El relicario de las mentiras (Sombras de Oakhaven 1) Capítulo 3 El refugio de los vivos
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Capítulo 3 El refugio de los vivos

Margaret llevaba tres semanas entrando en la biblioteca a escondidas.

N o porque la biblioteca estuviera prohibida. Su madre no necesitaba prohibir una habitación para vaciarla. Bastaba con retirar las flores, correr las cortinas y dejar de encender el fuego. Desde la muerte de Lawrence, nadie permanecía allí más de lo necesario.

Para Margaret, precisamente por eso se había convertido en el único lugar respirable de Oakhaven.

Aquella tarde estaba sentada en el alféizar con un libro cerrado sobre las rodillas. No leía. Miraba la lluvia deslizarse por el cristal y trataba de recordar la voz de su hermano.

Ese era el problema de los muertos: al principio se recordaba demasiado. El sonido de sus pasos, una risa en el corredor, la forma de doblar una esquina. Después empezaban a desaparecer detalles. La memoria elegía por su cuenta qué conservar.

Margaret temía que un día no recordara cómo pronunciaba Lawrence su nombre.

Abrió el libro.

Fábulas de Esopo.

Lo había leído con él cuando tenía siete años. Lawrence hacía voces distintas para los animales. Theodore protestaba desde el otro lado de la habitación porque no podía estudiar con tanto ruido.

Pensó en Theodore y sintió culpa.

Su hermano seguía vivo. Ella, sin embargo, pasaba más tiempo hablando con el recuerdo del muerto que con el hombre que desayunaba frente a ella cada mañana.

La puerta se abrió.

Iris Fletcher se detuvo en el umbral.

—Perdonad.

Margaret cerró el libro.

—Todo el mundo pide perdón justo antes de quedarse.

La institutriz no se marchó.

Eso confirmó la observación.

—Venía a buscar un diccionario.

—Hay uno en el salón de clases.

—Es malo.

Margaret la miró.

—¿Malo?

—Le faltan páginas y alguien ha corregido en tinta tres palabras francesas correctamente impresas para convertirlas en errores.

—Lawrence.

Iris no necesitó preguntar.

Margaret sintió una sonrisa involuntaria.

—Decía que los diccionarios eran demasiado autoritarios.

—Eso explica bastante.

Iris entró y dejó la puerta abierta.

Margaret advirtió el detalle. Las anteriores institutrices cerraban las puertas para crear intimidad o disciplina. Iris parecía evitar cualquier gesto que pudiera hacerla sentir atrapada.

Fue hacia la estantería.

—¿Qué buscáis de verdad? —preguntó Margaret.

La mano de Iris se detuvo sobre un lomo.

—Un diccionario.

—Mentís mejor cuando no carraspeáis.

La institutriz se volvió.

Durante un instante no hubo reacción en su rostro. Después, sorprendentemente, sonrió.

—Lady Catherine tiene buena memoria.

—Mi madre tiene muchas cosas. Memoria entre ellas.

—Y vos escucháis más de lo que aparentáis.

—En esta casa es la única manera de aprender algo.

Iris tomó un diccionario y se sentó en el sillón frente a la ventana.

Margaret la observó abrirlo.

—¿Conocíais a Lawrence?

La pregunta salió antes de que decidiera formularla.

Iris no levantó la cabeza.

—No personalmente.

No carraspeó.

Margaret sintió una mezcla de decepción y alivio.

—Entonces ¿por qué miráis sus libros como si buscarais algo?

Iris cerró el diccionario.

—Porque los libros que una persona conserva dicen cosas de ella.

—Eso no responde.

—No completamente.

Margaret bajó del alféizar.

—Mi hermano murió en un accidente.

Iris la miró.

La muchacha había pronunciado la frase muchas veces. Ante vecinos, criados, el vicario, las cartas de condolencia. Cada repetición la hacía sonar menos cierta.

—Eso dice el certificado —respondió Iris.

Margaret se quedó inmóvil.

—¿Qué queréis decir?

—Exactamente lo que he dicho.

—No. Queréis decir otra cosa.

Iris apoyó el diccionario sobre la mesa.

—¿Qué recordáis de los días anteriores a su muerte?

Margaret notó que el corazón se le aceleraba.

—¿Por qué?

—Porque me lo habéis preguntado vos primero.

—Eso tampoco es una respuesta.

—Entonces estamos empatadas.

Margaret habría debido irritarse. En cambio, se sentó frente a ella.

Hablar de Lawrence con su familia era imposible. Su padre convertía cualquier recuerdo en una defensa del apellido. Su madre elegía las anécdotas que demostraban lo buen heredero que había sido. Theodore apenas podía oír el nombre sin ponerse rígido.

Iris no parecía querer convertirlo en nada.

—Estaba inquieto —dijo Margaret—. Las últimas dos semanas.

La institutriz no se movió.

—¿Cómo?

—Salía mucho. A Northampton, al pueblo, al bosque. Recibía cartas que guardaba enseguida. Una vez mi madre entró en la biblioteca y él escondió una debajo de un libro.

—¿Visteis la letra?

—No.

Margaret trató de recordar.

—Pero olía a lavanda.

Iris dejó de respirar durante una fracción de segundo.

Margaret lo vio.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Eso ha sido una mentira.

Iris apoyó las manos sobre las rodillas.

—Conocí a una persona que usaba lavanda.

—¿Una mujer?

La pausa bastó.

Margaret sintió que algo se abría bajo sus pies.

—Lawrence estaba enamorado.

Iris no confirmó ni negó.

—Mi madre habría sabido algo.

—Tal vez.

—Mi padre también.

—Tal vez.

—Theodore no.

Eso sí lo sabía. Theodore había estado demasiado ocupado intentando demostrar que podía ocuparse de las cuentas del norte. Lawrence no le confiaba asuntos íntimos; o Theodore creía que no lo hacía.

Margaret se levantó y caminó hacia la estantería.

—Una noche —dijo— vino a mi habitación. Fue dos días antes de morir. Me preguntó si creía que una persona podía elegir una vida distinta de la que le habían preparado.

Iris la escuchaba sin interrumpir.

—Le dije que sí. —Margaret pasó un dedo por el lomo de un libro—. Mentí. Yo no sabía nada de elegir. Sigo sin saberlo.

—Tenéis quince años.

Margaret se volvió con brusquedad.

—No soy una niña.

—No he dicho que lo seáis. He dicho que tenéis quince años. Hay una diferencia.

La respuesta la detuvo.

Iris continuó:

—No tenéis por qué haber resuelto todavía cómo se vive una vida entera.

Margaret miró el suelo.

Su madre hablaba de sus quince años como una etapa que debía corregirse deprisa: postura, música, francés, costura, modales, preparación para un matrimonio futuro. Iris acababa de convertirlos en permiso para no saber.

—Lawrence decía algo parecido —murmuró.

—Entonces quizá os enseñó bien.

Margaret levantó los ojos.

—¿Creéis que no fue un accidente?

Iris tardó en responder.

—Creo que hay demasiadas personas en esta casa comportándose como si una pregunta pudiera hacerles daño.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que puedo daros ahora.

Margaret dio un paso hacia ella.

—¿Estáis investigando su muerte?

La palabra investigar hizo que todo resultara más real.

Iris no carraspeó.

—Estoy tratando de entenderla.

—¿Por qué?

Esta vez sí apareció la vacilación.

Margaret la vio tragar saliva.

—Porque no creo que los muertos deban cargar con las mentiras de los vivos.

No era una explicación completa.

Pero era verdadera.

Margaret regresó al sillón y se sentó.

—Entonces quiero ayudar.

Iris negó con la cabeza.

—No.

—¿Por qué?

—Porque sois su hermana. Porque vivís aquí. Porque las consecuencias serán vuestras mucho después de que yo me marche.

—Eso significa que tengo más derecho que vos.

—Significa que tenéis más que perder.

Margaret sintió subir la rabia.

—Todo el mundo dice lo mismo. Mi madre decide lo que no debo saber porque quiere protegerme.

Mi padre decide lo que no debo oír porque quiere protegerme.

Theodore decide qué conversaciones no son apropiadas porque quiere protegerme.

¿También vos vais a protegerme hasta dejarme sin ninguna decisión propia?

Iris guardó silencio.

La muchacha respiró con fuerza.

—Lawrence era la única persona que no lo hacía.

Aquello cambió algo.

Iris se inclinó hacia delante.

—Está bien.

Margaret tardó un segundo en comprender.

—¿Qué?

—Podéis ayudarme. Pero con una condición.

—¿Cuál?

—No hacéis nada a escondidas que os ponga en peligro. Si encontráis algo, venís a mí. Si sospecháis de alguien, no lo enfrentáis. Y no confundís una sospecha con una prueba.

Margaret cruzó los brazos.

—Son tres condiciones.

—Entonces empezamos mal.

Margaret sonrió.

—Acepto dos y media.

—Aceptáis las tres.

—Ya veremos.

Iris exhaló por la nariz, resignada.

—Primera lección de investigación: las personas que dicen «ya veremos» suelen significar «no».

—Primera lección sobre los Blackwood: las personas que dicen «no» a veces no mandan tanto como creen.

Aquello hizo reír a Iris.

Margaret la observó con sorpresa.

No recordaba haber oído reír a una institutriz en Oakhaven.

Y por primera vez desde la muerte de Lawrence, la biblioteca dejó de parecerle un refugio construido únicamente con recuerdos.

Había alguien vivo dentro.

La puerta volvió a abrirse antes de que Margaret pudiera decidir si aquella risa había sido una traición al luto.

Theodore apareció con un legajo bajo el brazo.

Se detuvo al verlas.

—Vaya. La biblioteca ha recuperado población.

Margaret cerró Esopo sobre las rodillas.

—No sabía que necesitara permiso.

—No lo necesitas. Solo me sorprende que madre no haya puesto un guardia.

Iris se levantó.

—Si preferís quedaros a solas, puedo continuar mañana.

—No —dijo Margaret con demasiada rapidez.

Theodore la miró.

Después miró a Iris.

—No hace falta que se vaya. He venido a buscar los libros de rentas del año pasado.

Dejó el legajo sobre la mesa. Margaret vio columnas de números, nombres de arrendatarios y pequeñas anotaciones en tinta roja.

—¿Padre te ha encargado eso?

—Padre me encarga cosas cuando quiere recordar que todavía tiene un hijo varón.

La frase salió con una ligereza que no alcanzó a ocultar el resentimiento.

Margaret bajó los ojos.

Theodore lo notó.

—No era contra ti.

—Ya lo sé.

—Ni contra Lawrence.

Eso era menos cierto.

Iris permaneció junto al sillón, sin intervenir. Margaret sintió de pronto la incomodidad de tener una testigo para una clase de conversación que en Oakhaven solo existía detrás de puertas cerradas.

Theodore empezó a revisar los estantes inferiores.

—¿Dónde guardaba Lawrence los libros de cuentas del norte?

—En el armario junto al mapa —respondió Margaret.

—Eso era antes.

—Sigue siendo después.

Theodore la miró.

—¿Qué?

—Si los guardaba allí antes de morir, no veo por qué la muerte iba a moverlos.