Capítulo 20 El silencio de los vivos
El verano llegó a Oakhaven sin pedir permiso.
L as rosas treparon por el muro sur, los caminos se secaron y el bosque perdió el olor agrio de la primavera.
En otras circunstancias, la casa habría organizado cenas, visitas y alguna partida de caza.
Aquel año, Catherine rechazó tres invitaciones y Edmund aceptó solo una reunión con arrendatarios.
La familia no se retiró del mundo por completo.
Simplemente dejó de fingir que tenía energía para entretenerlo.
Durante junio y julio, las consecuencias de la muerte de Lawrence abandonaron el terreno de las revelaciones y entraron en el de las tareas.
Theodore descubrió que una verdad, una vez conocida, no pagaba facturas.
Bramwell & Sons envió el cálculo actualizado de la deuda.
El principal seguía siendo mil libras. Los intereses, comisiones y gastos añadían una cantidad suficiente para irritarlo durante horas.
Croft consiguió renegociar el vencimiento, pero no eliminarlo.
Edmund aceptó vender dos caballos que apenas se utilizaban y reducir algunas compras de vino.
Catherine protestó por los caballos y no por el vino, lo que Theodore consideró una señal de que incluso ella empezaba a distinguir entre símbolo y necesidad.
Margaret se incorporó a las sesiones de cuentas dos tardes por semana.
Al principio, Edmund se limitaba a tolerarla. Después empezó a preguntarle resultados.
—¿Cuánto hemos gastado en carbón desde enero? —preguntó una tarde, sin levantar los ojos de un contrato.
Margaret consultó sus notas.
—Doscientas treinta y ocho libras, cuatro chelines y nueve peniques, contando el transporte.
Theodore la miró.
—Eso ha sido demasiado rápido.
—Porque usted me hizo sumarlo ayer.
—No recuerdo habértelo pedido.
—No lo hizo. Iris dice que si una cifra parece importante conviene calcularla antes de que un hombre decida preguntar.
Edmund levantó la cabeza.
—La señorita Fletcher tiene opiniones muy concretas sobre los hombres.
Margaret se encogió de hombros.
—Sobre los hombres que preguntan tarde, especialmente.
Theodore tuvo que mirar hacia la ventana.
Edmund no sonrió.
Pero tampoco se enfadó.
Aquello era progreso.
Iris observaba esas escenas con una mezcla de satisfacción y desasosiego.
Había conseguido lo que se había propuesto al entrar en Oakhaven: el encubrimiento ya no podía sostenerse entre quienes importaban, Rosalind estaba viva y a salvo, las pruebas esenciales no habían sido destruidas y Margaret conocía la verdad sobre su hermano.
Cada objetivo cumplido volvía más difícil responder a una pregunta sencilla.
¿Por qué seguía allí?
La primera respuesta era Margaret.
La segunda, que no sabía adónde ir.
La tercera le gustaba menos: Oakhaven había dejado de ser solo la casa de los Blackwood y se había convertido, contra toda lógica, en un lugar donde ella también había dejado algo de sí misma.
No era pertenencia.
Aún no.
Pero se parecía demasiado para ignorarlo.
* * *
La transformación de Oakhaven no ocurrió solo en las habitaciones donde la familia discutía.
En la cocina, el cambio adoptó formas menos solemnes.
Havelock dejó de corregir a Pratchett cuando éste se refería a la muerte de Lawrence como «aquello de Merridale» en lugar de «el accidente». Ward pidió que el servicio no hablara del asunto fuera de la casa, pero no volvió a exigir que utilizaran una versión falsa dentro de ella.
Bridget comprendió la diferencia antes que Alfred.
—Antes teníamos que decir una mentira —le explicó una noche mientras secaban copas después de una cena—. Ahora solo tenemos que cerrar la boca.
Alfred levantó una ceja.
—Eso no parece mucho mejor.
—Depende de para quién.
—Para nosotros, igual.
Bridget dejó una copa sobre la mesa.
—No exactamente.
Alfred la miró.
Habían aprendido a hablar sin mirarse demasiado cuando había otras personas cerca. Aquella noche Pratchett estaba en la despensa contando sacos de harina y Havelock revisaba un pedido en su oficina. La cocina parecía vacía, aunque nunca lo estaba del todo.
—La señorita Thorne… —empezó Bridget.
—Fletcher.
—Ya sabes a qué me refiero.
—Sí.
—Ella entró aquí con un nombre falso y todos dicen que lo hizo porque su hermana no podía defenderse. Si nosotros hiciéramos algo parecido, nos echarían antes de que pudiéramos terminar la explicación.
Alfred secó otra copa.
—A ella casi la echan.
—Pero no la echaron.
—Porque Lady Margaret se plantó.
Bridget sonrió.
—Precisamente.
Alfred entendió un poco tarde.
—¿Qué estás diciendo?
—Que los de arriba pueden permitirse tener principios cuando consiguen que otros de arriba los protejan.
—Eso suena a algo que Havelock no querría oír.
—Havelock sabe más de esto que nosotros.
Como si hubiera sido convocada por su nombre, el ama de llaves apareció en la puerta.
—Sé, entre otras cosas, que esas copas llevan diez minutos esperando mientras vosotros arregláis la sociedad.
Bridget bajó la cabeza.
—Sí, señora.
Alfred tomó el paño.
Havelock se acercó.
—Y también sé —añadió— que no os falta razón.
Los dos levantaron la mirada.
Mrs. Havelock abrió el libro de pedidos.
—Pero si vais a descubrir que el mundo es injusto, procurad hacerlo mientras trabajáis. El mundo no paga salarios por indignación.
Bridget ocultó una sonrisa.
—Sí, señora.
Havelock pasó una página.
—Por cierto, Alfred. El mes que viene habrá una vacante de ayudante en los establos de una casa cerca de Manchester. Pagan más que aquí.
Alfred dejó de secar.
—¿Por qué me lo dice?
—Porque preguntaste a Pratchett cuánto costaba alquilar una habitación en la ciudad y porque sois incapaces de tener una conversación discreta a menos de diez yardas de mi oficina.
Bridget se puso roja.
Alfred miró el suelo.
Havelock siguió escribiendo.
—No he dicho que debáis iros. He dicho que existe una vacante. Aprended la diferencia.
Se marchó.
Bridget esperó hasta que la puerta se cerró.
—¿Manchester?
Alfred la miró.
—Quizá algún día.
No era una promesa.
Era una posibilidad.
En Oakhaven, durante años, las posibilidades habían sido privilegio de quienes dormían en las plantas altas.
Ahora empezaban a filtrarse escaleras abajo.
* * *
A finales de julio, Edmund pidió a Margaret que caminara con él hasta la tumba de Lawrence.
La petición la sorprendió tanto que estuvo a punto de preguntar si se encontraba enfermo.
No lo hizo.
Salieron después del desayuno. El día era claro, con un calor suave que todavía no había secado la hierba.
Edmund llevaba bastón aunque no lo necesitaba siempre.
Margaret había observado que lo utilizaba más desde abril, no porque su pierna hubiera empeorado, sino porque parecía agradecer tener algo que hacer con una mano cuando las palabras se volvían difíciles.
Caminaron sin hablar hasta el pequeño cementerio familiar.
La lápida de Lawrence seguía limpia. Ward se ocupaba de ello personalmente. La hiedra había empezado a trepar por la base, pero todavía no alcanzaba el nombre.
LAWRENCE EDWARD BLACKWOOD
1834–1858
Margaret leyó las fechas.
Veinticuatro años podían reducirse a un guion.
—Cuando nació —dijo Edmund— creí que mi vida estaba resuelta.
Margaret lo miró.
Su padre mantenía los ojos en la lápida.
—Tenía un heredero. La finca pasaría a él. Yo haría lo que había hecho mi padre, él haría lo que yo había hecho y, cuando muriera, otro Blackwood ocuparía mi lugar. Pensaba que eso era continuidad.
Margaret esperó.
—Después nació Theodore y pensé que la casa estaba todavía más segura. Un segundo hijo. Una garantía. —Edmund respiró—. Cuando naciste tú, tu madre estuvo a punto de morir.
Margaret conocía la historia de su nacimiento antes de tiempo. No conocía esa parte.
—Nunca me lo dijeron.
—No hablamos de las cosas que nos asustan. Parece una tradición familiar.
Ella bajó la vista.
—¿Por qué me ha traído aquí?
Edmund apoyó ambas manos sobre el bastón.
—Porque he sido injusto contigo.
Margaret sintió una incomodidad inmediata.
Prefería las acusaciones a las disculpas. Al menos sabía qué hacer con ellas.
—No hace falta…
—Sí hace falta. Y no me interrumpas porque probablemente perderé el valor.
Aquello era tan impropio de Edmund que Margaret obedeció.
—Pensé en Lawrence como mi futuro y en Theodore como su sustituto. A ti te pensé como… —buscó la palabra y fracasó— una responsabilidad distinta. Una alianza que algún día habría que negociar. Una boda adecuada. Una casa adecuada. Hijos adecuados.
Margaret sintió que el cuello del vestido se volvía más estrecho aunque aquella mañana no lo llevara apretado.
—Ya lo sabía.
—Saberlo no hace que esté bien.
Edmund miró la tumba.
—Lawrence escribió que quería irse. Pidió dinero. Estaba dispuesto a abandonar todo aquello que yo consideraba su deber. Y yo leí su carta como una amenaza a la continuidad de Oakhaven. No como la petición desesperada de un hijo.
—Lo leyó tarde aunque la recibió a tiempo.
Edmund cerró los ojos.
—Sí.
Margaret se arrepintió de la dureza solo después de decirlo.
Su padre abrió los ojos.
—Exactamente.
No se defendió.
La muchacha miró la hiedra.
—¿Y ahora?
—Ahora intento no cometer contigo el mismo error con una forma distinta.
Margaret levantó la cabeza.
—¿Eso significa que no piensa casarme con nadie?
Edmund pareció incómodo.
—Significa que cuando llegue el momento no decidiré sin escucharte.
—Eso no es lo mismo.
—No.
—¿Y si digo que no quiero casarme con la persona que ustedes elijan?
El padre tardó demasiado.
Margaret sonrió sin humor.
—Ahí está.
—Estoy intentando cambiar, Margaret. No convertirme en otra persona en tres meses.
La sinceridad la desarmó.
—Bien.
—No te prometo que me gusten tus decisiones.
—A mí tampoco me gustan muchas de las suyas.
—Lo he notado.
Durante unos segundos, ambos miraron la tumba.
—Lawrence decía que yo podía ser más que una esposa decorativa —dijo Margaret.
—Lo sé ahora.
—No, padre. Él lo sabía entonces.
Edmund recibió la corrección.
—Sí.
Margaret respiró.