El relicario de las mentiras (Sombras de Oakhaven 1) Capítulo 8 La cuenta de las mil libras
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Capítulo 8 La cuenta de las mil libras

Theodore necesitaba números.

L as palabras de Lawrence lo perseguían desde que había encontrado el diario, pero las palabras podían exagerarse, escribirse bajo el efecto del miedo o del deseo. Una cifra firmada ante un prestamista era otra cosa.

Por eso, a primera hora del lunes, entró en el estudio de su padre mientras Edmund estaba en las caballerizas y cerró la puerta.

No era la primera vez que registraba un escritorio. Empezaba a preocuparle la facilidad con que aquella actividad se estaba convirtiendo en una costumbre.

El estudio era la habitación más ordenada de Oakhaven.

Los libros contables ocupaban el estante inferior, agrupados por años.

Los contratos de arrendamiento estaban en carpetas de cuero marcadas con etiquetas.

Las cartas del banco descansaban en un cajón cuya llave Edmund guardaba normalmente en el bolsillo del chaleco.

Normalmente.

Aquella mañana la llave estaba sobre la mesa, junto a un sello de lacre.

Theodore la miró.

No creyó en los accidentes.

Abrió el cajón.

Había correspondencia del banco, recibos de la explotación agrícola, una relación de pagos a proveedores y tres sobres del abogado de la familia. Uno de ellos llevaba escrito, de puño y letra de Edmund: Asunto L.E.B. — no archivar con la sucesión .

Theodore lo abrió.

Dentro había una copia de un pagaré.

Leyó la cantidad primero.

MIL LIbrAS ESTERLINAS.

Después la fecha.

10 de abril de 1858.

Cinco días antes de la muerte de Lawrence.

El prestatario era Lawrence Edward Blackwood.

El acreedor, Bramwell & Sons, prestamistas privados de Northampton.

Interés anual: ocho por ciento. Vencimiento inicial: doce meses.

Garantía: expectativa de renta derivada de una parcela de la herencia personal que Lawrence recibiría al alcanzar los veinticinco años.

Theodore se sentó.

Mil libras no era una suma que un hombre pidiera para pagar una deuda de juego menor ni para comprar un caballo. Era suficiente para alquilar una casa modesta durante años, mantener a dos personas, empezar una vida lejos de Oakhaven.

En el margen inferior había una nota del abogado:

Lord Lawrence solicitó disposición inmediata. La suma fue entregada en efectivo y letras el 13 de abril. No existe constancia de restitución. Tras su fallecimiento, la obligación recae sobre su patrimonio personal y, subsidiariamente, sobre las garantías reconocidas por la familia.

Theodore cerró los ojos.

Trece de abril.

Dos días antes de la muerte.

Sacó el diario de Lawrence de debajo de la chaqueta. Lo llevaba consigo desde que lo encontró, incapaz de decidir dónde ocultarlo sin que otro pudiera hallarlo. Buscó la entrada del 12 de abril.

He escrito a padre. No sé si leerá la carta o si la guardará donde guarda todo lo que no quiere decidir. Mañana intentaré arreglar el dinero. Después hablaré con R. Nos iremos.

El día siguiente había conseguido las mil libras.

Theodore pasó a la entrada del 13.

La había leído antes, pero ahora las cifras le daban un significado diferente.

Bramwell ha cumplido. He pagado más de lo sensato por la prisa, pero la prisa es lo único que tengo. R. no debe pasar otra semana en esa cocina. El niño tampoco nacerá aquí.

Debajo había una línea tachada con tanta fuerza que la pluma había arañado el papel. Theodore acercó el cuaderno a la ventana.

Distinguió algunas palabras.

W. volvió… club… insolencia… satisfacción.

La última palabra estaba casi destruida.

Theodore sintió frío.

Abrió la entrada del 14.

Mañana al amanecer. Merridale. He sido un cobarde durante demasiados días y ahora corro el riesgo de demostrar valor en la forma más estúpida posible.

R. me suplicaría que no fuera. Madre diría que retroceder es admitir que él tiene derecho a hablar de ella como lo ha hecho.

Padre no dirá nada. Padre siempre encuentra una forma de no decir nada.

Theodore leyó el párrafo dos veces.

No había duda.

Merridale.

Satisfacción.

Al amanecer.

El lenguaje de un duelo.

La puerta se abrió.

Theodore se levantó de golpe.

Margaret entró y cerró tras de sí.

—Si sigues haciendo eso —dijo él—, un día me matarás antes de que averigüemos quién mató a Lawrence.

—El doctor Coldwell dice que no fue un accidente.

Theodore olvidó el enfado.

—¿Qué?

Margaret se acercó a la mesa y vio el pagaré.

—Nos lo encontramos en el camino de Merridale. Le pregunté directamente. Dijo que la herida no parecía causada por un arma disparada por accidente a corta distancia.

—¿Fuiste a Merridale?

—Con Iris.

—Margaret…

—No empieces.

Theodore se llevó una mano a la frente.

—¿Qué parte de «no hagas nada sola» interpretaste como «vete al lugar donde probablemente se batió Lawrence con un hombre armado»?

—La parte de «sola». Iba con Iris.

Theodore la miró unos segundos.

—Eso no mejora nada.

—A mí sí me lo parece.

Señaló el pagaré.

—¿Es la deuda?

Theodore se lo entregó.

Margaret leyó en silencio. La suma hizo que frunciera el ceño.

—¿Mil libras?

—Principal. Con ocho por ciento de interés.

—¿Cuánto es eso?

—Ochenta libras al año si no amortiza capital.

—¿Es mucho?

Theodore la observó.

Margaret tenía quince años. La familia la había educado en francés, música, acuarela y genealogías de personas muertas, pero nadie le había explicado cuánto dinero costaba mantener un techo sobre la cabeza.

—El salario anual de Ward está muy por debajo de eso —dijo—. Pratchett gana menos. Una familia del pueblo podría vivir con una fracción.

Margaret volvió a mirar el documento.

—Lawrence iba en serio.

—Sí.

Theodore abrió el diario por el 14 de abril y se lo mostró.

Margaret leyó despacio.

Cuando llegó a Merridale , se sentó en la silla frente al escritorio.

—Estuvimos allí hoy.

—Ya me lo has dicho.

—No. Quiero decir que estuvimos en el límite exacto. Hay un banco donde Lawrence se sentaba. Yo escuché una discusión allí la semana antes de su muerte.

Theodore apoyó ambas manos sobre la mesa.

—¿Con quién?

—No lo vi. Lawrence lo llamó «coronel».

El hermano se quedó inmóvil.

—¿Estás segura?

—Sí.

Margaret repitió lo que recordaba. El otro hombre había hablado de una criada. Lawrence le había ordenado que no volviera a mencionarla. Había ira. Había una amenaza que Margaret no podía reconstruir con exactitud.

Theodore se volvió hacia los cajones.

—Padre conoce a varios coroneles.

—Eso no ayuda.

—Uno de ellos vive en Merridale.

Margaret levantó la cabeza.

—¿Quién?

Theodore abrió el cajón superior, donde Edmund guardaba tarjetas de visita. Había decenas: vecinos, abogados, oficiales retirados, comerciantes, un obispo auxiliar, dos parlamentarios.

Las revisó.

No encontró nada.

—¿Estás seguro? —preguntó Margaret.

—Lo he visto aquí. Un hombre alto, bigote gris. Vino a cenar en enero.

—Yo no estaba en la mesa.

—Madre dijo que eras demasiado joven.

—Naturalmente.

Theodore volvió a revisar las tarjetas, esta vez una por una.

Nada.

—Quizá padre la haya tirado.

Margaret miró el escritorio, después la llave que seguía junto al sello.

—¿Por qué estaba eso ahí?

Theodore siguió su mirada.

—La llave.

—Sí.

—Padre la habrá olvidado.

Margaret no respondió.

Theodore pensó en Ward.

El mayordomo entraba cada mañana en el estudio antes que Edmund. Abría las cortinas, retiraba las cenizas, colocaba la correspondencia y dejaba el tintero limpio. Sabía qué cajones estaban cerrados y cuáles no.

—No la ha olvidado —dijo.

Margaret comprendió.

—Ward.

—No puedo probarlo.

—Pero lo crees.

—Creo que lleva semanas negándose a decirnos cosas mientras procura que las encontremos solos.

Margaret apoyó el pagaré sobre la mesa.

—Eso es una forma muy irritante de ayudar.

—Es Ward.

La puerta del estudio volvió a abrirse.

Esta vez ambos se quedaron inmóviles.

Thomas Ward entró con una bandeja vacía.

No pareció sorprendido de verlos.

—Señor Theodore. Lady Margaret.

Theodore tomó la llave de la mesa.

—¿Habéis dejado esto aquí?

Ward miró la llave.

—El señor la dejó sobre su escritorio anoche.

—¿Seguro?

—Es lo que he dicho, señor.

Theodore esperó.

Ward sostuvo su mirada con una serenidad que habría sido impecable de no ser por el temblor leve de la mano izquierda.

—Busco una tarjeta de visita —dijo Theodore—. De un coronel que vive en Merridale.

El mayordomo depositó la bandeja sobre una mesa auxiliar.

—Merridale Lodge ha recibido muchos huéspedes militares a lo largo de los años.

—No os he preguntado eso.

—No, señor.

—¿Cómo se llama?

Ward miró primero a Theodore y después a Margaret.

—Si no lo recordáis, quizá no sea importante.

—Lawrence lo recordó —dijo Margaret.

El temblor se hizo visible durante un instante y desapareció cuando Ward cerró los dedos.

Theodore dio un paso hacia él.

—Ward.

El mayordomo no cedió.

—El almuerzo se servirá dentro de veinte minutos.

Tomó la bandeja y salió.

Margaret esperó hasta que los pasos se alejaron.

—Lo conoce.

—Sí.

—Y no piensa decirlo.

Theodore miró de nuevo las tarjetas.

Había algo extraño en el hueco entre dos grupos. Una zona de polvo más clara, rectangular, del tamaño exacto de una tarjeta que hubiera permanecido allí mucho tiempo y hubiera sido retirada hacía poco.

—Alguien la ha quitado.

Margaret se inclinó.

—¿Ward?

—O padre. O madre.

—¿Cómo averiguamos el nombre entonces?

Theodore cerró el cajón.

—Los invitados a cenar se registran.

Margaret tardó un segundo en entenderlo.

Mrs. Havelock llevaba un libro de gastos de cocina donde anotaba cada visita porque el número de comensales determinaba el consumo de carne, vino, velas y carbón. Una casa podía borrar un nombre de una tarjeta, pero era más difícil borrar el coste de alimentarlo.

Bajaron a la oficina del ama de llaves después del almuerzo, cuando Havelock estaba supervisando el lavado de ropa en el patio. Theodore conocía el estante de los libros domésticos porque de niño lo habían enviado allí más de una vez a buscar cuentas para su padre.

Encontraron el volumen de enero.

Margaret pasó las páginas.

—Día nueve. Seis personas. Día doce, siete. Día quince…

Se detuvo.

La anotación decía: