Capítulo 19 El derrumbe de la fachada #3
—Sabe quién disparó. Sabe por qué. Sabe qué hicieron mis padres. Sabe que Rosalind vive.
—No sé dónde está.
—Pero sabe que está a salvo.
Iris miró hacia la ventana.
Margaret conocía esa mirada. Era la que utilizaba cuando una respuesta pertenecía a una zona que aún no podía compartir.
—No me mienta —dijo.
—No iba a hacerlo.
—Entonces responda.
Iris volvió los ojos hacia ella.
—Sí. En algún momento me marcharé.
Margaret sintió que la habitación se hacía más pequeña.
—¿Cuándo?
—No lo sé.
—¿Por qué?
—Porque no vine para quedarme toda la vida en Oakhaven.
—Eso no es una razón.
—Es la única que tengo ahora.
Margaret apretó los labios.
Quiso decir que no podía irse. Que ella la necesitaba. Que Lawrence estaba muerto, Theodore estaba ocupado en convertirse en el heredero que no había querido ser, su padre parecía haber envejecido de golpe y su madre había transformado cada conversación en una negociación.
No dijo nada de eso.
Tenía quince años, pero ya había aprendido suficiente de Iris para saber que necesitar a alguien no otorgaba derecho sobre esa persona.
—Avíseme antes —dijo.
Iris asintió.
—Se lo prometo.
—Y no será una de esas promesas que dependen de que la verdad pertenezca a otra persona.
—No.
Margaret volvió a abrir el libro de cuentas.
—Bien.
La palabra le dolió menos de lo que esperaba.
* * *
La carta del vicario Wainwright llegó dos días después.
No estaba dirigida a Edmund ni a Catherine.
Estaba dirigida a Theodore.
El sobre contenía tres páginas y ninguna de ellas hacía la vida más fácil.
Theodore las leyó en la biblioteca con Margaret e Iris presentes.
Wainwright afirmaba que no tenía intención de repetir conversaciones privadas ni alimentar rumores.
Sin embargo, no aceptaría confirmar la versión del accidente si alguna autoridad eclesiástica o civil le preguntaba directamente.
Consideraba que el silencio podía proteger a inocentes, pero la falsedad activa no.
—Sorprendentemente razonable —dijo Theodore.
Margaret extendió la mano.
—Déjame verla.
Leyó el párrafo final.
La verdad no deja de existir porque se decida no proclamarla. Les ruego que distingan entre la caridad del silencio y la comodidad de la mentira.
Margaret pasó la carta a Iris.
—Habla como usted.
—Espero tener menos afición al jerez.
Theodore se acercó a la ventana.
—Tenemos que decírselo a padre.
—Y a madre —dijo Margaret.
—Preferiría conservar la tarde.
—Theodore.
—Lo sé.
Encontraron a sus padres en el salón azul.
Edmund leyó la carta y asintió.
Catherine llegó al final y volvió a empezar.
—Esto es una amenaza.
—No —dijo Margaret—. Es un límite.
Su madre la miró.
—No necesito que traduzcas al vicario.
—Entonces no lo llame amenaza.
Edmund dobló la carta.
—Wainwright tiene razón.
Catherine se volvió hacia él.
—¿Ahora el vicario es nuestra brújula moral?
—No. Solo ha decidido no mentir por nosotros.
—¿Y qué pretendes hacer? ¿Enviar una corrección al registro parroquial? ¿Anunciar que nuestro hijo murió en un duelo ilegal porque golpeó a un hombre que llamó bastardo a su hijo con una criada?
La última palabra hizo que Margaret se tensara.
Catherine lo vio.
Cerró los ojos un instante.
—No debería haber dicho eso.
El silencio cambió.
No fue una disculpa completa.
En Catherine, aquella frase rozaba lo extraordinario.
Margaret esperó.
Su madre abrió los ojos.
—El niño no ha hecho nada —añadió.
—Rosalind tampoco —dijo Margaret.
Catherine volvió la mirada hacia la ventana.
—Lo sé.
Dos palabras.
Margaret no supo si creerlas.
Pero las guardó.
Edmund colocó la carta de Wainwright sobre la mesa.
—No cambiaremos públicamente el registro mientras Rosalind no pueda decidir si acepta las consecuencias. Pero desde hoy nadie de esta familia repetirá la historia del accidente como si fuera cierta.
Catherine se quedó inmóvil.
—¿Y qué diremos si alguien pregunta?
Theodore respondió:
—Que la familia no desea hablar de las circunstancias de la muerte.
—Eso alimentará rumores.
—Los rumores ya existen.
—No como existirían si nosotros dejamos de sostener la versión.
Margaret miró a su madre.
—Entonces que existan.
Catherine la observó durante varios segundos.
—Tienes quince años. Aún crees que sobrevivir a un rumor es sencillo.
—Rosalind tuvo veintidós y tuvo que sobrevivir a bastante más.
El golpe fue limpio.
Catherine palideció.
Iris intervino antes de que la conversación se convirtiera en otra batalla.
—Lady Margaret.
No fue una reprimenda. Solo su nombre.
Margaret entendió.
Había diferencia entre exigir responsabilidad y disfrutar de la herida.
—Lo siento —dijo, sin saber del todo a quién.
Catherine no respondió.
Edmund tomó la decisión.
—No mentiremos. No publicaremos. Preservaremos las pruebas. Y esperaremos a Rosalind.
Theodore asintió.
Iris también.
Catherine fue la última.
—Esperaremos —dijo.
La palabra pareció costarle más que cualquier orden.
* * *
Tres días después de la carta del vicario, llegó otra desde Merridale.
Theodore reconoció el sello antes de que Ward anunciara el nombre.
—El coronel Whitmore, señor.
Margaret, que estaba junto a la ventana de la biblioteca, dejó de pasar la página.
Iris no dijo nada.
Theodore sostuvo el sobre sin abrirlo.
—¿Mi madre lo ha visto?
—No.
—¿Mi padre?
—Tampoco.
—Entonces por una vez vamos a hacer las cosas en un orden razonable.
Rompió el sello.
La carta no era larga. Whitmore escribía con una letra inclinada y firme que Theodore encontró irritante por razones que sabía absurdas. Esperaba desorden, arrepentimiento visible, manchas de tinta. El hombre que había matado a Lawrence seguía teniendo buena caligrafía.
Leyó en silencio.
Después entregó la hoja a Iris.
—Quiere firmar una declaración.
Margaret se acercó.
—¿Una confesión?
—No utiliza esa palabra.
Iris terminó de leer.
—Porque no está confesando un asesinato. Está fijando hechos.
—Disparó a mi hermano.
—Sí. Y si escribimos una historia mejor de la que ocurrió solo porque nos resulta más satisfactoria, habremos aprendido muy poco.
Theodore apoyó ambas manos en la mesa.
Sabía que Iris tenía razón.
Seguía sin gustarle.
Whitmore proponía declarar por escrito que había desafiado a Lawrence, que ambos acudieron voluntariamente al encuentro de Merridale, que se intentó una reconciliación antes de disparar y que no prosperó.
Reconocería que su proyectil había causado la muerte y que había participado después en ocultar la verdadera naturaleza del suceso.
No afirmaría que había querido matar a Lawrence ni aceptaría una formulación que lo presentara como ejecutor de un plan de los Blackwood.
Al final añadía:
No pido perdón a su familia porque no sé qué valor puede tener una petición hecha al muerto a través de los vivos. Si la señora Thorne o su hijo desean algún día conocer mi parte, no me negaré a responder. Si desean no volver a saber de mí, respetaré igualmente esa decisión.
Margaret leyó la frase dos veces.
—No lo perdono.
—No os lo ha pedido —dijo Iris.
—Eso casi lo hace peor.
Theodore tomó la carta.
—Voy a enviarla a Croft.
—Antes debería verla padre —dijo Margaret.
Él hizo una mueca.
—Últimamente todo acaba en una reunión familiar.
—Es mejor que acabar en un duelo.
Theodore la miró.
Margaret sostuvo la mirada.
—Bien —dijo él.
Encontraron a Edmund en la sala de armas.
Desde la muerte de Lawrence entraba allí menos, pero aquella mañana estaba revisando un inventario. No había tocado ninguna escopeta. Solo contaba cajas de munición, aceites y piezas de repuesto con una concentración que parecía buscar refugio en objetos que no podían discutirle.
Leyó la carta de Whitmore de pie.
Al terminar, se sentó.
—Quiere protegerse.
—Sí —dijo Theodore.
—Y protegernos.
—También.
Edmund dejó el papel sobre la mesa.
—Lo odio por eso.
Theodore no esperaba la frase.
Su padre miró las vitrinas.
—Sería más sencillo si fuera un cobarde completo. Si hubiera huido. Si negara el disparo. Si pudiera convertirlo en el único culpable y pasar el resto de mi vida maldiciendo su nombre.
—No puede.
—No.
Edmund se frotó la frente.
—Lawrence fue al claro. Tu madre lo empujó a pensar que retirarse era una deshonra.
Yo tuve horas para impedirlo y decidí esperar.
Ward ensilló el caballo. Hales y Harcourt aceptaron actuar como padrinos.
Coldwell mintió después. Whitmore disparó.
—Levantó la mirada—. No hay una sola persona a la que pueda entregar todo lo ocurrido y decir: «Aquí está. Éste es el monstruo».
Iris permanecía junto a la puerta.
—Rosalind probablemente agradecerá que no lo intente.
Edmund asintió con cansancio.
—¿Qué hacemos con la declaración?
Theodore respondió:
—Que la redacte. Croft la custodiará junto a la de Coldwell.
—¿Y si Whitmore cambia de idea?
—Entonces conservamos esta carta. Ya es algo.
Edmund dobló el papel y se lo devolvió.
—Hazlo.
Theodore se dirigió hacia la puerta, pero su padre lo llamó.
—Theodore.
Se volvió.
—No vuelvas a Merridale solo.
El hijo estuvo a punto de responder que no necesitaba permiso.
Se contuvo.
—No pensaba hacerlo.
—Bien.
No era reconciliación.
Era una forma nueva, torpe, de preocupación.
Theodore decidió no castigarla.
Dos días después, Whitmore firmó una declaración ante su propio abogado. Croft recibió una copia certificada y la guardó separada de la de Coldwell.
Por primera vez, la verdad sobre la muerte de Lawrence existía fuera de la memoria de Oakhaven en más de una mano.
Eso no la hacía pública.
La hacía más difícil de matar.
La espera duró diecisiete días.
El dieciocho, Ward recibió una carta sin remite.