Capítulo 13 El nombre verdadero #2
Theodore había mejorado. Ya no bebía para provocar a su padre y empezaba a distinguir las cifras de las emociones. Pero seguía teniendo una tendencia alarmante a convertir una conclusión en una declaración pública.
—Se lo diremos juntos —decidió—. Esta tarde.
—Lady Margaret...
—No estoy pidiendo permiso.
Iris la observó.
—No. Empiezo a notarlo.
Margaret quitó la silla de la puerta.
—Y una cosa más.
—¿Sí?
—Cuando estemos delante de mi madre, seguirá siendo la señorita Fletcher.
—Eso esperaba.
—Cuando estemos solas... —Margaret dudó—. La llamaré Iris.
La institutriz parpadeó.
—¿Por qué?
—Porque es el nombre con el que la conocí. Elena pertenece a Rosalind y a su madre. Iris pertenece a lo que ha ocurrido aquí.
Durante un momento la mujer al otro lado de la mesa no pareció saber qué contestar.
Margaret abrió por fin Télémaque .
—¿Va a haber clase?
Iris miró el reloj.
—Nos quedan cuarenta minutos.
—Entonces no los desperdicie.
Iris abrió su ejemplar.
La traducción fue terrible.
Ninguna de las dos consiguió concentrarse, y Margaret cometió tres errores que en cualquier otra mañana le habrían avergonzado. Pero cuando sonó la campana de las diez, algo había cambiado.
No confiaba en Iris como antes.
Confiaba de otra manera.
Ya no porque creyera que no mentía, sino porque había empezado a saber dónde terminaba una persona y empezaba su máscara.
* * *
A las cinco, Theodore escuchó la confesión en el antiguo cuarto de juegos.
Margaret había elegido aquella habitación porque Catherine no entraba desde que Lawrence tenía quince años.
Seguían allí un caballo de madera con una oreja rota, una caja de soldados de plomo y un mapa del Imperio británico tan antiguo que varias fronteras ya no coincidían con las que Margaret estudiaba.
Theodore permaneció de pie mientras Iris hablaba.
No la interrumpió cuando dijo Elena Thorne .
No la interrumpió cuando explicó que Rosalind era su hermana.
Solo se movió cuando oyó que el hijo seguía vivo en el vientre de Rosalind.
—Lawrence va a tener un hijo —dijo.
La frase era incorrecta en tiempo verbal, pero nadie la corrigió.
—Sí —respondió Iris.
Theodore caminó hasta la ventana.
—¿Dónde están?
—No lo sé.
—¿Me está diciendo la verdad?
Iris miró a Margaret antes de responder.
—Sí.
Theodore captó el gesto.
—¿Qué ha pasado entre vosotras?
—Una nueva regla —dijo Margaret—. Si responde, dice la verdad.
—¿Y si no quiere?
—Lo dice también.
Theodore se frotó la frente.
—Tengo la sensación de que me he perdido una revolución doméstica durante el almuerzo.
Margaret ignoró el comentario.
—¿Vas a ayudarla?
Theodore miró a Iris.
—No sé si confío en usted.
—Sería imprudente hacerlo tan rápido.
—Pero confío en que mi hermano pidió mil libras para irse con su hermana. Confío en su diario. Confío en que mi padre sabía más de lo que dice y en que Whitmore tiene una razón para querer que nadie vuelva a hablar del quince de abril.
Se acercó a la mesa.
—Así que, de momento, nuestros intereses coinciden.
Iris asintió.
—Me basta.
—A mí no —dijo Margaret—. Quiero que entendáis una cosa los dos. Rosalind no es una prueba. No es una pieza para ganar una discusión con padre o madre. Está viva. Está embarazada. Si alguien hace pública su historia sin que ella lo decida, no será mejor que lo que hicieron hace tres semanas.
Theodore miró a su hermana.
La muchacha de quince años tenía las manos apoyadas sobre la mesa de juegos y hablaba como si llevara años esperando que alguien le concediera una cuestión sobre la que decidir.
—De acuerdo —dijo.
Iris no dijo nada.
Margaret la miró.
—¿De acuerdo?
—De acuerdo.
Theodore tomó la tarjeta de Whitmore del bolsillo.
—Entonces lo siguiente es averiguar qué ocurrió en el claro. No lo que madre cree. No lo que Ward oyó. Lo que ocurrió.
Colocó la tarjeta sobre el mapa del Imperio.
El nombre de Nathaniel Whitmore quedó justo encima de una India coloreada de rosa.
—He escrito pidiendo verlo mañana —dijo.
Iris lo miró.
—¿Como Theodore Blackwood o como investigador aficionado decidido a arruinar su propia vida?
—Como el hermano del hombre al que mató.
Margaret cerró los ojos.
—Theodore.
—No he escrito «al que asesinó». He aprendido algo.
—Muy poco —murmuró ella.
Theodore guardó la tarjeta.
—Si acepta, iré a Merridale.
—No solo —dijo Iris.
—Usted no puede venir.
—¿Por qué?
—Porque no pienso presentar a la hermana de Rosalind Thorne al hombre que la utilizó como insulto en un club.
—Sabe defenderse sola —dijo Margaret.
—No es eso.
Iris lo entendió antes que Margaret.
—Si Whitmore descubre quién soy, puede utilizarlo para protegerse.
Theodore asintió.
—Exactamente.
Iris consideró la situación.
—Entonces vaya con alguien que no pueda ser intimidado por un título militar.
—¿Tiene alguna sugerencia?
—El vicario.
Margaret soltó una carcajada.
Theodore la miró.
Iris mantuvo la expresión seria.
—Ha oído el nombre. Ha oído la acusación del duelo. Si Whitmore sabe que la historia ya no está encerrada en Oakhaven, tendrá menos incentivos para mentir de forma descarada.
—Wainwright no vendrá.
—Entonces el doctor Coldwell.
Theodore dejó de sonreír.
—Eso podría funcionar.
—Coldwell ya ha admitido que la herida no era accidental —dijo Margaret—. Y Whitmore sabe que un médico puede reconocer una versión falsa.
Theodore miró a las dos mujeres.
—Empiezo a echar de menos cuando Margaret solo discutía sobre novelas.
—Yo no —respondió Iris.
Margaret tampoco.