Capítulo 17 Las condiciones de la marquesa #2
Catherine no salió inmediatamente del salón azul.
Recogió la taza que Iris no había tocado y la colocó sobre la bandeja. Después corrigió su posición dos pulgadas hacia la izquierda.
El gesto era ridículo.
Precisamente por eso lo hizo.
Cuando el mundo se volvía imposible de ordenar, todavía podía ordenar una taza.
Abrió la puerta.
Margaret estaba al otro lado del corredor.
No parecía haber estado escuchando. Llevaba un libro bajo el brazo y una hoja doblada en la mano. Sin embargo, Catherine conocía demasiado bien a su hija para creer en coincidencias después de todo lo ocurrido.
—¿Esperabas a la señorita Fletcher?
—Sí.
—Está dentro.
—Ya lo sé.
Catherine cerró la puerta tras de sí.
—No deberías merodear por los pasillos.
Margaret miró el largo corredor vacío.
—Vivo aquí.
—Eso no convierte cada rincón en una invitación.
—Lo mismo podría decirse de las conversaciones de la familia.
Catherine sintió el impulso de corregir el tono.
Lo dejó pasar.
—¿Qué llevas?
Margaret le mostró la hoja.
Era una relación de gastos del ala este.
—Theodore me ha dejado revisar las cuentas de iluminación. Hay una diferencia entre las velas compradas y las distribuidas.
—Porque Havelock mantiene una reserva de emergencia en la despensa del segundo piso.
Margaret frunció el ceño.
—¿Cuántas?
—Cuatro docenas en invierno. Dos en verano. Y media docena de cirios de cera blanca para las habitaciones de invitados.
La muchacha miró la hoja.
—Eso explica exactamente la diferencia.
—Naturalmente.
Margaret alzó los ojos.
—¿Por qué sabe usted eso?
La pregunta sorprendió a Catherine más de lo razonable.
—Porque administro esta casa.
—Padre dice que la administra él.
—Tu padre administra la propiedad. No es lo mismo.
—¿Y Theodore?
—Theodore está aprendiendo a administrar ambas cosas y a creer que las ha inventado.
Margaret sonrió antes de contenerse.
Catherine sintió una pequeña victoria que no tenía derecho a considerar victoria.
—¿Le enseñó alguien? —preguntó la muchacha.
—¿A llevar una casa?
—A entender las cuentas.
Catherine apoyó una mano sobre el respaldo de una silla del corredor.
—Mi madre. Después mi suegra. Y después los errores.
—Iris dice que los errores son caros pero memorables.
—La señorita Fletcher tiene una frase para todo.
—Eso le molesta.
—Mucho.
Margaret dobló la hoja.
—A mí me gusta.
—Lo sé.
El nombre de Iris se quedó entre ambas, no como una enemiga ni como una aliada, sino como el punto alrededor del que tantas discusiones recientes habían aprendido a girar.
Catherine bajó la voz.
—He puesto condiciones a su permanencia.
Margaret se tensó.
—¿Qué condiciones?
—Te las contará ella.
La respuesta produjo desconfianza.
Catherine la entendió.
—No voy a pedirle que te mienta.
Margaret la observó con tanta atención que Catherine tuvo la sensación incómoda de verse evaluada.
—Eso es nuevo.
—Sí.
No intentó adornarlo.
Margaret miró hacia el salón azul.
—¿Por qué no la despide?
Catherine podría haber dado media docena de razones prácticas: el escándalo, Theodore, Edmund, la dificultad de sustituir una institutriz competente a mitad de temporada.
Eligió otra.
—Porque tú confías en ella.
La muchacha volvió la cabeza.
—¿Eso le importa?
Catherine sintió la crueldad involuntaria de la pregunta.
—Más de lo que he sabido demostrar.
Margaret no respondió.
Una criada cruzó el fondo del pasillo y desapareció por la escalera de servicio. Ambas esperaron a quedar solas otra vez.
—Lawrence confiaba en Rosalind —dijo Margaret.
Catherine cerró los dedos sobre el respaldo.
—Sí.
—Y usted pensó que sabía mejor que él lo que le convenía.
—Sí.
—¿Va a hacer lo mismo conmigo?
La pregunta era demasiado grande para un corredor.
Catherine estuvo a punto de decir tienes quince años .
Se detuvo.
Iris había acusado precisamente esa costumbre: utilizar la edad de Margaret como respuesta a preguntas que no quería contestar.
—Probablemente lo intentaré más veces de las que debería —dijo.
Margaret parpadeó.
—Eso no es muy tranquilizador.
—No pretendía serlo.
—¿Y qué hará cuando lo intente?
Catherine sintió algo parecido a cansancio y algo parecido a humor.
—Espero que me lo señales con menos insolencia de la que has empleado últimamente.
—No puedo prometerlo.
—Eso también lo has aprendido de la señorita Fletcher.
Margaret sonrió.
Esta vez Catherine no la corrigió.
—Madre.
—¿Sí?
—¿De verdad cree que Rosalind era una consecuencia?
Catherine miró hacia la ventana al final del corredor.
—Creía que podía tratarla como una.
—No es lo mismo.
—No.
Margaret asintió lentamente.
—Bien.
—¿Qué significa «bien»?
—Que por lo menos sabe la diferencia ahora.
Catherine estuvo a punto de responder que saber algo no arreglaba nada.
No lo hizo.
Margaret tenía quince años. Aún necesitaba descubrir por sí misma que la comprensión y la reparación eran cosas distintas.
—La señorita Fletcher saldrá en un momento —dijo Catherine.
—Esperaré en la biblioteca.
La muchacha se alejó.
Catherine la vio doblar la esquina con el libro y la hoja de cuentas bajo el brazo.
Había pasado años preparando a su hija para administrar una casa que pertenecería a un marido desconocido.
Solo recientemente se había preguntado qué ocurriría si Margaret aprendía a administrar, además, las condiciones bajo las que aceptaría vivir en ella.
* * *
Margaret esperaba a Iris en la biblioteca.
—¿La ha despedido?
—No.
—¿La ha amenazado?
—Con bastante método.
Margaret cerró el libro que fingía leer.
—¿Qué quería?
Iris le contó las condiciones.
La muchacha frunció el ceño al oír la prohibición de ir a Merridale.
—No tenía intención de volver.
—Me alegra.
—Pero no porque ella lo ordene.
—Naturalmente.
Margaret la estudió.
—¿Han discutido?
—Sí.
—¿Quién ha ganado?
Iris pensó en la palabra consecuencia .
—Nadie.
—Eso empieza a ser una costumbre irritante.
—Las mejores conversaciones suelen acabar así.
Margaret volvió a abrir el libro.
—¿Ha dicho algo sobre Rosalind?
—Que no quiere conocer su dirección.
La muchacha levantó la cabeza.
—¿Le cree?
—Sí.
—Eso también es nuevo.
Iris se sentó frente a ella.
—Vuestra madre puede decir la verdad y seguir equivocándose en casi todo lo demás.
Margaret consideró la frase.
—Es agotador que las personas sean tan complicadas.
—Los libros serían muy cortos si no lo fueran.
Margaret miró el volumen abierto.
—¿Volvemos a clase?
—Pensaba que nunca lo pediríais.
—No lo he pedido. Solo quiero saber cuánto tiempo piensa seguir utilizando mis horas de educación para resolver crímenes familiares.
Iris tomó el lápiz.
—Técnicamente no estamos resolviendo un crimen.
Margaret la miró.
—Está empezando a hablar como Theodore.
—Eso sí sería preocupante.
Abrieron el libro.
Durante una hora hablaron de historia.
Catherine pasó una vez por el corredor y vio las dos cabezas inclinadas sobre la misma página.
No entró.