7. LA PROMESA
Arthur fue a despedirse de Rose la noche anterior al vuelo.
La encontró en el invernadero, rodeada de plantas que Edmund había comprado y que jamás había cuidado. Rose cortaba hojas secas con unas tijeras pequeñas.
—Tu padre odiaba este sitio —dijo sin mirarlo.
—Entonces ¿por qué lo construyó?
—Porque yo lo quería.
Arthur se apoyó en una mesa.
—Eso suena impropio de él.
Rose sonrió.
—No conociste todas sus versiones.
Rose dejó las tijeras sobre una maceta. Durante un instante pareció debatirse entre contar una historia y protegerla.
Al final habló de un invierno especialmente duro, cuando Arthur tenía ocho años y Julian apenas había empezado el colegio.
Una de las empresas de Edmund estaba al borde de la quiebra.
Los socios proponían despedir a casi toda la plantilla de un restaurante para trasladar dinero a una operación portuaria.
Edmund había rechazado el consejo, asumido la pérdida y pasado tres noches buscando una alternativa que no obligara a cerrar el local.
—Yo creía que había cambiado —dijo Rose—. Era uno de esos momentos en que podía imaginar una vida distinta. Después descubrí que había conseguido el dinero presionando a otro hombre hasta dejarlo sin negocio.
Arthur la observó. Nunca había oído esa historia completa.
—¿Y aun así lo querías?
—Lo quería y estaba furiosa con él. Las dos cosas pueden ocurrir al mismo tiempo, hijo.
Rose se arrodilló frente a una planta de hojas amarillas. Cortó una rama, la dejó a un lado y volvió a incorporarse con cuidado.
—Tu padre era capaz de sostener a alguien con una mano y hundir a otro con la misma decisión. No te pido que escojas cuál de sus caras era la verdadera. Las dos lo eran. Y tú tendrás que vivir con eso sin construir toda tu vida alrededor de una respuesta.
Arthur pensó en los trabajadores del restaurante y en el hombre que se había quedado sin empresa.
Durante años había supuesto que la distancia moral respecto a Edmund se medía por el número de órdenes que uno se negaba a dar.
Su madre acababa de recordarle que también importaba cómo se pagaban las decisiones que parecían buenas.
—Tengo miedo de parecerme a él cuando alguien me obligue a elegir —admitió.
Rose lo miró con una ternura que no pretendía absolverlo.
—Entonces no dejes que nadie te convenza de que solo existen las opciones que él habría visto.
La frase se quedó entre ambos.
Arthur sacó del bolsillo la nota recibida en el funeral y se la entregó.
Rose la leyó.
—¿Quién te dio esto?
—Ashcombe. No la escribió él.
Los dedos de Rose se cerraron sobre el papel.
—¿Te suena la fecha?
—No.
—A mí tampoco.
Arthur supo que mentía.
Su madre siempre parpadeaba una vez, lentamente, antes de ocultar algo. De niño había utilizado aquel gesto para descubrir regalos de cumpleaños. Ahora no resultaba entrañable.
—Mamá.
—No me interrogues.
—No lo estoy haciendo.
—Todavía.
Dejó la nota sobre la mesa.
—Vas a ir de todos modos.
—Sí.
—Entonces prométeme algo.
Arthur esperó.
—No conviertas esto en una guerra solo porque tu padre habría hecho exactamente eso.
—Si alguien lo mató...
—No he dicho que no busques la verdad. He dicho que no permitas que la verdad decida quién eres.
Arthur miró hacia los cristales empañados.
—No puedo prometerte que no habrá violencia.
—Nunca te pediría una promesa que sé que vas a romper.
Rose volvió a cortar una hoja seca. El gesto permitió a Arthur reunir valor para formular una pregunta distinta de las que llevaba días repitiendo.
—¿Crees que papá sabía que algo iba a pasarle?
Su madre dejó las tijeras a un lado.
—Creo que estaba preocupado.
—¿Por sus empresas?
—Por vosotros.
Arthur se quedó inmóvil. Rose explicó que, durante las últimas semanas, Edmund había preguntado más veces de lo habitual por el trabajo de Julian y por la seguridad del apartamento de Chelsea.
También quiso saber si Arthur conservaba contacto con antiguos compañeros de estudios que vivían fuera de Londres.
No parecía un hombre preparando vacaciones.
Tampoco había querido explicar qué lo inquietaba.
—Discutimos —reconoció Rose—. Le dije que no podía seguir hablando de la familia como de un conjunto de puertas que necesitaban guardias. Me respondió que todos los padres deberían preocuparse de quién guardaba las llaves.
Arthur pensó en la clausura del despacho, en la lluvia y en un coche cuya avería todavía no estaba explicada.
No sabía si aquella frase demostraba previsión o era otra muestra de la forma en que Edmund veía el mundo, siempre lleno de amenazas posibles.
Su madre, en cambio, había escuchado algo nuevo en su tono.
—Le pedí que fuera a hablar contigo —dijo—. No sé si lo hizo.
Arthur recordó la invitación a cenar que dejó sin confirmar.
—Me escribió.
—¿Y qué le dijiste?
—Que quizá podía.
Rose asintió. No lo recriminó. Eso resultó mucho peor que cualquier reproche.
Arthur hubiera aceptado que su madre le dijera que había perdido una oportunidad irrepetible.
En lugar de ello, ella le permitió conservar la incertidumbre.
Comprendió que tampoco Rose sabía qué habría ocurrido si hubiese respondido de otra manera.
La muerte de Edmund no convertía cada decisión previa en una falta moral, pero hacía más difícil vivir con las que ya no podían cambiarse.
Aquello dolió más de lo que esperaba.
—Puedo prometerte que no empezaré una guerra.
Rose se acercó y le acomodó el cuello de la camisa como cuando era adolescente.
—Con los Rivonsdill, Arthur, a veces basta con responder para empezar una.
Antes de acostarse, Arthur dejó instrucciones para Londres.
No fueron muchas: los salarios tendrían prioridad sobre cualquier distribución de beneficios; los contratos en revisión necesitarían doble firma; Julian supervisaría las operaciones ordinarias y Rose conservaría acceso directo a Helena Finch, sin intermediarios.
Marcus recibió una copia reducida, suficiente para trabajar sin que todos los detalles de seguridad circularan por su despacho.
Arthur tuvo que detenerse al redactar esa última restricción.
Siempre había confiado en Marcus como alguien que pertenecía a la casa.
Escribir una excepción con su nombre tuvo la sensación física de cerrar una puerta de infancia.
Julian respondió a la llamada a medianoche.
Había revisado el plan y objetó dos límites, ambos relacionados con la seguridad privada de los clubes.
Arthur cedió en uno y mantuvo el otro. La conversación duró menos de diez minutos.
Se habría considerado una negociación menor en cualquier empresa.
Para los Rivonsdill fue una tregua inesperada.
Antes de colgar, Julian le pidió que avisara al aterrizar.
—A mamá —dijo Arthur.
—A mí también, idiota.
Arthur sonrió después de que la línea se cortara.
Había olvidado que su hermano podía hablarle así sin que sonara como una provocación.
Guardó el móvil y miró una última vez la fotografía de Mayfair.
No sabía quién había acompañado a Edmund aquella noche.
Sabía, en cambio, que Julian había decidido enseñársela.
Era una diferencia pequeña. Quiso darle el valor que merecía, aunque todavía no pudiera llamarla confianza.
Noah lo esperaba junto al coche a las cinco de la mañana.
Dos maletas. Una carpeta. Ningún séquito.
—He reducido el equipo —dijo Noah—. Cuanta más gente llevemos, más gente sabrá qué hacemos.
—¿Marcus?
—Cree que vas a reunirte con Victor Shaw, revisar las cuentas y volver.
—Eso es exactamente lo que voy a hacer.
Noah abrió la puerta del vehículo.
—Claro.
Arthur no entró.
—¿Qué?
—Nada.
—Noah.
El jefe de seguridad apoyó una mano en el techo del coche.
—Tu padre tenía previsto viajar a Nueva York tres días después de la fecha en que murió.
Arthur ya lo sabía.
—¿Y?
—Anoche conseguimos acceso a su reserva. Encontré un segundo pasajero.
—¿Quién?
—Míralo tú mismo.
Noah le mostró la pantalla del teléfono.
Había dos billetes.
El segundo estaba emitido a nombre de Arthur Rivonsdill.
Arthur leyó la fecha dos veces.
—Yo no sabía nada de este viaje.
—Lo imaginaba.
—¿Cuándo compró el billete?
—Hace veintitrés días. Un día antes de modificar el testamento.
Arthur sintió que la mañana se volvía más fría.
Edmund no había improvisado una cláusula por si algo salía mal.
Había preparado la presencia de su hijo en Nueva York antes de morir.
—¿Quién sabía de la reserva?
—La agencia privada, Edmund y quien tuviera acceso a su correo cifrado.
Arthur guardó el teléfono.
—Entonces averigua quién lo tuvo.
Entró en el coche.
Mientras las verjas de Blackthorn House se abrían, miró una última vez la casa.
Su padre estaba muerto. Londres empezaba a moverse sin él. Alguien quería mantenerlo lejos de Nueva York y, al mismo tiempo, Edmund había hecho todo lo posible para enviarlo allí.
Entonces Arthur comprendió que no viajaba para salvar unas empresas.
Viajaba para terminar algo que su padre había empezado.
Y todavía no sabía si Edmund había intentado protegerlo o utilizarlo una última vez.