El relicario de las mentiras (Sombras de Oakhaven 1) Capítulo 13 El nombre verdadero
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Capítulo 13 El nombre verdadero

Margaret no abrió el libro de francés.

A las nueve en punto estaba sentada en el salón de clases, con la espalda recta y las manos juntas sobre la mesa.

El volumen de Télémaque descansaba ante ella, cerrado.

Junto al tintero había colocado una hoja en blanco y, encima, el lápiz con el que Iris solía obligarla a separar hechos de inferencias.

La puerta se abrió.

Iris entró con tres libros bajo el brazo y una carpeta de ejercicios.

—Buenos días.

—Buenos días, señorita Fletcher.

El tratamiento completo era una elección. Iris lo percibió.

Dejó los libros sobre el escritorio.

—Hoy pensaba que continuáramos con la traducción de Fénelon y después...

—No.

Iris levantó la vista.

Margaret sintió un temblor en el estómago, pero no apartó los ojos. Llevaba despierta desde antes del amanecer. Había oído a Ward llamar a la puerta de la institutriz, había visto a ambos regresar por la entrada de servicio y había esperado una explicación que no llegó.

—No habrá clase —dijo—. No hasta que me diga quién es.

Iris no se movió.

En otro tiempo Margaret habría confundido aquella quietud con serenidad. Ahora sabía que era trabajo. Iris pensaba antes de responder; construía cada frase como una pared que pudiera sostenerse sola.

—Ya os he dicho que conocía la historia de Rosalind antes de venir.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Es una parte.

—No quiero partes.

Margaret tomó el lápiz y escribió dos palabras en la hoja.

HECHO. INFERENCIA.

La empujó hacia el centro de la mesa.

—Usted me enseñó esto. Vamos a usarlo.

Iris miró el papel.

—Lady Margaret...

—Hechos. Usted preguntó por Rosalind antes de que Ward pronunciara su nombre delante de Theodore y de mí.

Hecho. Sabía que estaba embarazada. Hecho.

Sabía que mi padre conocía el duelo antes de que él lo admitiera.

Hecho. Ward la llevó esta mañana a algún lugar de la finca y usted volvió sin querer decirme qué hablaron. Hecho.

Iris abrió la boca.

Margaret levantó una mano.

—Ahora inferencias. Usted no vino a Oakhaven por un empleo.

Sus referencias pueden ser excelentes, pero su interés por Lawrence empezó antes de conocerme.

No busca a Rosalind porque sabe que está viva.

Y cuando pronuncio su nombre, usted no reacciona como alguien que ha oído hablar de una criada desconocida.

La institutriz se sentó despacio.

—Habéis estado trabajando.

—No cambie de asunto.

—No lo hago.

—Entonces respóndame.

Iris apoyó las manos sobre la mesa. Margaret vio una pequeña mancha de tierra seca en el puño de su vestido, quizá del invernadero. Le resultó extraño fijarse en algo tan insignificante mientras esperaba una respuesta capaz de cambiar el significado de cada conversación que habían tenido.

—¿Qué ocurrirá si no respondo? —preguntó Iris.

Margaret había preparado varias amenazas. Decírselo a Theodore. Hablar con su padre. Ir a Catherine. Ninguna era cierta.

—No volveré a confiar en usted.

La frase fue más eficaz que cualquier amenaza.

Iris bajó la vista hacia el lápiz.

Fuera, en el jardín, un jardinero golpeó dos veces la tierra con una azada. Después solo quedó el canto breve de un mirlo.

—Cerrad la puerta —dijo Iris.

Margaret se levantó, la cerró y regresó a su asiento.

—Con llave.

—No tiene llave.

—Entonces poned la silla.

Margaret arrastró una silla hasta la puerta. El gesto le pareció ridículo y solemne a la vez.

Iris esperó a que volviera a sentarse.

—Mi nombre no es Iris Fletcher.

Margaret sintió que todo el cuerpo se le volvía atento.

—Eso ya lo suponía.

—Me llamo Elena Thorne.

El apellido cayó en la habitación con una sencillez insoportable.

Margaret no dijo nada.

Iris —Elena— continuó:

—Rosalind Thorne es mi hermana menor.

Margaret había imaginado muchas respuestas durante la noche. Una prima. Una amiga de infancia. Una antigua compañera de servicio. Incluso había pensado que Iris podía ser la madre de Rosalind bajo un nombre falso, aunque las edades no encajaran.

No había permitido que la posibilidad más evidente terminara de formarse.

—Su hermana —repitió.

—Sí.

—¿Desde cuándo sabe que está viva?

La pregunta salió antes que cualquier otra.

Iris no vaciló.

—Desde antes de llegar a Oakhaven. Mi madre recibió noticia de que Rosalind había escapado con ayuda de Ward. Después de aquello no supimos dónde se instaló. Mi madre decidió no escribir una dirección en ninguna carta relacionada con esta casa. Yo sé que mi hermana vive. No sé dónde.

Margaret miró el papel.

HECHO.

—¿Y el niño?

—Debe de nacer en otoño, si todo va bien.

—Mi sobrino.

Iris asintió.

La palabra produjo un efecto que Margaret no esperaba.

Hasta entonces el embarazo había sido una pieza del caso, una causa del escándalo, una de las razones por las que Lawrence había pedido dinero.

Mi sobrino lo transformaba en una persona futura.

Un niño que existiría fuera de Oakhaven con sangre Blackwood y sin derecho a pronunciar el nombre.

—¿Por qué vino? —preguntó.

—Al principio, por rabia.

La franqueza la sorprendió.

—¿Rabia contra quién?

—Contra todos vosotros.

Margaret sintió el golpe.

Iris no intentó suavizarlo.

—Leí la noticia del accidente y supe que mentía.

Rosalind había contado a mi madre que Lawrence estaba metido en un conflicto y que alguien había amenazado con hacer pública la relación.

Después supe que ella había huido la misma noche de su muerte.

Pensé que los Blackwood habían matado a Lawrence, expulsado a mi hermana y comprado el silencio del condado.

—¿Y ahora?

Iris miró la ventana.

—Ahora sé que las cosas son peores y menos sencillas.

—Eso no tiene sentido.

—Sí lo tiene. Un villano único es cómodo.

Se le señala, se le castiga y la historia termina.

Aquí cada persona hizo una cosa distinta.

Whitmore habló. Lawrence golpeó. Whitmore desafió.

Vuestra madre convirtió el apellido en una obligación.

Vuestro padre esperó a que el problema se resolviera solo.

Ward ensilló el caballo. Coldwell firmó.

Después todos colaboraron en una mentira porque la mentira parecía menos peligrosa que la verdad.

Margaret volvió los ojos al lápiz.

—¿Y usted?

—Yo entré en esta casa con un nombre falso y os utilicé para acercarme a la verdad.

No había defensa en la respuesta.

Margaret sintió que la rabia que había alimentado toda la noche perdía una parte de su fuerza, y lo detestó. Prefería estar furiosa. La furia permitía saber qué hacer con las manos.

—Me utilizó a mí.

—Sí.

—Me escuchó hablar de Lawrence sabiendo quién era Rosalind.

—Sí.

—Me dejó creer que nuestra conversación en el bosque era... —Margaret se interrumpió. No encontraba la palabra correcta.

—Real —dijo Iris.

—¿Lo era?

Iris tardó unos segundos.

—Lo que os oculté era real. Lo que os dije también.

Margaret soltó una risa breve.

—Esa es exactamente la clase de respuesta que daría mi madre.

Iris bajó la cabeza.

—Lo sé.

Esta vez la frase no fue defensiva.

Margaret se levantó y caminó hasta la ventana. Desde allí veía una parte del jardín de boj, la grava húmeda y el inicio del sendero que llevaba al bosque. Hacía apenas unas semanas habría pensado que nada en aquel paisaje podía modificarse. Ahora cada rincón tenía una historia secreta.

—¿Ward sabe quién es usted?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Sospechó al verme. Mi madre le había escrito mi nombre. Esta mañana me lo confirmó.

—¿Y el relicario?

La respiración de Iris cambió.

Margaret se volvió.

—Lo ha visto —dijo.

No era una pregunta.

—Sí.

—¿Lo tiene Ward?

Iris asintió.

—Rosalind lo perdió al huir. Él lo recogió en los establos.

Margaret se apoyó en el alféizar.

—Lawrence no lo llevaba.

—No. Era de mi familia. Rosalind dejó que Lawrence grabara sus iniciales junto a las de ella. Dentro hay dos mechones de cabello.

La imagen fue tan íntima que Margaret apartó la vista.

—¿Se lo ha dado?

—No.

—¿Por qué?

—Porque pertenece a Rosalind.

Margaret miró a Iris.

—Eso ha debido de enfadarla.

—Mucho.

Por primera vez aquella mañana, Margaret estuvo a punto de sonreír.

No lo hizo.

Regresó a la mesa.

—Quiero establecer una regla.

—Me temo que esa frase suele ser prerrogativa de la institutriz.

—Hoy no.

Margaret señaló el papel.

—Puede negarse a responder. Puede decirme que una información no le pertenece. Puede incluso decirme que saber algo me pondría en peligro. Pero si contesta, no me mentirá.

Iris la miró con seriedad.

—Eso es más difícil de lo que parece.

—Lo sé. Por eso lo pido.

—Hay cosas de Rosalind que no os contaré sin su permiso.

—Entonces diga eso.

—Y cosas sobre las que solo tengo sospechas.

—Entonces llámelas sospechas.

Iris pasó un dedo por el borde de la hoja.

—Habéis aprendido demasiado deprisa.

—No sé si es un cumplido.

—Lo es.

Margaret tomó aire.

—¿Por qué sigue usando el nombre Iris?

La pregunta pareció sorprenderla más que las anteriores.

—Porque Elena Thorne no podía entrar aquí.

—Eso explica por qué lo eligió. No por qué lo conserva cuando estamos solas.

Iris guardó silencio.

Margaret esperó.

—Porque llevo suficiente tiempo siendo Iris para que el nombre responda cuando lo oigo —dijo al fin—.

Y porque Elena es la hija de Martha, la hermana mayor de Rosalind, la mujer que salió de casa convencida de que podía reparar lo que le habían hecho a su familia.

Iris es la mujer que ha tenido que descubrir que no todo puede repararse.

—¿Cuál es la verdadera?

—Todavía no lo sé.

Margaret anotó mentalmente la respuesta.

No era un hecho. Tampoco una inferencia.

Era algo para lo que aún no tenían columna.

—Theodore debe saberlo —dijo.

Iris levantó la cabeza.

—No todavía.

Margaret negó.

—No voy a esconderle esto.

—No os lo pido para protegerme.

—Entonces ¿por qué?

—Porque vuestro hermano está dispuesto a enfrentarse a Whitmore y a vuestro padre. Si además descubre que la hermana de Rosalind vive bajo su techo con un nombre falso, puede utilizarlo como otra arma antes de pensar qué consecuencias tendrá para Rosalind.

Margaret consideró la objeción.