El relicario de las mentiras (Sombras de Oakhaven 1) Capítulo 17 Las condiciones de la marquesa
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Capítulo 17 Las condiciones de la marquesa

Catherine Blackwood hizo una lista.

No la escribió.

L as listas importantes no se confiaban al papel.

A las siete de la mañana había cinco problemas dentro de Oakhaven: Theodore conocía la secuencia del duelo; Margaret conocía la identidad de Iris; Edmund había leído en voz alta la carta de Lawrence; el vicario sabía suficiente para empezar a hacer preguntas; y Elena Thorne seguía durmiendo bajo su techo con el salario de una institutriz pagado por los Blackwood.

A las siete y cuarto añadió un sexto.

El doctor Coldwell había enviado una nota solicitando ver a Edmund aquella tarde.

Catherine desayunó una rebanada de pan tostado y media taza de té.

No tenía hambre, pero una casa se daba cuenta cuando su señora dejaba de comer. Havelock preguntaría. Pratchett prepararía caldo. Ward observaría la bandeja. En menos de dos horas, todo el servicio sabría que Lady Catherine estaba enferma o asustada.

No pensaba concederles ninguna de las dos noticias.

—Bridget —dijo cuando la doncella entró para retirar la taza—. Dile a la señorita Fletcher que quiero verla a las nueve y media.

Bridget se detuvo apenas un instante.

Catherine lo vio.

—¿Algún problema?

—No, milady.

—Entonces ve.

La muchacha salió.

Catherine esperó hasta quedarse sola para cerrar los ojos.

Elena Thorne.

Había buscado el parecido durante la noche y, una vez visto, ya no podía dejar de verlo.

La línea de la nariz. El color de los ojos.

La inclinación de la cabeza cuando se sentía desafiada.

No eran idénticas. Rosalind había sido más joven, más blanda en los gestos, demasiado dispuesta a pedir disculpas por ocupar espacio.

Elena no pedía permiso ni siquiera cuando hacía una reverencia.

Catherine recordaba la primera vez que vio a Rosalind de cerca.

No en la cocina.

En el corredor de la capilla.

Lawrence acababa de salir por una puerta lateral y la muchacha permanecía junto a una ventana, con una bandeja vacía entre las manos y el rostro encendido. Catherine no necesitó pruebas. Había conocido demasiadas formas de deseo en las casas de otros para no reconocerlo en la suya.

Podría haber despedido a Rosalind aquel mismo día.

No lo hizo.

Había pensado que Lawrence se cansaría.

Otra espera.

Otro problema que alguien resolvería con el tiempo.

A las nueve y media llamaron.

—Adelante.

Iris entró.

Catherine había elegido el salón azul, no el tocador. El salón era territorio público: dos sillones, una mesa, un retrato de la quinta marquesa, cortinas de damasco y ninguna cama, peine o frasco de perfume que pudiera convertir la conversación en intimidad.

—Milady.

—Señorita Thorne.

La mujer se quedó quieta.

Catherine señaló el sillón.

—Siéntese.

—Prefiero permanecer de pie.

Catherine sintió una irritación casi agradable.

—Eso parece contagioso en esta casa.

Iris se sentó.

Catherine ocupó el sillón contrario.

Durante unos segundos se observaron sin hablar.

—¿Cuánto de sus referencias es falso? —preguntó Catherine.

—Los nombres de dos familias y las fechas. Mi formación es real. He trabajado como institutriz. Sé francés, contabilidad y música suficiente para detectar cuándo alguien toca mal el piano.

—¿Su padre?

—Murió hace seis años. No era terrateniente. Llevaba libros para comerciantes y pequeños propietarios.

—¿Su madre?

—Martha Thorne. Vive.

—¿Y le pareció aceptable enviar a una hija a mi casa con documentos falsos?

—No se lo pedí.

—Pero lo sabía.

—Sabía que venía. No conocía cada detalle.

Catherine apoyó un dedo sobre el brazo del sillón.

—¿Dónde está Rosalind?

—No lo sé.

—Ayer dijo lo mismo.

—Sigue siendo verdad.

—¿Cómo recibe noticias?

—No las recibo.

—Entonces su madre sabe más que usted.

Iris no respondió.

Catherine registró la omisión.

—No voy a pedirle la dirección —dijo.

Eso sí produjo una reacción.

—¿Por qué?

—Porque si no la conozco, nadie puede obligarme a entregarla.

Iris la miró con desconfianza.

—Qué conveniente.

—La conveniencia es una herramienta infravalorada.

—También lo es la decencia.

Catherine sintió el golpe y decidió no defenderse.

—He pensado durante la noche qué hacer con usted.

—Imagino que una carta de despido estaba entre las opciones.

—La primera.

—¿Y por qué sigo aquí?

—Porque Margaret se enfrentaría a mí. Theodore lo convertiría en otro símbolo de la tiranía familiar.

Edmund está tan decidido a demostrar que puede tomar decisiones morales que probablemente le ofrecería una habitación mejor.

Y si usted sale hoy de Oakhaven, el pueblo querrá saber por qué la nueva institutriz ha durado menos de un mes.

Iris parpadeó.

—Al menos es sincera.

—No confunda sinceridad con simpatía.

—No corro ese riesgo.

Catherine se inclinó ligeramente hacia delante.

—Va a quedarse por ahora. Pero habrá condiciones.

—¿Cuáles?

—No utilizará a Margaret para investigar. No sacará documentos de esta casa. No escribirá a periódicos, abogados ni autoridades sin que Edmund lo sepa. No intentará encontrar a Whitmore. No hablará de Rosalind delante del servicio. Y no abandonará la finca con mi hija sin permiso.

Iris escuchó hasta el final.

—No puedo aceptar la primera.

—No era una negociación.

—Entonces tendrá que despedirme.

Catherine apretó los labios.

—Margaret tiene quince años.

—Lo sé perfectamente.

—No. Sabe la cifra. Yo sé lo que significa.

Puede creer que decide por sí misma, pero sigue siendo una niña educada en una casa donde cada pequeña rebeldía le parece una conquista.

Usted llega con secretos, una historia de injusticia y una causa que la hace sentirse necesaria. Eso puede arrastrarla.

Iris no respondió de inmediato.

Catherine continuó:

—Mi hija no es una investigadora. No es su cómplice. No es una adulta a la que pueda utilizar como igual.

—En eso estamos de acuerdo.

La respuesta la desconcertó.

—¿De verdad?

—Sí. No le pido que haga cosas peligrosas. Intento enseñarle a pensar. Y cuando ella participa es porque esta historia también le pertenece.

—Le pertenece Lawrence. No el resto.

—Le pertenece una familia que decide su futuro sin consultarla. Le pertenece una madre que ordenó quemar cartas para controlar una historia. Le pertenece un padre que intenta enviarla a su habitación cuando hace preguntas. Todo eso forma parte del mismo sistema.

Catherine sintió que la conversación se acercaba a un lugar que odiaba.

—No convierta mis decisiones en una teoría.

—No hace falta. Margaret ya ve el patrón.

—Gracias a usted.

—Gracias a Lawrence.

El nombre de su hijo obligó a Catherine a recostarse.

Iris bajó la voz.

—Él le enseñó que una mujer podía aprender más de lo que necesitaba para resultar agradable. Yo solo he continuado.

Catherine miró el retrato de la quinta marquesa. Su suegra había contado siempre que aquella mujer salvó Oakhaven de una mala cosecha negociando personalmente con acreedores mientras su marido bebía en Londres. Nadie llamaba aquello educación femenina avanzada. Lo llamaban deber.

—¿Cree que no sé llevar cuentas? —preguntó.

Iris pareció sorprendida.

—No.

—¿Cree que no sé cuánto cuesta cada tonelada de carbón? ¿Cuántos acres producen renta? ¿Qué criados pueden sustituirse y cuáles no? ¿Qué vestido puede rehacerse para otra temporada y qué proveedor concede crédito porque espera conservar el apellido Blackwood entre sus clientes?

—No.

—Entonces no me explique lo que significa enseñar a una mujer a pensar.

Iris sostuvo su mirada.

—No lo haré.

Catherine sintió que había ganado algo y no supo qué.

—Lo que sí digo —añadió Iris— es que saber administrar una casa no es lo mismo que permitir que una hija administre su vida.

La ganancia desapareció.

—Margaret no sabe lo que cuesta una mala elección.

—Nadie lo sabe antes de hacerla.

—Yo sí.

—Usted sabe lo que costaron las suyas.

Catherine se quedó inmóvil.

La frase habría bastado para despedir a cualquier empleado.

Con Iris, curiosamente, le pareció más útil que una reverencia.

—¿Qué quiere? —preguntó.

—Que Rosalind permanezca fuera del alcance de esta casa hasta que ella decida lo contrario.

Que el niño no sea perseguido ni utilizado para proteger o perjudicar una herencia.

Que Lawrence deje de ser presentado dentro de la familia como un muchacho que murió por torpeza.

Y que Margaret tenga derecho a conocer la verdad sobre su hermano.

—¿Y fuera de la familia?

Iris tardó.

—No lo sé todavía.

Catherine levantó una ceja.

—Pensé que había venido a anunciarla en la plaza del pueblo.

—Yo también.

—¿Qué ha cambiado?

—He conocido a quienes pagarían el precio.

Catherine la miró con atención.

—Eso incluye a Rosalind.

—Sobre todo a ella.

—Entonces ha aprendido algo útil en Oakhaven.

—No se atribuya demasiado mérito.

Catherine casi sonrió.

No lo hizo.

—Mis condiciones se mantienen salvo una modificación. Puede hablar con Margaret de lo que ella ya sabe, pero no la enviará a buscar pruebas ni la llevará a Merridale. Si necesita algo, hable con Theodore o con Edmund.

—Acepto.

—¿Así de fácil?

—Es una condición razonable.

—Me desagrada que coincidamos.

—A mí también.

Catherine se levantó.

La entrevista había terminado.

Iris hizo lo mismo.

—Una pregunta —dijo antes de marcharse.

—¿Cuál?

—¿Odiaba a Rosalind?

Catherine sintió que la respuesta fácil era no.

La respuesta cierta era más desagradable.

—No la conocía lo suficiente para odiarla.

—Entonces ¿qué era para usted?

Catherine miró la puerta.

—Una consecuencia.

Iris recibió la palabra con una dureza visible.

—Eso explica mucho.

—No he terminado.

Catherine esperó hasta que volvió a mirarla.

—La traté como una consecuencia porque era más fácil que verla como una joven de veintidós años asustada y embarazada. Si la veía de ese modo, tenía que aceptar que Lawrence no era el único que podía ser destruido por nuestras decisiones.

Iris no dijo nada.

Catherine tampoco.

Por un instante, el salón azul dejó de ser un territorio público.

Iris inclinó la cabeza.

—Gracias por contestar.

—No me dé las gracias. No mejora lo que hice.

—No.

La mujer salió.

Catherine permaneció de pie junto al sillón.

No se sintió perdonada.

Lo agradeció.