Capítulo 1 El peso de la llegada
Tres semanas después, Iris Fletcher vio Oakhaven por primera vez.
E l carruaje redujo la marcha al llegar a la verja de hierro.
A ambos lados del camino, los robles formaban una bóveda verde que ocultaba parte del cielo, y la grava húmeda devolvía un sonido áspero bajo las ruedas.
Al fondo, la mansión se alzaba sobre una ligera elevación: piedra gris, chimeneas altas, ventanas estrechas y una fachada que parecía concebida más para resistir que para recibir.
Iris había estudiado un grabado de la casa en la biblioteca de Northampton.
El artista la había dibujado bajo un cielo despejado, con carruajes de visitantes y damas paseando por el jardín.
La realidad era más severa. Los crespones negros en las ventanas absorbían la luz y, en la escalinata principal, dos maceteros vacíos flanqueaban la puerta como centinelas sin función.
Se obligó a no mirar demasiado.
Una institutriz podía sentir curiosidad por la casa donde iba a trabajar. No debía contemplarla como una investigadora que mide las entradas, calcula distancias y trata de adivinar qué ventana corresponde al dormitorio de un muerto.
Apretó las manos sobre el bolso de viaje.
En el interior llevaba sus cartas de recomendación, dos libros, un pañuelo bordado con las iniciales I. F. y una hoja doblada cuatro veces que había leído hasta aprender de memoria.
La había recibido su madre once días atrás.
No contenía una dirección.
Solo seis palabras de Rosalind, transmitidas a través de otra persona:
Estoy viva. El niño también. No me busques.
Iris había obedecido la última orden durante exactamente una noche.
A la mañana siguiente empezó a preguntar por Lawrence Blackwood.
Lo demás había sido más difícil: noticias contradictorias, rumores sobre una muerte accidental, un médico que se negaba a hablar, una plaza de institutriz anunciada en una agencia de Northampton con una urgencia extraña para una familia en pleno luto.
Iris había tardado menos de una semana en presentar credenciales suficientes para que la invitaran a una entrevista por carta.
Las credenciales eran falsas.
La educación no.
El cochero abrió la portezuela.
—Señorita Fletcher.
Iris aceptó su mano y bajó.
Llevaba un vestido gris sin adornos, guantes del mismo tono y un sombrero sencillo.
Había elegido cada pieza para que el conjunto dijera competente sin resultar ambicioso, respetable sin parecer rico, joven sin sugerir ligereza.
A sus veinticinco años sabía ya que las mujeres que necesitaban ganarse la vida eran evaluadas antes de pronunciar la primera palabra.
Un hombre esperaba en lo alto de la escalinata.
No era alto. Tampoco particularmente imponente. Sin embargo, había algo en la forma de mantenerse erguido que hacía innecesaria la estatura. Llevaba la chaqueta negra del servicio principal y un llavero discreto sujeto al chaleco.
Thomas Ward.
Iris lo reconoció por la descripción de la agencia.
El mayordomo descendió tres escalones.
—Señorita Fletcher. Bienvenida a Oakhaven.
—Señor Ward.
La miró durante un segundo de más.
Iris había aprendido a reconocer ese segundo. Era el tiempo que tarda una persona en comprobar si un rostro coincide con un recuerdo.
Ward parpadeó.
Su mano izquierda se movió junto al chaleco.
Iris pensó que iba a llevarse los dedos al pecho. En lugar de eso, los cerró alrededor de una llave.
—Espero que el viaje haya sido cómodo.
—Lo suficiente, gracias.
Ward hizo una señal al cochero para que descargara la maleta.
—Mrs. Havelock se ocupará de que suban sus cosas. Si me sigue, milady desea que descanse antes de presentarse a la familia.
Iris subió los escalones tras él.
En el umbral los esperaba una mujer alta, de hombros estrechos y cabello gris recogido en un moño severo. El manojo de llaves que llevaba en la cintura confirmó su identidad antes de que Ward la presentara.
—Mrs. Havelock, la nueva institutriz.
El ama de llaves recorrió a Iris de arriba abajo con una sola mirada.
—La cena se sirve a las siete. El desayuno, a las ocho. La señorita Margaret estudia de nueve a una, salvo los domingos. Los libros se devuelven a su sitio después de usarlos. Las velas se apagan antes de medianoche. Si necesita agua caliente, la pide con tiempo.
Iris inclinó la cabeza.
—Lo recordaré.
Havelock miró sus botas.
—El barro del camino del norte mancha más que el del sur. Procure no llevarlo a las alfombras.
Ward carraspeó.
—La señorita Fletcher ha llegado por el camino principal.
—Entonces tendrá menos que limpiar.
Havelock se apartó.
Iris cruzó el umbral.
El recibidor era más luminoso de lo que esperaba, aunque los crespones oscurecían los espejos y dos lámparas permanecían apagadas.
El suelo de mármol blanco y negro se extendía hasta una escalera amplia de madera oscura.
Sobre las paredes, los Blackwood muertos observaban desde marcos dorados: generaciones enteras reducidas a rostros cuidadosamente serios.
El reloj de pie junto a la biblioteca marcó las cinco y media.
Iris miró la esfera.
Ward también.
Solo un instante.
—Por aquí —dijo él.
Subieron.
A mitad de la escalera, una muchacha apareció en el rellano.
Quince años, calculó Iris. Tal vez recién cumplidos.
El luto le daba un aspecto mayor. Llevaba un vestido negro de cuello alto que le quedaba ligeramente grande en los hombros, como si hubiera pertenecido a otra persona o hubiera sido confeccionado con prisa.
El cabello castaño estaba recogido sin un solo mechón suelto.
Sus ojos, avellana con destellos verdes, se fijaron primero en Ward y después en Iris.
No parecía tímida.
Parecía cautelosa.
—Lady Margaret —dijo Ward—. Permitidme presentaros a la señorita Iris Fletcher, vuestra nueva institutriz.
Margaret no bajó los escalones.
—¿Otra?
Ward mantuvo el rostro impasible.
—Sí, milady.
—¿Cuánto tiempo piensa quedarse?
La pregunta iba dirigida a Iris.
—Mientras mis servicios resulten útiles.
Margaret ladeó la cabeza.
—Eso mismo dijo la señorita Grimes.
—¿Y lo fueron?
Por primera vez apareció algo parecido a interés en el rostro de la muchacha.
—A veces.
—Entonces espero tener la misma suerte.
Margaret miró a Ward.
—Madre quiere verla antes de la cena.
—Milady me indicó que la señorita Fletcher descansara primero.
—Ha cambiado de opinión.
Ward aceptó la información con una inclinación de cabeza.
Margaret volvió a mirar a Iris. Esta vez su atención se detuvo en el color de su cabello, que asomaba bajo el sombrero: rojo oscuro, casi cobrizo bajo la luz de la ventana.
La expresión de la muchacha cambió.
No mucho.
Lo suficiente.
Iris sintió una alerta inmediata.
—Nos veremos mañana —dijo Margaret.
Se volvió y desapareció por el pasillo.
Ward siguió andando.
—Ha sufrido mucho.
—Era su hermano.
—Sí.
Nada más.
Iris registró la economía de la respuesta.
La habitación de la institutriz estaba en el ala este, en un tramo del corredor donde los retratos familiares daban paso a paisajes y grabados.
El cambio de decoración establecía la frontera sin necesidad de explicarla.
El cuarto tenía una cama de hierro, un escritorio, una estantería, una palangana de porcelana y una ventana orientada hacia el bosque.
Ward abrió la puerta.
—Aquí estará cómoda.
Iris se acercó a la ventana.
Los árboles empezaban a espesarse a poco más de doscientas yardas de la casa. Entre los troncos se veía un sendero que descendía hacia el este.
—¿Ese bosque pertenece a la propiedad?
Ward tardó un instante.
—Todo lo que alcanza a ver desde esta ventana pertenece a Oakhaven.
—Debe de ser agradable pasear por allí.
—Lady Catherine prefiere que la señorita Margaret permanezca en los jardines.
Iris se volvió.
—No hablaba de ella.
Ward sostuvo su mirada.
—Por supuesto.
El mayordomo dejó la llave sobre el escritorio.
—Vendré a buscarla dentro de media hora para acompañarla con Lady Catherine.
—Gracias.
Se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir miró otra vez el cabello de Iris.
Fue un gesto breve.
Esta vez no había duda.
Ward había reconocido algo.
La puerta se cerró.
Iris contó hasta treinta antes de abrir la maleta.
Revisó primero el cierre. No estaba forzado. Luego la ropa. Todo seguía doblado como ella lo había colocado. Las cartas falsas permanecían en el bolsillo interior. El papel de Rosalind seguía bajo el forro.
Sacó los libros.
Tennyson. Una gramática francesa. Grandes esperanzas . Una Biblia.
Los colocó en la estantería.
Al volverse hacia el escritorio vio un volumen que no era suyo.
Era un libro de poemas de Wordsworth, encuadernado en piel verde, dejado junto al tintero. Supuso que pertenecía a la habitación hasta que reparó en que estaba abierto por la mitad.
Entre las páginas asomaba un papel.
Iris no lo tocó de inmediato.
Se acercó a la puerta, abrió y miró el pasillo.
Vacío.
Regresó al escritorio.
El papel era de baja calidad, cortado de una hoja mayor. La escritura estaba inclinada hacia la derecha y parecía haber sido trazada con una pluma que no descargaba tinta de manera uniforme.
Mantenga los ojos abiertos. Pregunte por el relicario de plata.
Iris lo leyó dos veces.
Luego una tercera.
No había firma.
La frase no mencionaba a Rosalind.
No necesitaba hacerlo.
A los dieciséis años, su hermana había heredado de su madre un relicario de plata que había pertenecido a las mujeres Thorne durante tres generaciones. Iris recordaba la tapa lisa, el pequeño cierre lateral, la costumbre de Rosalind de tocarlo cuando estaba nerviosa.
En la última carta que su madre le había enviado antes de la huida, había una frase que Iris no había comprendido entonces:
Dice que Lawrence lo mandó grabar.
Nada más.
Iris cerró la mano sobre el papel.
Alguien dentro de Oakhaven conocía el relicario.
Y alguien acababa de hacerle saber que sabía quién era ella.
El miedo llegó con una claridad casi útil.
No la paralizó. Ordenó sus pensamientos.
Primero: el mensaje había sido colocado después de que ella llegara, o muy poco antes. El libro pertenecía a la casa.
Segundo: quien lo había escrito conocía el relicario y asociaba a Iris con él.