Capítulo 12 El relicario de plata
Ward llamó a la puerta de Iris a las seis y diez de la mañana.
Ella ya estaba despierta.
H abía dormido poco. La cena se repetía en fragmentos detrás de los ojos: la tarjeta de Whitmore sobre el mantel, la cara de Edmund al escuchar el nombre, Margaret negándose a subir, Catherine recuperando la compostura delante del vicario.
Se puso la bata antes de abrir.
Ward estaba en el pasillo con una lámpara.
—Vístase —dijo—. Necesito enseñarle algo.
—¿Ahora?
—Precisamente ahora.
—¿Dónde?
—En el invernadero viejo.
Iris lo miró.
—Eso suena innecesariamente novelesco.
—A las seis y media Havelock empieza a revisar las despensas. A las siete, Bridget sube con agua caliente. A las siete y cuarto, Lord Oakhaven baja. Si prefiere un lugar menos novelesco, puedo ofrecerle el comedor durante el desayuno.
Iris cerró la puerta.
—Cinco minutos.
Tardó cuatro.
Salieron por la puerta de servicio antes de que el sol hubiera superado los tejados. La mañana era fría para finales de mayo. Una neblina baja cubría parte del jardín y las gotas de rocío se acumulaban en las hojas de los rosales.
El invernadero viejo estaba detrás del huerto, separado de la casa por un muro de ladrillo. Hacía años que no se utilizaba para plantas delicadas; varios cristales estaban rotos y Havelock guardaba allí macetas, herramientas y cajas vacías.
Ward abrió con una llave pequeña.
Iris entró.
El interior olía a tierra húmeda y madera. Una mesa de trabajo ocupaba el centro. Ward colocó la lámpara encima.
Después sacó del bolsillo una caja de madera.
Iris dejó de respirar.
No necesitó verla abierta para saber.
—Démelo.
—Primero escuche.
—Ward.
—Primero escuche.
Había algo en el tono que la obligó a detenerse.
El mayordomo abrió la caja.
El relicario descansaba sobre un trozo de tela azul desteñida.
Era más pequeño de lo que Iris recordaba. De niña le había parecido un objeto importante, casi solemne, porque había pertenecido a su abuela y antes a la madre de su abuela. Ahora cabía entero en la palma de Ward.
La plata estaba arañada.
Las iniciales R y L , grabadas después de que Rosalind empezara a verse con Lawrence, se entrelazaban en la tapa.
Iris extendió la mano.
Ward no apartó la caja, pero tampoco se la entregó.
Ella tocó el metal con la yema de un dedo.
El frío le subió por el brazo.
—Lo llevaba desde los dieciséis años —dijo—. Mi madre se enfadó cuando dejó que Lawrence grabara la L.
—Rosalind lo perdió al montar en los establos.
—¿La noche que se fue?
—Sí.
Ward abrió el relicario.
Dos pequeños cristales protegían los mechones.
Iris reconoció el cabello de su hermana de inmediato: aquel rojo oscuro que bajo algunas luces parecía castaño. El otro mechón era casi negro.
—Lawrence —murmuró.
—Eso supuse.
Iris cerró los ojos.
La memoria no le devolvió a Rosalind huyendo. Ella no había estado allí. Le devolvió una tarde de verano, años atrás, cuando ambas se sentaron en el suelo de la casa de su madre y Rosalind le enseñó el relicario con la L recién grabada.
No se lo digas a mamá todavía.
Iris había reído.
¿Quién es L?
Rosalind no contestó, pero se puso tan roja que la respuesta fue innecesaria.
Ahora la L estaba bajo su dedo.
—¿Por qué no se lo dio a mi madre?
—No sabía dónde vivía Martha cuando recogí el relicario. La carta llegó semanas después y no incluía dirección de retorno.
—Podía haberlo enviado a la casa donde trabajaba Rosalind antes.
—Lady Catherine revisó toda la correspondencia relacionada con la familia Thorne durante los primeros días.
—Así que decidió esconderlo.
—Sí.
—Como todo.
Ward aceptó el reproche.
Iris retiró la mano.
—¿Por qué me lo enseña ahora?
—Porque anoche la familia dejó de poder fingir que el asunto pertenece al pasado.
—Eso ocurrió mucho antes.
—Para usted. Para ellos, ocurrió en la cena.
Ward cerró el relicario, pero dejó la caja abierta.
—Theodore ha pronunciado el nombre de Whitmore delante de un testigo. El vicario no hablará de inmediato, pero tampoco podrá olvidar lo que oyó. Lord Oakhaven tendrá que decidir si sigue sosteniendo la versión del accidente cuando ya sabe que sus hijos no la aceptan.
—Edmund sabía del duelo.
Ward la miró con atención.
—¿Lo ha oído?
—Anoche.
—Escuchar detrás de las puertas es una costumbre peligrosa.
—En Oakhaven parece la única forma de mantener una conversación honesta.
Ward no discutió.
Iris se acercó a la mesa.
—Quiero saber qué ocurrió con Whitmore.
—No estuve en el claro.
—Eso ya me lo dijo.
—Y sigue siendo importante.
—Dígame lo que sabe, no lo que supone.
Ward la observó un instante y algo parecido a aprobación cruzó su rostro.
—Bien.
Apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Hechos. El coronel Nathaniel Whitmore vive en Merridale Lodge y frecuentaba a los Blackwood desde hacía años. Es viudo. Había servido con el hermano de Lady Catherine. Venía a Oakhaven, cazaba con Lord Oakhaven y jugaba a las cartas con Lawrence.
Iris escuchaba sin moverse.
—En marzo —continuó Ward— Whitmore empezó a hacer comentarios sobre la relación de Lawrence con una criada. No sé cómo la descubrió. Al principio eran bromas. Después dejaron de serlo.
—¿Qué clase de comentarios?
—Los que un hombre pronuncia cuando sabe que las demás personas de una habitación comparten sus prejuicios.
Iris apretó la boca.
—Siga.
—El doce de abril, en el club de Northampton, Whitmore habló de Rosalind delante de varios caballeros. Dijo que Lawrence estaba dispuesto a cambiar un título por una cocinera. Dijo algo peor sobre el niño.
—¿Qué?
Ward vaciló.
—No es necesario repetirlo.
—Quiero saberlo.
—Dijo que un bastardo de cocina no debía acercarse a la línea sucesoria de Oakhaven.
Iris sintió que el aire del invernadero desaparecía.
—¿Cómo sabía que estaba embarazada?
—No lo sé.
—Alguien se lo dijo.
—O lo dedujo. O escuchó una conversación. O un criado habló. O Lawrence cometió la imprudencia de confiar en alguien. No lo sé.
Iris se obligó a separar la rabia del dato.
—¿Lawrence lo golpeó?
—Sí. Delante de testigos.
—¿Y Whitmore lo desafió?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Esa misma noche. Se fijó el encuentro para el amanecer del quince en un claro de Merridale.
—Tres días después.
—Sí.
—¿Quiénes fueron los padrinos?
Ward negó con la cabeza.
—No puedo demostrarlo. He oído nombres, pero no pienso convertir rumores en hechos.
Iris pensó en el método que enseñaba a Margaret.
—Bien.
Ward continuó:
—Lawrence volvió a Oakhaven después del desafío. Discutió con su madre. Yo no estaba dentro de la habitación, pero lo vi salir. Después habló con su padre.
—Edmund sabía.
—Sí.
—¿Catherine también?
—Sí.
—¿Y ninguno lo detuvo?
Ward bajó los ojos.
—No.
—¿Por qué?
—Ahí entramos en interpretaciones.
—Haga una.
El mayordomo tardó en responder.
—Lady Catherine creía que el escándalo ya existía y que una retirada pública lo haría peor.
No quería que Lawrence se batiera. Pero tampoco le dijo que aceptara la humillación, se marchara con Rosalind y dejara que la sociedad hablara.
Intentó obligarlo a resolver todas las contradicciones a la vez: conservar el apellido, proteger a Rosalind, acallar a Whitmore y evitar el duelo.
—Imposible.
—Sí.
—¿Y Edmund?
—Lord Oakhaven pensó que Lawrence entraría en razón antes del amanecer.
Iris recordó la conversación del estudio.
—No hizo nada.
—No lo suficiente.
—Eso es una forma elegante de decirlo.
Ward la miró.
—He pasado la mitad de mi vida aprendiendo formas elegantes de decir cosas desagradables.
—¿Quién trajo el cuerpo?
La pregunta cambió el rostro del mayordomo.
—Dos hombres de Merridale lo dejaron en el camino sur. Nuestro guardabosques lo encontró y avisó a la casa.
—¿Whitmore?
—No vino.
—¿Se marchó?
—Regresó a Merridale y después pasó varias semanas en Londres.
—¿La policía?
Ward soltó el aire.
—Hubo una investigación del coroner. No hubo una investigación criminal. Coldwell sostuvo ante el jurado la versión del accidente. Lord Oakhaven aceptó el veredicto. El guardabosques repitió lo que se le había indicado. Whitmore tenía interés en el mismo silencio.
—Un pacto.
—No sé si hubo un pacto formal.
—Pero todos ganaban algo.
—Todos perdían menos.
Iris apoyó las manos sobre la mesa.
—Rosalind perdió a Lawrence, su trabajo, su casa y el derecho a decir quién era el padre de su hijo.
—Lo sé.
—No. Usted lo sabe como se sabe una cifra en un libro. Ella lo vivió.
Ward no respondió.
Iris volvió a mirar el relicario.
—Démelo.
—No.
—Es de mi familia.
—Y su hermana está viva.
Iris lo miró bruscamente.
Ward sostuvo la mirada.
—El relicario es suyo, no de usted. Hasta que pueda entregárselo a ella o hasta que me conste que desea otra cosa, seguirá conmigo.
La negativa era irritante.
También era correcta.
Iris lo odió un poco por ambas cosas.
—Entonces ¿por qué mostrarlo?
—Porque quería que supiera que no todo fue destruido.
Ward cerró la caja.
—Y porque necesito pedirle algo.
Iris cruzó los brazos.
—Después de negarme mi propia reliquia familiar, esto promete ser excelente.
—No revele todavía quién es a Lady Margaret.
Iris se quedó quieta.
—¿Por qué?
—Porque tiene quince años.
—No es estúpida.
—No he dicho eso. Es inteligente, está furiosa y acaba de descubrir que todos los adultos de su casa le han mentido. Si sabe que su institutriz es la hermana de Rosalind, hará algo con esa información.
—Quizá tenga derecho.
—Sí. Pero no esta mañana, antes de que sepamos qué hará Lord Oakhaven con Whitmore o qué planea Lady Catherine con usted.
Iris miró hacia los cristales rotos del techo. El cielo empezaba a aclararse.
—Margaret ya sospecha.
—Entonces deje que sospeche un poco más.
—Eso hará que deje de confiar en mí.
Ward tardó en contestar.
—La confianza que depende de una mentira no puede conservarse intacta. Solo puede decidir cuándo romperla y qué hace después con los pedazos.
Iris lo observó.
—¿Eso se lo dice a sí mismo cada noche?
—No. Si lo hubiera aprendido antes, habría quemado menos cartas.
Un sonido de campana llegó desde la casa.
Seis y media.
Ward guardó la caja dentro del abrigo.
—Tenemos que volver.
Iris no se movió.
—Una última pregunta.
—Diga.
—¿Catherine quería que Lawrence se batiera?
Ward pensó antes de responder.
—No.
—¿Lo empujó hacia el duelo?
Otra pausa.
—Sí.
—¿Edmund podía haberlo impedido?
—Probablemente.
—¿Y usted?
La pregunta lo sorprendió.
Ward miró su mano izquierda.
—Yo ensillé el caballo.
Iris sintió que la respuesta pesaba más que cualquier explicación.
—¿Sabía adónde iba?
—Sí.
—¿Y lo dejó marchar?
—Sí.
No intentó defenderse.
El invernadero quedó quieto.
Iris miró al hombre que había ayudado a escapar a Rosalind, destruido pruebas, conservado un relicario, mentido a Catherine y permitido que Lawrence montara hacia un duelo que podía matarlo.
Por primera vez entendió por qué le temblaban las manos.
No era un secreto único.
Era una cadena de decisiones.
—Entonces usted también forma parte de esto —dijo.
—Nunca he pretendido lo contrario.
Ward abrió la puerta.
El aire frío de la mañana entró en el invernadero.
Caminaron de regreso separados por varios pasos.
Al llegar al jardín de rosas, Iris se detuvo.
—Señor Ward.
Él se volvió.
—La nota.
El mayordomo esperó.
—La escribió usted.
No era una pregunta.
Ward inclinó la cabeza una vez.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque cuando la vi bajar del carruaje comprendí que Martha tenía razón. No iba a marcharse sin respuestas.
—Podía haberme hablado el primer día.
—El primer día no sabía si había venido a salvar a su hermana o a destruir a los Blackwood.
—¿Y ahora lo sabe?
Ward la contempló durante un largo momento.
—Ahora sé que todavía no lo sabe usted.
Siguió caminando hacia la casa.
Iris se quedó junto a los rosales.
Las hojas nuevas estaban cubiertas de gotas. En unas semanas habría flores.
Pensó en Margaret, en Theodore, en Rosalind en algún lugar cuyo nombre desconocía, en el hijo que nacería en otoño. Pensó en Catherine diciendo que no había ordenado cargar las pistolas y en Edmund admitiendo, con su silencio, que pudo haber detenido a Lawrence.
Había llegado buscando un culpable.
Oakhaven le estaba ofreciendo demasiados.
Cuando entró por la puerta de servicio, encontró a Margaret esperándola al pie de la escalera.
La muchacha llevaba el cabello suelto y una bata azul sobre el camisón. Tenía en la mano el ejemplar de Shakespeare que Iris había subido la noche anterior.
—¿Dónde estaba? —preguntó.
Iris miró hacia el pasillo por donde Ward acababa de desaparecer.
Después volvió a mirar a Margaret.
Podía mentir.
La mentira ya estaba preparada: un paseo temprano, aire fresco, insomnio.
Sintió cómo la garganta se cerraba.
Esta vez no la obligó a abrirse.
—Hablando con Ward —dijo.
Margaret apretó el libro contra el pecho.
—¿Sobre Rosalind?
Iris sostuvo su mirada.
—Sí.
La muchacha esperó algo más.
No llegó.
—¿Y me lo contará?
Iris pensó en la frase del mayordomo: puede decidir cuándo romperla y qué hace después con los pedazos.
—No todavía.
Margaret bajó la vista.
—Entonces supongo que hoy tampoco tendremos una clase muy productiva.
Subió las escaleras.
Iris no la siguió inmediatamente.
Sabía que acababa de elegir.
No la verdad completa.
Pero sí una mentira menos.
Y en Oakhaven, de momento, aquello tendría que bastar.