El relicario de las mentiras (Sombras de Oakhaven 1) Capítulo 11 La cena del decoro #2
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Capítulo 11 La cena del decoro #2

En el corredor, Catherine acababa de regresar después de despedir al vicario.

Se detuvo al verlas.

—A su habitación —dijo a Margaret.

La muchacha pasó junto a ella.

Catherine no la tocó.

Iris la siguió hasta el primer piso. Solo cuando estuvieron fuera de la vista de la escalera, Margaret se detuvo.

—Él lo sabía.

—Sí.

La certeza en la respuesta la hizo volverse.

—¿Cómo puede estar tan segura?

Iris tardó demasiado.

Margaret lo vio.

—Otra cosa que no puede contarme.

—Todavía no.

La muchacha sintió que regresaba la rabia del bosque.

—Todo el mundo decide cuándo estoy preparada para saber algo.

—No estoy decidiendo eso.

—¿Entonces qué decide?

Iris bajó la voz.

—Qué verdades son mías para contar y cuáles pertenecen a otras personas.

Margaret la miró.

—Rosalind.

Iris no respondió.

—Usted la conocía.

La institutriz sostuvo su mirada.

—Conocía su historia antes de entrar en esta casa.

No era la confesión que Margaret buscaba, pero era más de lo que Iris había admitido hasta entonces.

—¿Y vino por eso?

—En parte.

—¿Por qué?

Iris miró hacia el extremo del pasillo, comprobando que nadie se acercaba.

—Porque alguien había decidido que una mujer que no pertenecía a esta familia podía borrarse sin dejar rastro. Y porque yo no creo que las personas deban desaparecer de una historia solo porque resulten inconvenientes.

Margaret sintió un escalofrío.

—¿Está viva?

Iris cerró los ojos un instante.

—Ward dice que sí.

—No le he preguntado qué dice Ward.

La institutriz volvió a abrirlos.

—No puedo responder a eso esta noche.

Margaret retrocedió.

—Entonces buenas noches, señorita Fletcher.

Entró en su habitación y cerró la puerta.

No dio un portazo.

Eso habría complacido demasiado a su madre, porque permitiría llamar a lo ocurrido una rabieta.

Margaret apoyó la espalda contra la puerta.

Las piernas le temblaban.

Hasta ese momento había conseguido convertir el miedo en frases: no , él lo sabía , no me trate como una niña . Dentro de su habitación ya no había nadie a quien responder y el cuerpo reclamó lo que la voluntad había aplazado.

Se sentó en el suelo.

No lloró.

Le habría gustado. Llorar era una acción reconocible: empezaba, ocurría y terminaba. Lo que sentía no tenía una forma tan útil.

Sobre el escritorio estaba el cuaderno que había empezado a utilizar después del paseo de Merridale.

Margaret se levantó, encendió una vela y lo abrió.

Dos columnas.

HECHOS.

INFERENCIAS.

La caligrafía de los primeros días era pulcra. La de aquella noche se deformó desde la primera línea.

Hecho: Theodore ha dicho delante del vicario que Lawrence murió en un duelo.

Hecho: Padre no ha negado directamente que lo supiera.

Se detuvo.

Aquello no era exactamente un hecho.

Tachó la frase.

Volvió a escribir:

Hecho: Cuando le he preguntado si sabía del duelo, padre ha evitado responder y ha intentado enviarme a mi habitación.

Eso era mejor.

Iris se habría mostrado satisfecha.

El pensamiento la irritó.

Escribió otra línea:

Hecho: Iris conocía la historia de Rosalind antes de llegar a Oakhaven.

Después:

Inferencia: Iris sabe más sobre Rosalind de lo que admite.

La pluma se detuvo.

Margaret añadió:

Inferencia: Todos creen que ocultar información es una forma de proteger a alguien.

Miró la frase.

La trasladó a hechos.

Llamaron suavemente.

—¿Quién?

—Bridget, milady.

Margaret abrió.

La doncella llevaba una jarra de agua y un paño frío doblado sobre el brazo.

—La señora Havelock dijo que quizá le dolería la cabeza.

—Mrs. Havelock sabe demasiadas cosas.

—Es su principal entretenimiento.

Margaret dejó entrar a Bridget.

La muchacha colocó la jarra y empezó a retirar las horquillas del peinado sin que se lo pidieran.

—No hace falta.

—Ese moño le está tirando de media cabeza.

Margaret permitió que continuara.

Una a una, las horquillas cayeron sobre el tocador.

—¿Has oído la cena? —preguntó.

Bridget no fingió ignorancia.

—Parte.

—¿Qué parte?

—La suficiente.

—Eso no es una respuesta.

Bridget encontró la última horquilla.

—La tarjeta. El nombre del coronel. Rosalind.

Margaret la miró a través del espejo.

—¿Sabías que Lawrence la amaba?

La doncella bajó los ojos.

—Lo sospechaba.

—¿Todo el servicio lo sabía menos nosotros?

—No.

—Parece que sí.

Bridget dejó las horquillas en una caja.

—El servicio sabe cosas distintas. Vemos quién baja a la cocina, quién recibe una carta, quién vuelve tarde, quién pide que se lave una camisa antes del día habitual. Pero casi nunca sabemos lo que significa todo junto.

Margaret pensó en Ward.

Demasiadas cosas por separado.

—¿Rosalind hablaba de Lawrence contigo?

—Muy poco.

—¿Por miedo?

—Porque era suyo.

La respuesta hizo que Margaret cerrara la boca.

Bridget continuó:

—A veces una cosa es secreta porque alguien poderoso obliga a callarla. Y a veces porque una persona quiere que una parte de su vida no pertenezca a todo el mundo.

Margaret miró el cuaderno abierto.

—Iris dice algo parecido.

—Entonces quizá tenga razón en alguna cosa.

—¿Solo en alguna?

Bridget sonrió.

—No quiero darle demasiada ventaja.

Margaret tomó el paño frío y lo apoyó sobre la frente.

—Mi madre te pidió que la vigilaras.

Bridget se quedó quieta.

—Sí.

—¿Por qué no me lo dijiste antes?

—Porque me pidió que no lo hiciera.

—Pero le das informes inútiles.

—Eso es distinto.

—¿Por qué?

Bridget tardó.

—Porque puedo obedecer una orden sin hacer todo el daño que permite.

Margaret pensó en Ward quemando cartas por orden de Catherine. En Coldwell firmando el certificado. En Edmund sabiendo del duelo y esperando.

—Eso suena peligroso.

—Lo es.

—¿Cómo sabe una cuándo obedecer y cuándo no?

La doncella soltó una risa pequeña.

—Si lo supiera, no estaría trabajando de doncella.

Margaret apartó el paño.

—Eso no tiene sentido.

—Lo sé.

Bridget recogió la jarra vacía de la mañana.

Antes de salir, miró el cuaderno.

—Milady.

—¿Sí?

—No escriba nombres si no hace falta.

Margaret bajó la vista.

Rosalind.

Whitmore.

Iris.

—¿Porque pueden encontrarlo?

—Porque el papel no sabe quién tiene derecho a leerlo.

Margaret cerró el cuaderno.

—Gracias.

Bridget llegó a la puerta.

—Esta vez sí puede dármelas.

Cuando se quedó sola, Margaret sacó la hoja donde había escrito los nombres y la acercó a la vela.

No la quemó.

Todavía no era Catherine.

La dobló y la escondió dentro de la cubierta de un libro de latín que nadie abría voluntariamente.

Después volvió al cuaderno y escribió una última frase:

Hecho: saber una verdad no decide qué debe hacerse con ella.

La leyó dos veces.

No sabía si era un hecho.

La dejó sin columna.

En el piso inferior, la discusión continuó hasta pasada la medianoche.

Margaret no pudo distinguir las palabras.

Solo tres voces: Theodore, Edmund y Catherine.

Por primera vez, Oakhaven no conseguía hacerlas callar.