Capítulo 6 La sombra del mayordomo
L a despensa pequeña estaba situada detrás de la cocina principal, entre la bodega y el cuarto donde Mrs. Havelock guardaba la vajilla que solo se utilizaba en Navidad.
A las diez y cuarto, el servicio había terminado de retirar la cena. Pratchett seguía en la cocina. Havelock revisaba la plata. Los Blackwood se habían dispersado por la casa.
Ward encendió una sola vela.
Theodore cerró la puerta.
No se sentó.
Sacó el diario y lo dejó sobre una caja de té.
Ward lo miró.
—¿Quién es R?
El mayordomo mantuvo las manos a la espalda.
—No puedo responder.
—Puede. No quiere.
—Hay poca diferencia cuando las consecuencias son las mismas.
Theodore abrió el diario por la entrada del 14 de abril.
—Mi madre sabía que Lawrence iba a encontrarse con alguien. Mi padre también. Hay un W. Hay mil libras prestadas. Hay una mujer. Y mi hermano escribe que si no vuelve alguien tendrá que tener valor. ¿Qué parte pretende que ignore?
Ward respiró despacio.
—Señor Theodore, ha encontrado algo que su hermano escondió. Quizá debería respetar que quisiera esconderlo.
—Murió al día siguiente.
—Lo sé.
—Entonces deje de hablarme como si hubiera abierto una carta ajena por capricho.
La voz de Theodore había subido. Ward levantó una mano.
—Más bajo.
—No me dé órdenes.
—No es una orden. Es un consejo de un hombre que sabe que las paredes de esta casa transmiten mejor los sonidos que las personas.
Theodore se quedó callado.
Ward tenía razón. Eso lo irritó aún más.
—¿R era una mujer del servicio?
No hubo respuesta.
—¿Trabajaba en la cocina?
Ward miró la vela.
Theodore sintió que la respuesta estaba allí.
—Rosalind —dijo.
La mano izquierda del mayordomo se movió.
Solo eso.
Theodore se acercó.
—Rosalind qué.
—No he dicho nada.
—No hace falta.
—Señor...
—Rosalind. ¿Qué apellido?
Ward cerró los ojos.
La puerta del pasillo crujió.
Los dos hombres se volvieron.
Margaret estaba en el umbral.
No llevaba zapatillas. Las sostenía en una mano. El otro brazo estaba pegado al cuerpo, y el rostro, muy pálido, parecía aún más joven sin la severidad del peinado de día.
Theodore sintió una oleada de irritación.
—¿Qué haces aquí?
—Escuchar.
—Vuelve a tu habitación.
—No.
—Margaret.
—He oído el nombre.
Ward bajó la cabeza.
Margaret entró y cerró la puerta.
—Rosalind. ¿Quién era?
Theodore abrió la boca, pero no sabía más que ella.
Ward sí.
La muchacha se volvió hacia él.
—Señor Ward, por favor.
El mayordomo parecía haber envejecido en los últimos minutos.
—Milady, algunas cosas no pueden deshacerse después de decirlas.
—Lawrence tampoco puede deshacerse después de muerto.
Theodore la miró.
La frase no sonaba a una niña. Tampoco a una adulta. Sonaba a alguien obligado a crecer en una dirección que no había elegido.
Margaret señaló el diario.
—¿Eso era suyo?
—Sí —respondió Theodore.
—¿Lo encontraste tú?
—Debajo del suelo de su habitación.
—¿Y pensabas ocultármelo?
—Pensaba averiguar qué significa antes de implicarte.
—Eso es una forma elegante de decir sí.
—Quería protegerte.
Margaret soltó el aire.
—Claro.
La palabra contenía tanto cansancio que Theodore se sintió inmediatamente culpable.
—No es lo mismo que hace madre.
—Todos decís que no es lo mismo.
Ward intervino:
—Milady, vuestro hermano tiene razón en una cosa. Esto puede hacer daño.
Margaret lo miró.
—¿Más que pensar que Lawrence murió porque fue descuidado con un arma? ¿Más que ver a padre leer el periódico frente a su silla vacía? ¿Más que escuchar a madre decir que debemos conservar la dignidad mientras nadie pronuncia su nombre?
Ward no pudo responder.
Margaret dio un paso hacia él.
—¿Rosalind lo amaba?
El mayordomo cerró los ojos.
Theodore vio cómo la resistencia se debilitaba.
—Sí —dijo Ward.
La palabra apenas tuvo voz.
Margaret se llevó una mano al pecho.
—¿Y él a ella?
—Sí.
Theodore miró el diario.
Por primera vez, las iniciales adquirieron un rostro que aún no conocía.
—¿Rosalind qué? —preguntó.
Ward tardó en responder.
—Thorne.
El nombre quedó fijado.
Margaret se sentó sobre una caja.
—¿Dónde está?
Ward negó con la cabeza.
—No puedo decíroslo.
—¿Está viva?
El mayordomo levantó la vista.
Aquella pregunta era distinta.
—La última noticia que tuve decía que sí.
Theodore sintió un vuelco.
—¿Tuvo noticias?
Ward comprendió demasiado tarde lo que había revelado.
—¿Quién le escribió?
—No puedo...
—Basta de «no puedo» —dijo Theodore—. Mi hermano murió. Usted quemó sus papeles, ¿verdad?
Ward se quedó completamente quieto.
Theodore lo supo.
—Dios mío.
Margaret se levantó.
—¿Quemó sus cartas?
—Recibí una orden.
—¿De madre?
Ward no respondió.
—De madre —repitió Margaret.
El mayordomo apoyó una mano sobre la caja. El temblor era visible ahora.
—Yo servía a esta casa.
—También servía a Lawrence.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué?
Ward miró a la muchacha.
—Porque hay órdenes que uno comprende que están mal justo después de cumplirlas.
Margaret apartó la vista.
Theodore abrió el diario.
—¿Conservó algo?
Ward no contestó.
—Si quemó todo, ¿cómo tuvo noticias de Rosalind?
El mayordomo se sentó por primera vez.
Parecía agotado.
—Recibí una carta de una mujer llamada Martha Thorne. Semanas después. Confirmaba que Rosalind había llegado a salvo a un lugar donde nadie de Oakhaven debía buscarla.
—¿Dónde?
—No lo decía.
Theodore lo estudió.
—¿Y la carta?
Ward miró hacia la puerta.
—La destruí después de memorizar lo necesario.
—Conveniente.
—Prudente.
Margaret habló:
—¿Estaba embarazada?
Ward volvió la cabeza hacia ella.
El color abandonó su rostro.
Margaret había acertado.
—No —dijo Theodore, más para sí que para nadie.
Ward no dijo nada.
—¿Lawrence iba a tener un hijo? —preguntó Margaret.
—Milady...
—Conteste.
El mayordomo tragó saliva.
—Sí.
Margaret se sentó de nuevo.
Theodore cerró el diario.
Mil libras.
Una huida.
Un niño.
De repente las cifras de Lawrence dejaron de ser abstracciones.
—La deuda —dijo Theodore—. Las mil libras. Eran para marcharse con ella.
Ward miró el cuaderno.
—No sabía la cantidad.
—Pero sabía que pensaban huir.
—Sí.
—¿Y W?
El mayordomo se endureció.
—No.
—¿Quién es W?
—Eso no.
—Ha hablado de Rosalind.
—Porque ya no podía proteger ese nombre de vosotros. El otro sí.
Theodore se inclinó hacia él.
—¿Es el hombre que disparó?
Ward no contestó.
—¿Lo vio?
—No.
—¿Sabe quién era?
Ward cerró la boca.
Margaret se levantó lentamente.
—Su silencio vuelve a responder.
El mayordomo la miró con una tristeza profunda.
—Vuestro hermano tomó una decisión. Otros lo empujaron hacia ella. Si reducís todo a encontrar un hombre y llamarlo asesino, no entenderéis lo que ocurrió.
Theodore sintió que la frase le irritaba porque intuía que era cierta.
—Entonces ayúdenos a entenderlo.
—Todavía no.
—¿Cuándo?
Ward miró la vela.
—Cuando sepáis qué pregunta hacer.
Theodore soltó una risa breve.
—Eso suena a cobardía.
—Lo es.
La admisión lo desarmó.
Ward se puso de pie.
—Y llevo tres semanas viviendo con ella.
Recogió la bandeja que había dejado junto a la puerta.
—Vuelvan a sus habitaciones. Si Lady Catherine descubre que están aquí hablando conmigo a estas horas, sabrá más de lo que nos conviene.
Margaret se interpuso.
—Una cosa más.
Ward esperó.
—¿Lawrence sabía que usted ayudaría a Rosalind?
La mano del mayordomo quedó inmóvil sobre la bandeja.
—Esperaba que lo hiciera.
—¿Lo hizo?
Ward la miró.
—Sí.
Margaret cerró los ojos.
Cuando los abrió, había lágrimas, pero no cayeron.
—Gracias.
Ward inclinó la cabeza.
—No me las dé todavía.
Salió.
Theodore y Margaret permanecieron en la despensa.
Durante unos segundos solo oyeron el ruido distante de platos en la cocina.
—Tenemos una mujer —dijo Theodore—. Rosalind Thorne. Un embarazo. Una deuda. Un W. Y a madre intentando borrar todo.
Margaret se secó los ojos con el dorso de la mano.
—Y tenemos a Iris.
Theodore frunció el ceño.
—¿Qué tiene que ver la institutriz?
—Sabe algo.
—¿Por qué?
—Porque preguntó por Rosalind esta mañana.
Theodore se quedó mirándola.
—¿Qué?
—Bridget me lo contó. Madre le ordenó vigilarla. Iris preguntó por Rosalind.
—¿Cómo conoce el nombre?
—Eso es lo que quiero averiguar.
Theodore guardó el diario bajo la chaqueta.
—No hagas nada sola.
Margaret lo miró con cansancio.
—Otra vez no.
—No estoy intentando protegerte de la verdad. Estoy intentando que no le anuncies a una desconocida que hemos encontrado el diario de Lawrence.
Eso la hizo pensar.
—Bien.
—¿Bien de verdad?
—No te acostumbres.
Theodore casi sonrió.
Subieron juntos por la escalera de servicio.
Por primera vez desde que Lawrence había muerto, Theodore sintió que su hermana caminaba a su lado y no detrás de él.
* * *
Ward esperó hasta pasada la medianoche.
Entró en su habitación, cerró con llave y abrió el cajón inferior del escritorio.
Debajo de una camisa doblada había una pequeña caja de madera.
Dentro guardaba el relicario de plata.
Antes de tocarlo, Ward se sentó.
La caja permaneció abierta sobre sus rodillas.
Había noches en las que recordaba el relicario antes que el cadáver de Lawrence. Le avergonzaba admitirlo, pero la memoria no respetaba jerarquías. Un cuerpo podía convertirse en una imagen borrosa mientras un pequeño objeto de plata conservaba el sonido exacto que produjo al caer sobre la piedra.
Lo había oído en los establos.
Rosalind ya tenía un pie en el pescante del carro de verduras.
El carretero, un hombre de Towcester que debía salir antes del amanecer, había aceptado llevarla hasta un cruce donde pudiera continuar hacia Northampton.
Ward le había dado doce chelines, una manta, pan envuelto en tela y el nombre de una mujer que podía ofrecerle una cama durante una noche.
No una dirección definitiva.
Nunca la había conocido.
—No mire atrás —le dijo.
Rosalind tenía el rostro mojado por la lluvia y el cabello pegado a las mejillas.
—La carta.
Se llevó la mano al pecho para comprobar que seguía bajo el vestido.
—La lleva.
—No. La otra.
Ward supo a cuál se refería.
Las cartas que Catherine le había ordenado quemar.
—No puedo.
Rosalind lo miró.
No suplicó.
Eso fue peor.
—Entonces al menos no deje que digan que él se avergonzaba de mí.
Ward había querido responder que nadie podría controlar lo que dijera una casa entera cuando empezaba a proteger su nombre.
No lo hizo.
—Váyase.
El carretero chasqueó las riendas.
Rosalind subió.
El relicario se enganchó en el borde de una tabla. La cadena se rompió y el objeto cayó al suelo.
Ward gritó su nombre, pero las ruedas ya habían empezado a moverse. Rosalind se volvió, quizá creyendo que la llamaba para detenerla, y el miedo de su rostro hizo que Ward levantara una mano.
—¡Siga!
El carro desapareció por el arco.
Solo entonces vio la plata junto a la paja mojada.
La recogió.
Podría haber corrido tras ellos.
No lo hizo.
Desde la casa llegaba una luz por la ventana de la cocina pequeña. Catherine lo esperaba para comprobar que las cartas habían desaparecido.
Ward cerró el puño alrededor del relicario y regresó.
Aquel objeto se convirtió en su primera desobediencia consciente.
No quemarlo.
No entregarlo.
No declararlo.
Durante días se dijo que lo conservaba para devolvérselo a Rosalind. Después comprendió que también lo conservaba porque necesitaba una prueba material de que la versión de Oakhaven no era completa.
Una prueba para quién, no lo sabía.
Tal vez para sí mismo.
Tal vez para la persona que algún día hiciera la pregunta correcta.
Por eso, cuando Iris Fletcher llegó, Ward no vio solo a una hermana posible.
Vio una salida para un objeto que llevaba semanas acusándolo desde una caja.
No estaba preparado para entregárselo.
Pero sí para señalar su existencia.
La diferencia podía parecer cobardía.
Era cobardía.
También era la única forma de ayuda que se atrevía a ofrecer sin provocar que Catherine registrara cada habitación de la casa.
Ward pasó el pulgar por la tapa.
Las iniciales R y L habían sido grabadas por un joyero de Northampton. Lo sabía porque Lawrence le pidió que recogiera el trabajo sin anotarlo en la cuenta familiar.
—Una reparación —había dicho el joven.
Ward no preguntó.
Había pasado demasiados años considerando la discreción una virtud absoluta.
Ahora sabía que la discreción podía convertirse en una herramienta sin dueño: servía igual para proteger una intimidad que para borrar una injusticia.
El problema era descubrir el momento exacto en que una cosa se convertía en la otra.
Lo tomó.
Las iniciales R y L brillaron bajo la vela.
Había reconocido a Iris Fletcher en cuanto descendió del carruaje. No por el nombre, ni por una información concreta, sino por el cabello, la forma de los ojos y una pequeña mancha clara junto a la muñeca derecha que había visto cuando ella se quitó el guante para firmar el registro de llegada.
Rosalind tenía una marca idéntica.
Ward no podía demostrar que fueran hermanas.
Por eso había dejado la nota.
Y por eso Iris no había dicho una palabra sobre ella.
Aún.
Recordó la mañana en que llegó la carta de Martha Thorne. Habían pasado diecinueve días desde la huida. El sobre no llevaba remite y estaba dirigido simplemente a Thomas Ward, Oakhaven House , con una letra firme que no conocía.
La abrió en la despensa, lejos de Havelock.
Señor Ward:
Mi hija ha llegado viva. No diré dónde y le agradeceré que no lo pregunte. Me ha contado que usted la ayudó cuando otros habrían mirado hacia otro lado. Por eso le escribo solo una vez.
Rosalind lleva consigo una carta de Lawrence. Dice que es lo único que conserva de él. Está embarazada y el médico cree que el niño nacerá en otoño. Si alguna vez alguien en Oakhaven pregunta si sobrevivió, puede responder que sí. Si pregunta dónde está, no lo sabe. Esa será la verdad.
Mi otra hija no sabe aún cuanto ha ocurrido. Elena es distinta de Rosalind. Cuando quiere una respuesta, la persigue hasta que la encuentra. Si llega a Oakhaven, no intente detenerla. Solo procure que no se convierta en aquello que viene a combatir.
Martha Thorne.
Ward había leído el último párrafo muchas veces.
Después quemó la carta.
No por obediencia a Catherine, sino porque Martha tenía razón: cuanto menos pudiera revelar bajo presión, mejor. Memorizó las frases esenciales y observó cómo el papel se convertía en ceniza.
Tres semanas más tarde llegó una solicitud de empleo a nombre de Iris Fletcher. La agencia adjuntaba una descripción: veinticinco años, cabello rojizo, estudios suficientes para enseñar francés, letras y contabilidad. Ward había sentido entonces la primera sospecha.
Al verla bajar del carruaje, la sospecha se volvió certeza.
Elena Thorne había obedecido exactamente a su naturaleza.
Había ido a buscar la respuesta.
Abrió el relicario.
Los dos mechones seguían bajo el cristal.
—¿Qué pretende hacer, señorita Thorne? —murmuró.
No esperaba respuesta.
Cerró la tapa y devolvió el objeto a la caja.
Después apagó la vela.
En Oakhaven, tres personas buscaban ya la misma verdad desde lugares distintos.
Y Thomas Ward era el único que sabía cuánto daño podía causar cuando se encontraran.