Capítulo 19 El derrumbe de la fachada
A las nueve de la mañana siguiente, Theodore Blackwood cruzó el vestíbulo de Oakhaven con una cartera de cuero bajo el brazo y la certeza desagradable de que, por primera vez en su vida, transportaba algo más valioso que cualquier objeto de la casa.
Dentro de la cartera estaba la declaración del doctor Ambrose Coldwell.
Dos folios escritos con letra pequeña, fechados y firmados, donde el médico reconocía que la herida de Lawrence no era compatible con la versión accidental que había certificado, que había sostenido esa causa ante el jurado del coroner y que lo había hecho bajo la presión de Catherine Blackwood y con el consentimiento tácito de Edmund.
No era una confesión cómoda. Tampoco completa en el sentido que habría exigido un tribunal.
Coldwell no había presenciado el duelo, no podía afirmar quién había disparado primero y se negaba a convertir sospechas en hechos.
Pero era suficiente para destruir la versión oficial si alguna vez alguien intentaba utilizarla contra Rosalind.
Thomas Ward le abrió la puerta principal.
—El coche está preparado, Lord Theodore.
Theodore se detuvo antes de bajar los escalones.
—¿Mi padre ha preguntado por la cartera?
—No, señor.
—¿Mi madre?
—Dos veces.
Theodore soltó el aire por la nariz.
—¿Y qué le habéis dicho?
—Que contenía papeles para el señor Croft.
—Eso es casi honesto.
Ward lo miró con la paciencia de un hombre que llevaba demasiados años aceptando comentarios de los hijos de la casa.
—Intento mejorar, señor.
La respuesta habría resultado cómica en otra mañana. Theodore estuvo a punto de sonreír, pero la puerta del salón azul se abrió detrás de ellos.
Catherine apareció en el umbral.
No llevaba luto riguroso. Había sustituido el negro absoluto por un gris oscuro que absorbía la luz. El cambio era pequeño, pero Theodore lo registró. En Oakhaven, la ropa de su madre funcionaba como un sistema de señales: advertía antes de que ella hablara.
—Theodore.
Él se volvió.
—Madre.
—Quiero ver la declaración antes de que salga de esta casa.
—La leyó anoche.
—Quiero verla de nuevo.
—No.
Ward bajó la mirada. No por sumisión, sino para fingir que la conversación no le concernía.
Catherine avanzó hasta el centro del vestíbulo.
—Ese documento menciona mi nombre.
—También el de padre, el de Coldwell y el de Lawrence. Ninguno de ellos tiene derecho a retirarlo.
—Lawrence está muerto.
—Precisamente por eso.
La madre y el hijo se miraron a través del espacio que durante años había ocupado la obediencia.
Catherine fue la primera en apartar los ojos. No porque cediera, pensó Theodore, sino porque había aprendido algo la noche anterior: las órdenes dejaban de ser órdenes cuando nadie estaba dispuesto a ejecutarlas.
—Croft trabaja para esta familia —dijo.
—Croft trabaja como abogado de esta familia. No es lo mismo.
—Lo pagamos nosotros.
—Y si intenta destruir o devolver la declaración, recibirá instrucciones por escrito para entregar una copia al magistrado.
Catherine alzó la cabeza.
—¿Una copia?
Theodore había esperado aquella pregunta.
—Sí.
No añadió que la copia todavía no existía. Bastaba con que pudiera existir.
Durante un instante, el rostro de Catherine recuperó la expresión que había gobernado Oakhaven durante décadas: cálculo puro, evaluación de riesgos, búsqueda de una salida.
Theodore la conocía bien. Había pasado media vida intentando provocar en ella orgullo o decepción.
Ahora descubría que lo más parecido a una victoria era obligarla a considerar que él también podía prever el siguiente movimiento.
—Ten cuidado —dijo ella.
—Lo tendré.
—No me refiero a la carretera.
—Yo tampoco.
Theodore bajó los escalones y subió al coche.
Mientras las ruedas empezaban a triturar la grava húmeda, miró una vez hacia atrás. Catherine seguía bajo el pórtico. Ward estaba a su lado, un paso por detrás, las manos unidas frente al chaleco.
La fachada de Oakhaven parecía intacta.
Eso era lo inquietante.
* * *
El despacho del señor Henry Croft ocupaba dos habitaciones sobre una tienda de tejidos en Northampton. No tenía paneles de roble ni retratos familiares, y Theodore agradeció esa carencia en cuanto entró.
Había expedientes apilados en estanterías metálicas, un brasero apagado y una ventana desde la que se veía el movimiento de la calle: carros, vendedores, hombres que cargaban cajas, mujeres que entraban y salían de los comercios. Todo ocurría sin pedir permiso a los Blackwood.
Croft leyó la declaración en silencio.
Era un hombre de cincuenta y tantos años, de cabello escaso y manos pequeñas. Theodore lo había visto muchas veces en Oakhaven, siempre inclinado sobre contratos que nadie más se molestaba en leer. Había confundido aquella discreción con docilidad.
Estaba descubriendo que era un error frecuente en la familia.
El abogado terminó la segunda página y dejó el documento sobre la mesa.
—Esto es serio.
—Ya lo sé.
—No, Lord Theodore. Lo sabe como hijo. Yo se lo digo como abogado.
Theodore se inclinó hacia delante.
—Explíqueme la diferencia.
Croft juntó las manos.
—Si esta declaración se hace pública, puede abrir preguntas sobre falsedad documental, encubrimiento de una muerte violenta y la participación de varias personas en un duelo ilegal.
No le prometo que nadie vaya a prisión. Han pasado semanas, las pruebas son incompletas y parte de los testigos tendrían interés en contradecirse mutuamente.
Pero sí le prometo un escándalo largo, costoso y muy difícil de controlar.
—Eso ya lo sabemos.
—No ha terminado. —Croft golpeó suavemente con un dedo el papel—. La joven Thorne sería identificada. Su embarazo saldría a la luz. Cualquier periódico que oliera sangre convertiría al niño en una cuestión sucesoria aunque jurídicamente no lo fuera de la forma en que la gente imaginaría.
Theodore frunció el ceño.
—No puede heredar el marquesado.
—No he dicho que pueda. He dicho que la gente hablará como si pudiera. La ley y las conversaciones de taberna no suelen compartir biblioteca.
Theodore miró la declaración.
—Por eso no queremos publicarla.
Croft lo estudió.
—¿Quiénes son «queremos»?
—Mi padre, mi hermana, la señorita Fletcher, el doctor Coldwell, Ward y yo.
—¿Lady Catherine?
Theodore tardó una fracción de segundo.
—Ha aceptado no impedirlo.
—No es lo mismo.
—No.
Croft tomó la pluma.
—¿Y el coronel Whitmore?
—Admite el duelo y que disparó. No ha firmado nada.
—Eso sería útil.
—No pienso volver a Merridale para pedirle una confesión más bonita.
—No he dicho bonita. He dicho útil.
Theodore se recostó en la silla.
—¿Qué recomienda?
Croft volvió a leer el encabezado del documento.
—Que lo deposite aquí, sellado. Que el doctor Coldwell firme una segunda copia idéntica y que ambas se custodien por separado.
Que cualquier carta del coronel Whitmore se conserve.
Que no destruyan ni una hoja más relacionada con Lawrence.
Y, sobre todo, que no hagan nada impulsivo para «reparar» la verdad.
Theodore pensó en su hermano caminando hacia Merridale al amanecer.
—En mi familia no se nos da bien esa última parte.
—Entonces aprendan.
El abogado se levantó y abrió una caja de hierro empotrada en la pared.
—También quiero ver el pagaré de las mil libras.
Theodore lo miró.
—¿Cómo sabe lo del pagaré?
Croft cerró la caja sin guardar todavía la declaración.
—Porque fui yo quien redactó parte de la documentación que permitió formalizarlo.
La respuesta cayó con la sencillez de una piedra.
—¿Usted sabía que Lawrence quería huir?
—Sabía que quería disponer de dinero con extrema urgencia. Me pidió discreción. Yo no tenía derecho a exigirle que me explicara para qué.
—Todo el mundo sabía un trozo.
—Así funcionan muchas catástrofes, Lord Theodore. Si una sola persona conociera el conjunto, quizá tendría la oportunidad de impedirlas.
Theodore guardó silencio.
Croft volvió a sentarse.
—La deuda no desaparece con Lawrence.
—Lo sé.
—El principal son mil libras. Se han generado intereses. El patrimonio personal de su hermano no cubre todo sin vender activos que su padre preferirá conservar.
—¿Cuánto debemos ahora?
—No tengo la cifra exacta hasta que Bramwell & Sons actualice el cálculo. Pero suficiente para que convenga negociar antes de que conviertan la urgencia de Lawrence en una fuente permanente de beneficio.
Theodore sintió una irritación casi bienvenida. Los números eran más sencillos que los muertos.
—Pida una liquidación completa.
—Lo haré.
—Y nada de ocultárselo a mi padre.
Croft levantó una ceja.
—Eso es una novedad administrativa en Oakhaven.
Theodore aceptó la observación.
—Empiece a acostumbrarse.
El abogado guardó la declaración de Coldwell en la caja de hierro.
El sonido de la llave al girar resultó seco, definitivo.
—Aquí permanecerá —dijo Croft— hasta que alguna de las personas autorizadas solicite abrir el sobre o hasta que una autoridad competente lo requiera.
—Añada una condición.
—¿Cuál?
—Si mi madre intenta retirarlo sin el consentimiento de mi padre o mío, informe a Coldwell y prepare la segunda copia para depositarla fuera de su despacho.
Croft lo miró con atención.
—Está pidiendo que diseñe un sistema contra su propia familia.
—Estoy pidiendo que diseñe un sistema que no dependa de que mi familia se comporte bien.
El abogado sonrió apenas.
—Eso sí es una novedad.
* * *
La primera consecuencia visible de la verdad fue que nadie sabía qué decir durante el almuerzo.
Margaret había imaginado que, una vez descubierto todo, las habitaciones cambiarían. Que los cuadros parecerían menos severos, que el comedor perdería la capacidad de imponer obediencia, que su madre hablaría con una voz distinta.
Nada de eso ocurrió.
Pratchett sirvió cordero frío. Alfred cambió los platos. Bridget dejó una jarra de agua junto a Margaret y salió. La ventana estaba abierta porque hacía calor, y del jardín llegaba el olor de la tierra húmeda.
Oakhaven seguía siendo Oakhaven.
Solo las palabras habían perdido sus lugares habituales.