El relicario de las mentiras (Sombras de Oakhaven 1) Capítulo 10 Lo que oyen las puertas
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Capítulo 10 Lo que oyen las puertas

Iris no volvió a preguntar por Rosalind durante cuatro días.

No fue obediencia a Ward.

F ue estrategia.

Había aprendido algo importante en el armario de ropa blanca: Catherine ya la consideraba una anomalía, Ward conocía su identidad y el nombre de Whitmore producía miedo en personas que no se asustaban con facilidad.

Si seguía avanzando de frente, conseguiría que todas las puertas se cerraran al mismo tiempo.

Así que regresó a la rutina.

Francés a las nueve. Composición a las diez. Historia a las once. Después del almuerzo, dos días por semana, contabilidad doméstica.

Margaret protestó al principio.

—No entiendo por qué tengo que aprender a calcular la depreciación de una vaca.

—Porque una vaca muere.

—Qué argumento tan inspirador.

—También una alfombra se desgasta, un tejado necesita reparación y una finca puede tener ingresos insuficientes. Si algún día administráis una casa, conviene saber la diferencia entre poseer algo y poder mantenerlo.

Margaret dejó la pluma.

—Mi madre diría que eso lo hace el administrador.

—Vuestra madre sabe exactamente cuánto cuesta cada cosa de Oakhaven.

La muchacha pensó.

—Tiene razón.

—Lady Catherine puede opinar muchas cosas sobre la educación de las mujeres, pero no es ignorante.

—Eso casi ha sonado a elogio.

—Ser competente no convierte a nadie en buena persona. Pero negarle competencia a un adversario es una manera excelente de perder contra él.

Margaret anotó la frase en el margen.

Iris fingió no verlo.

La normalidad funcionó.

Catherine dejó de hacer preguntas directas durante dos días.

Bridget seguía observándola, pero con tal falta de entusiasmo que Iris empezaba a sospechar que sus informes eran deliberadamente inútiles.

Ward se convirtió de nuevo en el mayordomo irreprochable que anunciaba comidas y transportaba bandejas.

El jueves por la noche, Oakhaven recibió una visita inesperada.

No a una persona.

A una carta.

Iris estaba en la biblioteca con Margaret cuando vio entrar a Ward con la bandeja. Edmund levantó la vista desde un sillón, tomó el sobre superior y cambió de expresión.

No fue mucho: un pequeño endurecimiento alrededor de la boca.

Pero Iris lo reconoció.

Edmund se levantó.

—¿Cuándo ha llegado esto?

—Con el correo de las cinco, milord.

—¿Lo ha visto mi esposa?

Ward tardó medio segundo.

—No sabría decirlo.

Era una respuesta impropia de un hombre que sabía siempre quién había visto qué.

Edmund guardó la carta en el bolsillo y salió.

Margaret continuó leyendo como si nada hubiera ocurrido.

Iris cerró el libro.

—Habéis perdido la línea.

—Usted también.

—Yo soy la profesora. Puedo permitírmelo.

Margaret miró hacia la puerta.

—Era de Merridale.

Iris no preguntó cómo lo sabía.

—¿Habéis visto el sello?

—Un ciervo bajo una corona. Whitmore lo utiliza. Theodore encontró una tarjeta.

Era la primera vez que Margaret admitía directamente que ella y su hermano investigaban por su cuenta.

Iris la observó.

—Eso explica algunas ausencias durante la hora de dibujo.

Margaret se encogió de hombros.

—Nunca me ha gustado dibujar.

—No conviene que vuestra madre lo descubra.

—No conviene que mi madre descubra casi nada de lo que hago.

Iris volvió a abrir el libro.

—Página ciento doce.

Margaret obedeció, pero ninguna de las dos volvió a concentrarse.

A las diez y media, cuando la casa estaba ya recogida, Iris oyó voces en el piso inferior.

Había bajado a por un volumen de Shakespeare que Margaret había dejado en la biblioteca. No llevaba vela; conocía ya lo suficiente el corredor para avanzar con la mano apoyada en el zócalo.

Las voces procedían del estudio de Edmund.

La puerta no estaba cerrada del todo.

Iris reconoció primero a Catherine.

—No pienso permitir que vuelva a esta casa.

—No puedes impedir que escriba.

—Puedo impedir que tú contestes.

Edmund respondió algo demasiado bajo.

Iris se acercó un paso.

—Hablas como si yo hubiera cargado las pistolas —dijo Catherine.

Iris se detuvo.

Dentro se hizo una pausa.

—Le dijiste que si se disculpaba —respondió Edmund— todos en Northampton creerían que Whitmore tenía razón.

—Le dije que no permitiera que un hombre insultara a una mujer bajo nuestro techo y saliera riéndose.

—No era eso lo que dijiste.

—¿Ah, no?

—Le hablaste del apellido. De su deber. De que un Blackwood no se arrastra ante un hombre que amenaza con contar sus asuntos en el club.

Iris sintió el pulso en el cuello.

Catherine habló más bajo.

—Y tú estabas allí.

—Sí.

—Tú eras su padre.

—Sí.

—Podías haberlo detenido.

El silencio duró varios segundos.

Edmund respondió:

—Creí que no iría.

Catherine soltó una risa sin alegría.

—No. Creíste que alguien más resolvería el problema. Como siempre.

Hubo un golpe sobre la mesa.

—Basta.

—No, Edmund. Ya no. Llevamos tres semanas hablando de lo que hice yo. De las cartas que ordené quemar. Del certificado. De Rosalind. Pero tú sabías que Whitmore lo había desafiado.

—Me enteré esa misma noche.

—A tiempo.

—Lawrence era un hombre adulto.

—Era nuestro hijo.

La voz de Catherine se quebró en la última palabra.

Iris no había oído nunca ese sonido en ella.

—Podías haber ido a Merridale —continuó—. Podías haber enviado a Ward, al guardabosques, a diez hombres si era necesario. Podías haber encerrado a Lawrence en su habitación hasta que se le pasara la estupidez.

—Y tú podías haberle dicho que Rosalind no era una deshonra.

—No lo era.

Iris cerró los dedos sobre la tela de su falda.

—No digas eso ahora —respondió Edmund.

—He dicho que ella no era la deshonra. El escándalo sí. El modo en que Lawrence lo manejó, sí. Un heredero que se endeuda a escondidas, pretende huir con una doncella embarazada y golpea a un coronel en un club delante de media docena de hombres… ¿Qué querías que hiciera? ¿Aplaudir?

Iris sintió que las piezas encajaban con violencia.

Un golpe.

Un club.

Una amenaza pública.

Una mujer utilizada como insulto.

Un desafío.

—Podías haber sido su madre —dijo Edmund.

La respuesta de Catherine tardó tanto que Iris creyó que no llegaría.

—Fui su madre. Por eso intenté salvar todo lo que quedaba cuando él decidió destruirlo.

—Lo que quedaba era él.

Catherine no contestó.

Iris retrocedió un paso.

La tabla del suelo crujió.

Dentro, las voces callaron.

Iris se apartó de la puerta y caminó hacia la biblioteca sin correr. Llegó justo cuando el picaporte del estudio se movía.

Entró, tomó el primer libro de la mesa y se volvió hacia la estantería.

Catherine apareció en el corredor.

—Señorita Fletcher.

Iris giró.

—Milady.

La marquesa la observó desde el umbral.

—¿Qué hace aquí a estas horas?

Iris levantó el volumen.

—Lady Margaret dejó su Shakespeare. Mañana tiene que preparar un pasaje de El mercader de Venecia .

Catherine miró la portada.

Era un tomo de sermones de Jeremy Taylor.

Iris se dio cuenta demasiado tarde.

La marquesa avanzó dos pasos.

—Curiosa edición.

Iris bajó la vista al libro.

—Me he equivocado de estante.

—Ya.

La garganta se le cerró.

No carraspeó.

Catherine se acercó a la mesa, tomó el ejemplar correcto de Shakespeare y se lo tendió.

—Mi hija no debería leer El mercader de Venecia sin supervisión.

—La tendrá.

—Estoy segura.

Iris aceptó el libro.

Catherine no la soltó inmediatamente. Durante un segundo ambas sostuvieron el mismo volumen, cada una con una mano en la cubierta.

—Hay puertas que parecen abiertas —dijo la marquesa— y no lo están.

Iris no apartó la mirada.

—Y otras que parecen cerradas y solo tienen mal ajustado el pestillo.

Catherine soltó el libro.

No sonrió.

—Buenas noches, señorita Fletcher.

—Buenas noches, milady.

Iris subió a su habitación.

No escribió nada. Las notas podían encontrarse.

Se sentó frente a la ventana y reconstruyó la conversación en la memoria.

Hechos: Whitmore había insultado o amenazado con revelar algo relacionado con Rosalind.

Lawrence lo golpeó en un club. Whitmore lo desafió.

Catherine habló de apellido, deber y vergüenza.

Edmund conoció el desafío la misma noche y no lo impidió.

Catherine ordenó después quemar cartas y presionó a Coldwell.

Lo que aún no sabía: quién disparó primero. Si Lawrence intentó retirarse. Quiénes actuaron como padrinos. Quién trasladó el cuerpo. Qué había hecho Whitmore desde entonces. Qué decía la carta llegada aquella tarde.

Y, sobre todo, si sacar todo aquello a la luz protegería a Rosalind o la convertiría de nuevo en objeto de un escándalo que nunca había elegido.

No se acostó.

Abrió El mercader de Venecia por la página que Catherine había puesto en sus manos y dejó que la vista recorriera unas líneas sin leerlas.

La ironía era demasiado evidente: una obra sobre contratos, deudas, reputaciones y personas convencidas de que la ley podía separar limpiamente justicia y crueldad.

Cerró el libro.

A medianoche oyó pasos ligeros en el corredor.

No eran los de Ward. El mayordomo apoyaba más el talón derecho. Tampoco Catherine, que se movía despacio incluso cuando tenía prisa.

Llamaron dos veces.

—¿Señorita Fletcher?

Margaret.

Iris abrió.

La muchacha llevaba una bata sobre el camisón y el cabello suelto sobre los hombros. Tenía un cuaderno contra el pecho.

—¿Qué hacéis levantada?

—Podría preguntarle lo mismo.

—Yo soy adulta. Podemos tomar decisiones poco sensatas sin supervisión.

—Qué privilegio.

Iris miró el corredor.

—Entrad.

Margaret pasó y se sentó en la silla junto a la mesa.

—He oído discutir a mis padres.

Iris cerró la puerta.

—¿Cuánto?

—No las palabras. Solo las voces. Mi madre habla más bajo cuanto más enfadada está. Padre hace lo contrario.

—Una observación útil.

—No me trate como si esto fuera una lección.

Iris se apoyó en el borde del escritorio.

—Todo termina siendo una lección si uno sobrevive bastante tiempo.

Margaret no sonrió.

—¿Era por Whitmore?

La pregunta exigía una decisión.

Iris podía mentir, decir que no sabía nada, protegerla de una conversación que no había elegido escuchar. Era exactamente el tipo de protección que Margaret llevaba semanas rechazando.

—Sí —respondió.

La muchacha apretó el cuaderno.

—¿Qué ha dicho?

—No he hablado con él.

—Sabe lo que quiero decir.

—Sí.

Iris fue hasta la ventana. El jardín era una extensión oscura apenas recortada por la luna.

—He oído a vuestros padres discutir sobre lo que ocurrió antes del duelo.

Margaret se puso rígida.

—¿Duelo?

Iris se volvió.

Había ido demasiado lejos para retirar la palabra.

—Eso parece.

—Theodore cree lo mismo.

—Entonces no soy la primera que lo dice.

—No. Pero es la primera que parece segura.

Iris eligió cada frase.

—Whitmore hizo comentarios públicos sobre Rosalind. Lawrence lo golpeó. Hubo un desafío. Vuestros padres supieron que existía antes de que Lawrence saliera de la casa.

Margaret la miró sin parpadear.

—¿Y lo dejaron ir?

—Eso es lo que todavía intento entender.

—No es complicado. Si sabían que iba a un duelo y no lo detuvieron, lo dejaron ir.

—Los hechos pueden ser simples y las responsabilidades no.

—Eso suena a algo que diría un abogado para cobrar más.

Iris casi sonrió.

—Probablemente.

Margaret bajó la vista.

—¿Mi madre quería que fuera?

—No lo sé.

—Pero ha oído algo.

—He oído que ella pensaba que si Lawrence se disculpaba públicamente, Whitmore podría utilizarlo contra Rosalind y contra la familia. He oído que vuestro padre creyó que Lawrence no acudiría al encuentro.

—Eso es cobardía.

—Puede ser.

—¿Puede ser?

Margaret se levantó.

—Mi hermano está muerto porque todos decidieron esperar a que otro hiciera algo. ¿Y usted dice «puede ser»?

Iris no elevó la voz.

—Digo «puede ser» porque todavía no sabemos qué ocurrió entre la discusión y el amanecer. Si queréis entenderlo, no podéis permitir que el dolor rellene los espacios vacíos antes que las pruebas.

—Habla como si esto no fuera su familia.

La frase alcanzó un lugar que Margaret no podía conocer.

Iris sintió la garganta cerrarse.

—Precisamente por eso intento hacerlo bien.

La muchacha la observó.

Durante un instante Iris temió que preguntara qué significaba.

No lo hizo.

Margaret abrió el cuaderno.

—He escrito lo que Theodore y yo sabemos.

Iris lo tomó.

En la primera página había dos columnas.

SABEMOS y CREEMOS .

Iris levantó la vista.

—¿Esto es cosa vuestra?

—Usted dijo que separara hechos de recuerdos.

—Eso fue en el bosque.

—No olvido todo lo que me enseñan.

La columna izquierda contenía: Lawrence fue a Merridale. Coldwell dice que la herida no era accidental. Existe un coronel Whitmore. Lawrence pidió dinero. Rosalind estaba embarazada. Ward la ayudó a marcharse.

La derecha: Whitmore disparó. Madre empujó a Lawrence hacia el duelo. Padre quiso ocultarlo. Iris sabe dónde está Rosalind.

Iris se detuvo en la última línea.

—¿Por qué creéis eso?

Margaret alzó una ceja.

—Porque cada vez que pregunto dónde está responde de forma distinta a como responde cuando no sabe algo.

—Eso no es una prueba.

—Está en la columna correcta.

Iris devolvió el cuaderno.

La muchacha estaba aprendiendo demasiado bien.

—Añadid un hecho —dijo.

Margaret esperó.

—Vuestro padre conocía el desafío antes de que Lawrence saliera de Oakhaven.

La pluma no descendió de inmediato.

—¿Está segura?

—Sí.

—¿Cómo lo sabe?

Iris eligió una respuesta que no obligara a reconstruir toda la conversación escuchada tras la puerta.

—Lo he oído admitirlo.

Margaret escribió despacio.

Padre sabía del duelo antes del amanecer.

Después cerró el cuaderno.

—Entonces pudo detenerlo.

—Pudo intentarlo. No sabemos si lo habría conseguido.

—No lo intentó.

—Eso sí lo sabemos.

La muchacha permaneció sentada, mirando la cubierta cerrada.

—Eso es peor que no saber.

Iris no discutió.

Margaret volvió a abrir el cuaderno y, bajo la columna de inferencias, tachó Padre quiso ocultarlo .

—Eso sigue siendo una inferencia —dijo Iris.

—No la estoy pasando a hechos. La estoy quitando.

—¿Por qué?

—Porque quizá lo que quiso fue no decidir. Y no es exactamente lo mismo.

Iris la observó.

—No. No lo es.

—Pero Lawrence está igual de muerto.

—Sí.

La muchacha llegó a la puerta.

—Señorita Fletcher.

—¿Sí?

—Si sabe algo que afecte al niño… algo que pueda ponerlo en peligro… no me deje fuera porque tengo quince años.

Iris pensó en Ward, en Martha, en Rosalind avanzando por un camino que nadie de Oakhaven conocía.

—No os dejaré fuera por vuestra edad.

No prometió más.

Margaret pareció advertirlo, pero aceptó la frase.

Cuando se marchó, Iris añadió una línea mental a su lista de hechos.

Margaret ya no investigaba solo a su hermano muerto. Había empezado a pensar en las personas vivas que podían pagar por la verdad.

Aquello la hacía más útil.

También hacía todo mucho más peligroso.

Iris apoyó la frente contra el cristal frío.

Había llegado a Oakhaven convencida de que la verdad era una puerta: bastaba abrirla.

Empezaba a comprender que podía ser también una corriente de aire capaz de apagar todas las velas de una habitación.