Capítulo 14 La carta cerrada #2
Croft limpió una lente con el pañuelo.
—Si hubo un encuentro pactado con armas y un hombre murió, la situación no se vuelve legal porque ambos fueran caballeros.
Los duelos se toleran socialmente más de lo que la ley admite.
Si alguien denuncia el duelo o consigue reabrir el asunto, habrá preguntas sobre participantes, padrinos, testigos, médico, traslado del cuerpo, declaración ante el coroner y certificado de defunción.
—El certificado es falso.
Croft dejó de limpiar las gafas.
—¿Falso en qué sentido?
—Coldwell sabía que no era un accidente.
El abogado tardó un momento en volver a ponerse las gafas.
—¿Quién le pidió que firmara?
Edmund no contestó.
Croft entendió.
—Catherine.
—Yo acepté el resultado.
—Eso no es lo mismo que pedirlo, pero tampoco es nada.
Edmund soltó una risa seca.
—Todo el mundo parece haberse aficionado a medir mi culpa con precisión.
—Es para lo que me paga.
Croft recogió el pagaré y lo dejó a un lado.
—¿Qué desea hacer?
—No lo sé.
—Ésa es una respuesta mejor que una decisión improvisada.
—Mi hijo Theodore quiere hablar con Whitmore mañana.
—¿Para denunciarlo?
—Para saber qué ocurrió.
Croft asintió.
—Entonces que vaya sin amenazas y con un testigo. Y que no firme nada.
—Coldwell irá con él.
—Interesante elección.
—¿Mala?
—Peligrosa para Coldwell. Útil para Theodore.
Edmund abrió el cajón y sacó la carta de Lawrence.
No se la entregó.
—También existe esto.
Croft leyó el nombre de su hijo en el sobre.
—¿Qué contiene?
—Una petición para que proteja a Rosalind Thorne y a su hijo si a Lawrence le ocurría algo.
—¿Hijo?
—Rosalind estaba embarazada.
El abogado se reclinó.
—Entonces la cuestión no es solo reputacional.
Edmund sintió que el viejo reflejo regresaba.
—¿Podría reclamar herencia?
Croft lo miró con una severidad que le recordó a su antiguo tutor.
—Acaba de decirme que su hijo muerto le pidió proteger a una mujer embarazada y su primera pregunta es si el niño puede reclamar dinero.
Edmund cerró los ojos.
—Tiene razón.
—Lo sé.
El abogado suavizó el tono.
—La filiación puede tener efectos distintos según cómo se documente, pero no convierta a un niño que ni siquiera ha nacido en una amenaza jurídica antes de saber si está vivo y qué quiere su madre. Si de verdad desea cumplir la carta, empiece por eso.
Edmund miró el sobre.
—No sé dónde está.
—Entonces averígüelo sin enviar hombres con el escudo de Oakhaven a preguntar por una criada fugitiva. Si alguien la ha escondido, habrá tenido motivos.
—Catherine no querrá que Croft participe.
—Catherine no es mi única cliente.
El abogado guardó el pagaré en una carpeta aparte.
—Haré tres cosas. Negociaré con Bramwell para impedir que la deuda crezca sin control.
Prepararé una nota privada sobre las consecuencias del duelo que no saldrá de mi despacho.
Y si localizan a Rosalind, cualquier ayuda económica deberá pasar por un mecanismo que no la exponga ni la obligue a aceptar nada.
Edmund asintió.
—Gracias.
Croft cerró la cartera.
—No me dé las gracias todavía. Los problemas familiares suelen ser los únicos que empeoran cuando un abogado hace bien su trabajo.
Se levantó.
En la puerta se detuvo.
—Edmund.
—¿Sí?
—Si Theodore vuelve mañana con una versión de los hechos que no le gusta, no la confunda con una versión falsa.
El abogado salió.
Edmund se quedó solo.
Durante toda su vida había pensado que gobernar consistía en evitar que los problemas alcanzaran la puerta principal.
Aquella tarde comprendió que algunos llevaban años sentados dentro del estudio, esperando que él se dignara a nombrarlos.
* * *
Theodore recibió la respuesta en el corredor de la biblioteca.
Ward se la entregó sin comentario.
Theodore leyó dos veces la línea en la que Whitmore aceptaba la presencia de Coldwell.
—¿Mi padre la ha visto?
—Sí.
—¿Mi madre?
—También.
—¿Han intentado impedirlo?
—Lady Catherine ha expresado una opinión.
Theodore sonrió.
—Eso significa que sí.
Ward no confirmó ni negó.
—El doctor Coldwell está en el dispensario hasta las cuatro —añadió—. Después suele visitar a la señora Crewe, en el molino.
Theodore dobló la carta.
—¿Eso es información o una sugerencia?
—El señor me pidió que le entregara la respuesta de Merridale.
—Naturalmente.
Ward se marchó.
Theodore observó su espalda hasta que dobló la esquina.
Después fue a buscar a Margaret.
La encontró con Iris en la biblioteca, inclinadas sobre un libro de cuentas. Margaret levantó la vista al verlo entrar y supo inmediatamente que había respuesta.
—¿Mañana? —preguntó.
—A las once.
Iris cerró el libro.
—¿Coldwell?
—Whitmore acepta que venga.
—Entonces llévelo.
Theodore apoyó la carta sobre la mesa.
—Voy a preguntarle tres cosas. Quién propuso el duelo. Qué ocurrió en el claro. Quién decidió después construir el accidente.
—Cuatro —dijo Margaret.
—¿Cuál?
—Cómo supo que Rosalind estaba embarazada.
Iris miró a Margaret.
Theodore asintió.
—Cuatro.
—Y no lo provoques —añadió Margaret.
—No prometo imposibles.
—Theodore.
—No lo golpearé.
—Eso es un listón indecentemente bajo.
Iris tomó la carta y leyó la última línea.
—«Confío en que siga siendo así después de nuestra conversación.»
—¿Qué?
—No está pidiendo silencio. Está recordándoos que él también puede hablar.
Theodore la miró.
—¿Sobre Rosalind?
—Sobre todo lo que dañaría a vuestra familia si se cuenta de la forma adecuada.
Margaret cerró el libro de cuentas.
—Entonces no vayas a ganar.
Theodore frunció el ceño.
—¿Qué?
—Ve a saber.
Iris miró a su alumna con una expresión que Margaret reconoció como aprobación.
Theodore recogió la carta.
—Empiezo a sentirme rodeado de institutrices.
—Una desgracia de la que quizá salga educado —dijo Iris.
Theodore se marchó antes de encontrar una respuesta.
Margaret esperó a que la puerta se cerrara.
—¿Cree que Whitmore dirá la verdad?
Iris volvió a abrir el libro de cuentas.
—Creo que dirá la verdad que más le convenga.
—Eso no es lo mismo.
—Por eso vuestro hermano llevará a un médico que ya sabe que la versión oficial es falsa.
Margaret miró las columnas de cifras.
Durante toda su vida había pensado que la verdad era una cosa que uno poseía o no poseía.
Ahora empezaba a parecerse más a una cuenta: podía estar completa, manipulada, mal sumada o construida con cifras correctas para producir una impresión engañosa.
Y mañana Theodore iba a sentarse frente a un hombre que llevaba tres semanas haciendo exactamente eso.