EL REINO DE LOS RIVONSDILL 18. UNA NOCHE SIN TREGUA
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18. UNA NOCHE SIN TREGUA

La única persona que podía decirles qué faltaba en la caja fuerte estaba muerta.

Arthur pasó las siguientes cuatro horas reconstruyendo a distancia el despacho de Edmund. Rose describió documentos, cajones y archivadores. Julian envió fotografías. Noah consiguió que dos hombres de absoluta confianza revisaran accesos y cámaras.

No había imágenes del intruso.

Las cámaras del pasillo habían dejado de grabar durante once minutos.

El responsable del sistema en Blackthorn informó de que el corte se había producido durante una actualización programada.

El problema era que no figuraba ninguna actualización en el calendario del proveedor.

La autorización procedía de una credencial de administrador que llevaba años sin utilizarse.

Noah pidió que conservaran la unidad original y que no intentaran restaurar archivos sobre el mismo equipo.

Arthur escuchó la explicación desde una cocina en Manhattan, rodeado de números de teléfono que no servían para alcanzar a la única persona que habría sabido lo que faltaba de la caja.

Julian envió además una fotografía de la alfombra del despacho.

Había una marca reciente en el tejido, perpendicular al zócalo.

Noah reconoció el rastro de un mueble desplazado, probablemente la silla de Edmund.

Quien había entrado no se limitó a abrir el compartimento oculto.

Había inspeccionado el escritorio. Arthur le pidió a Julian que dejara la habitación intacta.

Su hermano respondió que llevaba horas haciendo exactamente eso mientras Marcus sugería llamar a una empresa para arreglar la puerta.

—No dejes entrar a nadie —dijo Arthur.

—¿Y si mamá quiere entrar?

—A mamá no se lo prohíbas. Explícale lo que estamos preservando.

Julian guardó silencio un instante.

—Antes habrías dicho que cerrara con llave.

—Antes quizá estaba equivocado.

Arthur no supo si su hermano había sonreído al escucharlo.

La llamada terminó con el ruido de una puerta cerrándose al otro lado, quizá la misma que alguien había abierto sin permiso.

La ausencia de imágenes no probaba una traición concreta; sí demostraba que el sistema de la casa podía volverse ciego a voluntad de una persona con acceso a sus entrañas.

Ese conocimiento volvió menos tranquilizadoras todas las medidas de seguridad que Arthur había pagado desde la muerte de Edmund.

—Eso requiere acceso interno —dijo Noah.

Arthur no discutió.

A las once de la noche recibió un mensaje de un número desconocido.

RED HOOK. ALMACÉN 17. MEDIANOCHE. TRAE LA LIbrETA.

No firma.

No explicación.

Evelyn leyó la pantalla.

—No vas a ir.

—Sí.

—Eso no era una pregunta.

Arthur guardó el teléfono.

—Tampoco mi respuesta.

Noah se acercó.

—Vamos, pero a nuestra manera.

—No voy a llevar la libreta original.

—Ni siquiera una copia completa.

Evelyn se cruzó de brazos.

—¿Y yo?

Arthur la miró.

—Te quedas.

—No.

—Evelyn.

—La libreta me la entregaron a mí. Las cajas se abrieron porque yo estaba allí. Mi padre está en esa fotografía. No vuelvas a decidir qué parte de esto me corresponde.

Arthur sintió el impulso de discutir.

Lo contuvo.

—Entonces haces exactamente lo que diga Noah.

—Puedo vivir con eso.

Noah suspiró.

—Fantástico. Dos personas que no obedecen poniéndose de acuerdo en obedecerme.

El almacén 17 se alzaba junto a una hilera de naves casi abandonadas. La zona estaba demasiado tranquila para Nueva York.

Noah dejó el coche a cuatro manzanas.

Entraron por una calle lateral. Dos hombres de seguridad permanecieron fuera del perímetro. Arthur llevaba una copia parcial de la libreta en el bolsillo interior y un arma en la espalda.

Evelyn no llevaba ninguna.

Arthur lo había comprobado sin preguntar.

—No sé si sentirme insultada —murmuró ella.

—¿Por qué?

—Has mirado tres veces si iba armada.

—No quiero disparos accidentales.

—¿Y los deliberados?

—Esos me preocupan más.

El almacén estaba abierto.

Dentro olía a sal, madera húmeda y metal viejo.

Una luz blanca iluminaba una mesa en el centro.

Sobre ella había un sobre.

Nada más.

Noah levantó una mano.

Se detuvieron.

—Demasiado fácil.

Arthur miró las pasarelas superiores.

—Por eso estamos aquí.

Evelyn señaló el suelo.

—Hay marcas recientes.

Huellas de neumático.

Noah avanzó primero.

El sobre contenía una fotografía.

Arthur de niño, sentado junto a Edmund en un embarcadero. Tendría nueve años.

En el reverso:

TU PADRE ELIGIÓ MAL UNA VEZ.TÚ TODAVÍA PUEDES ELEGIR.

Arthur sintió un golpe de rabia.

No por la amenaza.

Por la fotografía.

Era privada. Tomada en una propiedad familiar. Alguien había tenido acceso a archivos que no debían existir fuera de Blackthorn House.

—Nos vamos —dijo Noah.

La luz se apagó.

El primer disparo vino desde arriba.

No buscó un cuerpo.

Golpeó el metal a dos metros de ellos.

Noah empujó a Evelyn detrás de una columna.

—¡Salida este!

Otro disparo.

Arthur vio un destello en la pasarela y respondió una sola vez.

No intentó acertar.

Necesitaba que el tirador se cubriera.

Corrieron.

La puerta este estaba encadenada.

—Noah.

—Lo veo.

El jefe de seguridad disparó al cierre.

La cadena resistió.

Arthur oyó pasos detrás.

Más de uno.

—Atrás —dijo.

Evelyn miró a la izquierda.

—Hay otra salida.

—¿Dónde?

—En los planos del puerto. Estos almacenes tenían túneles de servicio hacia los muelles antes de la reforma.

Arthur la miró.

—¿Estás segura?

—No.

—Excelente.

—¿Tienes una idea mejor?

Otro disparo arrancó astillas de la columna.

—No.

Evelyn corrió hacia una puerta metálica baja.

Cerrada.

Noah la golpeó con el hombro una vez. Dos.

Arthur cubría el pasillo.

Una silueta apareció.

Disparó.

El hombre cayó o se apartó; Arthur no pudo saberlo.

La puerta cedió.

Bajaron por una escalera estrecha.

El túnel estaba casi a oscuras.

Evelyn encendió la linterna del teléfono.

—A la derecha.

—¿Por qué? —preguntó Arthur.

—Porque el río está al oeste.

—Eso no significa que la salida esté al este.

—Ahora mismo significa más que nada.

Noah iba detrás.

—Seguid.

Caminaron rápido entre tuberías y paredes húmedas.

Arthur escuchó la puerta abrirse arriba.

Los seguían.

El túnel se dividió.

Evelyn se detuvo.

—Esto no estaba en los planos.

Arthur oyó pasos.

—Elige.

—Izquierda.

Corrieron.

El pasillo terminaba en una verja oxidada.

Noah soltó una maldición.

—Atrás.

—Espera —dijo Evelyn.

Se agachó.

Había un mecanismo viejo junto al suelo. Metió los dedos entre dos piezas de metal.

—¿Qué haces?

—Mi padre me llevaba a puertos cuando era pequeña.

Arthur casi se rió por lo absurdo del momento.

—¿Eso incluía abrir verjas?

—Incluía aburrirme mientras él hablaba con gente como tu padre.

El mecanismo cedió.

La verja se abrió.

Noah pasó primero.

Al otro lado había un muelle de mantenimiento.

El aire frío del río les golpeó la cara.

Un vehículo esperaba a cincuenta metros.

No era suyo.

—No —dijo Noah.

Las luces se encendieron.

El coche avanzó.

Arthur empujó a Evelyn contra un muro y disparó a una rueda.

El vehículo giró bruscamente, chocó contra unos contenedores y quedó atravesado.

El conductor salió por el otro lado.

Un segundo hombre abrió fuego.

Noah respondió.

Hubo tres disparos.

Después silencio.

Arthur miró a Evelyn.

—¿Estás herida?

—No.

Noah apoyó una mano en su costado.

Había sangre.

—Tú sí.

—Rozadura.

Arthur se acercó.

—Déjame ver.

—Luego.

Noah avanzó hacia el vehículo accidentado.

El conductor había desaparecido.

El segundo hombre estaba en el suelo, respirando con dificultad.

Arthur se agachó.

—¿Quién te ha enviado?

El hombre sonrió.

Tenía sangre en los dientes.

—Londres te queda grande.

Arthur lo agarró por la chaqueta.

—Nombre.

—No entiendes nada.

—Explícamelo.

El hombre miró a Evelyn.

—Ella sí.

Evelyn palideció.

—No sé quién eres.

—Pero tu padre sí sabía.

Noah registró al hombre.

Encontró un teléfono desechable, una cartera falsa y una pequeña ficha metálica.

Se la entregó a Arthur.

Era negra, del tamaño de una moneda.

Llevaba grabado el escudo simplificado de los Rivonsdill.

No se utilizaba públicamente.

Era una ficha de acceso de la antigua seguridad de Blackthorn House.

Arthur dejó de respirar durante un segundo.

—¿De dónde has sacado esto?

El hombre volvió a sonreír.

Un sonido seco llegó desde la oscuridad.

Su cabeza cayó hacia un lado.

Evelyn gritó.

Noah los empujó al suelo.

—¡Francotirador!

El segundo disparo golpeó el cemento.

Arthur arrastró a Evelyn tras el coche.

Noah llamó al equipo exterior.

Nadie respondió.

La situación cambió de categoría.

No querían asustarlos.

Querían borrar el rastro.

—Tenemos que movernos —dijo Noah.

Arthur miró el cadáver.

Habían tenido un hombre vivo durante treinta segundos.

Suficiente para que alguien decidiera matarlo.

Escaparon por el muelle hasta una calle donde consiguieron detener un taxi. Noah se negó a ir al hospital; un médico de confianza los atendió en una vivienda segura.

La bala solo había rozado su costado.

Mientras lo cosían, Arthur permaneció en la cocina con Evelyn.

Ella tenía las manos manchadas de sangre ajena.

—No tienes que quedarte —dijo Arthur.

—Deja de decirme eso.

—Acaban de dispararte.

—A ti también.

—Estoy acostumbrado.

Evelyn lo miró con auténtica furia.

—Eso no lo convierte en normal.

La frase lo dejó sin respuesta.

Ella se lavó las manos.

El agua salió rosa durante varios segundos.

—El hombre dijo que mi padre sabía.

—Podía estar mintiendo.

—No.

—¿Cómo lo sabes?

Evelyn cerró el grifo.

—Porque cuando vio la ficha Rivonsdill, no miró tu cara. Miró la mía.

Arthur se acercó.

—¿Qué no me estás contando?

Ella lo sostuvo con la mirada.

—No lo sé todavía.

Era una respuesta incompleta.

Arthur lo supo.

Esta vez decidió dejarla pasar.

No porque confiara en ella.

Porque empezaba a entender que obligar a alguien a hablar antes de tiempo podía destruir exactamente lo que necesitabas que te entregara.

Esa noche, mientras Noah dormía bajo sedantes y Evelyn permanecía en la habitación contigua, Arthur puso la ficha negra sobre la mesa.

Había visto una igual en la caja fuerte de su padre cuando tenía diecisiete años.

Las fichas se entregaban solo a miembros del círculo interno.

Edmund.

Marcus.

Noah.

Dos antiguos jefes de seguridad.

Y, durante un breve periodo, Julian.

Arthur no durmió.