El relicario de las mentiras (Sombras de Oakhaven 1) Capítulo 9 La puerta que Ward dejó abierta
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Capítulo 9 La puerta que Ward dejó abierta

Thomas Ward conocía Oakhaven por sus sonidos.

S abía distinguir el golpe de una puerta cerrada por una corriente del golpe de una puerta cerrada con rabia.

Sabía cuándo Havelock cruzaba el corredor de servicio porque sus llaves producían un tintineo corto, regular, mientras que las de la despensa sonaban más graves.

Sabía que Lord Oakhaven arrastraba ligeramente el pie derecho cuando estaba cansado y que Lady Catherine caminaba más despacio cuando estaba furiosa, porque la ira la obligaba a vigilar cada movimiento.

Aquella mañana, al subir con la correspondencia, supo que la marquesa lo esperaba antes de verla.

La puerta del salón azul estaba abierta.

Eso bastaba.

Catherine no dejaba puertas abiertas por descuido.

Ward entró con la bandeja de plata apoyada sobre la mano derecha. Había siete cartas, dos periódicos y una circular de la sociedad agrícola de Northampton. Colocó la bandeja sobre la mesa junto a la ventana.

—Buenos días, milady.

Catherine estaba de pie frente al cristal. No llevaba luto completo todavía; el vestido gris antracita tenía un ribete negro en las mangas y el cuello, una concesión mínima a la idea de que el dolor podía administrarse por grados.

—Cierra la puerta.

Ward obedeció.

La marquesa no se volvió.

—Mi hija ha ido a Merridale.

Ward mantuvo las manos a los costados.

—Eso me han dicho.

—Con la institutriz.

—Sí, milady.

—Y se han encontrado con Coldwell.

Ward no sabía cómo había llegado la información.

En Oakhaven las noticias circulaban por conductos que nadie admitía utilizar: el mozo hablaba con la pinche, la pinche con Bridget, Bridget con Havelock, Havelock con Catherine.

También podía haber sido el propio doctor, en un intento tardío de protegerse.

—No estaba presente —dijo.

Catherine se volvió.

—No te he preguntado si estabas presente.

—No, milady.

—Te he preguntado implícitamente por qué una muchacha de quince años puede abandonar la finca, internarse hasta el lindero de Merridale y regresar sin que nadie de esta casa considere necesario impedírselo.

Ward comprendió entonces que la conversación no trataba de Margaret.

—Lady Margaret iba acompañada.

—Precisamente.

Catherine caminó hacia la mesa y tocó con un dedo uno de los sobres sin recogerlo.

—¿Qué sabes de Iris Fletcher?

Ward había preparado la respuesta durante semanas.

—Lo que consta en sus referencias.

—Eso lo sé yo también. Te pregunto qué sabes.

La mano izquierda empezó a temblarle. La ocultó detrás de la espalda.

—Es competente. Lady Margaret trabaja mejor desde que llegó. Habla francés, lleva buenas cuentas y conoce su posición.

Catherine soltó una risa breve.

—No conoce su posición. Si la conociera, no preguntaría por criadas desaparecidas ni llevaría a mi hija al bosque.

Ward no respondió.

—Preguntó por Rosalind Thorne —continuó Catherine—. Bridget me lo contó.

—Lo sé.

La marquesa alzó ligeramente la cabeza.

—¿Lo sabes?

Ward había cometido un error.

Pequeño, pero suficiente.

—Havelock mencionó que la señorita Fletcher hacía preguntas sobre antiguos miembros del servicio.

Catherine lo observó.

—Qué curioso.

Ward esperó.

—También es curioso —prosiguió ella— que Theodore encuentre documentos cada vez que tú estás cerca.

El mayordomo sintió el roce de la tarjeta de Whitmore en la memoria, no en el bolsillo. La había dejado sobre la bandeja apenas diez minutos antes de que los hermanos bajaran a la oficina de Havelock.

—Lord Theodore registra habitaciones sin pedirme autorización.

—No necesita tu autorización.

—No, milady.

—Pero tú sí necesitas la mía para ciertas cosas.

La frase fue suave.

Ward conocía aquel tono. Catherine lo utilizaba cuando ya había decidido qué pensaba y solo necesitaba comprobar cuánto sabía la otra persona.

—¿Has hablado con él sobre el coronel Whitmore?

—No.

Era verdad.

—¿Con Margaret?

—No.

También verdad.

—¿Con la institutriz?

Ward sostuvo su mirada.

—No.

Por el momento, verdad.

Catherine se acercó hasta quedar a dos pasos.

—Me gustaría creerte.

—Siempre he servido a esta casa.

—No es lo mismo que servirme a mí.

Ward no bajó los ojos.

Durante veintiséis años había confundido ambas cosas.

—No, milady.

Catherine tomó una de las cartas de la bandeja. Era un sobre de papel grueso con sello de Merridale.

Ward reconoció la letra del remite.

Whitmore.

La marquesa rompió el sello, leyó apenas dos líneas y dobló el papel.

—Prepara una respuesta.

—¿Qué debo escribir?

—Que Lord Oakhaven no recibirá al coronel Whitmore. Ni hoy ni ninguna otra fecha. Que cualquier asunto pendiente entre ambas casas puede tratarse por medio de abogados.

Ward respiró con cuidado.

—Sí, milady.

—Y añade que no vuelva a escribir sobre Lawrence.

Eso ya no era una simple respuesta social.

Ward miró el sobre.

—¿El coronel ha escrito sobre él?

Catherine levantó la vista.

—Te he dado una instrucción, no una invitación a leer mi correspondencia.

—Por supuesto.

—Hazlo antes del mediodía.

Ward inclinó la cabeza.

Cuando llegó a la puerta, Catherine volvió a hablar.

—Thomas.

Hacía años que no utilizaba su nombre.

Se volvió.

—Sí, milady.

—No cometas el error de pensar que porque he perdido un hijo he dejado de ver lo que ocurre en mi propia casa.

Ward notó un cansancio extraño bajo la amenaza.

Catherine estaba aterrada.

No de Whitmore.

De la posibilidad de que las personas a las que llevaba años organizando empezaran a actuar fuera de su alcance.

—No lo pienso —respondió.

Salió.

En el corredor, cerró la puerta con suavidad y se quedó quieto unos segundos.

Tenía que decidir algo que llevaba aplazando desde la llegada de Iris.

La carta de Martha ya no existía. La había quemado.

La carta de Lawrence estaba con Rosalind.

El relicario seguía en su habitación.

Y Elena Thorne recorría Oakhaven bajo un nombre falso mientras Catherine empezaba a notar cada hilo que no controlaba.

Ward bajó a la oficina del mayordomo, redactó la respuesta a Whitmore y la entregó al mozo para que saliera con el correo de mediodía.

Después esperó.

No era difícil encontrar a Iris si uno conocía sus hábitos. A las doce y cuarto terminaba la lección de composición. A las doce y veinte Margaret subía a cambiarse para el almuerzo. A las doce y veinticinco Iris atravesaba el corredor de servicio para dejar unos libros en la biblioteca.

Ward se colocó junto a la puerta del armario de ropa blanca.

Cuando ella apareció, él abrió la puerta.

—Señorita Fletcher.

Iris se detuvo.

No mostró sorpresa, pero sus ojos fueron de la puerta a Ward y después al corredor vacío.

—Señor Ward.

—Necesito hablar con usted.

—Qué misterioso.

—No especialmente. Entre, por favor.

El armario de ropa blanca era una habitación estrecha, con estantes hasta el techo y olor a jabón, lavanda y lino limpio.

Havelock mantenía las sábanas apiladas por habitaciones, cada montón sujeto con una cinta de diferente color.

No era un lugar donde una conversación pudiera prolongarse sin que alguien lo echara en falta.

Ward cerró la puerta.

Iris permaneció junto a ella.

—¿Ha escrito usted la nota? —preguntó.

Ward había esperado rodeos.

—¿Qué nota?

—La que apareció entre mis libros el día de mi llegada.

—No sé de qué habla.

—Entonces esta conversación va a ser mucho más aburrida de lo que esperaba.

Ward casi sonrió.

—No pregunte más por Rosalind delante del servicio.

La expresión de Iris cambió.

—Así que sí fue usted.

—No he dicho eso.

—No hace falta.

Ward bajó la voz.

—Lady Catherine sabe que ha pronunciado ese nombre.

—También sabe que usted ayudó a Rosalind a escapar.

El mayordomo la miró con atención.

—¿Quién se lo ha dicho?

—Eso no importa.

—Importa mucho.

Iris cruzó los brazos.

—Estamos empatados.

Ward observó el rostro de la joven. Rosalind aparecía en pequeños detalles: el arco de las cejas, la forma de inclinar la cabeza cuando desconfiaba, la mancha pálida cerca de la muñeca derecha.

Pero Elena era más dura. Martha tenía razón.

Donde Rosalind retrocedía para evitar una pelea, su hermana avanzaba hasta que alguien cedía.

—No está aquí para encontrar a Rosalind —dijo Ward.

Iris se quedó inmóvil.

—¿No?

—Ya sabe que vive.

Fue un riesgo.

La respiración de Iris se detuvo apenas un segundo.

—Siga.

—Si creyera que su hermana está en Oakhaven, habría registrado la cocina, los dormitorios del servicio, los establos y probablemente la capilla. No lo ha hecho. En cambio, pregunta por las últimas semanas de Lawrence, por sus visitas, por las cartas que recibía.

—Me observa demasiado.

—Es mi trabajo observar esta casa.

—Pensaba que su trabajo era servirla.

—A veces son cosas distintas.

Iris dio un paso hacia él.

—¿Dónde está el relicario?

Ward no esperaba que la pregunta llegara tan pronto.

—A salvo.

—¿Lo tiene usted?

—He dicho a salvo.

—Era de mi familia.

—Era de su hermana.

Iris perdió color.

Ward acababa de cruzar la última línea.

Ya no tenía sentido fingir.

—¿Cómo sabe quién soy? —preguntó ella.

La voz había cambiado. Seguía baja, pero la máscara de institutriz había desaparecido.

Ward abrió la mano izquierda. El temblor era visible.

—Martha Thorne me escribió después de la huida.

—Mi madre.

—Sí.

Iris lo miró como si quisiera agarrarlo por la solapa.

—¿Qué decía?

—Que Rosalind había llegado viva. Que esperaba un niño en otoño. Que no me diría dónde estaban. Y que, si usted llegaba a Oakhaven, no intentara detenerla.

—¿Dijo mi nombre?

—Elena.

La joven cerró los ojos.

Durante un instante dejó de ser Iris Fletcher y Ward vio a la mujer que había recorrido semanas enteras siguiendo una noticia, inventado unas referencias y entrado en una casa enemiga porque su hermana había sido borrada de ella.

—¿Conserva la carta? —preguntó.

—No.

Iris abrió los ojos.

—¿La quemó?

—Sí.

La ira apareció con una rapidez limpia.

—¿Cuántas cartas necesita quemar un hombre antes de dejar de llamarse a sí mismo decente?

Ward recibió la frase sin moverse.

—Menos de las que he quemado yo.

Eso la detuvo.

—La destruí para no poder entregar una dirección que no conocía y para que Lady Catherine no pudiera utilizarla contra su madre. Memorizar era más seguro que guardar.

—Siempre tiene una explicación.

—No. Tengo razones. Las explicaciones son otra cosa.

Iris apretó los labios.

—Quiero ver el relicario.

—No hoy.

—No tiene derecho a decidir eso.

—Lo recogí del suelo de los establos después de que Rosalind se marchara. Intenté alcanzarla, pero el carretero ya había salido. Si se lo entrego ahora y Lady Catherine lo encuentra en su habitación, sabrá exactamente quién es usted.

Iris no respondió.

Ward continuó:

—Y no solo usted caerá. Bridget será interrogada. Havelock tendrá que elegir a quién protege. Theodore y Margaret serán vigilados. Cada persona que haya hecho una pregunta se convertirá en sospechosa.

—Así habla alguien acostumbrado a obedecer al miedo.

—Así habla alguien que lleva veintiséis años viendo cómo funciona esta casa.

—¿Y qué me propone? ¿Que espere?

—Que piense.

Iris soltó el aire por la nariz.

—He pensado durante semanas.

—Ha pensado en entrar. Ahora tiene que pensar en salir.

La frase la sorprendió.

—¿Me está echando?

—Le estoy recordando que la verdad no sirve de mucho si la destruye al sacarla.

Iris miró los estantes de sábanas, las cintas, el orden impecable que Havelock imponía incluso a los objetos que nadie veía.

—¿Quién mató a Lawrence?

Ward guardó silencio.

—Sabe el nombre —dijo ella.

—Sé lo suficiente para tener miedo de pronunciarlo aquí.

—Whitmore.

La mano de Ward se estremeció.

Iris lo vio.

—Coronel Nathaniel Whitmore —añadió—. Merridale Lodge.

—¿Quién se lo ha dicho?

—Nadie. Los Blackwood dejan rastros hasta cuando intentan borrar un nombre.

Ward cerró los ojos un instante.

—Entonces ya sabe más de lo que debería.

—Sé un nombre. No sé qué ocurrió.

—Y yo no estuve allí.

—Pero sabe por qué se batieron.

Ward miró la puerta.

—Su hermana fue parte del motivo.

Iris quedó completamente quieta.

—Parte.

—No reduzca la muerte de Lawrence a una historia de amor. Eso sería tan falso como el accidente de caza.

Ella frunció el ceño.

—Explíquese.

—No puedo hacerlo ahora.

—Otra vez.

—Escuche, señorita Thorne.

Pronunció el apellido sin elevar la voz.

Iris palideció.

—Aquí dentro nadie la ha llamado así. Si quiere que siga siendo cierto, salga de esta habitación dentro de un minuto, lleve sus libros a la biblioteca y actúe como si yo solo hubiera preguntado por el horario de mañana.

—¿Y después?

—Después yo decidiré qué puedo decir sin condenar a alguien que no merece ser condenado.

Iris lo miró con un desprecio cansado.

—Todavía cree que puede administrar la verdad como administra la plata de la casa.

Ward abrió la puerta.

—No. Pero sé que una bandeja mal colocada se rompe. Y una verdad también.

Iris salió sin despedirse.

Ward esperó unos segundos antes de seguirla.

Cuando regresó a su habitación aquella noche, abrió la caja de madera y contempló el relicario.

La tapa de plata estaba rayada. Las iniciales entrelazadas apenas se distinguían bajo ciertas luces. En el interior, protegidos por dos pequeños cristales, seguían los mechones de cabello: uno rojizo, uno oscuro.

Rosalind y Lawrence.

Ward lo cerró.

Había revelado a Elena más de lo que se había prometido.

Y, sin embargo, por primera vez desde la muerte de Lawrence, tuvo la impresión de que callar empezaba a ser más peligroso que hablar.