Prólogo La noche que detuvo el reloj #2
—Lady Catherine tiene hombres en el pasillo y el doctor sigue arriba. Si la encuentran, no podré ayudarla.
—Era mío también.
Ward bajó la vista.
—Lo sé.
Le tendió el sobre.
Rosalind reconoció la letra antes de tocarlo. Sus dedos se cerraron alrededor del papel y el aire pareció faltarle. No lo abrió.
—¿Lo escribió hoy?
—Esta tarde.
—Entonces sabía que podía morir.
Ward no contestó.
Rosalind levantó la cabeza.
—¿Fue un duelo?
La pregunta lo atravesó.
—Debe marcharse.
—Thomas.
Era la primera vez que una criada lo llamaba por su nombre. Ward habría debido corregirla. En cambio, miró hacia el patio para asegurarse de que nadie se acercaba.
—No sé qué ocurrió allí —dijo—. Y cuanto menos sepa usted ahora, mejor.
—Yo sé lo suficiente. —Rosalind apoyó una mano sobre el vientre, todavía casi plano bajo el vestido—.
Lawrence llevaba una semana hablando de un hombre que no dejaba de provocarlo.
Decía que había cosas que un Blackwood no podía tolerar.
Yo le pedí que nos fuéramos. Teníamos el dinero. Podíamos haber salido esta noche.
Ward pensó en los recibos que acababa de quemar.
—¿Qué dinero?
Rosalind se quedó callada.
—No importa.
Un caballo resopló detrás de ellos.
Ward había preparado la yegua más tranquila del establo. A dos millas, en la carretera del norte, un carretero conocido recogería a Rosalind y la llevaría hasta una casa donde nadie preguntaría su nombre. A partir de allí, debía seguir las instrucciones de su madre.
—Monte —dijo.
Rosalind apretó el sobre contra el pecho.
—¿Y si me buscan?
—No sabrán adónde ha ido.
—Lady Catherine lo sabrá.
—Lady Catherine creerá que ha huido por miedo. Y eso será cierto.
Rosalind soltó una risa rota.
—No huyo por miedo.
—Entonces huya por el niño.
Aquello funcionó.
Rosalind se volvió hacia la yegua. Al levantar el pie para colocarlo en el estribo, el cordón que llevaba al cuello se enganchó en el cierre de la capa. Hubo un pequeño tirón, un chasquido de metal y algo cayó sobre la paja.
Ninguno de los dos lo vio.
Rosalind montó.
Ward abrió la puerta del establo.
La lluvia había disminuido hasta convertirse en una cortina fina. El camino del norte apenas se distinguía entre la oscuridad y los reflejos de los charcos.
—No vuelva —dijo Ward.
Rosalind lo miró desde la silla.
—Algún día alguien tendrá que hacerlo.
—No usted.
Ella apretó las riendas.
—Dígale a Margaret que Lawrence la quería.
—Se lo diré cuando pueda.
—Y dígale a Theodore que su hermano confiaba en él más de lo que creía.
Ward asintió.
Rosalind hizo avanzar a la yegua y cruzó el patio. No miró hacia las ventanas de Oakhaven hasta llegar al arco de piedra. Entonces volvió la cabeza una sola vez.
La casa era una masa negra bajo la lluvia. En el piso superior ardía una luz.
Allí estaba Lawrence.
Rosalind se llevó dos dedos a los labios y después al corazón.
Luego desapareció por el camino.
Ward cerró la puerta del establo.
Cuando se volvió, algo brilló entre la paja.
Se agachó.
Era un relicario de plata, pequeño, ovalado. En la tapa había dos iniciales entrelazadas: R y L .
Lo abrió.
Dentro, protegidos bajo un cristal fino, había dos mechones de cabello: uno pelirrojo y otro castaño oscuro.
Ward lo sostuvo en la palma durante varios segundos.
Podía correr tras ella. Quizá aún alcanzaría a entregárselo.
Pero oyó voces en el patio.
Guardó el relicario en el bolsillo.
* * *
Al amanecer del 16 de abril de 1858, el cielo sobre Oakhaven estaba limpio.
El periódico del condado llegó poco después de las ocho con un breve anuncio en la segunda página:
TRÁGICO ACCIDENTE EN OAKHAVEN. FALLECE LAWRENCE EDWARD BLACKWOOD, HEREDERO DEL MARQUESADO, A LOS VEINTICUATRO AÑOS.
No mencionaba un duelo.
No mencionaba a una mujer.
No mencionaba al hijo que todavía no había nacido.
Thomas Ward colgó los crespones negros de la puerta principal y guardó en su habitación una carta y un relicario que había jurado no poseer.
En el piso superior, Catherine Blackwood ordenó que cerraran el dormitorio de Lawrence.
Y en algún punto del camino del norte, Rosalind Thorne avanzó hacia una vida sin nombre conocido, con la carta de Lawrence bajo la ropa y la certeza de que Oakhaven intentaría borrar su existencia.
La casa empezó aquella mañana a contar una historia distinta.
Dos días después, aquella historia adquirió forma oficial. Una muerte causada por un disparo no podía resolverse únicamente con la tinta de Coldwell: el coroner del distrito reunió un jurado y tomó declaración a quienes, según Oakhaven, podían explicar lo ocurrido.
Coldwell repitió la causa que había escrito.
Dijo que había examinado a Lawrence después de que el cuerpo fuera llevado a la casa y que, atendiendo al relato recibido, había certificado una descarga accidental.
No explicó que la herida le había parecido incompatible con esa versión.
Tampoco dijo que Lady Catherine había permanecido junto a la mesa mientras él redactaba el certificado.
El guardabosques declaró que había encontrado el cuerpo en el camino del sur, después de que el caballo regresara sin jinete.
Una pistola atribuida a Lawrence había aparecido con sus efectos.
Ward confirmó la hora a la que avisaron a la casa y se limitó a contestar aquello que le preguntaron.
Nadie mencionó Merridale. Nadie pronunció el nombre de Whitmore.
El jurado vio a un heredero muerto, a un médico respetado y a una familia que ofrecía una explicación completa antes de que nadie hubiera formulado otra. El veredicto fue muerte accidental por descarga de arma de fuego. No abrió una investigación criminal.
Catherine no celebró el resultado. Ordenó que se archivara con los demás papeles del funeral. Edmund lo leyó una vez y no pidió que se hiciera una sola pregunta más.
El veredicto no convirtió la mentira en verdad. Solo le dio una forma que podía guardarse en un cajón.