El relicario de las mentiras (Sombras de Oakhaven 1) Capítulo 14 La carta cerrada
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Capítulo 14 La carta cerrada

Edmund Blackwood no había destruido la carta.

D urante tres semanas se había dicho que conservarla era una forma de respeto. Una última pieza de la letra de Lawrence. Un documento privado que ningún criado debía ver. Una prueba de que, al menos una vez, su hijo había intentado hablarle.

Aquella mañana comprendió que la conservaba por una razón menos digna.

La carta le permitía seguir posponiendo la respuesta.

Estaba sentado en el estudio con el sobre abierto sobre las rodillas. El papel había adquirido una ligera curva por las veces que lo había doblado y desdoblado. En la esquina superior, Lawrence había escrito la fecha: 12 de abril de 1858 .

Tres días antes de morir.

Edmund no necesitaba leer para conocer las primeras líneas.

Padre: sé que he elegido el peor modo de pedirte ayuda, pero ya no me queda un modo mejor.

Había leído aquellas palabras por primera vez la tarde del trece, después de regresar de una visita a una finca arrendada. Lawrence no estaba en casa. Catherine sí.

Edmund había dejado la carta en el cajón.

Hablaré con él por la mañana , pensó.

La mañana siguiente, Lawrence salió temprano.

Esta noche , pensó.

Esa noche llegó el desafío.

Antes de que salga el sol , pensó.

Al amanecer, su hijo estaba muerto.

Edmund dobló la carta.

Llamaron a la puerta.

—Adelante.

Catherine entró.

No había pedido permiso para entrar en aquel estudio desde el primer año de matrimonio. La palabra adelante era una formalidad para criados, abogados y administradores; no para ella. Sin embargo, se detuvo al ver el papel en las manos de su marido.

—Sigues leyéndola.

Edmund no respondió.

Catherine cerró la puerta.

—Theodore ha escrito a Whitmore.

Edmund levantó la cabeza.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque el mozo preguntó a Ward si debía llevar la carta a Merridale o esperar al correo de Northampton.

—¿Y qué has hecho?

—Nada.

Eso sí lo sorprendió.

—¿Nada?

—Si intercepto otra carta, Theodore la escribirá de nuevo y esta vez se la entregará él mismo.

Edmund guardó la carta de Lawrence en el cajón central.

Catherine siguió el movimiento.

—Deberías quemarla.

—No.

—No me refiero a ocultarla. Me refiero a destruirla.

—He dicho que no.

Catherine se acercó al escritorio.

—Cada línea que Lawrence escribió se ha convertido en una herramienta contra esta familia.

—Eso ocurre cuando una familia decide que las palabras de un muerto son enemigas.

Ella apoyó las manos sobre la mesa.

—No empieces.

—¿Qué no debo empezar? ¿A reconocer que tuvo razón cuando dijo que guardo todo lo que no quiero decidir?

Catherine lo miró.

Edmund lamentó la frase en cuanto salió. No porque fuera injusta, sino porque era exacta.

—Theodore ha leído el diario —continuó—. Margaret sabe de Rosalind. El vicario sabe del duelo. Coldwell está a una pregunta de confesar lo que hizo. ¿Cuánto tiempo crees que puede mantenerse esto?

—El tiempo suficiente para evitar que el veredicto del coroner se convierta en una investigación criminal.

—Lawrence está muerto.

—Y Whitmore vivo. Un duelo sigue siendo un delito. Un escándalo puede arrastrar el nombre de Margaret, la posición de Theodore, la legitimidad de cada acuerdo de esta finca.

—¿La legitimidad de qué acuerdo depende de que nuestro hijo haya muerto cazando?

—No hablo de derecho. Hablo de reputación.

—Siempre hablas de reputación.

Catherine se irguió.

—Porque alguien tiene que hacerlo.

Edmund abrió el cajón de nuevo.

Sacó la carta y la dejó sobre la mesa.

—¿Quieres saber qué me pidió?

—Ya lo sé.

—No. Sabes que quería casarse con Rosalind. No sabes lo que me pidió a mí.

Catherine no tocó el papel.

Edmund leyó:

—«No te pido que apruebes cómo lo he hecho. Te pido que no castigues a Rosalind por mi cobardía. Está embarazada. El niño es mío. Si no puedes aceptar que me case con ella, ayúdame al menos a sacarla de aquí con seguridad. He pedido dinero porque no sabía si podía contar contigo.»

La cara de Catherine se endureció.

—No sigas.

—«Si me ocurre algo antes de que podamos hablar, te ruego que la protejas. No permitas que madre convierta a Rosalind en la causa de todo. Nada de lo que ha ocurrido es culpa de ella.»

Edmund dejó de leer.

Catherine miraba la ventana.

—¿La leíste entera el día trece? —preguntó.

—Sí.

—Y no me lo dijiste.

—Sabías lo del embarazo.

—No por él.

Edmund frunció el ceño.

—¿Cómo lo supiste?

Catherine tardó un segundo.

—Whitmore.

El nombre ocupó el estudio.

—¿Whitmore te lo contó?

—Vino el doce por la tarde. Antes del desafío formal. Dijo que Lawrence estaba haciendo el ridículo en Northampton y que el asunto acabaría en los periódicos si no lo conteníamos. Mencionó el embarazo.

—¿Cómo lo sabía él?

—Nunca me lo dijo.

—¿Y no se lo preguntaste?

—En aquel momento me preocupaba que media ciudad lo supiera ya.

Edmund se puso de pie.

—Podía haber sido una mentira.

—No lo era.

—Eso no lo sabías entonces.

Catherine lo miró con irritación.

—Lawrence lo confirmó esa misma noche.

—¿Y qué le dijiste?

—Lo sabes.

—Quiero oírlo.

Ella se apartó de la mesa.

—Le dije que no podía presentarse en el club después de golpear a Whitmore y pedir disculpas como si fuera un colegial. Le dije que si quería casarse con Rosalind tendría que hacerlo con dignidad, enfrentarse a ti, reconocer al niño y asumir las consecuencias.

—También le dijiste que un Blackwood no se retracta después de ser desafiado.

Catherine calló.

—Lo oí desde el corredor —dijo Edmund—. No estaba tan lejos como creías.

—Y aun así no entraste.

La respuesta fue inmediata.

Edmund sintió el golpe.

—No.

—Así que no me conviertas en la única persona que habló aquella noche. Tú elegiste no hacerlo.

Edmund apoyó una mano sobre el respaldo del sillón.

—¿Sabes qué es lo peor?

Catherine no respondió.

—Que durante tres semanas he conseguido enfadarme contigo para no tener que admitir que tienes razón en eso.

Ella bajó la vista.

El silencio entre ambos fue distinto de otros. No servía para ocultar. Era el espacio que quedaba cuando dos personas ya no podían defenderse sin mentir.

Llamaron de nuevo.

Catherine se recompuso antes de que Edmund dijera nada.

—Adelante.

Ward entró con una carta sobre la bandeja.

—Milord. Respuesta de Merridale.

Edmund tomó el sobre.

El sello del ciervo estaba roto; no porque alguien lo hubiera abierto, sino porque la cera se había resquebrajado durante el viaje.

Leyó.

Lord Theodore:

Recibiré a su hermano mañana a las once.

No tengo intención de discutir con él delante de criados o curiosos.

Si desea traer al doctor Coldwell, no pondré objeción.

El asunto del quince de abril ha permanecido donde debía durante tres semanas.

Confío en que siga siendo así después de nuestra conversación.

N. Whitmore.

Catherine extendió la mano.

Edmund le dio la carta.

—Ha aceptado —dijo.

—Eso es peor.

—¿Por qué?

—Porque Whitmore solo recibe a alguien cuando cree que puede controlar la conversación.

Ward permanecía junto a la puerta.

Edmund lo miró.

—¿Sabe Theodore que ha llegado?

—No todavía, milord.

—Désela.

Catherine giró hacia su marido.

—Edmund.

—Va a ir aunque intentemos detenerlo. Prefiero que Coldwell vaya con él.

—¿Y si Whitmore habla?

—Llevamos semanas temiendo que la gente hable. Quizá deberíamos empezar a temer más lo que ocurre cuando nadie lo hace.

Ward inclinó la cabeza y salió con la carta.

Catherine se quedó inmóvil.

—Te estás volviendo valiente demasiado tarde.

Edmund miró el cajón donde guardaba la carta de Lawrence.

—Lo sé.

Aquella vez no intentó defenderse.

* * *

A las tres de la tarde llegó el señor Croft desde Northampton.

No lo habían convocado por el duelo.

Al menos eso decía la nota que Edmund le había enviado.

El abogado entró en el estudio con una cartera negra, dejó el sombrero sobre una silla y se sentó sin esperar a que le ofrecieran asiento. Tenía sesenta años, patillas grises y la costumbre de mirar los documentos antes que a las personas.

—Me ha pedido revisar la sucesión de Lawrence —dijo.

—Sí.

—Y me ha escrito tres veces en dos semanas sobre una deuda que todavía no me ha enseñado.

Edmund abrió el cajón y sacó la copia del pagaré de mil libras.

Croft leyó la fecha, el interés y la garantía.

—Bramwell —murmuró—. Podría haber elegido un prestamista peor, pero tendría que haberse esforzado.

—¿Puede reclamarse contra Oakhaven?

—Contra el patrimonio personal de Lawrence primero. Si las garantías resultan insuficientes, intentarán presionar a la familia. No porque tengan un derecho ilimitado, sino porque saben que un marqués suele preferir pagar a discutir en público por qué su heredero necesitaba mil libras con urgencia.

Edmund sintió la irritación habitual ante la claridad profesional de Croft.

—¿Cuánto?

—El principal son mil. Los intereses corren. Gastos, comisiones, alguna penalización si consiguen justificarla. Cuanto más tarde, más caro.

—Páguelo.

Croft levantó la vista.

—¿Con qué fondo?

—Con el que sea necesario.

—Eso no es una cuenta bancaria, Edmund.

Solo tres hombres lo llamaban por su nombre sin tratamiento. Croft era uno de ellos.

—La cosecha del año pasado fue mediocre. Hay reparaciones pendientes en los tejados del ala norte. Dos arrendatarios han pedido aplazamiento. Pagar mil libras y pico de golpe no destruirá Oakhaven, pero tampoco es una decisión invisible.

Edmund miró hacia la ventana.

—Lawrence pensaba marcharse.

Croft no pareció sorprendido.

Eso hizo que Edmund se volviera.

—¿Lo sabía?

El abogado cerró el pagaré.

—Sabía que preguntó por el alcance de su patrimonio personal. Sabía que quería entender qué podía disponer sin su firma. No sabía para qué.

—Podría habérmelo dicho.

—Era adulto y mi cliente en ciertos asuntos.

—Era mi hijo.

—Las dos cosas pueden ser ciertas.

La frase sonó dolorosamente familiar.

Edmund apoyó las manos sobre la mesa.

—Hay algo más.

Croft esperó.

—Lawrence murió en un duelo.

Por primera vez, el abogado dejó de mirar los papeles.

—¿Está seguro?

—Sí.

—¿Quién?

—Nathaniel Whitmore.

Croft se quitó las gafas.

—Eso complica más que la deuda.

—No me hable de escándalo.

—No iba a hacerlo. Iba a hablarle de derecho.

Edmund se sentó.