Capítulo 19 El derrumbe de la fachada #4
La encontró en la bandeja del correo de la tarde, entre una factura de harina y una invitación a una cena en una casa que los Blackwood no pensaban aceptar. El papel era sencillo. La dirección estaba escrita por una mano que no reconoció.
Señor Thomas Ward. Oakhaven. Personal.
No la abrió en el vestíbulo.
Subió a su habitación, cerró la puerta y se sentó junto a la ventana.
Dentro había una sola hoja.
La firma estaba al final.
Eleanor Ward.
Su hermana.
Thomas leyó deprisa la primera vez y despacio la segunda.
Rosalind había permanecido unas semanas en Northampton. No estaba enferma. El embarazo avanzaba sin complicaciones graves. Martha había conseguido hacerle llegar dinero a través de una conocida, y entre ambas habían decidido que permanecer cerca de Oakhaven era demasiado arriesgado.
Eleanor conocía a una viuda, Agnes Bell, prima de su difunto esposo, que vivía en las cercanías de Inverness y necesitaba ayuda en casa.
No hacía preguntas que no fueran necesarias.
Rosalind había aceptado viajar al norte acompañada por una mujer mayor que regresaba a Escocia después de visitar a su hijo.
La última línea decía:
No escribas buscando dirección. Cuando ella quiera, escribirá. Está viva. Está asustada. Pero por primera vez desde que llegó aquí también parece capaz de imaginar una vida después de todo esto.
Ward se quedó sentado mucho tiempo.
Después dobló la carta.
No la quemó.
La guardó en la caja donde estaban el diario y el relicario, no porque creyera que todo papel debía convertirse en prueba, sino porque Margaret le había pedido que no volviera a destruir nada y había descubierto que obedecer aquella petición resultaba extrañamente más fácil que obedecer algunas órdenes antiguas.
Bajó a buscar a Iris.
La encontró en el jardín con Margaret, revisando una lista de plantas. La muchacha había decidido que aprender botánica sin saber el coste de mantener el invernadero era otra forma de educación incompleta, y llevaba tres días preguntando a Havelock cuánto se gastaba en vidrio.
Ward esperó a que Margaret terminara de leer una cifra.
—Señorita Fletcher.
Iris levantó la mirada.
Bastó con ver su rostro para que se pusiera en pie.
—¿Qué ocurre?
Ward miró a Margaret.
Iris también.
La muchacha cerró la libreta.
—Si es sobre Rosalind, puedo marcharme.
Ward dudó.
Iris negó con la cabeza.
—Puede quedarse.
Fue una decisión pequeña y enorme.
Ward les entregó la carta.
Iris leyó primero.
Al llegar a la palabra Inverness , se sentó.
Margaret se acercó, pero no tocó el papel hasta que Iris se lo ofreció.
—Escocia —murmuró.
—Sí —dijo Ward.
Iris volvió a leer la carta.
No lloró.
Su respiración cambió y eso fue todo.
—Está lejos.
—Esa era la intención —respondió Ward.
—¿Sabe mi madre dónde está?
—No.
—¿Catherine?
—Tampoco.
Margaret levantó la cabeza.
—¿Se lo diremos?
Iris tardó en contestar.
—No la dirección. Ni siquiera sabemos la dirección exacta.
—Pero que está en Escocia.
Ward miró a Iris.
Ella dobló la carta.
—A Edmund sí. A Catherine también, pero sin detalles. Si queremos que deje de decidir sobre Rosalind como si fuera un problema abstracto, tiene que saber que es una persona que ha seguido viviendo fuera de su alcance.
Margaret asintió.
Ward observó a las dos.
Meses atrás habría decidido él qué información podía circular.
Ahora preguntaba.
El cambio le resultaba incómodo.
Por eso supo que probablemente era saludable.
* * *
Catherine recibió la noticia sin hacer preguntas durante casi un minuto.
Estaban en el salón pequeño. Edmund, Theodore, Margaret, Iris y Ward formaban un semicírculo involuntario frente a ella.
—Escocia —repitió.
—Sí —dijo Iris.
—¿Dónde?
—No lo sé con precisión.
Era verdad.
Catherine la miró buscando una grieta.
No la encontró.
—¿Y el niño?
—Aún no ha nacido.
La marquesa bajó la vista hacia sus manos.
Margaret vio algo que no supo interpretar.
—¿Cuándo? —preguntó Catherine.
—En otoño, probablemente.
—¿Está sana?
La pregunta sorprendió a todos menos a ella.
Iris respondió:
—Por ahora, sí.
Catherine asintió.
—Bien.
No preguntó si podía escribirle.
Tal vez comprendía que no.
Edmund sí lo hizo.
—Cuando nazca el niño… ¿podríamos enviar dinero?
Iris lo miró.
—Podrían ofrecerlo.
—Es lo mismo.
—No. No lo es.
Edmund aceptó la corrección.
—Entonces ofrecerlo.
—Y ella decidirá.
—Sí.
Catherine levantó la cabeza.
—El dinero no puede llevar el nombre de Oakhaven.
Margaret sintió que regresaba el antiguo reflejo.
—Madre.
Pero Catherine continuó:
—No porque me avergüence. Porque cualquier giro bancario o carta con sello de la casa puede conducir a ella.
Todos callaron.
Theodore fue el primero en comprender.
—Tiene razón.
Catherine lo miró.
Pareció tan sorprendida como si la hubiera insultado.
—Podemos hacerlo a través de Croft —añadió Theodore—. Como fideicomiso privado o pago gestionado por un tercero, si Rosalind acepta.
Edmund asintió.
—Organízalo.
—Primero hay que preguntarle.
Iris dobló la carta de Eleanor.
—Exactamente.
Catherine volvió la vista hacia la ventana.
Aquella tarde, por primera vez, la familia Blackwood habló del futuro del hijo de Lawrence sin llamarlo problema, escándalo, riesgo o heredero.
Lo llamaron niño.
Y eso, pensó Margaret, era poco.
Pero no era nada.