Capítulo 4 Los dominios de la señora
L ady Catherine había convocado a Iris a las diez y media, una hora elegida con la misma intención con que se escoge el lugar de una silla en una mesa.
El tocador de la marquesa ocupaba una esquina del ala oeste.
Tenía dos ventanas altas, una chimenea de mármol claro y un espejo de tres cuerpos frente al que Catherine se sentaba mientras Bridget arreglaba su cabello.
No era la estancia más grande de Oakhaven, pero sí una de las pocas donde cada objeto parecía colocado para obedecer a una sola persona.
Iris llamó.
—Adelante.
Entró.
Catherine no se volvió. La observó a través del espejo.
—Señorita Fletcher.
—Milady.
—Acérquese.
Iris avanzó hasta quedar a unos pasos del tocador.
Bridget siguió cepillando el cabello de su señora. Su mano derecha ejecutaba movimientos largos y regulares; la izquierda sujetaba los mechones con una rigidez que delataba tensión.
—Margaret me dice que ha decidido cambiar su programa de estudios —dijo Catherine.
—He comprobado que conoce mejor el francés de lo que indicaba el plan anterior.
—El plan anterior lo redacté yo.
—Entonces fue prudente. Ahora puedo adaptarlo.
La marquesa alzó una ceja.
Iris supo que aquella respuesta había estado cerca de cruzar una línea.
—¿Y qué piensa enseñarle?
—Historia, composición, francés, algo de economía doméstica y, si lo permite, contabilidad básica.
Bridget dejó de cepillar durante una fracción de segundo.
Catherine lo vio en el espejo.
—Continúa.
La doncella obedeció.
—¿Contabilidad? —preguntó la marquesa.
—Lady Margaret tiene facilidad para los números.
—Lady Margaret no administrará una finca.
—Puede administrar su propio hogar algún día.
—Para eso tendrá un mayordomo.
Iris inclinó la cabeza.
—Un mayordomo trabaja mejor para una persona que sabe leer sus cuentas.
Catherine se volvió por fin.
No había ira en su rostro. Había curiosidad.
—¿Su padre le enseñó eso?
La pregunta llegó con precisión.
Iris había preparado una biografía falsa, pero Catherine parecía empeñada en recorrerla como un inspector que comprueba la solidez de un puente.
—Sí, milady.
—Su padre, el pequeño propietario de Buckinghamshire.
—Así es.
—¿Cómo se llamaba?
Iris respondió sin vacilar.
—Henry Fletcher.
—¿Y su propiedad?
—Redbrook Farm.
—Curioso. Tengo una prima cerca de Aylesbury. Conoce prácticamente a todas las familias de la zona.
Iris sintió el impulso de carraspear.
Lo reprimió.
—Redbrook era pequeña. Apenas ciento veinte acres.
—Eso no es una propiedad insignificante.
—Lo fue después de dos malas cosechas.
Catherine la miró durante varios segundos.
—Bridget, deja las horquillas y sal.
La muchacha obedeció con rapidez. Cuando cerró la puerta, Iris oyó sus pasos detenerse al otro lado.
La marquesa se levantó.
—No tengo interés en humillarla, señorita Fletcher.
—No lo había supuesto.
—No, claro. Usted no parece una mujer que suponga debilidad en los demás.
Catherine caminó hacia la ventana.
—Tengo tres hijos. Tenía tres hijos. —La corrección fue mínima, pero real—.
Lawrence era el mayor. Theodore es el único varón que me queda.
Margaret tiene quince años y dentro de pocos años su vida dependerá de decisiones que quizá no comprenda todavía.
No permitiré que una persona desconocida convierta su duelo en rebeldía.
—No es mi intención.
—Las intenciones son una forma cómoda de absolverse. Me interesan los efectos.
Iris permaneció quieta.
Catherine apartó ligeramente la cortina. Desde allí se veía el jardín formal, la avenida y, más allá, los primeros árboles del bosque.
—Margaret ha empezado a hacer preguntas —continuó—. Sobre su hermano. Sobre la casa. Sobre asuntos que antes aceptaba sin discutir.
—Tal vez las preguntas empezaron antes de que yo llegara.
—Tal vez. Pero usted les ha dado permiso.
Iris pensó en la biblioteca.
—No sabía que necesitara permiso para pensar.
Catherine dejó caer la cortina.
—Ahí está.
—¿Qué cosa?
—La razón por la que no me gustan las institutrices inteligentes.
La marquesa regresó al tocador.
—Las mediocres enseñan francés y música. Las inteligentes creen que pueden corregir una familia.
—No he venido a corregir la suya.
—Entonces no tendrá dificultades.
Catherine tomó un frasco de perfume y se aplicó una gota en las muñecas.
Lavanda.
El olor llegó a Iris de manera inmediata.
Su cuerpo reaccionó antes que su pensamiento. Una imagen de Rosalind, diecisiete años, sentada ante un espejo barato y frotándose una gota del mismo aroma detrás de las orejas.
Catherine lo vio.
—¿No le gusta?
—¿El perfume?
—La lavanda.
Iris sonrió con cuidado.
—Me recuerda a alguien.
—¿A quién?
—A mi madre.
La mentira salió demasiado limpia.
Catherine dejó el frasco.
—Anoche dijo que apenas la recordaba.
Iris notó un vacío en el estómago.
—Recuerdo su perfume mejor que su rostro.
La marquesa no apartó la mirada.
—La memoria es extraña.
—Mucho.
—A veces conserva exactamente lo que uno preferiría perder.
Iris no respondió.
Catherine se sentó.
—¿Tiene hermanos?
La pregunta era inevitable. Iris había estado esperándola desde el día anterior.
—No.
La garganta se le cerró.
Esta vez carraspeó.
Solo una vez.
Catherine sonrió.
No fue una sonrisa amable.
—Ahí está otra vez.
Iris decidió no fingir incomprensión.
—¿Qué cosa?
—Ese pequeño sonido. Lo hace cuando una respuesta le cuesta más que las otras.
—Tal vez tengo la garganta sensible.
—Tal vez.
La marquesa tomó una horquilla del tocador y la hizo girar entre los dedos.
—Mi padre decía que una buena mentira necesita dos virtudes: memoria y ausencia de remordimiento. La primera puede entrenarse. La segunda es más difícil.
Iris sostuvo su mirada.
—¿Y era un experto?
Catherine dejó la horquilla.
—Era político.
Por primera vez, Iris no supo si aquello era humor.
La marquesa señaló la puerta.
—Puede retirarse. Margaret la espera.
Iris hizo una reverencia.
—Milady.
—Señorita Fletcher.
Ya tenía la mano sobre el picaporte cuando Catherine añadió:
—Una casa como Oakhaven funciona porque cada persona comprende qué debe saber y qué no le corresponde saber.
Iris se volvió.
—¿Y quién decide esa frontera?
—Quien soporta las consecuencias cuando se cruza.
Iris salió.
Bridget esperaba en el pasillo.
La doncella levantó la cabeza y la volvió a bajar en seguida.
—Lady Margaret está en el salón de clases.
Iris dio dos pasos y se detuvo.
—Bridget.
—¿Sí, señorita?
—¿Conoció a una criada llamada Rosalind?
La muchacha palideció.
Fue una reacción tan rápida que no podía confundirse con desconocimiento.
—No sé de quién habla.
—No he dicho que trabajara aquí.
Bridget apretó los dedos sobre el delantal.
—Tengo que ayudar a la señora Havelock.
Se alejó antes de que Iris pudiera responder.
Iris la dejó marchar.
No la seguiría. No todavía.
La primera regla que había impuesto a Margaret debía aplicársela también a sí misma: una reacción no era una prueba.
Pero sí era una dirección.
* * *
Catherine esperó hasta que oyó cerrarse la puerta del corredor.
—Bridget.
La doncella regresó.
—Milady.
—Quiero que vigiles a la señorita Fletcher.
Bridget bajó los ojos.
—Sí, milady.
—No he terminado.
La muchacha volvió a quedarse quieta.
Catherine tomó la horquilla que había dejado sobre el tocador.
—No quiero chismes. No quiero interpretaciones. Quiero hechos. Adónde va. Con quién habla. Qué habitaciones visita. Qué cartas recibe.
—Sí, milady.
—Y si vuelve a preguntarte por Rosalind Thorne, vienes a verme inmediatamente.
Bridget levantó la cabeza.
Catherine vio el miedo.
—¿Me has entendido?
—Sí.
—Bien.
La doncella hizo una reverencia y salió.
Catherine esperó un minuto antes de llamar a Mrs. Havelock.
El ama de llaves apareció con un manojo de llaves en la cintura y un cuaderno bajo el brazo. Había servido en Oakhaven veintitrés años y poseía una virtud que Catherine valoraba más que la simpatía: no confundía obediencia con estupidez.
—Milady.
—Quiero revisar las cuentas del servicio de abril.
Havelock no preguntó por qué.
—Las traeré.
—Aquí.
Regresó cinco minutos después con dos volúmenes. Catherine despejó una parte del tocador y abrió el primero.
Los números la tranquilizaban.
No porque fueran sencillos. Las personas que no administraban casas grandes imaginaban que un título convertía el dinero en una sustancia abstracta que aparecía cuando se necesitaba.
Catherine sabía cuántas toneladas de carbón consumía el ala oeste en un invierno húmedo, cuánto subía el precio de la carne cuando una enfermedad afectaba al ganado, cuántas yardas de tela podían aprovecharse de un vestido antes de que la economía empezara a parecer pobreza.
Oakhaven sobrevivía porque alguien contaba.
Edmund hablaba de tierras.
Los administradores hablaban de rentas.
Catherine sabía cuánto costaban las velas.
Pasó las páginas.
—La cocina ha gastado más harina.
—El funeral —respondió Havelock—. Hubo gente en casa tres días.
—Y el carbón.
—Llovió casi toda la semana.
Catherine asintió.
No necesitaba explicaciones más largas.
Llegó a la relación de salarios.
Allí estaba.
Rosalind Thorne — doncella de cocina — salario hasta 15 de abril.
Havelock permaneció inmóvil.
Catherine apoyó un dedo sobre la línea.
—Esto no se modifica.
—Nunca modifico un libro cerrado, milady.
—Bien.
—El libro de turnos sí se corrigió.
Catherine levantó la vista.
—Lo sé.
Havelock no bajó los ojos.
—Fue una mala idea.
La frase habría costado el puesto a otra persona.
Catherine cerró el libro a medias.
—¿Por qué?
—Porque una ausencia llama más la atención cuando alguien intenta hacerla perfecta.
Catherine sintió un cansancio instantáneo.
—No te pedí opinión aquella noche.
—No, milady.
—Y no te la pido ahora.
—Entonces no diré más.
Eso era exactamente lo que Catherine apreciaba y detestaba de Havelock: sabía detenerse un paso antes de la insolencia sin retroceder realmente.
—¿Quién ha visto este libro?
—Yo. Ward. El señor Croft cuando cerró los pagos del mes.
—¿Theodore?
—No que yo sepa.
—¿La señorita Fletcher?
Havelock levantó una ceja.
—Lleva dos días en la casa.
—Eso no responde.
—No.
Catherine cerró el volumen.
—No quiero que consulte libros de salarios sin mi autorización.
—¿Tampoco si dice que son para enseñar contabilidad a Lady Margaret?
La precisión de la pregunta irritó a Catherine porque demostraba que Havelock ya había previsto la posibilidad.
—Puede enseñarle con los registros actuales. No con abril.
—Entendido.
Catherine se levantó y caminó hacia la ventana.
—¿Rosalind hablaba mucho con el resto del servicio?
Havelock tardó un momento.
—No más que otras muchachas.
—Eso no es lo que he preguntado.
—Tenía amistad con Bridget. Pratchett la apreciaba porque trabajaba deprisa. Alfred apenas coincidía con ella. Ward… —se detuvo.
—¿Ward qué?
—La protegía un poco.
Catherine se volvió.
—¿Por qué?
—Porque era joven. Porque su madre le escribió una vez pidiendo que no la dejara perder el puesto. Porque Ward tiene debilidad por la gente que cree que está a punto de ser expulsada del mundo.
Catherine pensó en el mayordomo aquella noche, junto al horno del sótano.
Quémelo todo.
Y en la forma en que había obedecido demasiado despacio.
—¿Sabías lo de Lawrence?
Havelock no fingió ignorancia.
—Sabía que Lord Lawrence bajaba más a la cocina de lo necesario.
—¿Cuánto más?
—Lo suficiente para que Pratchett empezara a mandar a Rosalind a la despensa cada vez que lo veía entrar.
Catherine apretó los labios.
—¿Y no me dijiste nada?
—Pensé que usted ya lo sabía.
La respuesta dolió porque era cierta.
Catherine lo había sabido.
No con fechas ni confesiones, pero sí con esa clase de conocimiento que una madre adquiere cuando su hijo cambia el modo de vestirse para cenar, empieza a encontrar excusas para bajar a una cocina y se vuelve demasiado atento a los horarios del servicio.
Había elegido esperar.
Esperar a que se cansara.
Esperar a que Rosalind se asustara.
Esperar a que Edmund hablara con él.
Esperar a que el problema se corrigiera por sí solo.
En Oakhaven, pensó, casi todas las catástrofes recientes habían empezado con alguien esperando.
—Puedes irte, Havelock.
El ama de llaves recogió los libros.
Antes de llegar a la puerta, Catherine habló de nuevo.
—¿Crees que la señorita Fletcher se parece a ella?
Havelock se detuvo.
—¿A Rosalind?
—Sí.
—No mucho.
Catherine sintió un alivio absurdo.
—Pero tienen la misma forma de mirar cuando creen que una pregunta merece respuesta —añadió Havelock.
El alivio desapareció.
—Eso no es un parecido físico.
—No, milady.
Havelock salió.
Catherine permaneció sola con el olor a lavanda y el pequeño desorden de objetos que Bridget había dejado sobre el tocador.
Había ordenado vigilar a Iris Fletcher porque no podía permitirse otra variable dentro de la casa.
Sin embargo, por primera vez se preguntó si la variable había llegado de fuera o si Oakhaven llevaba semanas produciéndola por sí misma.
Catherine permaneció ante el espejo.
El nombre de Rosalind llevaba tres semanas sin pronunciarse en aquella habitación. Oírlo en boca de la nueva institutriz había producido un efecto físico: una presión bajo el esternón, breve y desagradable.
Abrió el cajón inferior del tocador.
Dentro había una pequeña llave de hierro y un sobre vacío.
La llave pertenecía al escritorio de Lawrence.
El sobre había contenido una carta que Edmund había guardado y que Catherine no había conseguido leer antes de que él la encerrara en su estudio.
Cerró el cajón.
No sabía quién era Iris Fletcher.
Pero sabía una cosa.
La muchacha pelirroja había llegado a Oakhaven tres semanas después de la desaparición de Rosalind Thorne y había pronunciado su nombre en el segundo día de servicio.
Las coincidencias eran una forma elegante de llamar a los peligros que todavía no tenían nombre.