Capítulo 8 La cuenta de las mil libras #2
Cena: Lord y Lady Oakhaven, Lord Lawrence, Lord Theodore, reverendo Wainwright, coronel N. Whitmore. Dos botellas Burdeos, una Madeira. Faisanes x 3.
Debajo, en letra de Havelock:
El coronel pernocta en Merridale. Desayuno para seis.
Margaret levantó la vista.
—Whitmore.
Theodore sintió que la inicial del diario adquiría cuerpo.
W.
—Nathaniel Whitmore —dijo—. Coronel retirado. Merridale Lodge.
Margaret cerró el libro.
—Ya tenemos un nombre.
—Tenemos una coincidencia.
—Hablas como Iris.
—Empiezo a entender por qué.
Theodore devolvió el volumen a su sitio.
En el pasillo, al otro lado de la puerta, una tabla del suelo crujió.
Abrió de golpe.
No había nadie.
Solo una bandeja apoyada sobre una consola, preparada para llevar el té al salón.
Y, encima de la servilleta doblada, una tarjeta de visita.
Theodore la tomó.
CORONEL NATHANIEL WHITMORE
MERRIDALE LODGE
No llevaba mensaje.
No hacía falta.
Theodore guardó la tarjeta en el bolsillo y devolvió el libro de Havelock a su estante.
—No se lo enseñes a Iris todavía —dijo.
Margaret lo miró con incredulidad.
—¿Por qué?
—Porque no sabemos qué sabe ella ni por qué lo sabe.
—Eso mismo dices de todo el mundo.
—Y hasta ahora no me ha ido mal.
—Nuestro hermano está muerto. Nuestra madre manda espiar a la institutriz. Ward nos deja pistas como un profesor satisfecho de sí mismo y padre esconde pagarés. No sé qué resultado considerarías malo.
Theodore aceptó el golpe.
—Solo digo que no enseñemos todas nuestras cartas a la vez.
Margaret miró la puerta cerrada de la oficina.
—Hablas como madre.
—No. Madre cree que guardar las cartas impide que la partida exista. Yo quiero saber quién está sentado al otro lado de la mesa.
La respuesta pareció convencerla lo suficiente para que no siguiera discutiendo.
No llegaron muy lejos.
Mrs. Havelock apareció al final del corredor con una cesta de ropa doblada y una expresión que hizo que Margaret comprendiera de inmediato por qué algunos criados preferían enfrentarse a Catherine.
El ama de llaves miró primero a Theodore.
Después a la puerta de su oficina.
Después al libro de enero, que Margaret había devuelto al estante con el lomo apenas media pulgada más afuera que los demás.
—Señor Theodore.
—Mrs. Havelock.
—Lady Margaret.
—Mrs. Havelock.
La cortesía resultó tan perfecta que solo podía ser hostil.
—¿Necesitaban algo de mi oficina?
Theodore abrió la boca.
Margaret habló antes.
—El libro de gastos de enero.
Havelock la miró.
—Eso ya lo había deducido.
—Buscábamos un invitado.
—Para eso existe la memoria.
—La memoria puede equivocarse.
El ama de llaves desvió los ojos hacia Theodore.
—Eso suena a la institutriz.
—Empieza a contagiar a toda la casa —respondió él.
Havelock dejó la cesta sobre una consola.
—Si quieren revisar mis libros, la próxima vez me lo piden.
—¿Nos habría dejado? —preguntó Margaret.
—Depende de qué buscaran.
—Al coronel Whitmore.
El nombre no produjo en Havelock el sobresalto de Ward. Produjo algo más pequeño: cansancio.
—Ah.
Theodore sacó la tarjeta del bolsillo.
—¿Lo recuerda?
—Recuerdo a todos los hombres que obligan a Pratchett a servir una botella extra de Madeira y después dicen que apenas han bebido.
Margaret casi sonrió.
—¿Venía mucho?
—Lo suficiente.
—¿Era amigo de Lawrence?
Havelock tomó la cesta otra vez.
—Era amigo de esta casa. A veces no es lo mismo.
Theodore dio un paso.
—¿Qué significa?
—Significa exactamente eso.
—Mrs. Havelock…
—No estuve en Merridale la mañana en que murió su hermano. No sé quién disparó. No sé qué acordaron. Y no pienso convertir conversaciones de cocina en testimonios.
Margaret miró a Theodore.
Otra persona que distinguía hechos de rumores.
—Pero sabía que Lawrence y Whitmore discutían —dijo ella.
Havelock ajustó la cesta contra la cadera.
—Sabía que el coronel dejó de ser bienvenido en la cocina semanas antes de dejar de ser bienvenido en el salón.
—¿Por qué?
—Porque hizo un comentario sobre una muchacha del servicio delante de Pratchett.
Margaret sintió que el nombre de Rosalind estaba a un paso.
—¿Qué comentario?
—No importa repetirlo.
—Sí importa.
Havelock la miró.
—No, milady. Importa saber que lo hizo. Las palabras exactas solo obligarían a esa muchacha a ser insultada otra vez para satisfacer nuestra curiosidad.
Margaret recibió la corrección en silencio.
—Tiene razón.
Havelock pareció sorprendida.
—¿Eso también se lo ha enseñado la señorita Fletcher?
—No todo lo que pienso viene de ella.
—Me alegra oírlo.
Theodore guardó la tarjeta.
—¿Cuánto eran mil libras para Lawrence?
El cambio de tema desconcertó al ama de llaves.
—¿Perdón?
—Ha pedido prestadas mil libras. Quiero que Margaret entienda la cantidad.
Havelock miró a la muchacha.
—El presupuesto de alimentación del servicio y la familia durante muchos meses. Varios años de salarios de más de un criado. Una suma con la que un matrimonio prudente podría instalarse con comodidad si no pretendiera vivir como un Blackwood.
Margaret bajó la vista.
—Iba a marcharse de verdad.
Havelock no preguntó quién.
Quizá ya lo sabía.
—La gente no pide mil libras para hacer una maleta y volver el lunes —dijo.
Theodore observó el rostro del ama de llaves.
—¿Lawrence le pidió ayuda?
—No.
—¿A Pratchett?
—No que yo sepa.
—¿A Ward?
Havelock tardó una fracción de segundo.
—Eso tendrá que preguntárselo a Ward.
Theodore exhaló.
—Todo termina en Ward.
—Es mayordomo. La mitad de las cosas de una casa terminan en él. La otra mitad, en mí.
Margaret miró la cesta de ropa, la oficina, el manojo de llaves.
—Y, sin embargo, cuando hablan de Oakhaven, solo mencionan a padre.
Havelock la estudió.
—Los caballeros tienen una afición curiosa por confundir firmar las cuentas con hacer posible que existan.
Theodore soltó una risa.
—No voy a repetir que ha dicho eso.
—Si lo hace, lo negaré.
Havelock tomó el libro de enero, lo empujó hasta alinearlo con los demás y cerró la puerta de la oficina.
—La próxima vez, pidan permiso.
—¿Nos lo dará? —preguntó Margaret.
El ama de llaves recogió su cesta.
—La próxima vez lo averiguarán.
Se marchó.
Margaret esperó unos segundos.
—Me cae bien.
—No se lo digas —respondió Theodore—. Podría considerarlo una falta disciplinaria.
Aquella tarde Theodore esperó a que Margaret estuviera en clase de música y entró en la sala de armas.
Edmund se encontraba allí.
No limpiaba armas; nunca lo hacía personalmente. Estaba junto a la ventana, examinando una escopeta Purdey que el armero había devuelto de Northampton. Pasaba el pulgar por la madera de nogal con la atención que rara vez dedicaba a una persona.
—Padre.
Edmund no se volvió.
—¿Qué quieres?
Theodore sacó la copia del pagaré.
—Saber por qué Lawrence pidió mil libras cinco días antes de morir.
Su padre dejó la escopeta sobre el paño verde.
No preguntó de qué hablaba.
Eso fue lo primero que Theodore registró.
—¿Dónde has conseguido eso?
—En su expediente.
—Ese expediente no te corresponde.
—La deuda sí. Si el patrimonio de Lawrence no puede pagarla, acabará afectando a la familia.
Edmund lo miró entonces.
—Deja los asuntos legales al señor Croft.
—¿Sabías que había pedido el dinero?
El marqués caminó hasta el armario, colocó la Purdey en su soporte y cerró las puertas de cristal.
—Me enteré.
—¿Cuándo?
—No recuerdo la fecha exacta.
Theodore levantó el pagaré.
—Diez de abril. Lawrence recibió el dinero el trece. Murió el quince. No son fechas difíciles de recordar.
Edmund apretó el pequeño llavero de la vitrina.
—Tu hermano tomaba decisiones sin consultarme. Era una de sus cualidades menos admirables.
—Te escribió.
La reacción fue mínima. Un parpadeo demasiado lento.
Theodore sintió que el suelo se afirmaba bajo sus pies.
—¿Qué has dicho?
—Lawrence escribió en su diario que te había enviado una carta.
Edmund se volvió por completo.
—¿Qué diario?
Theodore había ido demasiado lejos.
—No importa.
—Importa mucho.
—¿Te escribió o no?
El padre y el hijo se observaron desde extremos distintos de la habitación.
Entre ambos, las armas de la familia ocupaban vitrinas cerradas: escopetas de caza, pistolas antiguas, un sable de caballería que ningún Blackwood vivo había utilizado.
Theodore pensó que era un lugar apropiado para una conversación sobre hombres que confundían metal con honor.
—Sí —dijo Edmund al fin—. Me escribió.
—¿Qué quería?
—Hablar.
—¿De qué?
—De su futuro.
—Rosalind.
La palabra hizo que Edmund mirara hacia la puerta.
—No vuelvas a pronunciar ese nombre en cualquier habitación.
—¿Por qué? ¿Puede oírlo la madera?
—Porque no sabes a quién perjudicas.
—Eso también lo dice Ward.
—Entonces, por una vez, escucha a Ward.
Theodore dio un paso adelante.
—¿Qué decía la carta?
—Era privada.
—Lawrence está muerto.
—Precisamente.
—¿La conservas?
Edmund no respondió.
Theodore comprendió que sí.
—¿Por qué no contestaste?
El marqués bajó la vista hacia sus manos.
—Iba a hacerlo por la mañana.
—¿Qué mañana?
—La siguiente.
—Murió al amanecer.
—Lo sé.
La voz de Edmund cambió. Ya no era la del dueño de Oakhaven ni la del hombre que dictaba instrucciones al administrador. Era la de alguien que repetía una frase demasiado conocida.
Lo sé.
Theodore miró el pagaré.
—Siempre al día siguiente.
Edmund levantó la cabeza.
—Ten cuidado.
—¿Con qué?
—Con creer que porque has encontrado papeles entiendes las decisiones de los hombres que los firmaron.
—Entonces ayúdame a entenderlas.
El marqués abrió la puerta de la sala de armas.
—Vete.
Theodore no se movió.
—Padre.
—He dicho que te vayas.
No hubo grito.
No hacía falta.
Theodore guardó el pagaré y salió.
Al recorrer el corredor comprendió algo que los números no podían demostrar pero que ya no conseguía ignorar: Edmund no había descubierto la vida secreta de Lawrence después de su muerte. Había tenido una oportunidad de intervenir antes.
No sabía todavía cuánto había conocido.
Pero sabía que la ignorancia de su padre era otra de las mentiras de Oakhaven.