9. EVELYN CARTER
La reunión terminó veinte minutos después y no resolvió nada.
Arthur la dio por concluida cuando Victor intentó por tercera vez convertir dieciocho millones desaparecidos en una cuestión de contabilidad creativa.
Pidió los libros completos, accesos bancarios, contratos portuarios y comunicaciones de los últimos seis meses.
Victor aseguró que los tendría al día siguiente.
—Hoy —corrigió Arthur.
—Son miles de documentos.
—Entonces conviene empezar.
Cuando los demás salieron, Evelyn permaneció sentada.
Noah cerró la puerta y se quedó junto a ella.
—¿Qué cuentas necesito ver? —preguntó Arthur.
Evelyn deslizó hacia él una hoja. No era un balance. Era una lista de sociedades.
—Estas siete comparten proveedores, administradores o domicilios con empresas de su grupo. Ninguna figura como filial. Cuatro recibieron dinero de Londres durante los últimos meses.
Arthur leyó los nombres. —¿De cuánto hablamos?
—De lo que he podido rastrear, algo más de once millones de dólares. Pero no creo que el dinero sea el problema principal.
—¿Qué lo es?
—Que alguien está comprando deuda de sus propias empresas.
Arthur levantó la vista.
Evelyn se inclinó sobre la mesa. —Imagine que Atlantic tiene una compañía logística que debe dinero a tres acreedores.
Esos acreedores venden la deuda a sociedades aparentemente independientes.
Las sociedades independientes están conectadas entre sí.
Si Atlantic incumple determinadas condiciones, esas sociedades pueden ejecutar garantías: almacenes, participaciones, contratos de explotación.
—Un despiece —dijo Noah.
—Exactamente.
Los nombres no le resultaban familiares, pero sus domicilios sí.
Dos edificios pertenecían a un despacho de agentes que acostumbraba a representar a inversores extranjeros con motivos legítimos para mantener discreción.
Arthur había utilizado servicios semejantes; no podía condenarlos por existir.
Lo inquietante era que una de las direcciones se repitiera en un préstamo, una sociedad propietaria de inmuebles y una consultoría que facturaba por comprobar la solvencia de las otras dos.
Evelyn deslizó un segundo folio. Había anotado tres fechas con tinta azul.
—Mire cuándo empezaron las compras de deuda.
Arthur las comparó con las órdenes de pago de Londres.
—Casi al mismo tiempo.
—No exactamente. Las compras comenzaron cuatro días antes. Alguien sabía que esas filiales iban a recibir liquidez, y lo supo antes de que el movimiento pudiera justificarlo la documentación ordinaria.
Noah se acercó a la mesa.
—¿Acceso al banco?
—O acceso al grupo que decide cuándo pagar. No necesito inventar un pirata informático para explicar esto —respondió Evelyn—. A veces basta con un directivo que invita a comer a otro directivo.
Arthur volvió a estudiar la cifra. Los once millones de dólares no constituían, por sí solas, una pérdida catastrófica para el grupo.
Lo que le preocupaba era su dirección. Había visto operaciones en las que se extraía liquidez de un negocio sano justo antes de ejecutar sobre él una garantía.
Bastaba coordinar a unos pocos acreedores para producir un incumplimiento perfectamente legal en una compañía que aún vendía y entregaba mercancía a tiempo.
—¿Qué gana quien compra las deudas si la compañía sobrevive? —preguntó.
—Intereses. Nada extraordinario. Si cae, controla el activo que garantiza la deuda. Ahí está el premio.
—Y si el mismo comprador controla varias deudas...
—No necesita ganar todas las demandas. Solo una en el momento preciso.
Evelyn le enseñó entonces un mapa de almacenes.
Tres de los inmuebles comprometidos conectaban con rutas marítimas que Edmund había mantenido durante años, incluso cuando parecían poco rentables.
Arthur comprendió por qué su padre no había vendido aquellos activos durante la expansión estadounidense.
Eran incómodos en una cuenta de resultados, pero estratégicos para mover mercancía sin depender de terceros.
Quien los absorbiera no compraría únicamente ladrillos: compraría la capacidad de decidir quién podía utilizar una vía de acceso al puerto.
Arthur volvió a mirar la lista. —¿Quién está detrás?
—Si lo supiera, no necesitaría hablar con usted.
—Podría necesitarme por otras razones.
Evelyn no se ofendió. —Su padre hacía mejores amenazas.
—No era una amenaza.
—Entonces era una sospecha. Y tampoco era especialmente buena.
Noah ocultó una sonrisa.
Arthur guardó el mapa y cambió de tono. Las cifras habían permitido una conversación casi profesional; el apellido Carter la devolvió a un terreno diferente. Evelyn también lo notó. Cerró una de las carpetas antes de que él formulara la siguiente pregunta.
—Necesito un acuerdo de acceso —dijo ella—. No voy a seguir exponiendo a mis empleados porque a su director en Nueva York le incomode una auditoría independiente.
—¿Victor ha intentado impedir que trabaje?
—Me ha explicado tres veces este trimestre que mis servicios son prescindibles.
—¿Y por qué no la ha despedido?
—Porque no me contrató él. Algunas sociedades me pagan directamente. El resto tendría que resolver un contrato que Edmund redactó con un abogado bastante desagradable.
La respuesta fue seca, pero Arthur percibió preocupación detrás.
Evelyn no podía permitirse que los directivos utilizaran a su personal como intermediarios en una disputa de poder.
Le pidió los nombres de quienes tendrían acceso a los datos.
Ella entregó solo los cargos y se reservó los nombres hasta recibir garantías escritas sobre la conservación de los archivos.
Arthur se habría molestado con cualquier ejecutivo de su padre.
En cambio, comprendió que estaba frente a alguien acostumbrado a sobrevivir al trato de hombres más ricos que ella.
—¿Por qué sigue aquí? —preguntó.
Evelyn lo miró sin disimular su cansancio.
—Porque si me marcho, alguien habrá conseguido que una anomalía deje de tener testigos.
Arthur la estudió antes de devolverle las carpetas.
No le gustaba que una persona ajena a la familia pareciera tan dispuesta a resistir.
En su mundo esa conducta podía significar valentía, interés oculto o desconocimiento del peligro.
Todavía no sabía cuál de las tres cosas tenía delante.
Decidió, al menos, que una auditoría debía poder continuar sin depender de su apellido.
—No habrá represalias contra su equipo mientras yo tenga voto en el consejo.
—Eso no me garantiza nada si usted deja de tenerlo —respondió Evelyn.
Arthur casi sonrió.
—Entonces será mejor que conserve el voto.
Evelyn no sonrió de vuelta. Sin embargo, guardó el folio con el mapa en una carpeta distinta, como si acabara de tomar una decisión sobre qué mostrarle a continuación.
Arthur apoyó ambas manos en la mesa. —Mi padre la conocía.
—Sí.
—¿Cuánto?
—Lo suficiente.
—No me sirve.
—Tendrá que acostumbrarse a que no todo el mundo le responda porque su apellido está escrito en la puerta.
Arthur sintió una irritación inesperadamente limpia. No porque Evelyn lo desafiara, sino porque parecía haber ensayado aquella conversación con Edmund antes de que él llegara.
—¿Su padre también trabajaba con el mío?
La expresión de Evelyn cambió. Apenas. —Mi padre hizo negocios con Edmund hace muchos años.
Había una fotografía pequeña en el interior de la carpeta de Evelyn que Arthur no había visto al principio.
Ella la retiró antes de cerrar la tapa; su gesto fue lo bastante rápido para advertir que no quería comentarios.
Arthur, que solía reconocer la incomodidad ajena incluso cuando pretendía ignorarla, decidió no pedirle que la mostrara.
Preguntó por el tipo de negocios que Thomas había mantenido con Edmund.
—Auditorías, inversiones y acuerdos de participación —respondió Evelyn.
—Eso figura en los registros.
—Entonces no necesita que yo lo repita.
Arthur observó las esquinas gastadas del portafolios.
Lo había traído para enseñar pruebas, no para recibir preguntas sobre su infancia.
Si su padre había trabajado con Edmund desde hacía décadas, el conocimiento de Evelyn podía surgir de documentos heredados o de recuerdos personales.
La diferencia importaba para la investigación, pero no daba derecho a convertir su historia familiar en una declaración obligatoria.
—¿Su padre murió antes de poder cerrar la firma? —preguntó de otro modo.
—La firma sigue abierta. Él murió antes de decidir a quién confiar algunas obligaciones.
—¿Y asumió usted esa tarea?
—Asumí las que estaban a mi nombre. Las demás las discutí con los acreedores. Algunos descubrieron que una mujer joven era más difícil de asustar cuando le exigían garantías que no aparecían en los contratos.
Arthur supuso que Edmund había intervenido en algún momento.
No preguntó cuánto ni en qué condiciones.
Evelyn acababa de demostrar que era capaz de ofrecer información profesional sin entregar el resto de su vida a quien pagaba los honorarios.
Decidió seguir el mismo principio: cuando llegara el momento de preguntarle por Thomas Carter, tendría que demostrar que la respuesta servía para algo más que alimentar su sospecha.
—Thomas Carter murió hace ocho años —dijo Arthur.
—Veo que ha leído algo.
—Lo suficiente para saber que usted heredó algo más que clientes.
—Entonces ya sabe todo lo que pienso contarle hoy.
Recogió su abrigo.
—Mañana a las ocho. Mi oficina. Si trae a Victor, no vaya.
—¿Por qué?
Evelyn se detuvo junto a la puerta. —Porque su padre desconfiaba de él.
—¿Y confiaba en usted?
—No. Edmund no confiaba en nadie. —Lo miró por encima del hombro—. Esa es una de las pocas cosas inteligentes que hizo al final.
Se marchó.
Noah esperó unos segundos. —Me cae bien.
Arthur siguió mirando la puerta. —Eso me preocupa.