El relicario de las mentiras (Sombras de Oakhaven 1) Capítulo 3 El refugio de los vivos #2
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Capítulo 3 El refugio de los vivos #2

Iris apartó la boca para disimular una sonrisa.

Theodore abrió el armario.

Los libros estaban allí.

—Muy bien —dijo—. Una victoria para la lógica.

Margaret se volvió hacia Iris.

—¿Ve? Puedo investigar.

—Habéis recordado dónde se guarda un libro.

—Todo gran detective empieza por algo.

—Y termina, con frecuencia, confundiendo entusiasmo con prueba.

Theodore levantó la cabeza.

—¿Detective?

Margaret se arrepintió de la palabra en cuanto la dijo.

Iris respondió antes que ella.

—Hablábamos de memoria. De la tendencia a reconstruir lo que no recordamos.

—Una conversación alegre para una tarde de lluvia.

Theodore sacó dos volúmenes y los colocó sobre la mesa.

Margaret observó la forma en que pasaba las páginas. No buscaba una cifra concreta. Buscaba una ausencia.

—¿Qué quieres encontrar?

—Nada.

—Eso también ha sido una mentira —dijo Margaret.

Theodore la miró y luego a Iris.

—¿Le está enseñando eso?

—No directamente.

—Pues aprende deprisa.

Margaret se levantó y se acercó a los libros.

—¿Qué buscas?

Theodore dudó.

Tenía veintiún años y había pasado la mayor parte de su vida ejerciendo una protección que Margaret no le había pedido.

Cuando Lawrence vivía, Theodore podía permitirse ser el hermano incómodo, el que llegaba tarde a la cena, discutía con el administrador y hablaba de vender parcelas que su padre consideraba sagradas.

Desde el funeral, alguien había empezado a mirarlo como al hombre que un día heredaría Oakhaven.

Él parecía odiarlo más que nadie.

—Quiero saber si Lawrence sacó dinero de la finca —dijo al fin.

Margaret frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque las últimas semanas antes de morir preguntó dos veces por su patrimonio personal. Le pidió a Croft copias de ciertos documentos. Y padre ha retirado del archivo varias carpetas.

Iris no se movió, pero Margaret vio que escuchaba con una atención distinta.

—¿Crees que tenía deudas? —preguntó.

—Lawrence siempre tenía alguna deuda.

Margaret sintió una punzada de irritación.

—No hables así de él.

Theodore cerró el libro.

—¿Así cómo?

—Como si estuvieras esperando encontrar algo malo.

—No estoy esperando nada. Estoy mirando cuentas.

—Siempre haces eso. Hablas de él como si hubiera sido un idiota porque a padre le gustaba más.

La frase quedó fuera antes de que pudiera detenerla.

Theodore se puso rígido.

Iris dio un paso hacia la puerta.

—Quizá deba dejarlos.

—No —dijo Theodore—. Quédese. Al parecer hoy todos hemos decidido decir lo que pensamos delante de testigos.

Margaret sintió calor en las mejillas.

—Lo siento.

—No. No lo sientes. Y probablemente tengas razón en parte.

Theodore apoyó las manos en la mesa.

—Yo quería a Lawrence. También quería estrangularlo aproximadamente tres veces por semana. Las dos cosas pueden ser ciertas.

Margaret lo miró.

Theodore continuó, ahora sin ironía:

—Cuando yo tenía dieciséis años, padre me dijo que no necesitaba aprender las cuentas de la finca porque Lawrence se ocuparía de ellas. Cuando cumplí dieciocho, Lawrence me enseñó a escondidas. ¿Sabes por qué?

Margaret negó con la cabeza.

—Porque dijo que ningún hombre debía depender de la buena salud de su hermano para entender de qué vivía su familia.

El recuerdo transformó el rostro de Theodore durante un instante.

—Era insoportable. Llegaba tarde. Gastaba demasiado en caballos. Se creía capaz de arreglar cualquier problema si sonreía lo suficiente. Y aun así fue él quien me enseñó lo que padre consideraba innecesario enseñarme.

Margaret miró los números.

—Nunca me lo contó.

—Lawrence hacía muchas cosas sin contarlas.

Iris habló por primera vez.

—Quizá porque no quería que cada gesto se convirtiera en una obligación.

Theodore la observó.

—¿Eso es una teoría de institutriz?

—Es una teoría de persona que ha conocido familias.

Él soltó un sonido breve, casi una risa.

—En ese caso, bienvenida a una especialmente poco saludable.

Margaret tocó la esquina del libro de cuentas.

—Si no buscas deudas, ¿qué buscas?

—Movimientos. Pagos extraordinarios. Dinero que hubiera podido retirar sin pasar por padre.

—¿Para qué?

—No lo sé.

Margaret pensó en la pregunta de Lawrence dos días antes de morir: ¿puede una persona elegir una vida distinta?

La frase adquirió otra forma.

—Tal vez necesitaba dinero para irse.

Theodore la miró bruscamente.

—¿Irse adónde?

—No sé.

—¿Te dijo algo?

Margaret vaciló.

Había guardado aquella conversación como algo privado entre ella y el muerto. Compartirla le pareció, durante un segundo, una traición. Después recordó lo que acababa de exigir a Iris: no permitir que los vivos protegieran las mentiras de los muertos.

—Me preguntó si creía que se podía escoger otra vida —dijo—. Dos noches antes de morir.

Theodore se sentó.

—¿Qué más?

—Nada. O no mucho. Dijo que a veces una casa podía ser una deuda que uno heredaba antes de tener edad para firmarla.

Theodore bajó la vista hacia los libros de cuentas.

—Eso sí suena a Lawrence.

—¿Qué significa?

—Que quizá llevaba más tiempo pensando en marcharse de lo que nadie imaginaba.

Margaret miró a Iris.

La institutriz no hizo preguntas. Tampoco le indicó qué conclusión debía sacar.

—¿Puede alguien renunciar a un título? —preguntó Margaret.

Theodore se encogió de hombros.

—A las expectativas, sí. A ciertas obligaciones, no tan fácilmente. Pero Lawrence podía casarse con quien quisiera cuando fuera mayor de edad. Padre podía enfadarse. Madre podía organizar un funeral simbólico en el comedor. El mundo no se habría acabado.

—Ellos actúan como si sí.

—Porque para ellos el mundo tiene límites muy concretos. Empieza en la verja de Oakhaven y termina donde deja de llegar nuestro apellido.

Iris se acercó a la mesa.

—¿Y para vos?

Theodore levantó la mirada.

La pregunta pareció incomodarlo más que cualquier acusación de Margaret.

—No lo sé todavía.

Iris asintió.

—Una respuesta razonable.

Margaret sonrió.

—A mí me ha dicho lo mismo.

—Entonces empiezo a sospechar que cobra por no responder preguntas —dijo Theodore.

—Es una parte importante de la educación.

La lluvia golpeó con más fuerza los cristales.

Durante unos minutos los tres revisaron los libros. Theodore explicó a Margaret cómo leer una columna de rentas, dónde se anotaban atrasos y por qué una cifra entre paréntesis no era un adorno. Iris hizo dos preguntas sobre amortizaciones que obligaron a Theodore a buscar otro volumen.

Margaret comprendió algo que Lawrence había sabido y que su padre parecía ignorar: aprender podía parecerse mucho a desobedecer cuando alguien había decidido de antemano qué cosas no necesitabas saber.

No encontraron ninguna retirada extraordinaria.

Pero cuando Theodore cerró el último libro, ya no parecía decepcionado.

—Si sacó dinero —dijo—, no fue de la finca.

—Entonces habrá otro rastro —respondió Margaret.

Theodore la miró.

—¿Quién eres y qué has hecho con mi hermana?

—He empezado a estudiar.

—Eso sí que asusta.

Iris recogió el diccionario.

—No habéis encontrado una respuesta. Habéis eliminado una posibilidad. También cuenta.

Theodore asintió lentamente.

—Tal vez sí.

Antes de salir, se detuvo junto a Margaret.

—Lo de antes.

Ella levantó la cabeza.

—Yo también lo echo de menos —dijo.

No añadió nada.

No hacía falta.

Margaret vio cómo cerraba la puerta y pensó que quizá había cometido otra injusticia: convertir a Theodore en el hermano que quedaba, como si sobrevivir fuera una característica suficiente para definir a una persona.

Cuando volvió a mirar a Iris, la institutriz estaba guardando el diccionario en su sitio.

—No diga nada —advirtió Margaret.

—No pensaba hacerlo.

—Bien.

—Pero mañana aprenderemos a leer una cuenta de explotación.

Margaret gimió.

La normalidad del comentario fue tan absurda que terminó riendo otra vez.

* * *

Iris no regresó directamente a su habitación.

Bajó a la galería del primer piso y se detuvo ante una ventana desde la que podía ver el patio de servicio. Bridget cruzaba con una cesta de ropa. Alfred descargaba leña. Ward hablaba con un mozo de cuadra junto al arco que conducía a los establos.

Desde allí, cada persona parecía reducida a su función. Cargar, limpiar, ordenar, abrir, cerrar. Era fácil entender cómo una mujer podía desaparecer de una casa así: bastaba con que otro cuerpo ocupara su tarea al día siguiente.

Iris sacó la nota del bolsillo.

Pregunte por el relicario de plata.

La letra le resultaba deliberadamente impersonal.

El autor había evitado florituras y había escrito con trazos comprimidos, quizá para no ser reconocido.

Sin embargo, la presión de la pluma aumentaba al final de cada palabra y la “r” tenía una curva peculiar.

Iris había visto una forma parecida aquella mañana, en el libro de registros que Ward llevaba bajo el brazo.

No era una prueba.

Pero confirmaba su intuición.

Guardó el papel.

Tenía otra cuestión. Si Ward sabía quién era ella, ¿por qué no la había denunciado?

Solo encontraba tres respuestas posibles.

Porque quería utilizarla.

Porque temía a la misma persona que ella.

O porque llevaba tres semanas intentando reparar algo que había hecho la noche de la muerte de Lawrence.

La tercera posibilidad era la más peligrosa, porque invitaba a confiar.

Iris había aprendido muy joven que la culpa podía volver bondadosa a una persona o simplemente más hábil para esconderse.

En el patio, Ward levantó la cabeza.

No podía verla con claridad detrás del cristal, pero su mirada se dirigió exactamente hacia aquella ventana.

Iris no se apartó.

Durante varios segundos, ambos permanecieron quietos, separados por una planta de altura y una historia que ninguno se atrevía todavía a nombrar.

Después Ward inclinó la cabeza.

No era un saludo de mayordomo. Desde aquella distancia, sin testigos, parecía otra cosa.

Un reconocimiento.

Iris guardó la nota y siguió caminando.