El relicario de las mentiras (Sombras de Oakhaven 1) Capítulo 15 Merridale Lodge
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Capítulo 15 Merridale Lodge

E l doctor Coldwell llegó diez minutos tarde y con aspecto de haber dedicado esos diez minutos a decidir si aún estaba a tiempo de huir.

Theodore lo esperaba junto a la verja sur, montado en un alazán que Lawrence había comprado dos años antes y que nadie se había atrevido a vender después de su muerte.

Coldwell apareció por el camino del pueblo sobre su yegua torda, con la cartera médica sujeta detrás de la silla y el sombrero demasiado bajo sobre la frente.

—Lord Theodore.

—Doctor.

Coldwell miró el camino que se internaba hacia Merridale.

—He recibido una nota de su padre.

—¿Diciendo que no venga?

—Diciendo que venga.

Eso sorprendió a Theodore.

—¿Exactamente qué decía?

Coldwell sacó un papel del bolsillo y se lo tendió.

La letra de Edmund era breve.

Acompañe a mi hijo. Escuche. No firme nada. E.B.

Theodore devolvió la nota.

—Eso es casi afecto.

—No bromee.

Coldwell guardó el papel.

—No quiero estar aquí.

—Yo tampoco quería que mi hermano estuviera muerto.

—No son cosas equivalentes.

—No pretendía que lo fueran.

Avanzaron.

El camino de Merridale bordeaba el bosque durante media milla y después ascendía entre campos cercados por muros bajos.

La propiedad era menor que Oakhaven, pero cuidada con una precisión casi militar.

Los setos estaban cortados a la misma altura.

Las puertas de las cercas tenían herrajes nuevos.

En el prado del este pastaban seis caballos oscuros, todos de talla similar.

Theodore había estado allí de niño para cazar faisanes. Recordaba el salón de armas, los perros de Whitmore y la forma en que el coronel corregía incluso la postura de los invitados cuando se sentaban a la mesa.

Merridale Lodge apareció al final de una avenida de tilos.

No era hermosa. Era correcta.

Dos plantas de piedra clara, tejado de pizarra, pórtico clásico y ventanas alineadas con una regularidad que parecía exigir obediencia. Un criado esperaba en los escalones.

—El coronel les espera en la biblioteca.

Coldwell desmontó con torpeza.

Theodore entregó las riendas al mozo y subió sin mirar atrás.

La biblioteca de Whitmore era más pequeña que la de Oakhaven y contenía menos libros. En cambio, había mapas militares, dos sables cruzados sobre la chimenea y una vitrina con medallas. Nathaniel Whitmore estaba de pie junto a la ventana.

Tenía sesenta y pocos años, el cabello blanco cortado muy corto y un bigote gris que conservaba la disciplina de una época más joven. La espalda seguía recta. Caminaba con un bastón que Theodore no recordaba, pero no lo apoyaba con verdadera necesidad: lo utilizaba para marcar el espacio.

—Lord Theodore. Doctor.

No ofreció la mano.

Theodore tampoco.

—Coronel.

Whitmore señaló dos sillones.

—Siéntense.

—Prefiero estar de pie.

—Entonces yo también.

Coldwell miró a ambos con resignación.

—Yo me sentaré. Tengo sesenta y siete años y ninguna cuestión de honor va a curarme las rodillas.

Se sentó.

La frase quebró algo de la rigidez inicial.

Whitmore se apoyó en el bastón.

—Imagino que ha venido a acusarme de matar a su hermano.

—He venido a preguntarle qué ocurrió el quince de abril.

—Eso suena más razonable.

—No se acostumbre.

Coldwell soltó un suspiro.

Whitmore no sonrió.

—Su hermano y yo nos encontramos en el claro de Merridale poco después de las seis. Había dos padrinos y un cirujano.

Theodore no esperaba que empezara tan directamente.

—Nombres.

—El señor Benedict Hales actuó por Lawrence. El capitán Elias Harcourt, por mí. El cirujano era el señor Pratt, de Towcester.

Coldwell levantó la cabeza.

—Conozco a Pratt.

—Entonces sabrá que no es un hombre dado al drama.

—También sé que se marchó a Londres a finales de abril.

Whitmore lo miró.

—Una decisión sensata.

Theodore guardó los nombres.

—¿Quién propuso el duelo?

—Yo envié el desafío.

—¿Por qué?

Whitmore caminó hasta la chimenea.

—Porque su hermano me golpeó delante de seis hombres en el club de Northampton.

—Después de que usted llamara bastardo de cocina a su hijo no nacido.

El bastón dejó de moverse.

Whitmore miró a Theodore.

—Veo que ha hecho preguntas.

—Conteste.

El coronel tardó un instante.

—Dije algo parecido.

—¿Parecido?

—No conservo acta de cada frase que pronuncio después de dos copas de brandy.

—Yo sí conservaría esa.

—Lo imagino.

Coldwell intervino.

—Coronel, si ha aceptado esta entrevista, sería útil que no convirtiéramos cada respuesta en una disputa nueva.

Whitmore lo miró con una irritación casi respetuosa.

—Tiene razón.

Volvió a Theodore.

—Hablé de la mujer. Hablé del embarazo. Dije que Lawrence estaba dispuesto a poner en peligro su posición por una criada. Él me advirtió que me callara. No lo hice. Me golpeó. Yo exigí satisfacción.

—¿Cómo sabía del embarazo?

Por primera vez, Whitmore pareció dudar de verdad.

—Eso no tiene relación con el disparo.

—Tiene relación con el desafío.

—No exactamente.

—Coronel.

Whitmore apoyó ambas manos sobre el pomo del bastón.

—Lo oí de Lady Catherine.

Theodore no reaccionó de inmediato.

Coldwell sí.

—¿De la marquesa?

—No en el sentido que ustedes imaginan. No vino a contarme secretos de alcoba.

Yo había descubierto la relación semanas antes.

Vi a Lawrence con la muchacha cerca del muro oriental.

Después hice una observación durante una cena en Oakhaven.

Lady Catherine me pidió discreción. En esa conversación dejó claro que el problema era más serio de lo que yo había supuesto.

Habló de «consecuencias» y de la necesidad de evitar que un niño complicara el asunto.

—¿Dijo que Rosalind estaba embarazada?

—No empleó esa palabra.

—Pero usted lo dedujo.

—Sí.

Theodore pensó en la conversación de sus padres. Catherine había dicho que Whitmore le informó del embarazo. Whitmore afirmaba ahora que la información había circulado en sentido contrario, aunque de manera indirecta.

Dos personas podían decir la verdad y acusarse al mismo tiempo.

—¿Volvió usted a hablar con mi madre el doce de abril?

Whitmore respiró hondo.

—Sí.

—Ella dice que fue usted quien le confirmó el embarazo.

—Porque para entonces ya lo sabía. No veo contradicción.

—Yo sí veo una cadena de personas diciendo que la información vino de otro.

Whitmore se encogió apenas de hombros.

—Así funcionan los rumores cuando nadie quiere admitir que fue el primero.

Theodore dejó la cuestión por el momento.

—El duelo.

Whitmore miró hacia la ventana.

—Hales intentó una reconciliación. Harcourt también. Eso debe constar, si algún día alguien decide convertir esta conversación en testimonio.

—¿Qué proponían?

—Que yo retirara la referencia al niño y que Lawrence ofreciera una disculpa por el golpe.

—¿Usted aceptó?

—Sí.

Theodore sintió sorpresa.

—¿Y Lawrence?

—No.

La respuesta dolió más de lo esperado.

—¿Por qué?

—Porque quería que retirara todo. No solo el comentario del niño. Exigía que declarara delante de los hombres del club que Rosalind Thorne era una mujer honorable y que él tenía intención de casarse con ella.

Theodore cerró los ojos un segundo.

Eso sonaba a Lawrence.

Magnífico y estúpido al mismo tiempo.

—¿Y usted se negó?

—Sí.

—¿Por qué?

Whitmore volvió la cabeza.

—Porque yo también era un hombre orgulloso.

El tiempo verbal no pasó inadvertido.

Coldwell dejó las manos sobre las rodillas.

—Continúe.

Whitmore caminó hasta una mesa lateral donde había una caja de pistolas cerrada. No la abrió.

—Nos colocamos a doce pasos. Hales cargó la pistola de Lawrence. Harcourt, la mía. Pratt se situó a un lado. Se acordó disparar a la señal.

Theodore sintió la boca seca.

—¿Quién disparó primero?

—Casi al mismo tiempo.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única honrada. Oí el disparo de Lawrence mientras apretaba el gatillo. No puedo decir cuál precedió al otro por una décima de segundo.

—¿Le dio?

Whitmore negó.

—Su bala pasó por encima de mi hombro izquierdo y entró en un haya.

—¿Falló?

El coronel lo miró.

—No.

Theodore sintió un cambio en el aire.

—¿Qué quiere decir?

—Que Lawrence Blackwood era mejor tirador que yo.

Coldwell se inclinó hacia delante.

—¿Disparó al aire?

—No exactamente al aire. A un lado. Lo suficiente para que el gesto pudiera interpretarse como un fallo si alguien necesitaba conservar la dignidad.

Theodore tardó en hablar.

—¿Y usted le disparó sabiendo que él no iba a darle?

Whitmore endureció el rostro.

—No. Cuando vi la dirección de su arma, yo ya había disparado.

—Qué conveniente.

—Es la verdad.

—Su verdad.

—La de Hales, Harcourt y Pratt también, si consigue encontrarlos.

Theodore dio un paso hacia él.

—Mi hermano decidió no matarlo y usted lo mató a él.

—Su hermano decidió en el último segundo transformar un duelo en una demostración moral. Yo no podía leer su intención antes de que actuara.

—Podía no haberlo desafiado.

—Sí.

La respuesta fue tan inmediata que Theodore se quedó quieto.

Whitmore continuó:

—Podía haber cerrado la boca en el club.

Podía haber aceptado el golpe. Podía haber retirado cada palabra en el claro.

Su hermano podía haber aceptado una disculpa parcial.

Hales podía haberle quitado la pistola. Harcourt podía haberme llevado a casa.

Sus padres podían haber encerrado a Lawrence.

Usted puede escoger el punto de la cadena que prefiera y llamarlo causa. Yo tengo uno propio.

Se tocó el pecho con dos dedos.

—Apreté el gatillo.

No había orgullo en la frase.

Theodore miró el bastón.

—¿Murió allí?

—No.

Coldwell se levantó.

—¿Estaba consciente?

Whitmore asintió.

—Durante unos minutos.

—¿Qué hizo Pratt?

—Lo examinó. La bala había entrado alta, cerca del pulmón. Intentó detener la hemorragia. Lawrence sabía que estaba mal.

Theodore sintió que el suelo perdía firmeza.

—¿Dijo algo?

Whitmore dudó.

—Sí.

—¿Qué?

El coronel miró a Coldwell, quizá buscando una salida.

No la encontró.

—Pidió que nadie culpara a Rosalind.

Theodore apretó los dientes.

—¿Eso fue todo?

—Preguntó por su caballo. Dijo que Ward sabría qué hacer con una carta. Después perdió el conocimiento.

Theodore se volvió hacia la ventana.

No quería que Whitmore viera su cara.