Capítulo 11 La cena del decoro
E l vicario Wainwright llegó a Oakhaven a las siete menos cuarto y pidió disculpas por la humedad de sus botas antes de que nadie hubiera mirado hacia el suelo.
Margaret lo oyó desde el piso superior.
Estaba frente al espejo mientras Bridget terminaba de cerrar los pequeños botones de su vestido de luto. El cuello le rozaba la garganta y las mangas le apretaban los codos. Catherine había escogido la prenda personalmente.
—No necesito otro vestido negro —había protestado Margaret.
—No es para ti —respondió su madre.
Aquella frase resumía bastante bien la mayor parte de su vestuario.
Bridget enganchó el último botón.
—Ya está, milady.
Margaret observó su reflejo. A los quince años todavía tenía el rostro demasiado joven para la severidad que su madre pretendía imponerle. El negro la hacía parecer más pálida. El moño tirante le daba dolor de cabeza.
—¿Te ha preguntado mi madre algo sobre la señorita Fletcher?
Bridget se quedó quieta.
—Milady…
—No voy a meterte en problemas. Solo quiero saberlo.
La doncella bajó la mirada.
—Me pregunta casi todos los días.
—¿Y qué le dices?
—Que da clase. Que lee. Que pasea con usted cuando se le permite. Que a veces baja a la cocina por té.
—Es decir, nada.
Bridget levantó los ojos y, por primera vez, sonrió apenas.
—Intento que sea un nada muy completo.
Margaret sintió una gratitud inesperada.
—Gracias.
—No me dé las gracias, milady. Si la señora lo descubre, diré que usted me obligó.
—Me parece justo.
Bridget terminó de colocarle una horquilla.
—Lord Theodore está abajo.
—¿Ha bebido?
—Una copa. El señor Ward le quitó la botella de jerez antes de que pudiera servirse otra.
Margaret frunció el ceño.
Desde que habían encontrado el nombre de Whitmore, Theodore estaba más tranquilo y más peligroso. La rabia sin dirección se le había convertido en un plan. Había copiado las entradas del diario relativas al duelo y había guardado el original en un sitio que se negaba a revelar incluso a ella.
Esa misma tarde le había dicho:
—Esta noche voy a preguntarle a padre delante del vicario.
Margaret lo había mirado como si hubiera perdido el juicio.
—¿Por qué delante del vicario?
—Porque padre puede ignorarnos a nosotros. No puede deshacer una conversación que ha oído un testigo.
—Madre te matará.
—Tendrá que ponerse a la cola.
Margaret bajó las escaleras con un nudo bajo el esternón.
El comedor estaba preparado con una perfección casi ofensiva. Mantel blanco, plata pulida, flores secas en el centro, candelabros encendidos. El asiento de Lawrence seguía vacío. Catherine se negaba a retirarlo y Edmund se negaba a ocuparlo con otra persona.
El resultado era una ausencia con respaldo de terciopelo.
Iris estaba en el extremo de la mesa, en el lugar reservado a la institutriz. Llevaba un vestido gris oscuro sin adornos. Cuando Margaret entró, la miró una sola vez y después bajó los ojos hacia la servilleta.
Theodore ya estaba sentado. Frente a él, una copa de vino intacta.
Ward había ganado aquella batalla.
El vicario Wainwright hablaba con Edmund sobre una reparación del tejado de la iglesia.
—La humedad entra por el crucero norte —explicaba—. El arquitecto dice que habrá que sustituir varias vigas. Una fortuna, una verdadera fortuna.
—Todo edificio antiguo termina costando más de lo que vale —dijo Theodore.
Edmund lo miró.
—No necesariamente.
—Naturalmente.
Catherine intervino antes de que la conversación adquiriera forma.
—Vicario, ¿ha probado el jerez? Es de la cosecha del cuarenta y nueve.
Wainwright bebió.
—Magnífico.
La sopa llegó.
Durante diez minutos hablaron del tiempo, de la cosecha de trigo y de una familia del condado cuya hija se había prometido con un abogado de Londres. Margaret respondió cuando le preguntaron y calló cuando no. Iris apenas habló.
Theodore comió despacio.
Margaret sabía que esperaba.
El segundo plato era faisán con salsa de grosellas. Pratchett lo había preparado con especial cuidado porque el vicario era una de las pocas personas capaces de elogiar una cena durante más tiempo que el necesario para comerla.
—Excelente —dijo Wainwright por tercera vez—. Una casa se conoce por su mesa.
—Una casa se conoce por su continuidad —respondió Edmund.
El vicario asintió.
—Desde luego. Oakhaven es un ejemplo de ello. Dos siglos en la misma familia, ¿no?
—Casi.
—Y seguirá muchos más.
Theodore dejó el tenedor.
—Eso depende de lo que entendamos por seguir.
Catherine lo miró.
—Theodore.
—Solo converso, madre.
—Hazlo sobre algo agradable.
El vicario rió con incomodidad.
—Los jóvenes siempre quieren discutir. Es saludable, dentro de unos límites.
—¿Qué límites? —preguntó Theodore.
Wainwright parpadeó.
—Los que marca la cortesía.
—¿Y la ley?
Edmund dejó la copa.
—¿Adónde quieres llegar?
Theodore se volvió hacia el vicario.
—Tengo una duda moral, reverendo. Si dos caballeros acuerdan encontrarse al amanecer para resolver una ofensa con pistolas, ¿cómo lo denomina la Iglesia?
Catherine no se movió.
Margaret sintió la presión del vestido sobre el pecho.
Wainwright carraspeó.
—Un duelo, supongo.
—¿Es pecado?
—La Iglesia lo condena. Y la ley también, naturalmente. El honor no justifica disponer de una vida humana.
—¿Y si uno de los dos muere?
—Theodore —dijo Edmund.
Su voz ya no era una advertencia. Era una orden.
Theodore no lo miró.
—¿Es asesinato?
El vicario dejó los cubiertos.
—Desde el punto de vista jurídico, las responsabilidades pueden ser complejas. Pero moralmente… sí, hay culpa. En ambos participantes, en quienes los ayudan y en quienes, pudiendo impedirlo, no lo hacen.
La última frase cayó sobre la mesa.
Catherine se quedó pálida.
Edmund empujó la silla un poco hacia atrás.
—Basta.
Theodore se volvió entonces hacia su padre.
—¿Por qué?
—Porque no toleraré que conviertas una cena en una disputa académica absurda.
—No es académica.
Margaret oyó a Bridget detenerse detrás de la puerta con la bandeja del vino.
Theodore metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta.
Catherine se levantó.
—No.
Fue la primera vez que Margaret oyó miedo en la voz de su madre antes de saber a qué temía.
Theodore sacó una tarjeta y la colocó sobre el mantel.
CORONEL NATHANIEL WHITMORE. MERRIDALE LODGE.
El vicario leyó el nombre desde su sitio.
Edmund cerró los ojos.
Eso fue suficiente.
—Lawrence no murió cazando —dijo Theodore—. Murió en un duelo en Merridale, el quince de abril. El coronel Whitmore estaba allí.
Wainwright miró a Catherine, después a Edmund.
—Milord…
—Mi hijo está confundido —respondió Catherine con rapidez—. El duelo es una conjetura construida durante el luto.
—Tengo el diario de Lawrence.
Edmund se puso en pie.
—No pronuncies una palabra más.
—Escribió que debía estar en Merridale al amanecer. Escribió que Whitmore había exigido satisfacción. Dos días antes había pedido prestadas mil libras para huir con Rosalind Thorne.
El nombre produjo el efecto que Margaret había esperado y temido.
El vicario abrió la boca.
Catherine se llevó una mano al respaldo de la silla.
Iris no se movió.
Edmund miró a Theodore como si acabara de convertirse en un extraño.
—¿Dónde está ese diario?
—A salvo.
—Es propiedad de la familia.
—Era propiedad de Lawrence.
—Lawrence era mi hijo.
—También era una persona antes que un apellido.
Edmund golpeó la mesa con la palma.
Las copas vibraron.
—¡Basta!
Wainwright se levantó lentamente.
—Quizá deba retirarme.
Catherine recuperó el control con una velocidad que Margaret encontró aterradora.
—Vicario, le ruego que disculpe a mi hijo. La muerte de Lawrence ha afectado a toda la familia de maneras que todavía estamos aprendiendo a manejar.
—Por supuesto.
—Ward preparará su coche.
El mayordomo apareció en la puerta. Había estado esperando en el corredor, quizá desde el principio.
—Ya está preparado, milady.
Wainwright asintió demasiado rápido.
Catherine rodeó la mesa.
—Permítame acompañarlo.
Antes de salir, el vicario miró a Theodore.
—Lord Theodore.
Theodore mantuvo la cabeza alta.
—Reverendo.
Wainwright dudó.
—Si lo que ha dicho es cierto, hay cosas que no deberían resolverse en una mesa de comedor.
—Ese ha sido precisamente el problema —respondió Theodore—. Llevamos semanas intentando resolverlas en habitaciones cerradas.
El vicario no contestó.
Catherine lo condujo fuera.
Ward cerró la puerta.
Quedaron Edmund, Theodore, Margaret e Iris.
Durante unos segundos nadie se movió.
Edmund fue el primero.
—El diario.
Theodore negó con la cabeza.
—No.
—Te lo estoy ordenando.
—Ya no tengo doce años.
—Mientras vivas bajo este techo…
—¿Qué? ¿Me desheredarás? Lawrence era el heredero y mira cuánto le protegió eso.
Margaret vio que el golpe había llegado.
Edmund se tambaleó sin moverse.
La ira se le retiró del rostro y dejó algo peor: vergüenza.
—No sabes de qué hablas.
—Entonces explícamelo.
—No delante de tu hermana.
Margaret se levantó.
—Estoy aquí.
Su padre la miró.
—Margaret, sube a tu habitación.
—No.
La palabra salió pequeña, pero completa.
Edmund parpadeó.
Margaret sintió miedo inmediatamente después de decirla. No una emoción abstracta, sino una sensación física en las rodillas. Aun así no volvió a sentarse.
—Lawrence era mi hermano —continuó—. He escuchado durante tres semanas que murió por accidente. Ward dice que Rosalind existía. El doctor Coldwell dice que la herida no era accidental. Theodore ha encontrado el diario. ¿Usted sabía lo del duelo?
Edmund apartó la mirada.
—Padre.
—No es asunto para una muchacha de tu edad.
Margaret notó que algo se asentaba dentro de ella.
—Eso significa que sí.
—No significa nada.
—Significa que no quiere responder.
Edmund se volvió hacia Iris.
—Señorita Fletcher, lleve a mi hija arriba.
Iris se levantó.
Margaret esperaba que obedeciera sin más.
En lugar de eso, la institutriz dijo:
—Lady Margaret puede subir por sí misma, milord.
Edmund la miró como si hasta entonces hubiera olvidado que existía.
—No le he pedido su opinión.
—No, milord.
Iris hizo una inclinación de cabeza y se dirigió a Margaret.
—Venid.
No le ofreció la mano. No intentó arrastrarla ni consolarla. Simplemente abrió la puerta.
Margaret salió con ella.