20. EL BESO Y LA MENTIRA
Mercer mordió el anzuelo antes del mediodía.
Doyle concertó una reunión para la noche siguiente. Nada de hoteles, nada de oficinas. Mercer elegiría el lugar unas horas antes.
Noah organizó vigilancia.
Arthur pasó la tarde con Evelyn reconstruyendo la red financiera.
Trabajaron en el apartamento seguro porque su oficina seguía acordonada. Los documentos cubrieron la mesa del comedor, dos sillas y parte del suelo.
Evelyn había pedido que instalaran una pizarra portátil en el salón.
Sobre ella dibujó tres columnas y dejó la cuarta vacía.
La primera reunía deudas adquiridas, la segunda activos que podían ejecutarse y la tercera plazos de vencimiento.
Arthur añadió los nombres de las sociedades vinculadas con Londres.
Pronto el dibujo dejó de parecer un esquema de contabilidad y comenzó a revelar una secuencia de decisiones diseñada para producir siempre el mismo resultado: cualquier retraso de una empresa debilitaba a otra.
—¿Por qué has dejado esa columna sin título? —preguntó Arthur.
—Porque no conozco al beneficiario final. Y porque me niego a poner «Victor» solo porque te resulte cómodo.
Arthur apoyó el rotulador sobre la mesa.
—No me resulta cómodo.
—Te resultaría más sencillo. Hay una persona delante de ti que firma documentos y se beneficia de las compras. Culparla de todo te ahorraría tener que revisar quién hizo posible que llegara allí.
El reproche era justo. Arthur recordó cómo, a los veintidós años, había recuperado una deuda de un empresario que le juraba no disponer de dinero.
Edmund le había ordenado presionar al hombre hasta que pagara.
Arthur lo consiguió. Meses después descubrió que el deudor había estado reteniendo salarios porque alguien del propio grupo Rivonsdill le exigía comisiones ocultas.
Había cumplido la orden de su padre y arruinado al eslabón más débil de una cadena que no había investigado.
Aún recordaba la oficina vacía, los calendarios sin actualizar y la expresión del hombre al entregarle el último cheque.
—Una vez dejé que mi padre me explicara el mundo antes de mirarlo yo mismo —dijo.
Evelyn dejó de escribir.
—¿Qué pasó?
Arthur le contó la historia sin exagerar su culpa ni disculparse mediante las decisiones ajenas. Cuando terminó, Evelyn no lo felicitó por reconocerla.
—¿Hiciste algo después?
—Devolví el dinero. Dos empleados recuperaron sus puestos. El hombre no quiso volver a verme.
—Entiendo por qué.
—Yo también.
Evelyn trazó un círculo alrededor de una sociedad en la pizarra.
—Entonces quizá sepas por qué quiero verificar la cuarta columna antes de escoger a quién llevar al tribunal o a quién disparar.
Arthur la miró. Había pasado días rechazando sus métodos porque no se parecían a los de su familia.
Ahora comprendía que ella había desarrollado sus propias defensas contra la costumbre de decidir deprisa.
Aquella comprensión no eliminaba la sospecha sobre sus secretos, pero alteraba la forma en que la veía cuando discutían.
Dejó que completara el dibujo antes de formular la siguiente pregunta.
Acheron Holdings compraba deuda.
Morrow Capital compraba inmuebles.
Una tercera empresa, Kingswell Advisory, adquiría opciones sobre sociedades que podían quedar expuestas si las cuentas de Londres seguían congeladas.
—No están robando empresas —dijo Evelyn—. Están esperando que no puedas pagarlas.
Arthur revisó una hoja.
—Y cuando venzan los préstamos, ejecutan garantías.
—Exacto.
—¿Cuánto tiempo?
—Si nadie interviene, algunas cláusulas vencen en seis semanas. Otras pueden acelerarse por cambio de control o insolvencia cruzada.
—El testamento daba noventa días.
Evelyn lo miró.
—Tu padre sabía que algo iba a ocurrir.
Arthur se recostó.
—O lo provocó.
La idea llevaba días creciendo.
Edmund había movido dinero, cambiado su testamento, comprado billetes, localizado a Eleanor Vane y ocultado una libreta.
No se había limitado a prepararse para morir.
Había movido piezas.
—¿Qué? —preguntó Evelyn.
—Mi padre nunca esperaba a que otro hombre eligiera el terreno.
—¿Crees que todo esto es una trampa de Edmund?
—Creo que si sabía que iban a matarlo, pudo decidir qué pasaría después.
—Eso implicaría utilizarte.
Arthur sonrió sin humor.
—Eso sí encaja bastante con él.
Evelyn cerró una carpeta.
—No tienes que defenderlo conmigo.
—No lo hago.
—Lo haces cada vez que lo criticas antes de que pueda hacerlo otro.
Arthur levantó la mirada.
—Psicoanálisis financiero. ¿También lo cobras por horas?
—Mucho.
La tensión se alivió.
Después de varios días, por fin no había disparos, llamadas urgentes ni hombres muertos.
Solo lluvia contra los cristales.
Arthur se dio cuenta de que no sabía casi nada de la vida de Evelyn que no estuviera relacionada con Thomas Carter.
—¿Siempre quisiste hacer esto?
—¿Encontrar sociedades pantalla de criminales muertos?
—Finanzas.
Evelyn sonrió.
—Quería ser arquitecta.
—No te pega.
—No me conoces.
—Precisamente por eso pregunto.
Ella se quedó un momento en silencio.
—Mi padre decía que la arquitectura era un hobby caro. Me enseñó a leer balances a los catorce. A los dieciocho ya sabía detectar cuándo una empresa estaba mintiendo mejor que cuándo lo hacía una persona.
—Útil.
—No para las relaciones.
Arthur sonrió.
—Eso sí te pega.
Evelyn le lanzó un bolígrafo.
Él lo atrapó.
El gesto fue pequeño.
La mirada que siguió no.
Durante unos segundos ninguno habló.
Arthur se dio cuenta de que estaba cansado de verla solo dentro de aquel misterio. Cansado de medir cada frase, cada reacción, cada silencio.
Evelyn fue la primera en apartar la vista.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Mirarme como si estuvieras decidiendo si soy una pista.
La frase le golpeó con precisión.
Arthur dejó el bolígrafo.
—Lo siento.
Evelyn lo observó, sorprendida.
—No pareces decirlo a menudo.
—No me dan muchas oportunidades.
—Seguro.
Volvieron a los documentos.
A las dos de la madrugada, Noah llamó. Mercer había cambiado el lugar de la reunión tres veces. Doyle seguía dentro.
Arthur colgó.
Evelyn estaba de pie junto a la cocina.
—¿Todo bien?
—Nada está bien.
—Me refería a mañana.
—También.
Ella le tendió un vaso de agua.
Sus dedos se tocaron.
Arthur no supo cuál de los dos se movió primero.
El beso no tuvo nada de elegante.
Llegó después de demasiadas horas sin dormir, demasiado miedo y demasiadas cosas que no se habían dicho.
Evelyn le agarró la camisa.
Arthur apoyó una mano en su cintura.
Durante unos segundos, todo el ruido desapareció.
Después ella se separó.
Respiraba rápido.
—Esto es una mala idea.
—Sí.
—Muy mala.
—Probablemente.
Evelyn lo miró.
—No pareces arrepentido.
—No lo estoy.
Ella estuvo a punto de sonreír.
El teléfono de Evelyn vibró sobre la mesa.
La pantalla se encendió.
Arthur no pretendía leer.
Lo hizo.
Un aviso de copia de seguridad mostraba una conversación restaurada de un dispositivo antiguo.
Remitente: E.R.
Edmund Rivonsdill.
Fecha: la noche del accidente.
Arthur se quedó inmóvil.
Evelyn vio su expresión.
Miró el teléfono.
El color desapareció de su rostro.
—Arthur.
Él tomó el dispositivo.
—No.
—Déjame explicarlo.
—¿Qué es esto?
La conversación contenía un único mensaje.
Cinco palabras.
ARTHUR DEBE SABER SObrE VANE.
Arthur lo leyó otra vez.
El reloj marcaba las 23:58.
Diecinueve minutos antes de que Noah lo llamara para decirle que Edmund estaba muerto.
El último mensaje de su padre.
No a Rose.
No a Julian.
No a Marcus.
A Evelyn.
Arthur dejó el teléfono.
—Lo sabías.
—Sabía que me escribió.
—Desde el primer día.
—Sí.
—Y no me lo dijiste.
Evelyn sostuvo su mirada.
—No sabía quién era Vane.
—Eso dejó de ser cierto ayer.
—Quería entenderlo antes.
Arthur sintió una rabia distinta a la de las traiciones familiares.
Más personal.
Porque acababa de bajar la guardia.
—Me has preguntado durante días qué ocultaba mi padre.
—Lo sé.
—Me has acusado de no confiar.
—Lo sé.
—Y tenías su último mensaje.
—Arthur...
—¿Por qué?
Evelyn cruzó los brazos, como si tuviera frío.
—Porque Edmund no me pidió que confiara en ti. Me pidió que te diera piezas cuando llegara el momento.
—¿Y tú decidías el momento?
—Sí.
—Eso te convierte en parte de su plan.
—Nunca dije que no lo fuera.
—No. Solo evitaste decir hasta qué punto.
Evelyn apretó la mandíbula.
—Mi padre murió dejando una vida que yo no entendía.
Edmund apareció, arregló deudas, guardó secretos y ocho años después me pidió que escondiera una libreta y una llave.
Luego murió y tú entraste en mi oficina con hombres armados preguntando por dinero desaparecido.
Perdóname por no entregarte todo lo que tenía el primer día.
—No te estoy pidiendo el primer día.
—¿Entonces cuándo? ¿Después de que me dispararan por ti? ¿Después de que alguien usara mi padre para amenazarme?
Arthur se detuvo.
—No te dispararon por mí.
—¿Estás seguro?
No lo estaba.
Eso empeoró todo.
Evelyn tomó el teléfono.
—No he cambiado el mensaje. No lo he borrado. No he trabajado contra ti.
—Has mentido por omisión.
—Sí.
La admisión fue limpia.
Sin excusas.
Arthur casi habría preferido que discutiera.
—Necesito saber si hay algo más.
Evelyn lo miró directamente.
—Sí.
La palabra le heló la sangre.
—¿Qué?
—Mi padre dejó un almacén.
—¿Un qué?
—No un almacén físico. Un trastero documental. Archivos privados. Contratos, cartas, copias de seguridad. Nunca lo abrí todo.
—¿Dónde?
—Queens.
Arthur soltó una risa breve y amarga.
—Por supuesto.
—No sabía que importara.
—Todo importa.
—Eso es exactamente lo que Edmund pensaba. Y mira dónde lo llevó.
Arthur se puso la chaqueta.
—Nos vamos.
—Son casi las tres.
—Me da igual.
—Noah está descansando.
—Llamaré a otro equipo.
Evelyn se acercó.
—No vayas enfadado.
Arthur se volvió.
—No estoy enfadado porque besaras y luego mintieras.
Ella recibió el golpe de la frase sin apartarse.
—Estoy enfadado porque por un minuto pensé que no tenía que preguntarme qué escondías.
El silencio fue total.
Arthur salió.
En el pasillo comprendió que acababa de decir la verdad más íntima que había pronunciado desde la muerte de Edmund.
Y eso le molestó todavía más que la mentira.