Capítulo 1 El peso de la llegada #2
Tercero: la única persona que la había observado con verdadera sorpresa desde que bajó del carruaje era Thomas Ward.
No bastaba para acusarlo.
Bastaba para vigilarlo.
Iris dobló la nota y la escondió bajo el forro del bolso.
Después tomó el papel de Rosalind.
Estoy viva. El niño también. No me busques.
Apoyó el pulgar sobre las seis palabras.
—No he venido a buscarte —susurró—. He venido a averiguar qué te hicieron.
Guardó la hoja.
Cuando Ward llamó media hora después, Iris Fletcher ya estaba sentada ante el espejo, ajustándose el cuello del vestido con la calma de una mujer que no había encontrado nada extraordinario en su habitación.
La máscara estaba puesta.
Ward la condujo al salón pequeño, una estancia orientada al oeste donde el sol de la tarde apenas alcanzaba a entrar entre cortinas de luto. Allí la esperaba la familia. No reunida por afecto, pensó Iris, sino por costumbre.
Edmund Blackwood, marqués de Oakhaven, estaba junto a la chimenea con una mano apoyada en el bastón. Era más corpulento de lo que sugerían los retratos y tenía el cabello gris acero peinado hacia atrás. La cicatriz fina de la mandíbula izquierda tiraba levemente de su boca cuando fruncía el ceño.
Catherine ocupaba un sillón cerca de la ventana. Theodore permanecía de pie junto a una mesa cubierta de correspondencia. Margaret se había sentado lo más lejos posible de su madre.
—La señorita Fletcher —anunció Ward.
Iris hizo una reverencia.
Edmund la examinó sin disimulo.
—¿Cuántos años lleva enseñando?
—Cinco, milord.
—Margaret ha tenido demasiadas institutrices. Espero que no sea usted de las que abandonan una casa al primer invierno.
—Dependerá de la calidad del carbón.
Theodore bajó la cabeza. Iris no supo si para ocultar una sonrisa o estudiar los papeles.
Catherine habló antes de que Edmund pudiera decidir si la respuesta le divertía.
—La señorita Fletcher parece tener confianza.
—Intento tener la suficiente para que mis alumnas no detecten cuándo no sé una respuesta.
—Margaret las detecta todas —dijo Theodore.
Su hermana lo miró.
—Solo las malas.
Fue la primera vez que Iris vio una conversación entre los dos sin la mediación de los padres. Había ironía, pero también una familiaridad que sobrevivía al duelo. Theodore le hizo a Margaret un gesto apenas perceptible con la ceja. Ella respondió desviando los ojos.
Edmund se acercó a Iris.
—Mi hija ha recibido una educación apropiada. No necesitamos novedades. Música, francés, historia, escritura. Lo habitual.
—Por supuesto.
—Y discreción —añadió Catherine.
La palabra cayó con más precisión que las demás.
Iris inclinó la cabeza.
—La discreción forma parte del oficio.
—Eso espero.
Margaret se levantó.
—¿Puedo retirarme?
—Todavía no —dijo su madre.
—No veo por qué tengo que asistir a mi propia contratación.
—Porque se refiere a tu educación.
—Mi educación nunca se refiere a mí.
Edmund golpeó una vez el suelo con el bastón.
—Margaret.
La muchacha guardó silencio. Iris vio cómo apretaba los dedos contra la falda, pero no bajó la cabeza.
Catherine se volvió hacia la institutriz.
—Como ve, llega en un momento difícil.
—Lo comprendo.
—No, señorita Fletcher. Todavía no.
Durante un instante, la cortesía de Catherine dejó ver la advertencia que había debajo.
Theodore recogió una carta de la mesa.
—Madre, si la intención es asustarla antes de que empiece, quizá convenga dejar que al menos deshaga el equipaje.
—No intento asustar a nadie.
—Entonces le sale de manera natural.
Edmund giró la cabeza.
—Theodore.
—Tengo trabajo.
El joven salió sin pedir permiso. Su padre lo siguió con una mirada cargada de una decepción demasiado antigua para proceder de aquella tarde.
Iris archivó el detalle.
Catherine se levantó.
—Mañana a las nueve empezará con Margaret. Después del desayuno hablaremos de su programa.
—Muy bien, milady.
—Ward la acompañará.
Iris hizo otra reverencia. Al salir, Margaret pasó junto a ella.
—No haga caso a mi padre —murmuró sin mirarla—. El carbón es bastante bueno.
Ward la acompañó de regreso al ala este.
Esta vez tomó un corredor distinto.
Iris lo advirtió, pero no preguntó. El mayordomo parecía el tipo de hombre que consideraba los trayectos una forma de información y las preguntas, una manera de declarar intenciones.
Pasaron frente a una capilla pequeña. La puerta estaba abierta y, en el interior, dos criadas retiraban flores marchitas de un reclinatorio cubierto de negro. Sobre la pared lateral habían colocado una placa provisional con el nombre de Lawrence y las fechas de nacimiento y muerte.
1834–1858.
Iris redujo el paso.
Ward también.
—La placa definitiva llegará de Londres —dijo.
—Es rápida la piedra para alguien que acaba de morir.
El mayordomo la miró.
—Las familias antiguas suelen tener experiencia en estas cosas.
Iris siguió andando.
—¿Lady Margaret entra mucho en la capilla?
—Menos de lo que Lady Catherine desearía y más de lo que le hace bien.
La respuesta era demasiado personal para un sirviente impecable.
—¿Y Lord Theodore?
—Lord Theodore prefiere discutir con Dios desde lugares menos formales.
Iris volvió la cabeza.
Ward mantenía el rostro serio.
—No sabía que los mayordomos hicieran chistes.
—No los hacemos. Sería incompatible con el uniforme.
Aquello estuvo tan cerca del humor que Iris decidió no señalarlo.
Doblaron la esquina.
A la derecha había una puerta cerrada con una banda negra atada al picaporte.
Ward no necesitó decir de quién era.
Iris sintió el impulso de tocar la madera.
No lo hizo.
—¿La habitación permanecerá cerrada? —preguntó.
—Mientras Lord y Lady Oakhaven así lo dispongan.
—¿Se ha retirado todo?
La mirada de Ward se volvió más precisa.
—¿Por qué lo pregunta?
—Porque en algunas casas se vacían las habitaciones de los muertos. En otras se conservan.
—Oakhaven conserva.
La palabra tenía más significado del necesario.
Iris la guardó.
Siguieron avanzando.
En el rellano había un reloj de pared más pequeño que el del vestíbulo. Marcaba seis y doce. Iris oyó otro reloj, más lejano, dar un único golpe irregular.
—Hay muchos relojes —dijo.
—Lord Oakhaven los coleccionaba antes.
—¿Antes de qué?
Ward tardó una fracción de segundo.
—Antes de que dejaran de interesarle.
Iris pensó en el reloj detenido de la noticia que un cochero había mencionado en la posada: uno de los sirvientes había dicho que «hasta el reloj dLord Lawrence se había parado aquella noche». Probablemente era una exageración nacida en el pueblo.
O quizá no.
—¿Lord Lawrence tenía uno especial?
Ward se detuvo.
La pregunta había sido demasiado directa.
—Todos los miembros de la familia tienen objetos que consideran especiales.
—Una respuesta admirablemente inútil.
—Gracias.
Llegaron a la puerta de su habitación.
Ward abrió.
—Mrs. Havelock enviará una bandeja ligera a las ocho. Lady Catherine considera que una primera cena formal sería innecesaria después del viaje.
Iris pensó que Catherine consideraba innecesario tenerla más tiempo del imprescindible delante de la familia.
—Muy considerado.
Ward dejó una vela nueva sobre el escritorio.
Sus ojos se detuvieron en el Wordsworth.
Solo un instante.
Iris lo vio.
Él vio que lo había visto.
Ninguno mencionó la nota.
—Señor Ward.
El mayordomo ya estaba en la puerta.
—¿Sí?
—Lady Margaret ha tenido varias institutrices.
—Así es.
—¿Por qué se marcharon?
—Una se casó. Otra enfermó. La última no se adaptó a la casa.
—¿Y qué significa adaptarse a Oakhaven?
Ward miró el pasillo detrás de él.
—Aprender qué puertas se abren con una llave y cuáles es mejor no intentar abrir.
Iris apoyó una mano sobre el respaldo de la silla.
—Eso suena más a advertencia que a consejo laboral.
—En esta casa suelen ser la misma cosa.
Se retiró.
Iris cerró la puerta.
La bandeja llegó a las ocho, tal como había prometido. Pan frío, queso, una manzana y té. No tenía hambre, pero comió lo suficiente para no pensar con el estómago vacío.
Después extendió sobre el escritorio una hoja limpia y dibujó de memoria el recorrido de aquella tarde.
Puerta principal.
Escalera.
Salón pequeño.
Capilla.
Dormitorio de Lawrence.
Ala este.
No era un plano exacto. Era un principio.
Al lado escribió tres nombres.
Thomas Ward.
Catherine Blackwood.
Margaret Blackwood.
Y debajo, una pregunta:
¿Quién sabía que yo vendría?
Miró el libro de Wordsworth.
Después añadió una segunda:
¿Quién quiere que siga buscando?
Doblando la hoja, comprendió que acababa de hacer lo mismo que criticaba en los Blackwood: convertir personas en funciones dentro de un problema.
Ward, el guardián.
Catherine, el obstáculo.
Margaret, el acceso.
Se obligó a tachar la última palabra.
Margaret tenía quince años y acababa de perder a su hermano. No era un acceso a nada.
Aquella corrección no hizo su tarea más fácil.
La hizo más decente.
Iris esperó a que la muchacha se alejara antes de permitir que la sonrisa apareciera.
Oakhaven tendría que trabajar para quitarle la máscara. Y ella tendría que aprender deprisa qué rostros ocultaban los demás bajo las suyas.