EL REINO DE LOS RIVONSDILL 10. TERRITORIO
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10. TERRITORIO

El primer almacén estaba en Red Hook, a pocas calles del agua. Victor había descrito la zona como un activo secundario. Arthur comprendió que mentía en cuanto vio las medidas de seguridad.

Había cámaras nuevas, dos guardias armados y una verja reparada recientemente. En el asfalto quedaban marcas de neumáticos y, junto a una de las puertas, la pared conservaba el impacto de algo pesado.

—¿Qué pasó aquí? —preguntó Arthur.

El encargado, Luis Ortega, miró a Victor antes de responder.

Arthur vio el gesto. —Míreme a mí.

Ortega obedeció. —Entraron hace seis noches.

—¿A robar?

—No se llevaron nada.

—Entonces ¿a qué?

Ortega señaló el interior.

En una columna habían pintado una corona negra atravesada por una línea roja.

Victor soltó aire. —Una provocación.

—¿De quién? —preguntó Arthur.

—Los Marlowe.

Noah lo miró. —Eso no aparecía en nuestros informes.

—Porque no considero necesario elevar cada pintada a Londres.

Arthur caminó hasta la columna. —¿Quiénes son?

Ortega volvió a mirar a Victor.

—Habla —ordenó Arthur.

—Controlan parte del transporte en Jersey y varios muelles menores. Desde hace meses presionan a nuestros conductores. Ofrecen protección a proveedores que ya trabajan con nosotros. Dos se han cambiado.

Ortega abrió un archivador portátil y mostró las fotografías de la verja antes de repararla.

No eran daños producidos por un robo improvisado: habían retirado los tornillos de una zona de la bisagra y abierto el cierre sin romper el mecanismo principal.

Quien había entrado conocía el tipo de instalación y sabía cuánto tiempo tardaría la seguridad en reaccionar.

Arthur pidió los albaranes de los camiones presentes aquella noche.

Ortega vaciló y volvió a mirar a Victor.

—Tenemos un problema con la documentación de una carga —admitió.

—¿Qué clase de problema?

—El contenedor salió según el sistema, pero no figura la firma del conductor que debía llevarlo.

Victor se adelantó.

—Está retenido por un conflicto comercial. No se ha perdido.

Arthur lo escuchó sin responder. En Londres, una mercancía retenida podía significar demasiadas cosas: una reclamación legítima, un empleado que buscaba más dinero, una investigación aduanera o el primer gesto de una organización rival.

La versión de Victor evitaba dar un nombre al conflicto.

Arthur pidió la matrícula de la unidad, la fecha y el número de teléfono del conductor.

Ortega escribió ambos datos con una letra sorprendentemente pulcra para alguien cuyos dedos estaban marcados por cortes antiguos.

—Lo han amenazado —dijo Ortega—. No quiere volver a hacer esa ruta.

—¿Por qué no me lo habías dicho? —preguntó Victor.

Ortega lo miró con una mezcla de desafío y resignación.

—Se lo dije al responsable de operaciones hace cuatro días. Me respondió que resolviera el asunto sin alterar el presupuesto.

Arthur reconoció esa frase. No hacía falta que Edmund hubiera dado una orden semejante.

Era exactamente el tipo de instrucciones que prosperaban en una estructura donde todo el mundo prefería ocultar los problemas antes que parecer incapaz de resolverlos.

Tomó el cuaderno de Ortega y pidió los nombres de los conductores que habían solicitado cambios de turno.

Si el almacén funcionaba gracias al miedo de sus trabajadores, cualquiera podría comprar su cooperación con una promesa de seguridad.

—¿Y Keane?

El nombre del responsable de seguridad muerto produjo un silencio inmediato.

—Keane era el que se negaba a pagar —añadió Ortega—. Le pidieron una cantidad mensual a cambio de que nuestros camiones pudieran salir sin retrasos. Dijo que el puerto no era suyo para alquilarlo por segunda vez.

Arthur recordó a Daniel Keane en una fiesta de Navidad de hacía tres años.

Edmund lo había llevado a Londres para discutir un ascenso y el hombre pasó casi toda la noche hablando con los camareros.

Cuando Arthur le preguntó si no prefería relacionarse con el consejo, Keane contestó que los camareros eran los únicos de la casa que probablemente sabían lo que se servía.

Su manera de observar había impresionado a Arthur.

Ahora estaba muerto y alguien había convertido su negativa a pagar en un detalle incómodo del informe anual.

—¿Dónde está su segundo? —preguntó Arthur.

Ortega señaló un despacho pequeño al fondo. Dentro esperaba una mujer de cuarenta años, chaqueta de trabajo y expresión defensiva. Se llamaba Nadia Flores. Había supervisado turnos durante ocho años y se quedó de pie hasta que Arthur le pidió que se sentara.

—No he venido a despedir a nadie —le dijo.

—Eso dicen todos al llegar.

Arthur aceptó la respuesta. Le preguntó qué cambió en los días previos a la muerte de Keane.

Nadia relató que Daniel empezó a llevarse copias de registros en una mochila porque dejó de confiar en el servidor compartido.

También discutió con Victor por la decisión de mantener una puerta lateral sin vigilancia durante cierto horario.

—¿Por qué le preocupaba esa puerta?

—Porque una empresa subcontratada venía a recoger cargas después del cierre. Cuando Daniel quiso revisar sus permisos le dijeron que los habían aprobado desde arriba.

—¿Quién se lo dijo?

—Victor.

Arthur no giró la cabeza hacia el directivo.

Prefería observar a Nadia, que podía perder el trabajo por cada palabra que pronunciara.

Le pidió que guardara una copia de los horarios, sin alterarlos, y que avisara directamente a Noah si alguien intentaba acceder a los archivos durante la noche.

Nadia pareció sopesar si aquella instrucción la ponía más en peligro que permanecer callada.

—Keane hizo exactamente eso —dijo.

Arthur la miró.

—Entonces no voy a pedirte que te quedes sola.

Ordenó mantener dos hombres de confianza en el almacén.

No darían órdenes a los trabajadores ni revisarían sus teléfonos.

Su función sería asegurar que nadie llegara de madrugada con un permiso imposible de comprobar.

Victor protestó por el gasto; Arthur respondió que estaban pagando el coste de haber ignorado las primeras amenazas.

Ortega se pasó una mano por la nuca. —Daniel discutió con ellos.

—¿Cuándo?

—Dos días antes de que lo mataran.

Victor intervino. —La policía concluyó que fue un atraco.

Arthur se volvió hacia él. —La policía también cree que mi padre perdió el control de su coche.

Victor no respondió.

Noah pidió las grabaciones. Faltaban cuarenta y tres minutos de vídeo la noche de la intrusión.

—Fallo del sistema —dijo Ortega.

El equipo de vigilancia no estaba en la misma oficina que las pantallas del turno.

Ortega los condujo hasta una habitación estrecha donde dos monitores mostraban accesos de camiones y una pared de archivos digitales.

Noah solicitó una copia sin compresión del día de la intrusión.

El responsable técnico, un joven con ojeras, explicó que el sistema había reiniciado el grabador después de recibir una orden remota.

No era la primera vez; durante los últimos meses habían sufrido interrupciones breves que el proveedor atribuía a actualizaciones automáticas.

—¿Quién administra la conexión? —preguntó Noah.

—La central. Yo solo compruebo que las cámaras funcionen.

—¿Qué pasa cuando no funcionan?

—Me mandan un aviso. Si ocurre de madrugada, lo reviso al entrar.

Arthur comprendió que el problema se había integrado en la rutina.

Las fallas eran tan frecuentes que habían dejado de parecer sospechosas.

Pidió una relación de todos los avisos desde que Daniel Keane informó de presiones externas.

El técnico imprimió más hojas de las que esperaba.

Ortega se las quedó mirando con una expresión cada vez más cerrada.

—¿Se ha perdido mercancía durante los cortes? —preguntó Arthur.

—No que yo sepa —respondió el encargado.

—Te pregunto si alguien la ha comprobado contra los inventarios físicos.

Nadie contestó. Arthur vio en sus caras el tipo de silencio que aparece cuando una pregunta razonable exige admitir que nadie se había ocupado de hacerla.

No culpó al joven del monitor. Pidió inventariar lo que hubiera entrado y salido por las puertas afectadas y mantener los datos congelados hasta que Evelyn pudiera cotejarlos con los registros financieros.

Si una carga desaparecida, una deuda y la muerte de Keane estaban relacionadas, la relación no aparecería por invocar a los Marlowe cada vez que había una pintada.

—Qué oportuno —murmuró Noah.

Arthur recorrió el almacén. Cajas legales delante; mercancía que no figuraba en ningún inventario detrás de una pared móvil. Nada de aquello le resultaba nuevo. Lo nuevo era la sensación de que alguien conocía el funcionamiento de la estructura desde dentro.

Al salir, un camión bloqueaba parcialmente la calle. El conductor bajó la ventanilla y observó a Arthur con demasiado interés.

Noah dio un paso hacia él.

El camión arrancó.

—Nos están midiendo —dijo Noah.

Arthur miró la corona tachada en la pared una última vez. —Que midan bien.

Victor sonrió, creyendo escuchar a Edmund. Arthur registró aquella reacción sin comentarla; aún tenía demasiadas cosas que preguntarle.