El relicario de las mentiras (Sombras de Oakhaven 1) Capítulo 18 Las llaves de Ward #2
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Capítulo 18 Las llaves de Ward #2

—Cuando llegó la señorita Fletcher, reconocí el apellido antes de conocerlo.

El parecido con Rosalind y la mancha de nacimiento me hicieron sospechar.

Martha había mencionado a Elena en su carta.

Dejé una nota entre sus libros para que supiera que el relicario existía y que alguien en la casa recordaba.

Margaret miró a Iris.

—¿Qué decía exactamente?

—«Mantenga los ojos abiertos. Pregunte por el relicario de plata» —respondió Iris.

Ward asintió.

—No sabía si debía confiar en ella.

—Sigue sin saberlo —dijo Iris.

—Eso también.

Theodore apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—¿Sabía quién había disparado a Lawrence?

—Sabía que Whitmore había salido vivo y Lawrence no. No conocía la secuencia de los disparos hasta lo que usted ha contado hoy.

—¿Sabía que Lawrence desvió el suyo?

—No.

Ward miró el diario.

—Pero no me sorprende.

Margaret pasó un dedo cerca de la caja sin tocarla.

—¿Quién detuvo el reloj de su habitación?

La pregunta sorprendió a todos.

Coldwell fue el primero en reaccionar.

—Yo lo vi detenido la noche del cuerpo.

Ward frunció el ceño.

—El reloj de sobremesa.

—Sí. Marcaba las diez y cuarenta y siete. El mecanismo estaba bien, pero el péndulo se había parado.

Ward pensó en la habitación.

—Fui yo.

Catherine lo miró.

—¿Por qué?

—No recuerdo haberlo hecho conscientemente. Cuando trajeron a Lawrence, lo acostamos en la cama. El reloj seguía sonando. Muy fuerte. En algún momento lo detuve.

Margaret miró a Iris.

El motivo de los relojes había acompañado la casa desde la muerte.

No era una pista.

Era un gesto humano.

Ward continuó:

—Eso es todo lo que puedo demostrar de mis actos.

Iris señaló el relicario.

—No. Falta decidir qué ocurrirá con eso.

Ward cerró la caja.

—Seguirá conmigo.

Theodore levantó una ceja.

—¿Incluso después de esta confesión colectiva?

—Pertenece a Rosalind.

Edmund miró a Iris.

—¿Está de acuerdo?

Ella tardó poco.

—Sí.

Margaret asintió también.

Catherine no opinó.

Ward guardó la caja.

—Y el diario —dijo Theodore— quedará con Ward hasta que decidamos cómo hacérselo llegar a Rosalind.

Iris levantó los ojos.

—¿A Rosalind?

—Escribió sobre ella. Sobre el niño. Sobre la huida. Si algún día aparece, creo que tiene más derecho a leerlo que nosotros.

Margaret miró a su hermano.

—Estoy de acuerdo.

Edmund observó el cuaderno.

—Yo también.

Catherine tardó más.

—No quiero volver a verlo —dijo.

No era consentimiento, pero tampoco oposición.

Ward tomó el diario.

Coldwell guardó la declaración firmada en su cartera.

Edmund se levantó.

—Mañana irá con Croft.

—Yo la llevaré —dijo Theodore.

—Bien.

La reunión parecía terminada.

Iris no se movió.

—Falta una cosa.

Catherine soltó aire.

—Siempre falta una cosa con usted.

Iris la ignoró.

—Sabemos qué pasó. Sabemos quién hizo qué. Pero seguimos llamando a todo esto «la verdad» como si existiera una única decisión pendiente. ¿Qué vamos a hacer con ella?

Edmund miró a Theodore.

Theodore miró a Margaret.

Margaret fue quien respondió.

—No publicarla todavía.

Iris la observó.

—¿Por qué?

—Porque Rosalind no ha podido decidir. Si contamos que Lawrence murió en un duelo provocado por insultos sobre su amante embarazada, su nombre aparecerá antes que el de cualquiera de nosotros. El pueblo la buscará. Los periódicos querrán saber quién es y dónde está el niño.

Catherine la miró con una expresión indescifrable.

Margaret continuó:

—Pero tampoco vamos a seguir diciendo que fue un accidente dentro de esta casa. Ni entre nosotros ni al servicio que ya sabe suficiente. Y si alguien intenta destruir pruebas, perjudicar a Rosalind o utilizar la mentira para otra cosa, la declaración de Coldwell y el resto de documentos saldrán.

Theodore sonrió apenas.

—Eso suena a una tregua armada.

—Es lo que tenemos.

Edmund asintió.

—De acuerdo.

Catherine permaneció inmóvil.

Todos la miraron.

—¿Qué? —preguntó.

—Madre —dijo Margaret.

La marquesa observó a su hija durante varios segundos.

—De acuerdo.

Margaret respiró.

Ward sintió que una puerta se cerraba en algún lugar de la casa.

No supo cuál.

Catherine se levantó la primera y salió.

Coldwell se marchó después, prometiendo entregar la declaración a Croft al día siguiente. Edmund permaneció unos minutos hablando con Theodore sobre el abogado. Finalmente también se retiraron.

Margaret e Iris fueron las últimas en levantarse.

La muchacha miró el diario en manos de Ward.

—¿Puedo pedirle una cosa?

—Por supuesto, milady.

—No vuelva a quemar nada.

Ward miró el cuaderno.

—No pensaba hacerlo.

—Bien.

Margaret salió.

Iris se detuvo junto a él.

—La llave —dijo.

Ward frunció el ceño.

—¿Qué llave?

—La de la caja donde va a guardar el diario y el relicario. No la lleve siempre encima. Catherine conoce sus hábitos. Theodore también. Yo también empiezo a conocerlos.

—¿Y dónde sugiere que la guarde?

Iris miró las estanterías.

—En un sitio que no sea secreto.

Ward casi protestó.

Después comprendió.

Los secretos eran lo primero que todos registraban.

Aquella noche guardó el diario y el relicario en la caja de madera bajo la tabla de su habitación.

Pero la llave pequeña no volvió al llavero.

La colocó dentro de un frasco vacío de betún, en el armario de limpieza del corredor principal, entre cepillos y trapos que Havelock utilizaba cada mañana.

Un lugar visible.

Un lugar aburrido.

Un lugar que nadie consideraría digno de una verdad.

Cuando terminó, bajó al vestíbulo para revisar las puertas exteriores.

Una por una.

Puerta principal. Cerrada.

Terraza este. Cerrada.

Entrada de servicio. Cerrada.

Veintitrés llaves habían organizado su vida durante años.

Esa noche, por primera vez, Ward comprendió que una llave no servía solo para impedir que alguien entrara.

También podía servir para asegurarse de que algo sobreviviera hasta que llegara la persona con derecho a abrirlo.