Capítulo 2 Las reglas del silencio #2
—¿Esto entra en el programa?
—A partir de ahora sí.
—Entonces escriba que hemos estudiado geografía.
—¿Por qué?
—Porque si madre pregunta, «hemos discutido quién sostiene realmente el poder económico de Oakhaven» puede sonar provocador.
Iris sonrió.
—Geografía, entonces.
Mientras regresaban al salón de clases, Margaret se detuvo ante el retrato de una mujer vestida de azul oscuro.
—Esa es mi bisabuela Eleanor. Vendió sus joyas durante una mala cosecha para pagar salarios.
—¿Aparece en el mapa?
Margaret miró hacia atrás.
—No.
—Recordadlo.
—¿Como una lección?
—Como un hecho.
Margaret asintió.
Fue la primera vez que Iris vio cómo una idea podía instalarse en ella sin producir resistencia inmediata.
* * *
Después de la clase, Iris bajó a la cocina.
Lo hizo deliberadamente.
Quería conocer el servicio, pero también comprobar una ausencia.
Rosalind no estaba allí.
La cocina de Oakhaven era grande, caliente y organizada alrededor de una mesa de trabajo marcada por cuchillos y años.
George Pratchett gobernaba los fogones con una cuchara de madera en una mano y una autoridad que no necesitaba uniforme.
Mrs. Havelock controlaba la despensa. Bridget Holloway limpiaba una bandeja de plata.
Alfred Nettles transportaba leña desde el patio.
Ninguna muchacha pelirroja.
Iris ya sabía que Rosalind había huido, pero ver el lugar donde había trabajado tuvo un efecto que no esperaba.
Imaginó a su hermana moviéndose entre aquellos fogones, obedeciendo órdenes, escondiendo cartas bajo el delantal, esperando a que un hombre del piso superior bajara a buscarla cuando la casa dormía.
Pratchett levantó la vista.
—¿Se ha perdido?
—Busco té.
—Arriba hay té.
—Arriba hay silencio.
El cocinero la examinó.
—Aquí también, si Havelock está de mal humor.
—Siempre estoy de mal humor —dijo el ama de llaves desde la despensa.
Pratchett resopló.
Iris se sentó en un taburete.
Bridget la observaba de reojo.
Era joven, quizá veinte años. Tenía manos rápidas y una forma de bajar la cabeza cada vez que Havelock pasaba cerca. Alfred, unos años mayor, encontró tres motivos distintos para acercarse a la mesa donde ella trabajaba.
Iris reconoció la historia sin necesidad de que nadie la contara.
Eso le produjo un malestar inmediato.
—¿Cuánto tiempo lleva usted aquí, señor Pratchett? —preguntó.
—Demasiado.
—Eso no es una cifra.
—Veintisiete años.
—Entonces conoció a Lord Lawrence desde niño.
La cuchara dejó de moverse.
Pratchett la miró.
Mrs. Havelock apareció en la puerta de la despensa.
—La señorita Fletcher ha bajado por té —dijo el cocinero.
—Y ya lo tiene.
La taza estaba frente a Iris.
Comprendió el mensaje.
—Gracias.
Bebió despacio.
Bridget dejó caer una cucharilla. Alfred se inclinó para recogerla al mismo tiempo. Sus dedos se rozaron. La muchacha retiró la mano como si se hubiera quemado.
Havelock vio el gesto.
—Alfred, el carbón. Bridget, la ropa blanca de Lady Catherine.
Los dos se separaron.
Iris terminó el té.
Antes de levantarse, vio algo en la pared junto a la puerta del patio: un pequeño gancho vacío, diferente de los otros porque alguien había retirado recientemente la etiqueta que indicaba a quién pertenecía.
Quedaba un rectángulo más claro sobre la madera.
—¿Falta personal? —preguntó.
Pratchett no respondió.
Havelock sí.
—En una casa siempre falta personal.
—Me refería a ese gancho.
Los ojos del ama de llaves se endurecieron.
—Las cocinas cambian. Las personas se marchan.
—Por supuesto.
Iris se levantó.
Bridget había dejado de moverse.
Al pasar junto a ella, Iris percibió un olor tenue a lavanda.
El mismo perfume barato que Rosalind solía guardar en una botella azul.
No significaba nada. Muchas muchachas usaban lavanda.
Aun así, cuando llegó al pasillo, tuvo que detenerse un momento.
Rosalind había estado allí.
No como una sombra romántica en una historia de aristócratas, sino como trabajadora: con un gancho para el delantal, órdenes que cumplir, manos mojadas y un salario pequeño.
Lawrence había amado a una mujer que el resto de la casa podía borrar simplemente quitando una etiqueta de la pared.
Iris comprendió entonces qué clase de verdad había venido a buscar.
* * *
Por la tarde recorrió la planta baja con un libro en la mano para justificar su presencia.
El salón, la biblioteca, el comedor, el pasillo este.
Al final de este encontró una puerta cerrada.
No había placa.
No la necesitaba.
La cerradura era nueva.
Iris se inclinó apenas para examinarla.
—La habitación de Lawrence.
Ward estaba detrás de ella.
Iris se volvió sin sobresaltarse.
—No lo sabía.
—Ahora sí.
—¿Permanece cerrada por el luto?
—Por orden de la familia.
—Entiendo.
Ward se acercó.
—Señorita Fletcher, Oakhaven es una casa grande. Es fácil acabar en lugares donde uno no pretendía estar.
—Me aseguraré de aprender el camino.
—Hágalo.
El tono no era hostil.
Precisamente por eso resultaba más inquietante.
Iris pasó junto a él.
Cuando ya había avanzado varios pasos, Ward habló:
—¿Encontró el libro de Wordsworth?
Iris se detuvo.
No se volvió inmediatamente.
Después lo hizo.
El mayordomo sostenía su mirada.
—Sí —dijo ella.
—Me alegro.
—¿Lo dejó usted?
Ward bajó los ojos hacia sus propias manos.
—La habitación llevaba tiempo sin usarse. Pensé que agradecería algo para leer.
Era una confirmación y una evasiva al mismo tiempo.
Iris podría haber preguntado por la nota.
No lo hizo.
—Fue muy considerado.
Ward inclinó la cabeza.
—Buenas tardes, señorita Fletcher.
Iris siguió caminando.
Ya no necesitaba preguntarse quién había escrito el mensaje.
Thomas Ward había abierto una puerta.
Ahora faltaba descubrir por qué no se atrevía a cruzarla él mismo.