El relicario de las mentiras (Sombras de Oakhaven 1) Prólogo La noche que detuvo el reloj
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El relicario de las mentiras (Sombras de Oakhaven 1)

El relicario de las mentiras (Sombras de Oakhaven 1)

Por Julianne Fairchild

© inepub.com

Prólogo La noche que detuvo el reloj

L a lluvia había empezado antes del anochecer y, a las once, golpeaba los cristales de Oakhaven con la fuerza de una mano impaciente.

El doctor Ambrose Coldwell dejó su maletín sobre una silla y se acercó a la cama.

No necesitaba tocar al joven para saber que estaba muerto.

Había visto demasiados cuerpos para confundir la quietud definitiva con un desmayo, pero aun así tomó la muñeca de Lawrence Blackwood, buscó el pulso y esperó unos segundos antes de soltarla.

La piel estaba fría.

—¿Cuánto hace que lo han traído? —preguntó.

Thomas Ward, de pie junto a la puerta, miró hacia el suelo.

—Poco más de una hora, doctor.

Coldwell volvió a inclinarse sobre el cadáver.

Lawrence llevaba camisa blanca, chaleco oscuro y pantalones de montar.

Alguien le había quitado la chaqueta. Alguien, además, le había limpiado el barro de las botas y le había peinado el cabello.

Aquella pulcritud resultaba más perturbadora que la sangre seca alrededor de la herida.

Separó con dos dedos la tela del chaleco.

El proyectil había entrado por la parte alta del pecho, a la izquierda del esternón. La perforación era redonda, limpia. No había desgarro de tela producido por una caída, ni quemadura, ni pólvora incrustada en la piel. Coldwell acercó la vela.

No era una herida producida por un arma disparada contra el propio cuerpo. Tampoco encajaba con un fusil que hubiera caído al suelo y se hubiera descargado por accidente.

Era una herida de pistola.

Y quien había apretado el gatillo había estado lo bastante lejos para que la pólvora no marcara la camisa, pero lo bastante cerca para no fallar.

Coldwell enderezó la espalda.

En el reloj de sobremesa, junto a la ventana, las agujas marcaban las diez y cuarenta y siete.

El mecanismo seguía funcionando, aunque el péndulo había quedado detenido.

Alguien lo había tocado. El médico conocía aquel reloj: había pertenecido al abuelo de Lawrence y jamás se paraba.

Pensó en preguntar por él y decidió no hacerlo.

La puerta se abrió.

Lady Catherine Blackwood entró sin anunciarse.

Llevaba un vestido oscuro cubierto por una bata de lana, y el cabello, normalmente recogido con una precisión que Coldwell encontraba intimidante, caía en dos mechones sueltos junto a las sienes. Aquello fue lo más parecido al desorden que el médico le había visto en veinte años.

No miró primero a su hijo. Miró a Coldwell.

—¿Ha terminado?

—Aún no.

—Entonces termine.

Coldwell volvió los ojos hacia Lawrence.

A sus veinticuatro años, el heredero de Oakhaven tenía todavía algo de muchacho en las facciones.

La muerte había borrado la insolencia que solía acompañarlo, la sonrisa fácil, la impaciencia con que escuchaba a los hombres mayores.

Quedaba un rostro demasiado joven para la solemnidad que la familia ya empezaba a construir a su alrededor.

—Milady —dijo Coldwell—, necesito saber dónde ocurrió.

Catherine tardó un instante en responder.

—En las tierras del sur.

—¿Estaba solo?

Ward alzó la vista.

Catherine no.

—Lord Lawrence salió a caballo después de cenar. El caballo regresó sin él. Lo encontraron más tarde.

—¿Quién?

—Eso no altera la causa de la muerte.

Coldwell miró a Ward. El mayordomo se había quedado completamente inmóvil, salvo por la mano izquierda, que temblaba junto a la costura del pantalón.

—Sí puede alterarla —dijo el médico.

Catherine levantó entonces los ojos.

No había histeria en ellos. Tampoco frialdad. Había algo peor: una voluntad tan concentrada que convertía todo lo que la rodeaba en un asunto de orden doméstico.

—Mi hijo ha sufrido un accidente con un arma de fuego.

Coldwell dejó la vela sobre la mesilla.

—Esta herida no parece accidental.

La frase quedó entre los tres.

Ward cerró los ojos un segundo.

Catherine dio dos pasos hacia la cama. Miró por fin a Lawrence. No lo tocó. Su mano derecha se cerró sobre la tela de la bata y volvió a abrirse.

—Doctor, usted atendió a mis hijos cuando tuvieron escarlatina. Estuvo aquí cuando Margaret nació antes de tiempo. Sabe lo que esta familia ha hecho por el dispensario del pueblo.

—Lo sé.

—Entonces sabe también que hay momentos en los que la decencia exige no convertir una desgracia en un espectáculo.

Coldwell sintió calor bajo el cuello de la camisa.

—Una muerte por disparo debe notificarse correctamente.

—Y se notificará. —Catherine giró la cabeza hacia él—. Accidente por arma de fuego. No hay nadie acusado. No hay ladrón. No hay asesino entrando por una ventana. Mi hijo ha muerto y será enterrado con el nombre que recibió al nacer. Eso es cuanto necesita saber el pueblo.

—¿Y la justicia?

La palabra pareció sorprenderla.

Catherine bajó la mirada hacia el cadáver.

—La justicia es un lujo de los vivos, doctor. Mi hijo ya no puede beneficiarse de ella.

Coldwell no supo qué responder.

La lluvia golpeó los cristales con más fuerza. Desde alguna estancia inferior llegó el sonido de una puerta al cerrarse y, después, el murmullo de pasos apresurados. Oakhaven estaba despierta, pero cada persona parecía moverse con la orden tácita de no producir demasiado ruido.

Coldwell abrió el maletín y sacó la hoja en la que debía dejar constancia de la causa de la muerte.

—Necesitaré una mesa.

Ward se apresuró a despejar el escritorio.

Catherine se volvió hacia la puerta.

—Ward.

—Milady.

—Cuando el doctor haya terminado, venga a verme a la cocina pequeña.

El mayordomo inclinó la cabeza.

Catherine salió.

Coldwell permaneció mirando la puerta unos segundos. Luego tomó la pluma.

—¿Estaba usted allí? —preguntó sin mirar a Ward.

El mayordomo tardó tanto en contestar que la respuesta llegó antes que las palabras.

—No, doctor.

Coldwell escribió el nombre completo del fallecido: Lawrence Edward Blackwood .

—¿Sabe quién sí estaba?

Ward apretó los labios.

—No puedo ayudarle.

—No le he preguntado si puede.

El temblor de la mano izquierda se hizo visible otra vez.

—Entonces no, doctor. No lo sé.

Coldwell mojó la pluma en el tintero.

Durante treinta años había firmado certificados de nacimiento, informes de epidemias y actas de defunción. Sabía que una frase escrita en tinta podía sobrevivir a todos los que habían estado presentes en una habitación. Aquella noche comprendió, quizá por primera vez, que también podía enterrarlos.

Escribió: muerte accidental por descarga de arma de fuego .

No volvió a mirar el cuerpo hasta haber secado la tinta.

* * *

Thomas Ward bajó al sótano poco antes de medianoche.

Llevaba en los brazos una caja de madera que había sacado del dormitorio de Lawrence por orden de Lady Catherine. Dentro había cartas, recibos, hojas sueltas, dos cuadernos sin utilizar y una cinta de seda color crema que no pertenecía a ningún objeto masculino.

La orden había sido sencilla.

Quemarlo todo.

Ward colocó la caja junto a la caldera de carbón y encendió una lámpara.

Conocía cada palmo de aquel sótano: los estantes de vino, el cuarto de las conservas, el conducto que subía hasta la cocina, la pared donde la humedad aparecía cada invierno.

Había pasado media vida controlando qué entraba y qué salía de Oakhaven.

Nunca había imaginado que terminaría haciendo inventario de una vida para destruirla.

Tomó el primer sobre.

La dirección estaba escrita por Lawrence.

Señorita Rosalind Thorne.

Ward se quedó quieto.

Había oído el nombre antes. No porque Lawrence se lo hubiera confiado, sino porque Oakhaven tenía la costumbre de saberlo todo sobre quienes trabajaban dentro de sus muros.

Rosalind llevaba menos de un año en la cocina.

Veintidós años, hija de una viuda, buena mano para la repostería, mala costumbre de cantar cuando creía que nadie la escuchaba.

Ward había visto a Lawrence entrar por la puerta de servicio más veces de las que un heredero necesitaba entrar en una cocina.

También había fingido no verlo.

Abrió la portezuela de la caldera y acercó el sobre al fuego.

La llama prendió por una esquina.

Luego otro.

Y otro.

Algunas cartas estaban cerradas. Otras eran borradores. En una hoja suelta vio una frase antes de que el fuego la borrara:

No permitiré que nuestro hijo nazca escondido.

Ward retiró la mano.

El papel se consumió solo.

Un niño.

Cerró los ojos.

Comprendió entonces la prisa de Lawrence durante las últimas semanas, las visitas a Northampton, el dinero solicitado, las discusiones apagadas con su padre en el estudio. Comprendió también el rostro de Lady Catherine cuando le había ordenado destruirlo todo.

No estaba borrando un amor inconveniente.

Estaba borrando una familia.

La última carta no estaba en la caja.

Ward la llevaba en el bolsillo interior del chaleco.

Lawrence se la había entregado aquella misma tarde, junto a los establos.

—Si mañana sigo vivo, me la devuelve y me llama idiota —había dicho, tratando de sonreír—. Si no, se la entrega a Rosalind. Solo a ella.

Ward había intentado preguntar qué iba a hacer.

Lawrence le había puesto una mano en el hombro.

—Por una vez, Thomas, haga algo sin saber por qué.

Ahora Ward sacó el sobre.

No estaba sellado. Quizá Lawrence lo había dejado así para que él entendiera la gravedad de la promesa. Ward leyó únicamente las primeras líneas.

Mi querida Rosalind: si esta noche no regreso, no creas que he elegido el honor por encima de ti. He cometido el error de permitir que otros definieran qué significa ese honor. Lo único verdadero eres tú. Tú y el hijo que esperas.

Ward dobló la hoja.

La devolvió al sobre.

No la quemó.

Apagó la lámpara y subió.

* * *

Rosalind esperaba junto a la puerta trasera de los establos con una capa sobre el vestido de servicio y un hatillo entre los brazos.

No lloraba.

Había llorado cuando Bridget le susurró la noticia en la cocina. Había llorado mientras se quitaba el delantal. Había llorado al comprender que Lawrence no aparecería para decirle que todo había sido un error.

Ahora no le quedaban lágrimas.

Ward se detuvo frente a ella.

—Tenemos poco tiempo.

Rosalind miró hacia la casa.

—Quiero verlo.

—No puede.

—Solo una vez.