Capítulo 7 El camino de Merridale
Margaret esperó hasta que la campana de las tres dejó de vibrar en el vestíbulo.
H abía pasado la mañana sentada frente a Iris, traduciendo un fragmento de Télémaque que conocía casi de memoria y fingiendo no pensar en la conversación con Ward.
Había escrito Rosalind Thorne tres veces en el margen de una hoja y había roto el papel antes de que su institutriz pudiera verlo.
Después había copiado una columna de cifras domésticas que Iris utilizaba para enseñarle aritmética aplicada: velas, carbón, harina, jabón.
Todo lo que una casa necesitaba para mantenerse en pie podía convertirse en números. Incluso Oakhaven.
La idea le resultaba nueva.
Hasta entonces había pensado en la casa como en una certeza.
Las paredes existían porque siempre habían existido; los criados aparecían a la hora indicada porque esa era la naturaleza del mundo; el comedor se llenaba de comida porque alguien la colocaba allí.
Iris, en cambio, le enseñaba a preguntar cuánto costaba el carbón, cuántas libras de harina consumía la cocina en una semana y qué ocurría si el dinero que entraba era menor que el que salía.
—Una casa —le había dicho esa mañana— también puede mentir.
Margaret había levantado la mirada.
—¿Cómo?
—Pareciendo más rica de lo que es. Más ordenada. Más estable. Las columnas de un libro de cuentas suelen ser menos educadas que las personas.
Aquella frase se le había quedado dentro.
A las tres, cuando Iris cerró el manual y anunció que la clase había terminado, Margaret no se levantó.
—Quiero enseñarle un lugar.
Iris guardó la pluma en el estuche.
—¿Dentro de la casa?
—No.
—Eso reduce bastante las posibilidades de que vuestra madre lo apruebe.
—Mi madre no aprueba el aire si entra por una ventana que ella no ha abierto.
Iris la miró un instante y Margaret tuvo la impresión de que estaba decidiendo si debía corregirla por insolencia o felicitarla por precisión.
—¿Dónde?
—En el bosque. Más allá del arroyo.
Iris no respondió de inmediato.
Desde que Ward había pronunciado el nombre de Rosalind, algo había cambiado en ella.
Margaret no podía explicar qué. La institutriz seguía ocupando el mismo lugar en la mesa, seguía corrigiendo sus ejercicios con tinta azul y seguía hablando con aquella calma que parecía ensayada desde hacía años.
Pero ahora Margaret veía pausas donde antes solo veía serenidad.
Cada vez que aparecía el nombre de Lawrence, Iris tardaba una fracción de segundo más en contestar.
Cada vez que Catherine cruzaba una habitación, su espalda se enderezaba.
Margaret había empezado a observarla como Iris le había enseñado a observar un texto: sin confundir lo que estaba escrito con lo que uno deseaba encontrar.
—¿Qué hay allí? —preguntó Iris.
—No lo sé. Pero Lawrence iba a menudo.
La respuesta decidió por ella.
Iris se levantó.
—Coged una chaqueta.
Margaret tomó del perchero del corredor una prenda de lana oscura que había pertenecido a Lawrence.
Era demasiado grande para ella; las mangas le cubrían parte de las manos y los hombros caían varias pulgadas por debajo de los suyos.
Havelock habría protestado. Catherine la habría obligado a devolverla al armario de su hermano.
Por eso se la puso.
Salieron por la puerta de la terraza oriental, donde una escalera de cuatro peldaños descendía hacia el jardín de boj.
Las lluvias de abril habían cedido por fin y el cielo de mayo tenía una claridad pálida, lavada por días de humedad.
Las primeras rosas aún no habían abierto, pero los tallos nuevos trepaban por el muro sur y las hojas tiernas brillaban bajo el sol.
Iris caminaba medio paso por delante.
—¿Hasta dónde habéis ido sola?
—Hasta el arroyo.
—¿Y con Lawrence?
Margaret miró los árboles.
—Más lejos.
Atravesaron el césped, cruzaron la pequeña verja de hierro que separaba el jardín formal de las tierras de caza y se internaron entre los robles.
Al principio el sendero era ancho. Dos caballos podían avanzar uno junto al otro. Después se estrechaba, bordeaba un talud cubierto de helechos y descendía hasta un arroyo donde el agua corría sobre piedras oscuras.
Margaret respiró con más libertad en cuanto Oakhaven dejó de verse entre los troncos.
No se sentía valiente. Eso era una palabra que los adultos utilizaban después de que el peligro hubiera terminado. Ella solo sabía que cada yarda que la alejaba de la casa reducía el número de personas capaces de ordenarle cómo sentarse, qué leer o a qué hora debía retirarse.
Iris se detuvo junto al agua.
—¿Por aquí?
Margaret asintió.
—Hay un puente más arriba.
—Este arroyo puede cruzarse a pie.
—Mi madre dice que una señorita no salta sobre piedras.
Iris observó el cauce. Luego miró las botas de Margaret.
—Hoy ya estáis incumpliendo suficientes reglas. Una más apenas modificará el balance.
Margaret sonrió antes de poder impedirlo.
Saltaron.
Iris pasó primero y le tendió la mano desde la otra orilla. Margaret no la necesitaba, pero la aceptó porque una piedra estaba cubierta de musgo. Durante un segundo sintió la firmeza de aquellos dedos alrededor de los suyos; luego Iris la soltó y siguieron caminando.
No había nada impropio en el gesto. Era exactamente la clase de ayuda que una institutriz debía ofrecer a una alumna. Margaret lo agradeció por esa misma razón: porque no exigía ninguna explicación.
El sendero ascendió durante unos minutos y desembocó en una franja de terreno abierto.
A la derecha, un muro bajo de piedra marcaba el límite antiguo de la finca.
Más allá comenzaban las tierras de Merridale, una propiedad menor que pertenecía a un militar retirado al que Margaret había visto dos veces en cenas de invierno.
La muchacha se detuvo.
—Aquí.
Iris miró alrededor.
El lugar no tenía nada extraordinario. Un haya grande crecía junto al muro. Había un banco de madera inclinado hacia un lado y un poste de piedra con una letra B casi borrada por el musgo. Al fondo, un camino de carros desaparecía entre los setos.
—¿Qué es?
—Lawrence me traía cuando yo era pequeña. Decía que desde aquí empezaba el mundo.
Iris levantó una ceja.
—Una afirmación ambiciosa para un mojón de lindero.
—Yo tenía ocho años. Le creía casi todo.
Margaret se acercó al banco. La madera estaba húmeda. Pasó los dedos por una inscripción tallada en el respaldo: L.B. Debajo había una fecha incompleta, erosionada.
—Se sentaba ahí a leer —dijo—. Y a veces venía alguien a buscarlo.
Iris no se movió.
—¿Quién?
—No lo sé. Hombres. Amigos. Mi madre decía que tenía malas compañías en Northampton.
—¿Recordáis a alguno?
Margaret negó con la cabeza.
Luego miró el muro.
—La última semana antes de morir discutió con alguien aquí.
Iris giró hacia ella.
—¿Lo visteis?
—No. Lo oí.
La muchacha se sentó en el extremo seco del banco. El abrigo de Lawrence se abrió sobre sus rodillas.
—Yo había venido a buscarlo porque me prometió un libro. Me quedé entre los árboles cuando escuché voces. Lawrence gritaba. El otro hombre también.
Iris se sentó a su lado, dejando entre ambas un espacio prudente.
—¿Qué decían?
Margaret cerró los ojos.
Había intentado recordar muchas veces aquella escena y siempre acababa confundiéndola con lo que supo después. Iris le había advertido, durante las clases de composición, que la memoria era un mal secretario: completaba los huecos con frases que parecían posibles.
—No estoy segura de todo —dijo.
—Entonces separadlo.
—¿Qué?
—Lo que recordáis de lo que creéis recordar.
Margaret abrió los ojos.
Iris había sacado del bolsillo una libreta pequeña y un lápiz.
—No pienso escribir nada que pueda encontrar vuestra madre —dijo al ver la expresión de la muchacha—. Pero podéis hacerlo en vuestra cabeza. Primero: hechos.
Margaret respiró.
—Había dos hombres.
—Bien.
—Uno era Lawrence.
—Eso es una identificación, pero si reconocisteis su voz puede considerarse bastante segura.
—Reconocería la voz de Lawrence aunque estuviera entre cien personas.
Iris asintió.
—Continuad.
—El otro era mayor.
—¿Lo visteis?
Margaret vaciló.
—No.
—Entonces no es un hecho. ¿Qué os hizo pensar que era mayor?
—La voz. Era más grave. Y Lawrence le dijo «coronel».
Iris dejó de mover el lápiz.
—¿Estáis segura?
—Sí.
—Eso sí es útil.
Margaret continuó.
—El hombre dijo que Lawrence había olvidado quién era. Lawrence respondió que estaba cansado de que otros decidieran quién debía ser. Después el coronel dijo algo sobre una criada.
Iris bajó la vista hacia la libreta.
—¿Qué exactamente?
—No lo sé. Ahí se mezclan las cosas. Creo que dijo «esa muchacha de la cocina» o «esa chica». Lawrence le ordenó que no hablara de ella.
El lápiz quedó inmóvil.
—¿Pronunció el nombre Rosalind?
Margaret volvió la cabeza.
No era una pregunta inocente.
—No.
Iris cerró la libreta.
—Entiendo.
—No, no entiende.
—¿Qué queréis decir?
—Que usted preguntó por Rosalind antes de que Ward nos contara quién era.
Iris no reaccionó, pero el color se le retiró ligeramente de las mejillas.
Margaret se levantó del banco.
—Bridget me lo dijo. Mi madre le ordenó vigilarla. Usted preguntó por una criada llamada Rosalind Thorne. Después Ward nos dijo que Rosalind era la mujer de Lawrence. Así que no vuelva a fingir que ese nombre no significa nada para usted.
Iris guardó la libreta en el bolsillo.
—No estoy fingiendo eso.
—Entonces explíquelo.
El viento movió las ramas del haya. En algún lugar del otro lado del muro, un pájaro levantó el vuelo desde un seto.
Iris contempló a Margaret durante varios segundos.
—Conocí su nombre antes de llegar a Oakhaven.
—¿Cómo?
—A través de una mujer que había servido en la comarca.
Era una respuesta medida. Margaret lo supo porque ella misma estaba aprendiendo a construirlas.
—¿Qué mujer?
—Alguien que no desea verse implicada.
—Qué conveniente.
—Sí.
La sinceridad de aquella única palabra desarmó parte de la indignación de Margaret.
Iris se puso en pie.
—Lady Margaret, no voy a pediros que confiéis en mí ciegamente. Sería absurdo después de todo lo que está ocurriendo. Pero tampoco puedo contaros todavía cada cosa que sé sin poner a otras personas en peligro.
—¿Rosalind está en peligro?
Iris sostuvo su mirada.
—No lo sé.
La respuesta era mentira o una verdad recortada. Margaret no pudo decidir cuál.
—Ward dijo que llegó viva a algún lugar.
—Ward dijo lo que podía decir.
—Y usted sabe más.
—Sé cosas distintas.
Margaret sintió la irritación subirle por el pecho.
—Habla igual que mi madre.
La frase golpeó a Iris con más fuerza de la que Margaret había previsto.
La institutriz apartó la vista.
—Eso sí que no me gustaría.
Por primera vez, pareció herida.
Margaret se arrepintió, pero no retiró lo dicho.
—Entonces no me trate como a una niña.
Iris volvió a mirarla.
—Tenéis quince años.
—Lawrence decía que una persona puede ser joven sin ser estúpida.
—En eso tenía razón.
—Pues demuéstrelo.
Iris abrió la boca para responder.
Un caballo relinchó al otro lado del muro.
Ambas se volvieron.
Por el camino de Merridale apareció un jinete de sombrero negro montado en una yegua torda. Avanzaba despacio, inclinado ligeramente sobre la silla. Margaret reconoció al doctor Coldwell antes de que estuviera lo bastante cerca para saludar.
—Lady Margaret —dijo el médico, deteniendo el caballo—. Señorita Fletcher.
Iris inclinó la cabeza.
—Doctor.
Coldwell miró el abrigo de Lawrence sobre los hombros de Margaret. Su expresión cambió, pero no hizo comentario alguno.
—No esperaba encontraros tan lejos de la casa.
—Estamos paseando —respondió Margaret.
—Ya lo veo.
El médico parecía incómodo. Llevaba una cartera de cuero sujeta detrás de la silla y olía a tabaco frío y caballo. Margaret había observado aquel mismo rostro la mañana en que bajó a desayunar después de la muerte de Lawrence: pálido, con los ojos irritados, negándose a mirarla.
—Doctor —dijo—, ¿mi hermano murió de un accidente?
Coldwell apretó las riendas.
Iris no intervino.
—Lady Margaret, no creo que éste sea lugar para hablar de ello.
—Entonces venga a Oakhaven y hable allí.
—Vuestros padres no me han pedido que vuelva.
—Yo se lo pido.
Coldwell exhaló por la nariz.
—No sois todavía la señora de la casa.
—No. Solo soy la hermana del muerto.
El médico miró hacia los árboles, después hacia Iris.
—Señorita Fletcher, quizá debería llevar a vuestra alumna de regreso.
—Responder a una pregunta no suele requerir tanto esfuerzo, doctor.
Coldwell clavó los ojos en ella.
La tensión duró apenas unos segundos.
—Firmé un certificado —dijo al fin—. Eso es cuanto puedo decir.
Margaret dio un paso adelante.
—¿Era verdad?
Coldwell palideció.
—El certificado decía que la muerte fue causada por una descarga accidental mientras Lawrence se encontraba fuera a caballo.
—No le he preguntado qué decía.
El caballo movió una pata.
Coldwell cerró los ojos un instante.
—La herida de vuestro hermano no se parecía a una descarga accidental a corta distancia.
Margaret dejó de oír el viento.
—¿Entonces?
—Entonces he dicho más de lo que debía.
—Doctor…
—Volved a casa.
Coldwell tiró de las riendas. La yegua giró sobre el camino.
Antes de alejarse, el médico miró una vez más a Margaret.
—Y no vengáis solas a Merridale —añadió—. Hay lugares donde la gente confunde la propiedad con el derecho a hacer preguntas.
Se marchó al trote.
Margaret observó cómo desaparecía detrás del seto.
Iris permaneció inmóvil.
—Ha dicho Merridale —murmuró Margaret.
—Estamos en el límite de Merridale.
—No. Ha dicho que no vengamos solas. Como si supiera qué ocurrió aquí.
Iris miró el poste de piedra, el banco y el sendero por el que Coldwell acababa de marcharse.
—Eso es una inferencia.
Margaret se volvió hacia ella.
—¿Y usted qué cree?
—Que tenemos que averiguar qué hechos la sostienen.
Regresaron por el bosque sin hablar demasiado.
Cuando Oakhaven apareció entre los árboles, Margaret ya no la vio como una casa que guardaba un secreto.
La vio como una casa rodeada de personas que conocían fragmentos de una verdad y habían decidido, cada una por razones distintas, mantenerlos separados.
Y por primera vez comprendió que quizá la tarea no consistiera en encontrar una confesión.
Quizá bastara con conseguir que los fragmentos se tocaran.