Capítulo 20 El silencio de los vivos #4
—Entonces consíguelas.
Theodore levantó la mirada.
Edmund estaba al otro lado del escritorio. La carta de Lawrence a su padre permanecía guardada en el cajón inferior, bajo llave. Theodore sabía que estaba allí porque Edmund ya no fingía lo contrario.
—¿Quiere que negocie con ellos?
—Quiero que empieces a entender qué vas a heredar.
La palabra produjo un silencio breve.
Durante toda su vida, Theodore había odiado ser el segundo hijo. Después de abril, había descubierto que convertirse en el primero no era una victoria.
—No tengo prisa.
Edmund miró hacia la ventana.
—Yo tampoco tengo intención de morirme para facilitarte el trabajo.
—Me tranquiliza.
—Pero Lawrence iba a ocuparse de esto. De las rentas, de los contratos, de los arrendatarios, de las reparaciones. Yo asumí que tendría años para enseñarle lo que necesitaba. —Edmund volvió los ojos hacia su hijo—. No cometeré el mismo error contigo.
Theodore sintió una resistencia antigua.
—No soy Lawrence.
—Lo sé.
La respuesta fue inmediata.
No había comparación escondida.
Eso lo desarmó.
Edmund abrió otro libro.
—La finca parece más sólida de lo que es.
Theodore casi sonrió.
—Eso también lo dice Iris.
—Empiezo a sospechar que la señorita Fletcher ha leído nuestras cuentas con más atención que yo.
—Margaret también.
—Eso me preocupa por motivos diferentes.
Theodore se sentó.
El libro mostraba ingresos de arrendamientos, venta de grano, madera, rentas de dos casas en Northampton y gastos de mantenimiento.
Las cifras eran respetables hasta que se comparaban con la cantidad de dinero que Oakhaven consumía para seguir pareciendo una casa capaz de no preocuparse por el dinero.
—El ala oeste necesita tejado —dijo Theodore.
—El próximo año.
—Lo dijo el año pasado.
Edmund no respondió.
—Los establos tienen tres caballos que casi nadie monta. La bodega compra vino como si recibiéramos invitados cada semana. Tenemos dos salones que se calientan aunque pasen días vacíos.
—Una casa de este tamaño exige ciertos estándares.
—Una casa de este tamaño exige pagar por ellos.
Edmund frunció el ceño.
Theodore esperó la orden de callar.
No llegó.
—Continúa.
El hijo pasó páginas.
—Hay arrendatarios atrasados.
—Malas cosechas.
—Y algunos contratos llevan quince años sin revisarse.
—Tu abuelo creía en la estabilidad.
—A los arrendatarios seguramente también les gusta.
Edmund resopló.
—No vamos a exprimir a familias para pagar la estupidez de Lawrence.
Theodore levantó los ojos.
—No pensaba proponerlo.
—Bien.
Aquella frase contenía una lección que Theodore no esperaba: incluso después de todo, su padre tenía líneas que no quería cruzar.
—Entonces necesitamos ahorrar arriba antes de exigir más abajo.
Edmund miró el techo.
—Tu madre adorará esa formulación.
—No hace falta que la adore.
—Eso también lo has aprendido de la señorita Fletcher.
Theodore tomó una hoja limpia.
Durante dos horas redactaron una respuesta a Bramwell & Sons y una lista de gastos que podían reducirse sin despedir a nadie ni aumentar rentas. El resultado no salvaba Oakhaven. Apenas compraba tiempo.
Pero Theodore comprendió algo mientras sumaba columnas.
La casa no estaba arruinada.
Tampoco era invulnerable.
Entre ambos extremos existía un territorio de decisiones pequeñas que nadie de su familia había considerado heroicas y que, precisamente por eso, podían determinar si Oakhaven seguía en pie dentro de veinte años.
Al final, Edmund empujó la carta hacia él.
—Firma.
Theodore tomó la pluma.
—¿Como qué?
Su padre entendió la pregunta.
Durante años, todos los documentos importantes habían esperado la firma del heredero Lawrence Edward Blackwood como una promesa futura.
Edmund dijo:
—Como Theodore Blackwood. Por ahora basta.
Theodore firmó.
La tinta tardó unos segundos en secarse.
No sintió que hubiera ocupado el lugar de su hermano.
Sintió algo más incómodo.
Había empezado a ocupar el suyo.
* * *
En diciembre, Theodore encontró a Iris en el estudio de Lawrence.
La habitación había permanecido cerrada durante meses.
Después de la confesión de Ward, Edmund permitió que sus hijos entraran cuando quisieran, pero nadie había cambiado nada.
Los libros seguían en los estantes. Una chaqueta de montar permanecía colgada detrás de la puerta.
Sobre el escritorio quedaba una mancha de tinta con forma de isla.
Iris estaba frente a la ventana.
—Margaret me ha dicho que se marcha —dijo Theodore.
—No sabía que fuera un secreto.
—No lo es.
Se acercó al escritorio.
—¿Por qué?
—He respondido a esa pregunta demasiadas veces.
—Entonces supongo que tiene una respuesta mejor.
Iris lo miró.
—No quiero convertirme en otro elemento fijo de esta casa solo porque todos hemos sobrevivido a una crisis juntos.
Theodore apoyó una mano en el respaldo de la silla.
—Eso suena sensato.
—Gracias.
—Y molesto.
—También.
Theodore recorrió con la mirada la habitación de su hermano.
—Margaret la echará de menos.
—Yo a ella también.
—¿Volverá?
Iris casi rió.
—¿También usted?
—No me gusta perder gente útil.
—Qué conmovedor.
—Lo digo en serio. —Theodore se volvió hacia ella—.
Margaret aprende con usted cosas que nadie en esta familia habría pensado enseñarle.
Padre empieza a escucharla. Madre la detesta de una forma productiva.
Y yo agradezco que exista al menos una persona capaz de decirme que una idea es estúpida sin querer mi apellido a cambio.
Iris levantó una ceja.
—Eso último podría conseguirlo en cualquier taberna.
—No con buena gramática.
Ella sonrió.
Theodore abrió un cajón vacío.
—Cuando vuelva, no debería hacerlo como institutriz.
Iris dejó de sonreír.
—¿Cuando?
—He decidido ser optimista una vez al año.
—¿Y qué propone?
—Margaret tendrá dieciséis, quizá diecisiete.
No necesita que alguien le enseñe a comportarse ni a conjugar verbos.
Necesita una persona que pueda acompañarla, ayudarla con correspondencia, cuentas, lecturas y…
—buscó la palabra— impedir que mi madre la convierta en una pieza de negociación matrimonial antes de que entienda qué se negocia.
—Eso último excede cualquier descripción laboral razonable.
—Podemos redactarla con Croft.
Iris soltó una risa breve.
—Habla en serio.
—Mucho.
—¿Su madre aceptaría?
—No.
—Entonces tenemos un problema.
—Mi madre tampoco aceptaba que Margaret revisara las cuentas.
Iris miró la habitación.
—No quiero depender de una guerra familiar para conservar un puesto.
—No le ofrezco un puesto todavía. Le digo que si algún día quiere volver, habrá un lugar que no dependa de fingir que usted es quien ya no es.
La frase quedó suspendida.
Iris volvió la vista hacia el escritorio de Lawrence.
—Eso sí es una oferta mejor.
—Piénselo.
—Lo haré.
Theodore se dirigió a la puerta.
Antes de salir, se volvió.
—Iris.
—¿Sí?
—Gracias por no convertir a Lawrence en un santo.
Ella tardó en responder.
—No habría sido verdad.
—Por eso.
Se marchó.
Iris permaneció sola en la habitación.
Durante meses había investigado a Lawrence como si la verdad sobre su muerte pudiera reducirse a una secuencia de hechos.
Ahora lo veía con más claridad: un hombre joven, orgulloso, enamorado, generoso, impulsivo, capaz de pedir mil libras para huir y de caminar hacia un duelo que podía destruir todo aquello por lo que se endeudaba.
No necesitaba santidad.
Necesitaba que dejaran de mentir sobre él.
Lo mismo que Rosalind había escrito sobre sí misma.
Iris cerró la puerta al salir.
Esta vez no estaba sellando un secreto.
Solo una habitación.
* * *
El último día del año, Ward pidió a Iris que lo acompañara a su habitación.
Margaret y Theodore estaban en la biblioteca. Edmund descansaba. Catherine escribía correspondencia. La casa olía a carbón, cera y el pastel especiado que Pratchett preparaba cada diciembre.
Ward sacó la caja de madera.
La colocó sobre la mesa.
—Pensé que querría verlos antes de marcharse.
Iris sabía qué había dentro.
El relicario descansaba junto al diario.
No los tocó inmediatamente.
—¿Va a dármelos?
—No.
Iris lo miró.
—Admiro la consistencia.
Ward ignoró el comentario.
—El relicario sigue perteneciendo a Rosalind. El diario también contiene partes de su vida. Cuando llegue el momento de llevarlos al norte, creo que debería hacerlo usted.
—¿Por qué no ahora?
—Porque Rosalind ha pedido tiempo. Y porque usted no sabe dónde vive.
—Croft podría averiguarlo.
—Probablemente. Y hacerlo contra su voluntad sería una manera muy eficiente de demostrar que no hemos aprendido nada.
Iris aceptó el golpe.
—Tiene razón.
Ward cerró la caja.
—Mientras tanto, estarán aquí.
—¿Debajo de la tabla?
Él la miró.
—¿Cómo sabe lo de la tabla?
—Margaret.
—Lady Margaret habla demasiado.
—Ha aprendido de esta casa que lo contrario sale caro.
Ward apoyó la mano sobre la tapa.
—Si me ocurre algo, Theodore sabe dónde buscar. También usted.
—No me gusta que hable así.
—Tengo más de cincuenta años y una mano que no obedece siempre. Es una consideración práctica.
—No convierta la prudencia en un funeral anticipado.
Ward casi sonrió.
—Intentaré no hacerlo.
Iris se levantó.
—¿Sabe qué es lo más extraño?
—No.
—Cuando llegué, creía que usted era el hombre que sabía todo.
—Grave error.
—Ahora creo que era el hombre que sabía demasiadas cosas por separado.
Ward miró la caja.
—Quizá.
—Y aun así dejó una nota para que yo empezara a unirlas.
—Fue una decisión cuestionable.
—Muchas de las importantes lo son.
Ward abrió la puerta.
—Buen viaje, señorita Fletcher.
Iris se detuvo.
—Elena Thorne se marcha de Oakhaven.
Él levantó una ceja.
—¿Y quién vuelve, si vuelve?
Iris pensó en Margaret llamándola Iris incluso después de conocer la verdad.
—Ya veremos.
Ward inclinó la cabeza.
—Entonces hasta que lo sepamos.