El relicario de las mentiras (Sombras de Oakhaven 1) Capítulo 18 Las llaves de Ward
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Capítulo 18 Las llaves de Ward

Thomas Ward poseía veintitrés llaves.

Las había contado muchas veces.

T res abrían puertas exteriores. Cuatro correspondían a despensas.

Dos a la bodega. Una a la plata. Una al armario de ropa blanca.

Seis a dormitorios y habitaciones que la familia prefería mantener cerradas.

Las demás abrían cajones, arcones y dependencias cuya importancia variaba según la estación.

La llave más pequeña no pertenecía a Oakhaven.

Abría una caja de madera escondida bajo una tabla de su habitación.

Dentro estaba el relicario.

Ward la sostuvo en la palma a las ocho de la noche mientras escuchaba cómo el viento movía la lluvia contra la ventana del ático. Había empezado a llover después del almuerzo y el agua recorría el cristal en líneas oblicuas.

Sobre la cama tenía otro objeto.

El diario de Lawrence.

Theodore se lo había entregado una hora antes.

—Madre sabe que lo tengo —había dicho—. Padre no me lo quitará por la fuerza, pero no quiero comprobar hasta dónde llega esa promesa. Escóndalo.

Ward había mirado el cuaderno.

—¿Por qué yo?

—Porque lleva un mes ocultando cosas con una eficacia desesperante. Por una vez quiero beneficiarme de ello.

Ward no encontró una respuesta adecuada.

Aceptó el diario.

Ahora ambos objetos descansaban ante él: la memoria privada de Lawrence y la memoria de Rosalind.

Una llave podía guardarlos.

No podía decidir qué significaban.

Llamaron a la puerta.

Ward escondió la caja bajo la manta antes de abrir.

Era Havelock.

—El doctor está abajo.

—¿Coldwell?

—Sí. Con Lord Oakhaven. Ha traído un documento y lleva media hora mirando el suelo.

Ward tomó la chaqueta.

—¿Lady Catherine?

—En el salón azul.

—¿Los jóvenes?

Havelock levantó una ceja ante la palabra.

—Theodore en la biblioteca. Lady Margaret también. La señorita Fletcher con ellos.

Ward cogió el diario.

Havelock lo vio.

No preguntó qué era.

—¿Necesita que cierre alguna puerta? —dijo.

Ward la miró.

Aquella era la forma que tenía Havelock de ofrecer ayuda.

—La del corredor norte. Y que nadie suba a la biblioteca durante media hora.

—Pratchett querrá saber por qué se retrasa el café.

—Dígale que la familia discute.

—Eso no es noticia.

Havelock se marchó.

Ward bajó.

En el estudio, Coldwell estaba sentado frente a Edmund con una hoja escrita sobre las rodillas. Había envejecido desde la noche del certificado. Ward lo pensó y comprendió que habían pasado apenas cuatro semanas.

—Ward —dijo Edmund—. Entre.

El mayordomo cerró la puerta.

Coldwell levantó el documento.

—He redactado una declaración.

Ward no se acercó.

—¿Sobre la herida?

—Sobre lo que observé y sobre la presión que recibí para firmar una causa que no correspondía a mi opinión médica.

Edmund miró la mesa.

—¿Nombra a Catherine?

—Sí.

Ward vio cómo los dedos del marqués se cerraban alrededor del brazo del sillón.

—¿Y a mí?

—Dice que usted aceptó el veredicto del coroner y no pidió que las dudas se remitieran a las autoridades.

—Bien.

Coldwell parpadeó.

—No esperaba que dijera eso.

—Yo tampoco.

Edmund se levantó.

—Vamos a la biblioteca.

—¿Quiénes?

—Todos los que ya saben demasiado.

Ward sintió una punzada de ironía.

Por primera vez en su vida, aquella categoría incluía a casi toda la familia.

* * *

La biblioteca tenía una mesa central lo bastante grande para ocho personas.

Esa noche se sentaron seis.

Edmund ocupó uno de los extremos. Catherine, el otro. Theodore y Margaret se sentaron juntos en un lado. Iris frente a ellos. Coldwell permaneció junto a la ventana hasta que Ward le acercó una silla.

Ward se quedó de pie.

—Siéntese —dijo Edmund.

Ward miró la silla vacía.

—Milord, no creo que...

—He dicho que se siente.

Catherine no intervino.

Ward obedeció.

Nunca había estado sentado en aquella mesa con los Blackwood salvo para revisar cuentas en ausencia de invitados. El gesto le resultó más perturbador que cualquier interrogatorio.

Edmund miró a Coldwell.

—Lea.

El médico desdobló la hoja.

Su declaración era breve. Describía la herida de pistola, la ausencia de quemaduras o residuos compatibles con un disparo accidental a corta distancia, la ropa y el estado del cuerpo.

Después afirmaba que Lady Catherine había insistido en que la muerte se certificara como accidente, que él había repetido esa conclusión ante el jurado del coroner ocultando sus dudas médicas y que había cedido por miedo al escándalo y a perder la confianza de una familia de la que dependía buena parte de su práctica.

No utilizaba la palabra chantaje.

No utilizaba la palabra amenaza.

No las necesitaba.

Cuando terminó, dejó la hoja sobre la mesa.

Catherine la tomó.

Leyó en silencio.

—Es exacta —dijo.

Coldwell la miró.

—¿No va a negarlo?

—No.

—Podría costarme la licencia si se abre una investigación.

—También podría costármela a mí si las marquesas necesitaran licencia para gobernar una casa.

Nadie sonrió.

Catherine devolvió el papel.

—Firme.

Coldwell tomó la pluma.

La mano le tembló una sola vez antes de escribir su nombre.

Edmund secó la tinta con arena.

—Esto quedará con el señor Croft, sellado. No se utilizará mientras no sea necesario.

Iris levantó la vista.

—¿Quién decide cuándo es necesario?

—No yo solo.

La respuesta hizo que Theodore se enderezara.

Edmund continuó:

—Theodore tendrá conocimiento de dónde está depositado. Si yo intento destruirlo o recuperarlo, Croft tendrá instrucciones de entregar una copia al magistrado.

Catherine lo miró.

—Has pensado bastante.

—Estoy practicando.

Theodore soltó aire por la nariz.

Edmund volvió la atención a Ward.

—Ahora usted.

Ward sintió que las llaves pesaban en el bolsillo.

Había contado versiones parciales durante semanas. A Theodore le había dicho que Rosalind huyó. A Iris le había explicado el desafío. Había admitido que ensilló el caballo. A Catherine le había ocultado unas cosas y confesado otras.

Nadie conocía toda su secuencia.

Colocó el diario sobre la mesa.

Margaret lo reconoció.

—Theodore me lo ha dado para custodiarlo —dijo Ward—. Antes de guardarlo quiero dejar claro qué hice y qué no hice.

Catherine entrelazó las manos.

Ward empezó por el principio.

—El doce de abril supe que el coronel Whitmore había hablado de la señorita Thorne en el club. No presencié la discusión. Me lo contó Lord Lawrence al regresar. Estaba furioso. Me dijo que había golpeado al coronel y que probablemente recibiría un desafío.

Miró a Theodore.

—No hice nada.

—¿Por qué? —preguntó Margaret.

—Porque los criados no intervenimos en disputas entre caballeros.

Catherine cerró los ojos.

—Eso era lo que pensaba entonces —añadió Ward—. Ahora me parece una frase especialmente cobarde.

Continuó.

—El trece, Lawrence recibió el dinero del préstamo. Me pidió información sobre un carruaje discreto y horarios de tren desde Northampton. Yo comprendí que planeaba marcharse con Rosalind. No se lo comuniqué a sus padres.

Edmund asintió lentamente.

—El catorce por la noche el desafío ya estaba acordado. Lawrence me pidió que tuviera su caballo ensillado antes de las cinco. Yo sabía adónde iba.

La mano izquierda empezó a temblarle.

No la escondió.

—Le pregunté si estaba seguro. Se rió. Me dijo: «Ward, llevo toda la vida rodeado de hombres seguros de cosas estúpidas. Permítame una noche para ser uno de ellos.»

Margaret bajó la cabeza.

Theodore miró el diario.

—¿Intentó detenerlo? —preguntó Iris.

—No.

—¿Avisó a Edmund?

—No.

—¿A Catherine?

—Tampoco.

Ward respiró.

—Ensillé el caballo.

La frase ya la había dicho, pero delante de todos adquirió otro peso.

—Después de que se marchara, encontré una carta en la guantera de la silla. Lawrence la había dejado para Rosalind. Supuse que quería que se la entregara si no volvía.

Iris levantó la cabeza.

—¿Se la entregó?

—Sí.

Era importante corregir cualquier duda.

—Cuando el guardabosques trajo noticia de que habían encontrado a Lawrence, fui a los establos. Antes de que llegara el cuerpo busqué a Rosalind. Le di la carta, dinero y una dirección de mi hermana en Northampton. Le dije que saliera de la finca antes de que Lady Catherine empezara a preguntar.

Catherine no protestó.

—Rosalind huyó esa misma noche. El carretero la llevó hasta la carretera principal. Después continuó por su cuenta. No volví a verla.

Iris apoyó los dedos sobre la mesa.

Ward prosiguió:

—Cuando el cuerpo llegó, el doctor lo examinó. Lady Catherine me ordenó destruir la correspondencia de Lawrence relacionada con Rosalind. Obedecí. Quemé cartas y borradores. No quemé el diario porque no sabía que existía.

Theodore tocó la cubierta de cuero.

—¿Y el relicario? —preguntó Margaret.

Ward metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta.

Sacó la caja.

La colocó sobre la mesa.

Catherine la miró como si reconociera su forma.

Iris no se movió.

Ward abrió.

El relicario de plata quedó bajo la luz de la lámpara.

Margaret se inclinó apenas.

Theodore no lo había visto antes.

—Lo encontré en el suelo del establo, junto al pesebre del caballo que utilizó Rosalind. Debió de romperse la cadena al subir al carro. Lo guardé.

—¿Por qué? —preguntó Edmund.

Ward pensó.

—Al principio porque si lo encontraba otra persona, demostraría la relación.

Después porque me pareció lo único que no había destruido.

Más tarde recibí la carta de Martha Thorne confirmando que Rosalind estaba viva.

No incluía dirección. Quemé esa carta para impedir que pudiera ser utilizada para rastrearlas.

Iris sabía ya esa parte.

Catherine no.

—¿Martha te escribió? —preguntó.

—Sí, milady.

—¿Y la quemaste sin mostrármela?

—Sí.

Catherine lo observó.

—Bien.

Ward creyó haber oído mal.

—¿Milady?

—He dicho bien. Si la hubiera visto entonces, quizá habría intentado averiguar dónde estaba Rosalind. No sé qué habría hecho con la información. Prefiero no fingir que lo sé.

Ward bajó la mirada.

Continuó: