Capítulo 2 Las reglas del silencio
E l desayuno confirmó a Iris algo que la llegada ya le había sugerido: en Oakhaven cada persona ocupaba un lugar exacto, y cualquier movimiento fuera de ese lugar era advertido.
El marqués de Oakhaven presidía la mesa con el periódico desplegado ante el rostro. A su derecha había una silla vacía.
Nadie la había retirado.
El cojín era de terciopelo oscuro y, sobre el respaldo, una franja de luto cubría parcialmente la madera tallada. El lugar de Lawrence seguía formando parte de la mesa aunque Lawrence ya no pudiera sentarse en él.
Iris tomó asiento donde Mrs. Havelock le indicó, cerca del extremo inferior. Margaret estaba dos puestos más arriba. Theodore Blackwood ocupaba el lado opuesto, frente a una ventana por la que entraba una luz blanca y fría.
Theodore tenía menos de treinta años. El parecido con su hermano, por lo que Iris había visto en los grabados, era suficiente para reconocer el parentesco pero no para confundirlos.
Lawrence había tenido una belleza abierta, casi insolente.
Theodore parecía construido de líneas más estrechas: rostro anguloso, hombros algo encorvados, dedos manchados de tinta.
Catherine apareció cuando todos estaban sentados.
No pidió disculpas por llegar tarde.
La conversación comenzó solo después de que ella desplegara la servilleta.
—Señorita Fletcher —dijo Edmund sin bajar el periódico—. Espero que Margaret no le cause demasiados problemas.
Margaret dejó el cuchillo sobre el plato.
Iris respondió antes de que la muchacha pudiera hacerlo.
—Aún no hemos empezado las clases, milord. Sería injusto juzgarla antes de tener oportunidad de decepcionarme.
Theodore levantó la mirada.
Margaret también.
Durante un segundo Iris temió haberse permitido una ligereza excesiva. Edmund bajó por fin el periódico lo suficiente para mostrar los ojos.
—¿Eso era humor?
—Un intento, milord.
Theodore ocultó una sonrisa detrás de la taza.
Catherine no sonrió.
—Margaret no necesita humor. Necesita disciplina.
—Las dos cosas no son incompatibles —respondió Iris.
El silencio posterior fue corto, pero útil. Iris vio a Theodore observarla con una atención nueva. Vio a Margaret contener una reacción. Vio a Edmund regresar al periódico, desinteresado. Y vio a Catherine memorizar la respuesta.
Ward entró con una cafetera de plata.
Al acercarse a la silla de Catherine, su mano izquierda tembló ligeramente. La cafetera no llegó a golpear la taza. Su control era demasiado bueno para eso.
Iris bajó los ojos.
No debía permitir que Ward comprendiera que ya lo vigilaba.
—Theodore —dijo Edmund—, ¿has hablado con Pemberton sobre los arrendamientos del norte?
Theodore dejó el tenedor.
—Le envié las cifras ayer.
—No te he preguntado si le enviaste cifras. He preguntado si hablaste con él.
—Las cifras dicen lo que necesito decirle.
—Las cifras no sustituyen una conversación.
—A veces la mejoran.
Catherine cerró los ojos un instante.
Margaret fijó la vista en el plato.
Edmund dobló lentamente el periódico.
—Tu hermano entendía que la propiedad se gobierna hablando con hombres, no escondiéndose detrás de columnas de números.
Theodore se quedó inmóvil.
Iris notó que el color le subía desde el cuello.
—Mi hermano está muerto —dijo.
La mesa entera se volvió más pequeña.
Edmund abrió otra vez el periódico.
—Precisamente.
Theodore se levantó.
—He terminado.
—Siéntate.
—No tengo hambre.
—No te he preguntado si la tienes.
Theodore miró a su padre. Por un momento Iris pensó que desobedecería. Luego se sentó.
Catherine tomó un sorbo de té.
—La señorita Fletcher no necesita asistir a las conversaciones sobre la finca.
—La señorita Fletcher está desayunando —dijo Margaret.
Su madre volvió la cabeza.
Margaret no apartó la mirada.
Fue un gesto pequeño. Para Iris, resultó más revelador que la discusión entre los hombres.
La muchacha no era pasiva.
Estaba aprendiendo cuándo resistir.
* * *
A las nueve, Margaret la esperaba en el salón de clases.
No llevaba libros sobre la mesa. Había colocado solo una hoja de papel, una pluma y un volumen de francés abierto por una página avanzada.
—Quiero que me examine —dijo.
Iris dejó su carpeta.
—Buenos días a vos también.
Margaret cruzó los brazos.
—Si va a enseñarme lo que ya sé, perderemos el tiempo las dos.
—Eso es razonable.
La respuesta pareció desconcertarla.
Iris se sentó frente a ella.
—Traducid esto.
Abrió al azar un volumen de Victor Hugo que había encontrado en la estantería y señaló un párrafo.
Margaret leyó sin vacilar. La pronunciación era excelente. La traducción, casi literal al principio, ganó naturalidad a medida que avanzaba.
Iris la dejó terminar.
—¿Quién os enseñó?
—Lawrence.
La respuesta salió demasiado rápido.
Margaret bajó la vista al libro.
—Mi última institutriz también, pero él corregía mejor.
—Entonces no perderemos tiempo con gramática elemental.
Margaret la miró.
—¿No va a insistir en que las señoritas deben repetir lo que ya saben porque la repetición forma el carácter?
—No si el carácter ya está suficientemente formado para discutir conmigo antes de las diez de la mañana.
La comisura de la boca de Margaret se movió.
Esta vez sí era una sonrisa.
Iris la vio desaparecer casi en seguida.
—¿Qué quiere enseñarme entonces?
—A escribir un argumento.
—¿Sobre qué?
—Sobre algo con lo que no estéis de acuerdo.
Margaret arqueó una ceja.
—¿Y si no estoy de acuerdo con nada de lo que ocurre en esta casa?
—Tendréis material de sobra.
La muchacha tomó la pluma.
Durante los siguientes cuarenta minutos escribió. Iris no la interrumpió. Observó la velocidad de la mano, las pausas, la costumbre de morder el extremo de la pluma cuando buscaba una palabra. Al terminar, Margaret le entregó el papel.
El título decía: Por qué una mujer debería administrar sus propios ingresos.
Iris alzó los ojos.
Margaret sostuvo su mirada.
—¿Es demasiado impropio?
—No. Es demasiado amplio. Definid primero de qué mujer habláis y de qué ingresos.
La muchacha parpadeó.
—¿Eso es todo?
—También hay tres comas mal colocadas.
Margaret soltó una risa breve.
Fue el primer sonido verdaderamente joven que Iris le había oído.
La clase no terminó ahí.
Iris recogió el ensayo y lo dejó a un lado.
—Ahora necesito otra cosa.
Margaret miró la hora.
—Quedan veinte minutos.
—Suficientes para una pregunta mal planteada.
—¿Cuál?
—¿Qué posee vuestra familia?
Margaret frunció el ceño.
—Oakhaven.
—Eso es un nombre.
—La casa, las tierras, los bosques, las granjas arrendadas.
—¿Cuántas?
La muchacha abrió la boca y volvió a cerrarla.
—No lo sé.
—¿Cuántos acres?
—No lo sé.
—¿Cuántas personas viven de ellos?
—No lo sé.
Iris se levantó.
—Entonces vamos a averiguarlo.
—¿Ahora?
—A menos que vuestra educación deba limitarse a saber que Francia está al otro lado del canal.
Margaret la siguió hasta la galería de mapas del piso inferior.
Era un corredor largo, poco utilizado, donde colgaban planos de la propiedad, mapas del condado y dos cartas navales que ningún Blackwood parecía haber necesitado jamás. Iris se detuvo frente al plano más reciente de Oakhaven.
La finca aparecía dividida en colores: campos de cultivo, pastos, bosque, caminos, viviendas de arrendatarios, dependencias y pequeñas parcelas anotadas con letras.
Margaret se acercó.
—Nunca me había fijado.
—Eso suele ocurrir con las cosas que están siempre a la vista.
Iris señaló una esquina del mapa.
—¿Qué es esto?
—Merridale.
—No. Esto.
—Una casa de arrendatarios.
—¿Quién vive allí?
Margaret leyó la anotación.
—Los Crewe.
—¿Y aquí?
—La familia Pemberton.
—¿Y aquí?
Margaret siguió leyendo nombres.
Cinco minutos después había dejado de mirar el mapa como decoración.
—Son muchas familias.
—Sí.
—Padre habla de las tierras como si fueran solo campos.
—Los propietarios suelen hacerlo. Los administradores no pueden permitírselo.
Margaret recorrió con un dedo el borde del bosque.
—Lawrence decía que algún día plantaría más árboles aquí.
—¿Por qué?
—Porque esta parte se encharca y apenas produce trigo.
Iris la miró.
—Eso es una observación económica.
Margaret pareció sorprendida.
—Solo repetía lo que decía él.
—A veces aprender empieza así.
La muchacha se quedó frente al mapa.
—Theodore cree que hay que vender algunas tierras del norte.
—¿Y vos qué creéis?
—Mi padre dice que sería una deshonra.
—No os he preguntado qué dice vuestro padre.
Margaret tardó.
—No sé si una tierra vale por haber pertenecido a una familia durante mucho tiempo o por servir para algo.
—Buena pregunta.
—¿Cuál es la respuesta?
—No os contrataron una institutriz para daros respuestas a preguntas que cuestan dinero de verdad.
Margaret soltó una risa.
Después miró el marco inferior del mapa.
Allí había una inscripción con los nombres de los sucesivos propietarios: todos varones.
—Mi madre no aparece.
Iris siguió su mirada.
—¿Por qué debería?
—Administra media casa. Sabe qué proveedores se pagan, cuánto carbón queda y qué criado puede hacer el trabajo de otro si enferma. Pero aquí solo aparece padre.
Iris no respondió inmediatamente.
Margaret señaló otro nombre.
—Mi abuela tampoco.
—Los mapas suelen registrar la propiedad, no el trabajo que la mantiene.
—Es conveniente.
—Mucho.
La muchacha se volvió hacia ella.
—¿Por eso quiere enseñarme cuentas?
Iris pensó en su padre verdadero, inclinado sobre libros comerciales hasta que la vista empezó a fallarle; en Martha haciendo rendir monedas que no alcanzaban; en Rosalind enviando parte de su salario a casa y apareciendo en los registros de Oakhaven como una cantidad menor que el coste de una cena formal.
—Quiero enseñaros a ver lo que hay detrás de las palabras grandes —dijo—. Propiedad. Deber. Tradición. Renta. Honor. Todas parecen muy firmes hasta que uno pregunta quién paga la factura.
Margaret miró de nuevo el mapa.
—Mi madre odiaría esa frase.
—No estoy segura.
—¿No?
—Lady Catherine conoce las facturas.
Margaret consideró aquello con seriedad.
—Quizá por eso las palabras grandes le importan tanto.
Iris la observó.
Era una conclusión demasiado buena para corregirla.
La campana de las diez sonó desde el vestíbulo.
Margaret se apartó del mapa.