El relicario de las mentiras (Sombras de Oakhaven 1) Capítulo 16 Lo que un padre leyó tarde
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Capítulo 16 Lo que un padre leyó tarde

E dmund supo que Theodore había regresado porque oyó la puerta principal cerrarse con más fuerza de la necesaria.

No salió a recibirlo.

Durante treinta años había administrado Oakhaven mediante una regla sencilla: el dueño de la casa no corría detrás de las noticias; las noticias llegaban a él. Administradores, arrendatarios, abogados, criados y familiares terminaban cruzando la puerta del estudio.

Aquella tarde la regla le pareció una excusa envejecida.

Se levantó antes de que Theodore llamara.

Abrió la puerta.

Su hijo estaba en el corredor.

Ambos se quedaron quietos.

—¿Qué ha dicho? —preguntó Edmund.

Theodore miró la puerta abierta.

—¿De verdad quiere saberlo?

—Sí.

—Entonces quiero que estén Margaret y madre.

Edmund estuvo a punto de negarse.

Vio la expresión de Theodore y cambió de decisión.

—El salón pequeño. Dentro de media hora.

—También Iris Fletcher.

—No.

—Entonces no habrá conversación.

—Es una empleada.

—Es parte de esto.

Edmund sintió irritación.

—Todo el mundo se ha convertido de repente en parte de mis asuntos familiares.

—Ese es el problema. Cree que son suyos.

Theodore se marchó.

Edmund cerró la puerta.

Media hora después, el salón pequeño reunía a cinco personas que nunca habrían debido encontrarse en igualdad de condiciones.

Catherine ocupaba un sillón junto a la chimenea. Margaret estaba de pie a su lado, aunque su madre le había indicado dos veces que se sentara. Iris permanecía cerca de la puerta, con las manos cruzadas delante del vestido gris. Theodore se apoyaba contra la repisa.

Edmund eligió no sentarse.

—Habla —dijo.

Theodore contó la entrevista sin adornos.

Dio los nombres de los padrinos y del cirujano. Explicó el intento de reconciliación. Repitió las condiciones: Whitmore retiraría el comentario sobre el niño; Lawrence debía disculparse por el golpe. Explicó por qué Lawrence se negó.

Catherine cerró los ojos cuando oyó que había exigido una defensa pública del nombre de Rosalind.

Margaret no apartó la mirada de su hermano.

—Después se colocaron a doce pasos —continuó Theodore—. Dispararon casi a la vez. Lawrence desvió el tiro. Whitmore no.

Edmund sintió una presión debajo de las costillas.

—¿Estás seguro?

—Whitmore lo admite. Coldwell cree que la herida encaja con esa distancia. El cirujano de Merridale podría confirmarlo si lo encontramos.

—¿Lawrence murió allí? —preguntó Margaret.

—No inmediatamente.

Theodore miró a su hermana antes de continuar.

—Pidió que nadie culpara a Rosalind. Dijo que Ward sabía qué hacer con una carta.

Iris bajó la cabeza.

Catherine se levantó.

—Basta.

Margaret se volvió hacia ella.

—No.

La marquesa miró a su hija.

—No necesitas oír cada detalle.

—Necesito decidir yo lo que necesito.

—Tienes quince años.

—Y Lawrence está igual de muerto aunque yo tenga quince.

Edmund sintió que la conversación empezaba a romperse por los bordes.

—Catherine, deja que termine.

Ella lo miró con incredulidad.

Theodore prosiguió:

—Whitmore participó en el encubrimiento. Sus hombres dejaron el cuerpo en el camino sur. Sabía que se presentaría como accidente. Dice que tú —miró a Catherine— hablaste con él esa misma tarde.

—Hablé con un hombre que acababa de matar a mi hijo.

—Y acordasteis callar.

—Acordamos evitar una segunda destrucción.

Iris habló por primera vez.

—¿De quién?

Catherine giró hacia ella.

—No le he dado permiso para intervenir.

Iris inclinó la cabeza.

—No, milady.

—Entonces guarde silencio.

Margaret dio un paso.

—Madre.

—Tú también.

Edmund vio cómo la habitación volvía a organizarse según el viejo reflejo de Catherine: rango, edad, posición, derecho a hablar. Durante años aquel sistema había funcionado.

Ya no.

—Señorita Fletcher —dijo Edmund—, termine la pregunta.

Catherine lo miró.

Iris también.

—He preguntado a quién protegía el silencio —dijo Iris—. Lawrence estaba muerto. Whitmore se protegía a sí mismo. La familia protegía el apellido. ¿A Rosalind quién la protegía?

Catherine permaneció de pie.

—Ward la sacó de Oakhaven.

Iris no reaccionó, pero Margaret sí.

—¿Lo sabía?

—Sí.

—¿Y lo permitió?

Catherine tardó un instante.

—No lo impedí.

—Eso no es lo mismo.

—Era lo único que podía hacer sin convertirla en el centro del escándalo.

Margaret miró a Iris.

Edmund siguió el gesto.

Había algo entre ambas que él no entendía. No intimidad impropia, sino conocimiento compartido. Una pieza que no estaba sobre la mesa.

Theodore lo vio también.

—Hay algo más —dijo.

Iris respiró.

Margaret se adelantó.

—Sí.

Catherine frunció el ceño.

—¿Qué?

Margaret miró a Iris.

La institutriz negó apenas con la cabeza.

No era una prohibición. Era una pregunta.

Margaret respondió con un leve asentimiento.

Iris dio un paso hacia el centro del salón.

—Mi nombre no es Iris Fletcher.

Catherine no se movió.

Edmund sintió que el día aún guardaba una sorpresa más.

—Me llamo Elena Thorne.

El apellido produjo un vacío inmediato.

Catherine fue la primera en comprender.

—No.

Iris sostuvo su mirada.

—Rosalind es mi hermana.

La marquesa se quedó completamente inmóvil.

Edmund miró a Margaret.

—¿Tú lo sabías?

—Desde esta mañana.

—¿Y tú? —preguntó a Theodore.

—Desde esta tarde.

Edmund volvió a mirar a Iris.

—¿Cómo ha entrado en mi casa?

—Con referencias falsas y una historia suficientemente plausible.

—¿Para qué?

—Para averiguar qué hicieron ustedes con mi hermana y por qué Lawrence murió.

Catherine recuperó la voz.

—Fuera.

Iris no se movió.

—Catherine —dijo Edmund.

—He dicho fuera de esta casa. Ahora mismo.

Margaret se interpuso entre su madre e Iris.

—No.

—Apártate.

—No.

La segunda negativa sonó distinta de la primera que Margaret había pronunciado ante su padre días atrás. Ya no había sorpresa en ella. Había decisión.

—Esta mujer ha entrado bajo un nombre falso —dijo Catherine—. Nos ha espiado. Ha utilizado su posición para obtener información privada.

—Y nosotros hemos pasado tres semanas mintiéndole sobre su propia hermana.

—Eso no justifica...

—No. Pero explica.

Catherine miró a Edmund.

—¿Vas a permitir esto?

Edmund sintió todas las miradas sobre él.

El dueño de la casa.

Durante años había utilizado aquella posición para decidir sobre arrendamientos, salarios, matrimonios posibles y la vida cotidiana de personas que rara vez podían negarse. Ahora la autoridad se le presentaba como una pregunta que nadie quería responder por él.

—Señorita... —se detuvo—. ¿Cómo debo llamarla?

—Fletcher delante del servicio. Iris si lo prefiere. Elena Thorne es mi nombre legal.

—¿Sabe dónde está Rosalind?

Iris miró a Catherine antes de contestar.

—Sé que está viva. No sé dónde.

Catherine la estudió.

—Martha.

—Mi madre sabía que usted podía intentar encontrarla. Por eso no dejó una dirección.

Algo parecido al dolor cruzó el rostro de Catherine.

—No pensaba hacerle daño.

—No necesitaba pensarlo. Ya había perdido su empleo, al hombre al que amaba y el derecho a contar su historia.

Edmund levantó una mano.

—Basta.

Iris calló.

Él caminó hasta un pequeño secreter junto a la pared. Sacó una llave del bolsillo, abrió el cajón inferior y tomó la carta de Lawrence.

La llevó al centro de la habitación.

—Hay algo que todos deben saber.

Catherine palideció.

—Edmund.

—No.

La palabra salió sin fuerza, pero con una decisión que él mismo no reconoció.

Desdobló la carta.

—Lawrence me escribió el doce de abril. La recibí el trece. La leí ese mismo día.

Theodore dejó la repisa.

—Dijiste que ibas a responder por la mañana.

—Mentí por omisión. Ya la había leído.

—¿Qué decía?

Edmund miró la letra de su hijo.

Había una frase que no había leído en voz alta ante Catherine aquella mañana. La había evitado porque le resultaba insoportable.

Ahora empezó desde el principio.

—«Padre: sé que he elegido el peor modo de pedirte ayuda, pero ya no me queda un modo mejor. Rosalind Thorne está embarazada de mi hijo. Tengo intención de casarme con ella.»

Margaret se llevó una mano a la boca.

Iris permaneció inmóvil.

—«No te pido que me perdones el secreto ni la deuda que he contraído. Te pido que no castigues a Rosalind por mis decisiones. Si no puedes aceptar el matrimonio, ayúdame al menos a sacarla de aquí con seguridad. He pedido dinero porque no sabía si podía contar contigo.»

Edmund tragó saliva.

—«Si me ocurre algo antes de que podamos hablar, protege a Rosalind y al niño. No permitas que madre convierta a ninguno de los dos en la causa de lo que suceda. La culpa de cualquier desastre será mía, y quizá de mi orgullo. Nunca de ella.»

Se detuvo.

Theodore tenía el rostro pálido.

Catherine se había sentado.

Margaret miraba el papel como si pudiera ver las palabras desde el otro lado de la habitación.

Iris cerró los ojos.

Edmund continuó:

—«Quiero creer que cuando leas esto recordarás que antes de ser el marqués fuiste mi padre. Necesito a ese hombre, aunque llegue tarde.»

No pudo leer la firma.

Bajó la carta.

Nadie habló.

La frase final quedó en el salón sin necesidad de repetirse.

Theodore fue el primero en moverse.

—La leíste el trece.

—Sí.

—Y el duelo fue el quince.

—Sí.

—Tuviste casi dos días.

Edmund asintió.

—Sí.

Theodore se acercó.

—¿Por qué no hiciste nada?

Edmund había preparado explicaciones durante tres semanas. Que Lawrence era adulto. Que desconocía la hora exacta. Que creyó que los padrinos lograrían una reconciliación. Que el duelo quizá fuera una amenaza teatral. Que el honor de la época imponía códigos difíciles de entender desde fuera.

Todas eran ciertas en algún grado.

Ninguna bastaba.

—Porque me asustó tener que elegir —dijo.

Theodore lo miró sin comprender.

—¿Entre qué?

—Entre mi hijo y todo lo que creía que debía exigirle.

Catherine bajó la cabeza.

Edmund continuó:

—Si le decía que huyera con Rosalind, aceptaba que el heredero abandonara la casa, el título, sus obligaciones. Si le exigía que renunciara a ella, podía perderlo de otra manera. Si intervenía en el duelo, reconocía que el escándalo existía. Así que hice lo que hago cuando ninguna opción me gusta.

Miró la carta.

—Esperé.

Margaret habló muy bajo.

—Y por la mañana estaba muerto.

—Sí.

Aquella sílaba era todo lo que podía ofrecer.

Iris se acercó un paso.

—¿Por qué conserva la carta?

Edmund la miró.

—Porque es lo último que mi hijo me pidió y no hice.

—Entonces haga ahora la parte que aún puede hacer.

Catherine alzó la cabeza.

—¿Qué pretende?

Iris no la miró.

—Proteger a Rosalind y al niño.

Edmund dobló la carta.

—Lo haré.

—No sabe dónde están.

—No necesito saberlo para no buscarlos, no perjudicarlos y reconocer, cuando llegue el momento, que Lawrence era el padre.

Catherine se puso en pie.

—¿Reconocer públicamente a un hijo ilegítimo?

—No he dicho públicamente.

—Entonces seguimos administrando la verdad.

Edmund la miró.

—Sí. Pero esta vez para proteger a la persona más débil, no al apellido.

Catherine abrió la boca y la cerró.

Margaret fue hasta su padre.

—Quiero leer la carta.

Edmund la sostuvo entre las manos.

Durante un instante pareció dispuesto a negarse.

Después se la entregó.

Margaret leyó despacio. Theodore se colocó a su lado. Iris no se acercó.

Cuando terminaron, Margaret devolvió el papel.

—¿Puedo conservarla?

Edmund negó.

—No.

La muchacha frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque me la escribió a mí.

—Pero habla de Rosalind.

—Y algún día, si ella quiere verla, podrá leerla.

Iris intervino:

—Eso es justo.

Margaret la miró y aceptó.

Edmund dobló la carta siguiendo los pliegues antiguos y la guardó de nuevo en el sobre.

—Volverá al cajón —dijo—. No se destruirá. Nadie la utilizará sin mi permiso mientras yo viva.

Theodore levantó una ceja.

—Eso sigue sonando bastante a padre.

—Sigo siendo tu padre.

Theodore sostuvo su mirada.

No respondió.

Catherine caminó hacia la puerta.

—Esto es una locura.

Margaret se volvió.

—Madre.

Catherine se detuvo.

—¿Qué?

—¿Sabía que Lawrence había escrito esa carta?

—No.

—¿Es verdad?

Catherine miró a Iris, después a Theodore, después a Edmund.

Finalmente volvió a su hija.

—Sí.

Margaret asintió.

La nueva regla no era solo para Iris.

—Gracias.

Catherine pareció más desconcertada por aquella palabra que por cualquier acusación.

Abrió la puerta.

Antes de salir, miró a Iris.

—La señorita Fletcher permanecerá en Oakhaven hasta que decidamos qué hacer con ella.

Margaret dio un paso.

—Madre...

—He dicho que permanecerá.

No era aceptación.

Pero tampoco expulsión.

Catherine salió.

Theodore soltó el aire.

—Supongo que eso cuenta como una victoria.

Iris negó.

—No llamemos victoria a seguir teniendo cama.

Margaret cerró la puerta.

Edmund guardó la carta en el secreter y giró la llave.

El clic de la cerradura fue pequeño.

Esta vez no sonó a una verdad enterrada.

Sonó a una promesa que todavía podía cumplirse.