El relicario de las mentiras (Sombras de Oakhaven 1) Capítulo 20 El silencio de los vivos #2
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Capítulo 20 El silencio de los vivos #2

—Quiero seguir estudiando. Cuentas, idiomas, historia, leyes básicas de propiedad. Quiero saber qué firma Theodore cuando usted le pone un contrato delante. Quiero entender qué puede hacer una mujer con su propio dinero y qué no puede hacer.

Edmund frunció el ceño.

—Eso último no es precisamente una materia habitual.

—Por eso quiero aprenderla.

Su padre miró hacia Oakhaven, visible entre los árboles.

—La señorita Fletcher te ha llenado la cabeza de ideas peligrosas.

Margaret sintió que regresaba una frase antigua.

Pero Edmund añadió:

—Será mejor que aprendas a defenderlas bien.

Ella lo miró.

—¿Eso es un sí?

—Es un sí a estudiar. No a incendiar la legislación inglesa desde la biblioteca.

—De momento.

Edmund resopló.

Por primera vez en mucho tiempo, Margaret vio en él una expresión cercana a una sonrisa.

Al regresar a la casa, caminaron al mismo paso.

No habían resuelto su relación.

Margaret no sabía siquiera si una relación podía resolverse.

Pero cuando llegaron al sendero principal, Edmund no tomó el camino más corto hacia el estudio. La acompañó hasta la terraza oriental y le preguntó qué libro estaba leyendo.

Era una pregunta mínima.

Lawrence habría considerado que llegaba años tarde.

Margaret decidió responder de todos modos.

* * *

Catherine fue quien planteó la cuestión.

Lo hizo una tarde de agosto, en el salón azul, mientras Iris revisaba una lista de libros que Margaret quería encargar a Londres.

—¿Cuánto tiempo piensa quedarse?

Iris levantó la mirada.

No había nadie más en la habitación.

Catherine estaba junto a la ventana bordando una inicial en un pañuelo. El trabajo era tan preciso que cada puntada parecía una forma de disciplina.

—No lo sé.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única verdadera.

Catherine clavó la aguja.

—Su función aquí era educar a Margaret.

—Sigue siéndolo.

—Mi hija ya no necesita una institutriz de la misma manera.

Iris cerró el catálogo.

—Tiene quince años.

—Y se comporta como si tuviera treinta desde que usted le enseñó a revisar mis cuentas.

—No son sus cuentas. Son las de la casa.

Catherine dejó el bastidor sobre la mesa.

—Ése es exactamente el tipo de frase al que me refiero.

Iris esperó.

La marquesa se acercó.

—No voy a echarla.

—Es una forma interesante de empezar una conversación sobre mi marcha.

—No pretendo que me agradezca nada.

—Bien.

Catherine la observó.

—Pero tampoco voy a fingir que su presencia no altera cada equilibrio de esta casa.

Iris asintió.

—Eso es cierto.

—Margaret la escucha más que a mí.

—A veces.

—Theodore la consulta.

—A veces.

—Edmund permite que contradiga decisiones que hace seis meses no habría consentido discutir ni a un pariente.

—Eso debería hablarlo con Edmund.

—No me provoque.

La frase salió sin fuerza.

Iris lo notó.

Catherine también.

La marquesa volvió a la ventana.

—Cuando usted llegó, pensé que era peligrosa porque hacía preguntas.

—Lo era.

—Ahora creo que es peligrosa porque ha enseñado a otros a hacerlas.

Iris tardó en responder.

—Eso suele ser más difícil de detener.

—Lo sé.

Hubo un silencio que ninguna necesitó llenar.

Después Catherine dijo:

—Si decide marcharse, no impediré que Margaret le escriba.

Iris la miró con sorpresa.

—¿Eso es una concesión?

—Es una medida práctica. Si se lo prohíbo, encontrará otra forma.

—Probablemente.

—No parece muy agradecida.

—No sé si pretende que lo esté.

Catherine respiró despacio.

—No.

La palabra quedó entre ambas.

Iris recogió el catálogo.

—¿Puedo hacerle una pregunta?

—Lo hace aunque le diga que no.

—¿Ha pensado en escribir a Rosalind?

Catherine se quedó inmóvil.

—No tengo derecho.

Iris no esperaba aquella respuesta.

—Quizá no.

La marquesa volvió el rostro.

—¿Eso es todo?

—No. También creo que el hecho de no tener derecho no significa que nunca pueda pedir permiso.

Catherine sostuvo su mirada.

—¿Y qué le diría?

Iris pensó en Rosalind viajando hacia Escocia, embarazada, sin saber qué parte de su antigua vida podía seguirla.

—No lo sé.

—Qué útil.

—Podría empezar por no explicarse.

Catherine frunció el ceño.

—¿Qué quiere decir?

—Que una disculpa deja de serlo cuando la mitad consiste en justificar por qué uno hizo lo que hizo.

La marquesa volvió a mirar el jardín.

—No sé si puedo pedir perdón por proteger a mi familia.

—Entonces todavía no escriba.

Catherine cerró los ojos un instante.

—Siempre tiene una respuesta.

—No. Solo sé reconocer algunas preguntas que aún no están listas.

Cuando Iris salió, comprendió que Catherine no había preguntado realmente cuánto tiempo pensaba quedarse.

Había preguntado qué ocurriría con Oakhaven cuando se marchara.

Y, por primera vez, Iris no sintió satisfacción al saber que la respuesta no dependía de Catherine.

* * *

En septiembre, Catherine entró por primera vez sola en la habitación de Lawrence.

No había ninguna razón práctica para hacerlo. Havelock había ventilado el cuarto cada semana. Ward revisaba el polvo. Theodore y Margaret entraban cuando querían. Edmund no lo hacía.

Catherine había preferido administrar la ausencia desde fuera.

Abrió con la llave que aún conservaba.

La estancia olía a madera encerada y a aire renovado. Ya no olía a Lawrence. Aquello fue lo primero que le dolió.

Se acercó al escritorio.

El hueco bajo la tabla donde Theodore había encontrado el diario estaba cerrado otra vez. Sobre la repisa seguían el marco con la lavanda seca, una copa de plata de la escuela y un caballo de bronce que Catherine le había regalado al cumplir dieciocho años.

Tomó el caballo.

Recordó la mañana del regalo. Lawrence había dicho que era demasiado serio para colocarlo en su dormitorio y lo había hecho de todos modos.

Catherine sonrió sin querer.

La sonrisa desapareció.

En el armario encontró una chaqueta de montar. Introdujo la mano en un bolsillo y sacó una entrada vieja de teatro, doblada cuatro veces. No significaba nada. No era una pista. No era una prueba. Era basura que su hijo había olvidado tirar.

La guardó otra vez.

Durante meses todos habían convertido cada objeto de Lawrence en una pieza del desastre: diario, cartas, pagaré, pistola, reloj. Catherine comprendió de repente la violencia de aquella transformación. Lawrence también había tenido objetos inútiles.

Cosas que no explicaban su muerte.

Cosas que demostraban que había vivido.

Se sentó en el borde de la cama.

No rezó.

—Lo siento —dijo.

La habitación no respondió.

No esperaba que lo hiciera.

Había pasado demasiado tiempo pronunciando disculpas solo cuando podían producir un efecto. Aquella no podía.

Por eso quizá era la primera que no intentaba controlar.

Antes de marcharse retiró la banda negra del picaporte.

La dobló y la dejó en el cajón superior.

No significaba que el luto hubiera terminado.

Solo que ya no necesitaban señalar con una cinta qué habitación contenía al muerto.

Lawrence estaba en toda la casa.

Y, por primera vez, Catherine empezó a aceptar que también podía dejar de estarlo en algunas partes.

* * *

La noticia del nacimiento llegó el nueve de octubre.

El día había amanecido con niebla. Una capa blanca cubría los campos y hacía desaparecer los límites de la finca. Ward recibió el correo a las ocho y media y reconoció el sobre antes de mirar la letra.

No tenía remite.

Esta vez estaba dirigido a Iris Fletcher.

Ward no lo abrió.

Ese detalle, que meses atrás habría parecido elemental, le produjo una satisfacción discreta.

Encontró a Iris y Margaret en la biblioteca.

La muchacha leía un artículo sobre administración de propiedades rurales y protestaba por la cantidad de palabras dedicadas a explicar que una mujer debía supervisar sin parecer que supervisaba.

—Es absurdo —decía—. Si voy a hacer el trabajo, ¿por qué tendría que fingir que no lo hago?

—Porque a algunas personas les tranquiliza pensar que el mundo funciona solo —respondió Iris.

Ward carraspeó suavemente desde la puerta.

Las dos levantaron la cabeza.

—Correo para usted, señorita Fletcher.

Iris vio el sobre.

Se puso en pie tan rápido que la silla rozó la alfombra.

—¿De quién?

—No lo sé.

Ward se lo entregó.

Margaret cerró el libro sin preguntar si debía marcharse.

Iris rompió el sello.

La carta tenía dos páginas.

La primera línea era de Rosalind.

Iris se sentó antes de seguir leyendo.

Margaret observó cómo los ojos de su institutriz recorrían las líneas. No necesitó saber el contenido para reconocer el instante exacto en que llegó a la noticia: Iris se llevó una mano a la boca y soltó una risa que se convirtió en una respiración rota.

—¿Está bien? —preguntó Margaret.

Iris asintió.

No pudo hablar de inmediato.

Le tendió la carta.

Margaret miró primero a Ward.

—¿Puedo?

El mayordomo negó con la cabeza.

—No me corresponde decidirlo.

Iris hizo un gesto afirmativo.

Margaret leyó.

Rosalind escribía desde el norte. No mencionaba el nombre del pueblo ni la casa donde vivía. Decía que el viaje había sido largo y que durante semanas había creído que el niño llegaría antes de tiempo. No fue así.

Había nacido el treinta de septiembre, después de una noche y casi todo un día de parto.

Era un niño.

Estaba sano.

Lo había llamado William Lawrence Thorne .

Margaret repitió el nombre en silencio.

William por el padre de las hermanas Thorne, explicaba Rosalind. Lawrence porque no quería que su hijo creciera creyendo que debía avergonzarse del hombre que lo quiso antes de conocerlo.

La carta continuaba:

No quiero dinero de los Blackwood si viene acompañado de condiciones. Si desean ayudar al niño y pueden hacerlo sin pedirnos que volvamos, sin exigir silencio y sin reclamar nada sobre él, puedes decirles que aceptaré una pequeña cantidad para su educación. No para mí.

Más abajo:

No necesito que limpies mi nombre, Elena. Necesito que dejen de ensuciarlo. No es lo mismo.

Margaret dejó de leer.

La frase le produjo una vergüenza extraña, aunque no fuera para ella.

Siguió.