Capítulo 19 El derrumbe de la fachada #2
Edmund ocupaba la cabecera. Catherine estaba a su derecha. Theodore había regresado de Northampton media hora antes y comía sin apetito. Iris se sentaba más lejos, en la posición que todavía correspondía a una institutriz aunque todo el mundo en la mesa supiera que no era solo eso.
Margaret observó a su padre.
Tenía delante una carta de Croft aún cerrada.
—¿La declaración está depositada? —preguntó.
Theodore dejó el tenedor.
—Sí.
Catherine cortó un trozo de cordero.
—¿Era necesario hablar de eso mientras comemos?
Margaret esperó que su padre apoyara la petición.
Edmund abrió la carta.
—Sí.
Fue una sola palabra.
Catherine dejó el cuchillo.
No discutió.
Edmund leyó el breve recibo de Croft y se lo pasó a Theodore.
—Quiero una copia en mis papeles privados.
Theodore alzó la mirada.
—¿De la declaración?
—Del recibo. No de la declaración.
—Bien.
Hubo otra pausa.
Margaret tomó pan.
Su madre la observó.
—Esta tarde tienes música.
—No.
Catherine parpadeó.
—¿Cómo dices?
Margaret sintió que Iris levantaba ligeramente los ojos, pero no intervino.
—He hablado con la señorita Fletcher. Esta tarde empezaremos a revisar las cuentas de la casa de abril.
—Las cuentas no forman parte de tu programa.
—Ahora sí.
—Margaret.
Edmund volvió a doblar el recibo.
—Que las revise.
Catherine giró hacia él.
—¿Desde cuándo decides el programa educativo de tu hija?
—Desde que he descubierto que ignoraba que podía leer un libro de cuentas mejor que algunos hombres a los que pagamos para hacerlo.
Theodore escondió una sonrisa detrás de la copa.
Margaret miró a su padre, sorprendida.
Edmund no parecía orgulloso de la decisión. Parecía incómodo. Eso la hizo más valiosa.
Catherine volvió los ojos hacia Iris.
—¿Es idea suya?
—En parte.
—Naturalmente.
—Lady Margaret aprende deprisa.
—También aprende a discutir.
Iris tomó agua.
—Eso no necesita profesora.
Theodore tosió.
Esta vez la sonrisa se le escapó.
Margaret esperó la reprimenda.
No llegó.
Catherine miró alrededor de la mesa y pareció descubrir que ya no tenía suficientes aliados para convertir una incomodidad en una orden.
—Muy bien —dijo—. Revisará las cuentas.
No era una concesión generosa. Era una derrota pequeña.
Margaret la aceptó como si fuera una puerta abierta.
* * *
Abajo, la casa tampoco había cambiado de aspecto.
Eso era lo primero que Bridget pensó cuando entró en la cocina después del almuerzo. Los platos sucios seguían apilándose. Pratchett seguía maldiciendo la salsa que se había enfriado. Mrs. Havelock seguía contando cubiertos antes de permitir que nadie los llevara al fregadero.
Y, sin embargo, todos sabían que algo se había roto arriba.
No conocían cada detalle.
El servicio nunca conocía cada detalle. Conocía suficientes.
Alfred entró desde el patio con una cesta de leña y la dejó junto al fogón.
—El mozo dice que Lord Theodore ha llevado papeles al abogado.
Havelock ni siquiera levantó la cabeza.
—El mozo debería ocuparse de los caballos.
—Se ocupa. Los caballos escuchan poco.
Pratchett golpeó una olla con la cuchara.
—Mejor que algunos humanos.
Bridget empezó a secar platos.
Ward apareció en la puerta.
La conversación se detuvo.
No porque fuera el mayordomo.
Porque durante semanas había sido el centro invisible de demasiadas preguntas.
Ward miró a cada uno.
—Pueden seguir hablando.
Pratchett resopló.
—Eso suena peor que mandarnos callar.
—Probablemente.
Havelock cerró el libro de inventario.
—¿Qué ha pasado?
Ward apoyó una mano sobre el respaldo de una silla.
La izquierda le temblaba más después de los días difíciles. Nadie lo mencionaba.
—El doctor Coldwell ha dejado por escrito que Lord Lawrence no murió en un accidente de caza.
Bridget dejó el plato.
Alfred miró hacia la puerta.
Pratchett se quedó inmóvil.
Havelock fue la primera en responder.
—Ya era hora.
Ward asintió.
—El documento está con el señor Croft.
—¿Habrá policía? —preguntó Bridget.
—No lo sé.
—¿Juicio?
—No lo sé.
—¿El coronel Whitmore irá a prisión? —preguntó Alfred.
Ward exhaló.
—No lo sé.
Pratchett se volvió hacia el fogón.
—Al fin una respuesta que me creo.
Ward aceptó la observación.
Havelock lo miró con seriedad.
—¿Y Rosalind?
El nombre ya no produjo el mismo miedo que semanas atrás.
Produjo atención.
—Está viva —dijo Ward—. Y lejos de Oakhaven.
Bridget cerró los ojos un instante.
—Gracias a Dios.
Alfred la miró. No preguntó por qué aquello le importaba tanto.
—¿El niño? —dijo Havelock.
—También está bien, por la última noticia.
Pratchett dejó la cuchara.
—¿Niño?
Ward miró al cocinero.
—Rosalind esperaba un hijo dLord Lawrence cuando se marchó.
El hombre se sentó lentamente en un taburete.
—Dios santo.
Durante varios segundos solo sonó el agua del fregadero.
Bridget se secó las manos en el delantal.
—¿La señora lo sabe?
—Sí.
—¿Y el señor?
—Sí.
—¿Y Lady Margaret?
—Sí.
Pratchett soltó una risa sin alegría.
—Por una vez todos saben algo al mismo tiempo. Habrá que marcar la fecha.
Havelock le lanzó una mirada.
—George.
—¿Qué? Llevo veintisiete años viendo a esta casa tropezar con secretos que ya conoce media cocina.
Ward no lo contradijo.
Alfred apoyó los brazos en la mesa.
—¿Qué va a pasar con nosotros?
La pregunta sorprendió a Bridget.
No a Havelock.
—¿Por qué tendría que pasarnos algo?
—Si hay escándalo. Si vienen periodistas. Si la familia pierde posición. Si empiezan a despedir gente.
Pratchett miró al joven.
—Siempre terminamos llegando al carbón y a los salarios.
—Porque nosotros no tenemos títulos para comer —respondió Alfred.
Ward observó el rostro de Havelock.
Aquello era lo que las conversaciones de arriba rara vez incluían. Para Catherine, la reputación era continuidad. Para Edmund, linaje. Para Theodore, responsabilidad. Para el servicio, podía significar si habría trabajo al mes siguiente.
—No hay ninguna decisión de reducir personal —dijo Ward.
—Todavía —añadió Havelock.
Ward la miró.
—Todavía.
Alfred asintió.
Prefería una incertidumbre declarada a una promesa vacía.
Bridget volvió a los platos.
—Rosalind decía que quería irse algún día.
Todos la miraron.
La joven se puso colorada, pero continuó.
—Antes de… antes de que todo pasara. Decía que no quería pasar la vida limpiando vajilla que nunca usaría.
Pratchett sonrió con tristeza.
—Tenía ambición.
—Tenía veintidós años —dijo Havelock—. Es casi lo mismo.
Alfred miró a Bridget.
—¿Y tú?
La pregunta fue demasiado directa.
Bridget bajó los ojos.
—Yo qué.
—¿Quieres pasar la vida aquí?
Havelock levantó una ceja.
—Nettles, si va a iniciar una conversación sentimental, hágalo fuera de mi cocina.
Alfred enrojeció.
Pratchett empezó a reír.
Incluso Ward sonrió apenas.
La tensión se rompió lo suficiente para que todos volvieran al trabajo.
Pero la pregunta quedó.
Bridget secó otro plato.
Hasta aquella mañana había pensado en Oakhaven como un lugar del que uno se marchaba cuando era despedido, se casaba o envejecía demasiado para subir escaleras.
Rosalind había salido huyendo.
Iris había entrado con un nombre falso.
Theodore empezaba a mirar las cuentas de la casa como si nada fuera eterno.
Y Alfred acababa de preguntarle si quería quedarse.
Por primera vez, Bridget comprendió que permanecer también podía ser una decisión.
Ward recogió una bandeja.
Antes de salir, habló:
—Una cosa más. Si alguien del pueblo pregunta por Lord Lawrence, no inventen respuestas para proteger a la familia.
Havelock lo miró.
—¿Qué decimos?
Ward pensó.
—Que los asuntos están en manos del señor Croft y que no les corresponde hablar por personas que no están presentes.
Pratchett resopló.
—Eso sí parece una respuesta de mayordomo.
—No puedo mejorar todo a la vez.
Salió.
Bridget observó la puerta cerrarse.
Durante años, el servicio había mantenido Oakhaven en pie sin aparecer en ninguna de las historias que la familia contaba sobre sí misma.
Quizá, pensó, la verdad no consistiera solo en corregir cómo había muerto Lawrence.
Quizá también obligara a todos a mirar quiénes habían cargado con las consecuencias mientras los demás discutían sobre el honor.
* * *
Aquella tarde, Iris colocó sobre la mesa de estudio tres libros de cuentas, una libreta y una hoja grande dividida en columnas.
Margaret se sentó frente a ella.
—No me diga que una casa también puede mentir. Ya lo sé.
Iris levantó una ceja.
—Entonces podemos empezar por algo más difícil.
—¿Qué?
—Saber cuánto cuesta sostener una mentira.
Margaret miró los libros.
—¿Habla literalmente?
—Por una vez, sí.
Abrieron abril.
Había pagos a proveedores, carbón, carne, vino, salarios, reparaciones, alimento para caballos. En los días posteriores a la muerte de Lawrence aparecían gastos extraordinarios: telas negras, mensajeros, flores para la iglesia, honorarios médicos, transporte, velas adicionales.
Margaret pasó el dedo por las cifras.
—Todo quedó registrado.
—Casi todo.
—Hasta una mentira necesita facturas.
Iris asintió.
La muchacha calculó los totales. Se equivocó dos veces y corrigió sin que Iris tuviera que señalarlo.
Cuando llegó a la columna de gastos de caballerizas, se detuvo.
Quince de abril.
Herradura de urgencia. Yegua negra. Pago nocturno al mozo.
Margaret sintió un pequeño golpe en el pecho.
—¿Lawrence?
Iris se inclinó.
—No lo sabemos.
—La fecha coincide.
—Coincidir no es probar.
—Ya sé.
Margaret volvió a sumar.
Había aprendido a odiar aquella frase y a necesitarla.
Pasaron una hora trabajando sin hablar de Whitmore, de Catherine ni de Rosalind. Fue la primera hora en semanas en que Margaret no sintió que cada pensamiento tuviera que desembocar en su hermano muerto.
Al final, Iris cerró el libro.
—Habéis mejorado.
—¿En contabilidad?
—En no convertir cada dato en la respuesta que deseáis.
Margaret apoyó los codos sobre la mesa.
—¿Eso significa que ya confía en mí?
Iris no respondió de inmediato.
La pregunta tenía demasiadas capas para una clase de aritmética.
—Confío en que preguntáis aunque la respuesta no os guste.
—No es lo mismo.
—Es bastante más útil.
Margaret sonrió apenas.
Después se puso seria.
—¿Va a marcharse?
Iris dejó la pluma.
—¿Por qué lo pregunta?
—Porque ya sabe lo que vino a buscar.
—No del todo.