EL REINO DE LOS RIVONSDILL 32. EL ATENTADO
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32. EL ATENTADO

The Crown Room llevaba casi noventa años fingiendo que era solamente un club.

Desde la calle, el edificio de Mayfair no destacaba entre las fachadas de piedra clara, las ventanas altas y las placas de latón discretas.

En el interior, sin embargo, se habían firmado adquisiciones, comprado silencios y terminado alianzas mucho antes de que Arthur tuviera edad para comprender por qué Edmund prefería ciertos comedores a cualquier despacho de Blackthorn House.

Aquella noche no había nada normal en él.

Noah había sustituido a la mitad del personal de seguridad sin comunicarlo a Wexford. Los hombres de la empresa externa seguían ocupando los accesos que figuraban en el contrato, pero cada puerta importante tenía ahora un segundo control Rivonsdill fuera de su campo de visión.

—Si saben que los hemos detectado, cambiarán el plan —dijo Noah mientras revisaba por última vez el plano del edificio.

—Y si no lo saben, quizá lo ejecuten —respondió Julian.

—Esa es la idea.

Julian miró a Arthur.

—Solo para dejar constancia: odio la idea.

Arthur ajustó el nudo de la corbata frente al espejo del despacho privado.

—Yo también.

—Eso no la mejora.

—No tiene que mejorarla. Tiene que servir.

Evelyn estaba sentada en uno de los sillones con un portátil abierto. Había cruzado las reservas del evento con los contratos de Wexford y los movimientos de Greybridge. En la pantalla aparecían nombres, horarios y matrículas.

—Han cambiado dos guardias esta mañana —dijo—. Ninguno figura en la plantilla habitual.

Noah se acercó.

—¿Nombres?

—Martin Hale y Owen Price. O eso dicen sus identificaciones.

—¿Antecedentes?

—Nada que parezca real. Los números de seguro nacional pertenecen a hombres distintos.

Julian soltó el aire.

—Cada dato que encontramos consigue que la noche suene todavía peor.

Arthur miró el reloj.

Faltaban veinte minutos para que llegaran los invitados.

—No cancelamos.

Noah no discutió la orden. Ya lo había hecho dos veces en Blackthorn.

—Entonces nadie se separa sin avisar. Nada de ascensores de servicio. Ninguna puerta cerrada que no haya revisado mi gente. Si se activa una alarma, no seguimos el protocolo del club. Seguimos el mío.

—¿Cuál es el tuyo? —preguntó Evelyn.

—Salir vivos.

—Sencillo.

—Por eso funciona.

Arthur vio a Evelyn cerrar el ordenador.

—Tú no tendrías que estar aquí.

Ella alzó una ceja.

—Hemos avanzado mucho desde Nueva York y todavía dices cosas así.

—No era una orden.

—Entonces sonaba muchísimo a una.

Arthur dejó pasar la discusión.

Habían recuperado cierta confianza, no la facilidad. Y prefería eso. La facilidad, había aprendido, podía parecerse demasiado a bajar la guardia.

Los invitados comenzaron a llegar a las ocho.

Sebastian Cole apareció primero. Después Peter Langford. Dos representantes bancarios. Un abogado que Arthur conocía desde niño. Henry Ashcombe llegó diez minutos tarde, apoyado en un bastón que no utilizaba la última vez que se habían visto.

Arthur lo recibió cerca de la escalera.

—Pensaba que odiabas estos eventos.

—Los odio —respondió Ashcombe—. Por eso solo vengo cuando sospecho que alguien puede morir.

Arthur lo miró.

El anciano sonrió.

—Era una broma. Tu padre habría entendido una broma.

—Mi padre no se reía de casi ninguna.

—Precisamente por eso las entendía.

Ashcombe avanzó hacia el salón principal. Antes de alejarse, se detuvo.

—Tenemos que hablar esta noche.

—¿De qué?

—De la nota que te entregué en el funeral.

Arthur sintió una tensión inmediata.

—Podemos hablar ahora.

—No aquí.

—Henry.

Ashcombe miró alrededor.

—A las nueve. La sala de fumadores del segundo piso. Ven solo si puedes. Y si no puedes, trae a Reed. No traigas a nadie más.

Se marchó antes de que Arthur pudiera preguntar.

Noah se acercó desde el otro lado del vestíbulo.

—¿Qué quería?

—Hablar.

—Eso suele preceder a problemas.

—A las nueve.

Noah asintió.

—Iré contigo.

La recepción empezó con treinta y cuatro personas.

Arthur habló lo justo. No quiso convertir la noche en una demostración pública de poder. Precisamente porque todos esperaban eso.

Explicó que las operaciones seguían activas, que la situación americana estaba controlada y que ninguna sociedad Rivonsdill estaba en venta.

No mencionó a Victor.

No mencionó a Silas.

No mencionó que una pared secreta en Blackthorn House contenía veinte años de paranoia organizada.

Cuando terminó, Peter Langford se acercó con una copa en la mano.

—Buen discurso.

—No era un discurso.

—Eso lo hace mejor.

Langford parecía nervioso. Arthur ya lo había visto inquieto durante el consejo, pero aquella noche era distinto. Miraba demasiado hacia las puertas.

—¿Ocurre algo?

—No.

—Peter.

El hombre bebió.

—He revisado las notificaciones bancarias.

—¿Y?

—Hay una firma que no debería aparecer.

Arthur esperó.

Langford miró hacia Marcus, que hablaba con Sebastian Cole al otro extremo del salón.

—No aquí.

La segunda persona en menos de quince minutos que quería hablar a solas.

—¿A las nueve y cuarto? —propuso Arthur.

Langford dudó.

—Sí.

—En la biblioteca pequeña.

Arthur vio cómo asentía.

A las ocho y cincuenta y tres, las luces parpadearon.

Una sola vez.

Noah apareció junto a Arthur.

—No estaba programado.

Evelyn cerró de golpe el portátil que había abierto en una mesa lateral.

—La red del edificio acaba de perder dos cámaras.

—¿Cuáles?

—Pasillo norte y escalera de servicio.

Noah tocó el auricular.

—Equipo dos. Pasillo norte. Ahora.

No obtuvo respuesta.

Arthur vio cambiar su expresión.

—Nos movemos.

—Ashcombe está arriba.

—Arthur.

—Me pidió hablar a las nueve.

—Entonces precisamente no vas a ir solo.

Julian se acercó.

—¿Qué pasa?

—Saca a los invitados por la entrada sur —ordenó Noah—. Sin alarma. Diles que tenemos un fallo eléctrico.

—No soy uno de tus guardias.

—Esta noche sí.

Julian miró a Arthur.

Arthur asintió.

Su hermano no discutió más.

Noah, Arthur y dos hombres de seguridad subieron por la escalera principal.

El pasillo del segundo piso estaba vacío.

La puerta de la sala de fumadores permanecía entreabierta.

Noah levantó un puño.

Todos se detuvieron.

Un olor extraño flotaba en el aire.

No gas.

Químico.

Noah retrocedió medio paso.

—No entréis.

Arthur vio una figura al fondo del pasillo.

Un hombre con chaqueta de Wexford.

—¡Tú! —gritó Noah.

El hombre corrió.

Uno de los guardias salió tras él.

Arthur oyó un clic metálico dentro de la sala.

Después, el mundo se convirtió en ruido.

La explosión abrió la pared del pasillo como si fuera cartón.

Arthur no sintió el golpe primero.

Sintió el aire desaparecer.

Luego cayó.

Algo pesado pasó por encima de su hombro. Cristal. Madera. Yeso. El suelo parecía inclinado aunque sabía que no lo estaba.

Alguien gritaba.

Noah lo arrastró por la chaqueta.

—Arthur. Arthur, mírame.

Arthur intentó incorporarse.

Le zumbaban los oídos.

—Ashcombe.

—Quédate abajo.

—Henry estaba dentro.

Noah miró hacia la habitación.

La puerta había desaparecido.

El fuego todavía no era grande, pero el humo se extendía con rapidez.

Arthur se levantó pese a la mano de Noah.

Uno de los guardias volvió del extremo del pasillo.

—El hombre de Wexford ha bajado por servicio.

—Cierren el edificio —ordenó Noah—. Nadie sale.

Arthur entró en la sala.

El mobiliario había quedado desplazado hacia las ventanas. Una parte del techo colgaba torcida. El centro de la detonación no estaba junto a la puerta.

Estaba detrás de la pared oeste.

Donde el club guardaba su archivo histórico.

Henry Ashcombe estaba en el suelo junto a una mesa volcada.

Vivo.

Arthur se arrodilló.

—Henry.

El anciano abrió los ojos.

Tenía sangre en la sien.

—Tardas mucho para ser un Rivonsdill.

Arthur soltó aire.

—¿Puedes moverte?

—A mi edad esa pregunta ya era ofensiva antes de la explosión.

Noah llegó detrás.

—Tenemos que sacarlo.

Arthur ayudó a Ashcombe a incorporarse.

Entonces vio otro cuerpo.

Peter Langford.

Estaba detrás de un sofá, a varios metros del punto de explosión.

Arthur se acercó.

No hizo falta comprobar el pulso.

Había una herida pequeña bajo la mandíbula.

No provocada por metralla.

Noah la vio al mismo tiempo.

—Disparo.

Arthur miró alrededor.

Langford había sido asesinado durante el caos.

La explosión había sido cobertura.

—Sacad a Henry —dijo.

—Arthur...

—Sácalo.

Noah obedeció porque también había entendido.

No era un atentado torpe contra una sala llena de gente.

Alguien había querido destruir el archivo y matar a un hombre concreto.

El fuego fue controlado en once minutos.

La policía llegó en nueve.

Los invitados ya estaban fuera. Julian mantenía a todos alejados de la prensa. Rose había sido avisada por teléfono y, según Julian, había respondido con una sola frase: «Traed a mis hijos a casa.»

Evelyn encontró a Arthur en la escalera de servicio.

Tenía polvo en el cabello y una pequeña herida en la mejilla.

—¿Estás bien?

—Sí.

—Eso no ha sonado convincente.

—Estoy entero.

Ella miró hacia el segundo piso.

—Langford no.

Arthur negó.

—Le dispararon.

Evelyn se quedó quieta.

—Entonces la bomba no era el objetivo.

—No solo la bomba.

Noah apareció con una bolsa transparente.

Dentro había un teléfono.

—Era de Langford.

—¿Desbloqueado?

—No. Pero la pantalla muestra dos llamadas recientes.

Arthur miró.

La primera, a Wexford Security Events.

La segunda, a Marcus Vale.

Cuarenta y siete minutos antes de la explosión.

Evelyn levantó la vista.

—Eso parece demasiado fácil.

Arthur pensó en la nota de Edmund.

La prueba demasiado perfecta.

—Sí.

Noah guardó el teléfono.

—Hay algo más.

Sacó una pieza metálica deformada.

—El dispositivo estaba colocado dentro del archivo, no en la sala. Carga dirigida. Querían destruir una sección concreta.

—¿Cuál?

—Registros de miembros, proveedores y accesos de seguridad anteriores a 2010.

Arthur miró hacia el humo.

—¿Qué había allí que importara ahora?

Henry Ashcombe respondió desde una camilla unos metros más allá.

—Una lista.

Todos se volvieron.

El anciano había rechazado que lo trasladaran hasta hablar con Arthur.

—¿Qué lista? —preguntó Arthur.

Ashcombe cerró los ojos un momento.

—Antes de que todos tuvierais bases de datos y contraseñas ridículas, el club guardaba códigos de acceso para propiedades vinculadas a socios. Blackthorn incluida.

Arthur sintió un escalofrío.

—¿Códigos de qué tipo?

—Seguridad. Vehículos. Alarmas. Servicios internos. Edmund utilizó el club como respaldo durante años.

Noah se acercó.

—¿Quién sabía que seguían ahí?

—Poca gente.

—Nombres.

Ashcombe miró a Arthur.

—Edmund. Yo. Marcus.

Pausa.

—Y Malcolm Shaw.

Arthur pensó en Victor. En Silas. En los muertos de una generación anterior que seguían ocupando todas las habitaciones.

—La nota del funeral —dijo—. ¿Quién te la dio?

Ashcombe miró al paramédico que esperaba impaciente.

—No me la dieron.

Arthur frunció el ceño.

—Me llegó por correo con instrucciones. Dinero en efectivo y una fotografía tuya entrando en Blackthorn.

—¿Quién la envió?

—No lo sé.

Arthur sintió frustración.

Ashcombe agarró su muñeca.

—Pero reconocí la frase.

—¿Cuál?

—«No vayas a Nueva York.»

Arthur esperó.

—Edmund la escribió una vez, hace años. En una carta a Marcus.

El nombre volvió a caer entre ellos.

—¿Estás seguro?

—Vi la carta.

—¿Cuándo?

—Después de Viena.

Los paramédicos insistieron.

Ashcombe soltó a Arthur.

—Pregúntale por qué Edmund quería que dejara América en paz entonces. Y por qué, veinte años después, hizo exactamente lo contrario.

Se lo llevaron.

Evelyn permaneció junto a Arthur.

—Langford llamó a Marcus. Ashcombe relaciona la advertencia con Marcus. El archivo destruido contiene códigos que Marcus conocía.

—Lo sé.

—Y tu padre te dijo que desconfiaras de una traición demasiado fácil.

Arthur observó el humo salir por una ventana rota.

—También lo sé.

Noah recibió una llamada en el auricular.

Escuchó durante varios segundos.

—El hombre de Wexford que corrió ha desaparecido. Encontramos su chaqueta en el garaje. Salió vestido como camarero.

—¿Cámaras?

—Borradas durante seis minutos.

Arthur miró el club.

Habían preparado la noche dos meses antes.

Pero la muerte de Langford no podía haberse preparado entonces. Langford había llamado a Marcus menos de una hora antes de morir.

Eso significaba que el plan antiguo había recibido una orden nueva.

Alguien estaba observando la partida y podía modificarla en tiempo real.

El arquitecto ya no esperaba.

Había empezado a cerrar salidas.