor de límites que ambas comprendían, incluso cuando el dolor invitaba a olvidarlos.
Margaret era su alumna, su protegida y, en un sentido que no necesitaba adornos, alguien a quien había llegado a querer.
Abrió los brazos.
Margaret dio el paso que faltaba.
El abrazo duró unos segundos.
Nada más.
Cuando se separaron, Margaret se secó el rostro con el dorso del guante.
—Escriba en cuanto llegue.
—Lo haré.
—Y si Rosalind escribe…
—Se lo haré saber si ella permite que comparta la carta.
Margaret hizo una mueca.
—Sigue hablando como abogada.
—Es contagioso vivir con Theodore.
—Eso sí es grave.
Iris subió al coche.
Ward cerró la portezuela.
El vehículo empezó a avanzar.
Iris miró por la ventanilla.
Oakhaven se alejó despacio: el pórtico, las ventanas altas, las chimeneas, el muro cubierto de hiedra. Margaret permanecía junto a Theodore. Ward detrás. Havelock ya había entrado. Catherine no apareció en ninguna ventana.
Cuando el coche giró al final del camino, la casa desapareció.
Iris esperó sentir alivio.
Lo sintió.
También pérdida.
Ambas cosas podían ser verdad.
* * *
Martha Thorne vivía en una casa pequeña a las afueras de Northampton, con un jardín que en enero no ofrecía más que ramas desnudas y tierra endurecida.
Cuando abrió la puerta y vio a su hija mayor, no preguntó por qué había tardado.
La abrazó.
Elena permitió que aquel nombre regresara sin luchar contra él.
Durante las primeras semanas durmió mucho.
Más de lo que creía necesitar.
Ayudó a su madre con la compra, reparó una gotera del cobertizo, ordenó papeles, leyó. Por las mañanas era Elena. En la tienda, los vecinos la llamaban señorita Thorne. Nadie sabía quién era Iris Fletcher y a nadie parecía importarle.
Al principio le produjo libertad.
Después, una extraña sensación de amputación.
Las cartas de Margaret llegaron con regularidad.
La primera tenía cuatro páginas y una mancha de tinta en el margen.
Señorita Fletcher: —empezaba, y la palabra estaba tachada.
Debajo:
Iris:
Theodore ha despedido al proveedor de carbón porque llevaba dos años cobrando transporte dos veces.
Padre lo ha felicitado sin parecer feliz de hacerlo.
Madre ha dicho que siempre sospechó del proveedor, lo cual probablemente significa que no sospechó nunca.
Yo he empezado a revisar los gastos del invernadero y he descubierto que Havelock sabe más de economía que todos nosotros juntos.
La carta continuaba con tres párrafos sobre libros y uno sobre el vicario.
Terminaba:
No sé si la echo de menos o si echo de menos quién era yo cuando estaba aquí. Supongo que usted me diría que son preguntas distintas. Me irrita que pueda oír su voz incluso cuando no está.
Iris respondió al día siguiente.
La segunda carta de Margaret llegó antes de que la primera respuesta hubiera tenido tiempo de volver a Oakhaven.
La tercera contenía una tabla de gastos.
La cuarta, una discusión con Catherine sobre la conveniencia de que una joven supiera leer contratos de arrendamiento.
La quinta hablaba de Lawrence por primera vez sin convertir cada frase en duelo.
He ido a su tumba. La hiedra estaba cubriendo parte del nombre.
Antes pensé que era una metáfora terrible.
Hoy la aparté con la mano y decidí que quizá solo sea una planta haciendo lo que hacen las plantas.
Creo que usted diría que a veces un reloj parado es solo un reloj que alguien detuvo porque no soportaba el ruido.
Iris dejó aquella carta sobre la mesa durante mucho tiempo.
Margaret había aprendido la lección más difícil.
No todo era símbolo.
Y por eso, cuando algo lo era, tenía más fuerza.
* * *
A finales de febrero, Martha decidió vaciar el arcón del dormitorio pequeño.
No lo anunció como una decisión importante. Simplemente colocó tres cajas sobre la mesa de la cocina y dijo:
—Si sigues viviendo aquí, necesitamos espacio para tus libros.
Iris miró los estantes.
—Mis libros ocupan menos que tus tarros de conservas.
—Mis tarros alimentan personas.
—Algunos de mis libros también.
—Entonces cómete uno en abril.
El intercambio habría sido imposible un año atrás. Iris lo notó solo después de sonreír.
Abrieron el arcón.
Había ropa de invierno, una manta de su padre, recibos de alquiler, dos cuadernos escolares y paquetes de cartas atados con cintas cuyo color había dejado de ser identificable.
Martha separó documentos con la eficiencia de una mujer que había sobrevivido a demasiadas mudanzas para sentir reverencia por el papel.
—Esto se guarda. Esto se quema. Esto puede servir para envolver.
Iris tomó uno de los paquetes.
Reconoció la letra de Rosalind antes de leer el nombre.
—¿Son suyas?
Martha siguió doblando una manta.
—De cuando empezó en Oakhaven.
Iris desató la cinta.
La primera carta estaba fechada en noviembre de 1856.
Querida mamá: la casa es tan grande que el primer día tardé diez minutos en encontrar la cocina después de llevar una bandeja. La señora Havelock dice que me acostumbraré. El cocinero grita, pero no es malo. Hay un señor joven que baja a pedir leche caliente y hace demasiadas preguntas.
Iris levantó la vista.
—Lawrence.
—Probablemente.
La siguiente carta era de diciembre.
Lord Lawrence me ha prestado un libro. Le dije que no debía porque no tengo tiempo, y respondió que el tiempo es una de las pocas cosas que la gente rica se empeña en regalar cuando no sabe qué regalar. No entiendo si se burla de mí o de sí mismo.
Iris sonrió.
—Eso sí suena a él.